Las hijas del visir 2
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El devorador de almas

Era noche cerrada en los suburbios de Tebas.

Un fuerte olor a orín y vino fermentado impregnaba el aire de las inmediaciones de los burdeles de menos alcurnia de la ciudad.

Pocos se habrían atrevido a deambular por aquellas oscuras calles, y menos si hubiesen visto pasar a la inquietante sombra que caminaba con paso firme saltando los fétidos charcos que había dejado la lluvia.

Y hacían bien, ya que el que se ocultaba tras la oscura capa era un ser peor que la mismísima muerte; era un devorador de almas.

La sombra giró por un callejón y se metió en una pequeña taberna.

En el tugurio solo había una persona sentada en una mesa.

El mesero, que estaba tras el mostrador, nada más ver quién había entrado al local, dejó una jarra de vino y un par de vasos de arcilla en la repisa, y los dejó a solas en el comedor.

El devorador de almas tomó asiento y dejó el vino y los vasos sobre la mesa.

—¿No has encontrado un mejor lugar donde reunirnos, jefe Khnumose?

—La discreción en este negocio es la clave del éxito, mi querido amigo.

Khnumose era el jefe de los medjay [10] .

Originario de Nubia, había sido criado en una guarnición militar en Napata por un oficial egipcio que posteriormente lo adoptó.

De joven, había destacado por su rectitud, inteligencia y adaptación a las costumbres de su nueva patria.

Hablaba egipcio con más elegancia que muchos escribas, y rápidamente había ascendido en el cuerpo de policía a fuerza de lealtad, diligencia y sigilo.

—Vayamos al grano, jefe. ¿Para qué me mandó llamar?

—Tomemos antes un trago.

El jefe medjay escanció el vino especiado en sendos vasos y alzó el brazo.

—¿Un brindis? ¿Qué celebramos?

Khnumose vació la copa de un trago y respondió:

—El cambio, amigo mío. ¡El cambio! Va siendo hora de que Hatshepsut y Tutmosis den un paso al lado y permitan que un nuevo orden tome las riendas de Egipto, uno capaz de traer prosperidad a su pueblo.

Ya se han alzado algunas voces entre sectores influyentes de la nobleza reclamando que se produzca el cambio.

—Me tienes muy intrigado, jefe. No me digas que por fin voy a decapitar a la serpiente.

—¿Te has vuelto loco? Hatshepsut tiene grandes apoyos, y el faraón cuenta con el soporte de los generales de sus ejércitos.

El líder quiere tenerlo todo atado antes de clavarles el aguijón.

No te precipites y, sobre todo, no hagas nada que lo haga enojar.

Ni tú serías capaz de escapar vivo si lo traicionas.

El devorador de almas sorbió un poco de vino y miró con recelo a Khnumose.

—¿¡Me estás amenazando!? Si me presto a lavar tus trapos sucios es porque me prometiste desvelar la identidad de ese maldito enmascarado al que tú llamas líder.

Ese bastardo me arrebató lo que más amaba en la vida y me obligó a tener esta miserable existencia —dijo mientras intentaba contener la ira que bullía en su interior—.

No me interesan las intrigas ni los juegos de poder; si muere un faraón, pondrán a otro en el trono.

¡A mí qué más me da! Debe preocuparte más dedicar todos tus esfuerzos en desenmascarar a esa rata o serás tú el que tendrás problemas para mantener la cabeza encima de los hombros. ¡Tómatelo como una amenaza, jefe!

Khnumose tragó saliva ante la dura advertencia del asesino.

—Ya conoces cómo es la gentuza que vive en el palacio; todos se ocultan tras una máscara porque no se fían ni de su propia sombra. Nadie sabe quién es el líder en realidad. ¿Cómo lo voy a saber yo?

—Hace tiempo que te di la solución, amigo mío —dijo arrastrando las palabras—. Llévame a uno de vuestros encuentros clandestinos y deja que yo me encargue de todo lo demás.

—¡Ya te lo he dicho mil veces! Tan solo soy uno de los eslabones finales de la organización.

Nunca me convocan a una reunión, me vienen a buscar a casa sin previo aviso, a veces a horas intempestivas de la noche, y me tapan la cabeza con un saco para que no pueda ver hacia dónde nos dirigimos.

La única vez que mis hombres lograron seguirme al lugar de encuentro, los asesinaron y me amenazaron con matarme a mí también.

¿Me estás escuchando? Esa gente es muy poderosa y peligrosa.

—Me estoy cansando de tus jueguecitos, jefe. ¿Ahora me dices que estás atado de pies y manos atado y que jamás llegarás a la cúpula del poder?

Khnumose se asustó cuando vio emerger el filo de una daga del interior de la capa del devorador de almas.

—Conseguiré desenmascarar al líder; pero te pido un poco más de tiempo —se apresuró a decir—.

Me han encargado una importante misión, y si me ayudas a llevarla a buen término, escalaré a lo más alto de la organización.

Ten paciencia, amigo mío. Y, sobre todo, no cometas ninguna imprudencia, o, de lo contrario, ambos estaremos muertos.

El devorador de almas sabía que la única forma que tenía de llegar hasta el responsable de su desgracia era a través de la persona que tenía delante de él.

Su apariencia y la escasez de recursos de los que disponía eran, por el momento, un obstáculo insalvable para poder alcanzar su objetivo.

Así que tendría que seguir confiando en Khnumose, aunque era consciente de que, tarde o temprano, tendría que liquidar el trato que los unía.

—Tranquilo, jefe, ¿no aguantas una pequeña broma? —dijo mientras emitía una estridente risa que le heló el alma a Khnumose—. Se hace tarde. ¿Qué quieres de mí?

—El líder ha infiltrado a un hombre de confianza como sesh per nedyet [11] en la Casa del Puerto de Coptos.

El escriba lleva casi un año recaudando fondos para la causa y gestionando los sobornos a los comerciantes que desembarcan sus mercancías procedentes de Punt [12] y otros lugares.

No obstante, necesito que supervises sus movimientos con la máxima discreción: sospechan que podría estar desviando caudales que deberían acabar en las arcas de la organización.

—¿Me estás pidiendo que haga de niñero de un lameculos corrupto? ¿De cuánto tiempo estamos hablando? —preguntó el devorador de almas mientras apoyaba la espalda en el respaldo de la silla.

—Por lo menos un año, tal vez dos —anunció Khnumose con cautela—. Sin embargo, si consigo que la recaudación en Coptos supere a la de Menfis o Tebas, estoy convencido de que tendré un asiento en la mesa de los miembros selectos de la organización. ¿Qué me dices?

El devorador de almas no contestó, y eso impacientó al jefe.

—¿Por qué me lo estás ofreciendo a mí, jefe?

—Si no quieres hacerlo, tengo varios voluntarios que estarán encantados de irse a vivir a cuerpo de rey a Coptos a cambio de cobrar una fortuna.

—¡Te he preguntado que por qué yo!

El jefe medjay tragó saliva antes de contestar.

—Porque sé que tú no te mueves por la codicia y puedo fiarme de que el tesoro estará a buen recaudo. Es vital que controles al escriba, pues tiene fama de mujeriego y derrochador. Vela para que no meta demasiado la mano en el cofre del tesoro y a ambos nos irá muy bien. ¡Te lo prometo!

—Lo haré, y me aseguraré de que ese bastardo llene las arcas de tu maldita organización, pero, a cambio, quiero que me hagas una promesa —dijo mientras le hacía un gesto para que se acercara—. A mi regreso, me servirás en bandeja de plata a tu líder, y no admito excusas, ¿me has entendido?

—Haz bien tu trabajo y tendrás lo que más anhelas. A mí tampoco me agrada el talante ni la prepotencia de nuestro líder. Estaré encantado de que lo quites de en medio, amigo mío.

Sabía que no podía confiar plenamente en aquel traidor, pero no le quedaba más opción que darle un voto de confianza.

—Será tu última oportunidad, jefe.

—En breve te pondré en contacto con el escriba; tendrás que ayudarlo con una pequeña tarea. ¡Ah, se me olvidaba! —Khnumose dejó una bolsa con cinco deben [13] de oro sobre la mesa—. Este es un pequeño adelanto por el trabajo. A la vuelta obtendrás mucho más.

El devorador de almas sopesó el fardo y lo guardó sin perder de vista a su acompañante.

—Recuerda la promesa que me has hecho —le advirtió al tiempo que se inclinaba el cuerpo hacia delante, dejando al descubierto su rostro.

Khnumose no pudo reprimir un gesto de horror al contemplar las cadavéricas facciones del asesino—.

Retén mi cara en tu memoria, pues probablemente será lo último que veas antes de morir si decides traicionarme.

El sujeto se levantó y su sombra se escurrió entre las mesas antes de desaparecer tras la puerta de la taberna.

Khnumose se recostó sobre la silla y se llevó la mano al pecho.

Las palpitaciones apenas le dejaban respirar mientras luchaba por borrar aquella aterradora imagen de su memoria.

Estaba curtido en mil batallas y jamás le había temido a la muerte, pero en el instante en que vio el rostro al devorador de almas, supo que aquel ser no pertenecía a este mundo.

En ese momento, empezó a llover y las gotas de lluvia golpearon con fuerza contra las ventanas del antro. Khnumose decidió vaciar la jarra de vino antes de volver a casa.

Una jovencita se refugiaba bajo el dintel de un burdel esperando que escampara para regresar a casa.

No se había percatado de la sombra que descendía por el callejón hasta que se detuvo delante de ella.

Había acabado el turno, pero, como la jornada había estado muy floja debido a la tormentosa noche, decidió no hacerle ascos a un cliente despistado.

—Es muy tarde, cariño, pero te la puedo chupar por un cuarto de deben de cobre —dijo con tono zalamero.

El devorador de almas descorrió su capucha y la muchacha enmudeció de terror.

—No debiste hacerme una propuesta tan deshonesta, zorra —murmuró al tiempo que la apuñalaba por debajo del esternón.

Unos cálidos borbotones de sangre se derramaron sobre la mano del asesino mientras contemplaba, impávido, cómo su víctima se resistía a abandonar la vida. Poco antes de que la joven exhalara su último aliento, la besó en la frente y recitó una secreta oración.

El devorador de almas limpio la daga en la capa y la guardó, dejando el cuerpo inerte de la muchacha apoyado en la pared de burdel. Luego sacó la bolsa que le había dado el jefe de policía y rebuscó en su interior.

—Lástima que haya sido tan breve. Te habría cubierto de oro de haber dispuesto de una hora para disfrutar de ti —aseguró mientras le tiraba una pequeña pieza de oro sobre su faldón.

La sombra se deslizó con rapidez y se perdió por el callejón. Había dejado de llover, pero no volvió a verse un alma en la calle hasta el amanecer.