Las hijas del visir 1
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Sat-Ire

Unos dedos se deslizaban delicadamente por el vientre de Sat-Ire mientras una sensual voz le susurraba dulces palabras al oído.

—Me haces cosquillas, amor —musitó, sintiendo cómo se le erizaba la piel.

La mano se deslizó aún más y se perdió entre su húmedo vello.

—¿Mejor ahora? —replicó Neferura.

La muchacha cerró los ojos y dejó escapar un gemido que su amante secuestró con un beso.

Sat-Ire era la hija menor de Rejmira, gobernador de Tebas.

Era una mujer menuda, de unos dieciséis años, ojos avellana, cara angulada y rasgos armoniosos.

Solía escaparse a menudo al palacio de la reina Hatshepsut para encontrarse con la princesa, sobre todo cuando le asaltaban sus inquietantes sueños.

La presencia de Neferura era balsámica para ella.

—Te amo tanto que no sé…

La princesa la silenció intensificando el movimiento de su muñeca. Sat-Ire la miró con picardía y, con un ágil movimiento, la rodeó con las piernas hasta que se quedó encima de ella.

—Vaya, ¡por fin despertó la fierecilla!

No pudo decir más, al quedar sus labios sellados por una boca ávida de placer. Tras el beso, Sat-Ire la miró y le advirtió, con una traviesa mirada:

—¡Tú lo has querido!

—¿Qué va a ser de mí, Shaït [4] ?

Sus cuerpos se fusionaron en una armoniosa sinfonía de movimientos de deseo y placer.

Un madrugador rayo de sol se coló por la ventana impactando sobre los ojos de Sat-Ire. Al voltear la cabeza, se encontró con la escrutadora mirada de Neferura.

—Estás preciosa recién despertada, amor. ¡Lástima de esas horribles ojeras!

—En cambio, tú sigues igual de guapa que cuando te conocí.

—¡Shaït, no digas tonterías! Eras un bebé la primera vez que nos vimos.

Neferura conoció a Sat-Ire cuando esta apenas contaba con un año de vida.

La hija del gobernador de Tebas padecía una dolencia que ningún médico supo tratar: apenas dormía ni comía, y pasaba las noches llorando sin parar.

La afección la estaba consumiendo física y mentalmente, y su vida corría un grave peligro.

Desesperado, Rejmira la llevó al palacio de la reina para que fuera atendida por el médico real. Este desistió de tratarla, al no reconocer el mal que acechaba a la pequeña, y dejó su vida en manos de los dioses.

Por fortuna, el caso llegó a oídos del sumo sacerdote del templo de Amón, que examinó a Sat-Ire en el palacio de la reina. Hapuseneb identificó la dolencia, aunque resultó desolador comprobar que el tratamiento que conocía no podía aplicársele debido a la corta edad de la bebé.

Cuando toda esperanza parecía agotada, el remedió se presentó de la forma más inesperada.

Mientras Sat-Ire aguardaba el momento en que Ra recogiera su alma en mesektet [5] hacia Occidente, la joven princesa Neferura, que apenas contaba con dos años, se acercó a la cama para contemplar a la enigmática bebé que había causado tanto revuelo en el palacio.

En cuanto se cruzaron sus miradas, Sat-Ire dejó de llorar y cayó en un profundo sueño.

En días siguientes, la pequeña empezó a ganar peso de forma casi milagrosa, aunque solo conseguía dormir sin sobresaltos si Neferura permanecía a su lado.

Desde entonces, se forjó entre ambas un vínculo inquebrantable que fue aumentando con el paso del tiempo.

Hapuseneb se encargó de acoger a la jovencita Sat-Ire como sacerdotisa intérprete de sueños en el Per Ankh [6] , reuniéndola así con sus dos hermanas. A la mayor, Neferkay, como sacerdotisa de Amón; a la mediana, Tiaret, como sacerdotisa sanadora.

El sumo sacerdote de Amón pronto descubrió que a la gran intuición de Sat-Ire se sumaba una memoria prodigiosa: recordaba todo cuanto había vivido, incluso desde antes de nacer.

La joven adepta se reveló como una intérprete de sueños excepcional, y Hapuseneb la ayudó a desarrollar la intuición hasta un extremo insospechado que acabó despertando un nuevo don: la premonición.

El primer sueño premonitorio se presentó a los diez años, al presagiar la muerte de su hermano menor.

A pesar de todos los esfuerzos por protegerlo, nada pudieron hacer para apartarlo de su destino.

A este le siguieron otros sueños premonitorios que llevaron a Sat-Ire a hundirse en una profunda depresión.

Apenas comía e incluso dejó de dormir por temor a que su maldición se volviera a repetir.

Desesperado por no poder ayudar a su discípula, Hapuseneb decidió llevarla ante la suma sacerdotisa del templo de Mut.

Nebet-Iset era experta en alquimia, y, gracias a su virtuosa intervención, consiguió que los sueños premonitorios cesaran, aunque estos fueron sustituidos por unas horribles pesadillas.

Aun así, Sat-Ire contaba con el mejor de los antídotos: el amor y la presencia de su amada princesa Neferura.

Perdida en estos pensamientos se encontraba la joven sacerdotisa cuando la princesa le preguntó:

—¿Qué te preocupa, Shaït? Estás ausente y luces demacrada. Algo anda mal, lo sé —La muchacha no supo qué contestar—. ¿Por qué te colaste anoche en mis aposentos? —Sat-Ire quiso dar media vuelta, pero Neferura la rodeó con su brazo y se lo impidió—. Son tus malditas pesadillas otra vez, ¿verdad?

—Sabes que sí. ¿Para qué preguntas? —gruñó.

—¡Con qué genio te has despertado esta mañana! No se te puede decir nada.

Neferura fijó la vista en el techo, frunciendo las cejas. Sat-Ire le acarició las mejillas y con un suave tono de voz, señaló:

—No me hagas caso, mi amor. ¡Ya sabes cómo me cambia el humor cuando sufro esos sueños!

—¿Cuándo me abrirás completamente tu corazón, Shaït?

La princesa giró la cabeza y la miró con tristeza:

—Pero…

—¡Tú no me engañas! En cuanto te quedaste dormida, no dejabas de quejarte y moverte perseguida por tus pesadillas. Y eso nunca antes te había pasado estando conmigo. Me ocultas algo, y me enfurece que no confíes en mí.

A Sat-Ire se le ensombreció el gesto.

—No es nada, de verdad —musitó.

—Si no quieres contármelo…, ya te puedes ir de aquí.

La princesa se incorporó de la cama, pero Sat-Ire la retuvo tomándola por la muñeca.

—En mis últimos sueños, he presenciado tu muerte.

Neferura se quedó blanca de la impresión.

—¿Estás segura?

Sat-Ire asintió con la cabeza, conteniendo las lágrimas.

—Está sucediendo lo mismo que cuando soñé con la muerte de mi hermano. Veo una sombra acechándote, persiguiéndote sin que seas consciente de ello. Y cómo te envuelve en su manto antes de que aparezcas muerta.

La princesa sabía que Sat-Ire tenía sueños premonitorios durante varios días, pero la sombra no solía revelarse hasta anunciar que había llegado la hora de la muerte. Así había ocurrido desde la primera premonición, cuando hallaron a su hermano ahogado en el Nilo.

—¿Aún no se te ha manifestado la sombra? —preguntó con un hilo de voz.

—No, y no pienso quedarme sin hacer nada. Te juro que esta vez seré valiente y encontraré la manera de romper la maldición.

Neferura la tomó de la mano y le preguntó:

—¿Cuánto tiempo llevas soportando esa pesada carga tú sola?

—Amor, no tienes que preocuparte por eso. Yo estoy bien —dijo forzando una sonrisa.

—¿Te has mirado en un espejo, Shaït? Estás muy desmejorada y has perdido mucho peso. ¿No recuerdas que has estado varias veces a punto de morir?

—Neferura, solo necesito un poco más de tiempo. Esta vez es diferente. Tengo la intuición de que no se trata de una muerte natural; hay alguien detrás. Solo tengo que descubrirlo y entonces…

—¡No, no quiero que lo hagas! ¿Acaso crees que podré vivir si acabo perdiéndote? Soy la heredera al trono de Egipto y mi madre es la reina-faraón. Si alguien quiere atentar contra mi vida, no le será nada fácil hacerlo.

Sat-Ire, que había escuchado muchas veces aquella misma cantinela, sabía que sus profecías eran ineludibles.

Sin embargo, en las anteriores premoniciones, las muertes habían llegado por causas naturales mientras que en la última sabía perfectamente cómo iba a morir Neferura: asesinada con una daga.

Intuía, no obstante, que tal vez podría cambiar el destino de su amada si conseguía desvelar en sueños la identidad de su asesino.

Para ello, debería enfrentarse a sus propios miedos y adentrarse en las insondables fronteras del mundo onírico.

—Confía en mí, amor. Hablaré con Tiaret, que ya se ha convertido en una gran médica, para que me haga una pócima que me permita ahondar más en mis sueños. Y, para que te quedes más tranquila, te aseguro que a partir de ahora pasaré todas las noches contigo, para que veles por mí. ¡Te lo prometo!

Neferura la miró con desconfianza.

—¿Puedes confiar en Tiaret?

—Conoces perfectamente el inquebrantable lazo que me une a mis hermanas. ¡No entiendo esos tontos celos, la verdad!

—¿Tontos celos? —le soltó secamente—. Tiaret lleva demasiado tiempo dejándose llevar por una vida de lujuria y desenfreno.

¿Cuánto hace que no hablas con ella? ¿Sabías que se está volviendo una adicta al opio?

¿Y qué me dices de la recta y devota sacerdotisa de Amón?

Os abandonó, huyendo de tu padre, y solo vive por y para ella escondida tras los muros de Karnak.

¡Son unas egoístas, Shaït, y se están convirtiendo en unas desconocidas para ti! ¿Cómo no voy a desconfiar de ellas?

A la princesa no le faltaba la razón, pero, Sat-Ire sabía que podía contar con sus hermanas.

—Entiendo tus recelos, pero, aunque mis hermanas no estén pasando por un buen momento y nos hayamos distanciado, las necesito.

¿No confías en el buen criterio de Hapuseneb?

Neferkay es su mano derecha, y si ha buscado refugio en el templo, es porque mi padre la está presionando para que contraiga matrimonio, cuando ella solo quiere consagrar su vida a Amón.

¿Y qué me dices de Tiaret? Es un alma blanca que lleva años dedicándose a curar a los enfermos en el Per Ankh.

Quizá ambas están navegando en aguas turbulentas, pero yo estoy igual de perdida que ellas y las necesito ahora más que nunca.

Neferura negó con un gesto.

—No quiero que te arriesgues más por mí. ¡Bastante te has expuesto ya! Así que no pienses en hacer algo imprudente, ¿me oyes? A partir de ahora, yo me encargo de este asunto.

—No voy a quedarme sin hacer nada, Neferura.

Me has protegido desde que tengo uso de razón, tanto que nunca has dejado que explorase los límites de mi don por temor a que saliese lastimada.

¿Te has preguntado alguna vez por qué los dioses me otorgaron esta gracia?

Creo que es el momento de que desvele ese secreto.

Si tu vida está en riesgo, no existe fuerza en este mundo capaz de detenerme.

Y si en mis sueños se oculta la solución, no dudaré en ir a buscarla allí.

La habitación se quedó en silencio. Neferura estuvo tentada de obligarla a desistir de su empeño, incluso de amenazarla con poner fin a la relación. Sin embargo, al mirarla, supo que no había nada capaz de convencerla de abandonar aquella locura.

—¿Estás segura de que podrás hacerlo?

Sat-Ire asintió aliviada.

—Prometo que actuaré con prudencia. Sé mejor que nadie el peligro que entraña mi misión, aunque, si quiero obtener respuestas, deberé ahondar en un territorio inexplorado.

—Me vale con eso. Voy a informar a mi madre de…

—No lo hagas, amor. —La princesa la miró contrariada—. Es evidente que alguien te quiere ver muerta, pero, por ahora, es mejor que esto quede entre nosotras; seguro que el enemigo tiene ojos y orejas en palacio. Y Tutmosis es la persona más interesada en que tú desaparezcas.

Neferura negó con un gesto.

—Él no sería capaz de estar detrás de semejante crimen.

Además, no es el único que saldría beneficiado con mi muerte.

El núcleo duro de Tutmosis está compuesto por su visir, Useramon, el general Djehuty y no podemos obviar a tu padre.

Todos ellos llevan años alentándolo para que asuma las riendas del trono en solitario.

Sat-Ire se rascó la punta de la nariz.

—Mi padre es una persona ambiciosa, pero íntegra y leal. Él tampoco conspiraría contra ti ni contra tu madre. Sin embargo, si alguien está planificando tu muerte, sin duda cuenta con apoyos en la cúspide de poder —añadió pensativa—. Amor, por ahora será mejor que mantengamos en secreto este asunto.

—Está bien, Shaït, tú ganas. Lo haremos a tu manera —asintió la princesa, a regañadientes.

Sat-Ire fijó la mirada en los carnosos labios de Neferura.

—No pongas esos morritos, amor —dijo mientras se acercaba lentamente a su rostro—. Debemos aprovechar cada instante juntas como si fuera el último. Te amo, Neferura.

Las dos muchachas se fundieron en un eterno beso antes de dar rienda suelta a su jovial pasión.