8
Un encuentro inesperado
Al joven escriba no le gustaba deambular por las sucias calles de los suburbios después del anochecer.
Iba envuelto en una capa de lino gris y caminaba dando cortos y rápidos pasos.
En cada recoveco o esquina, aminoraba la marcha y lanzaba miradas furtivas a su alrededor.
Conocía bien el peligro que entrañaba caminar solo por el arrabal, pero estaba preparado para defenderse llegado el momento.
Oculta bajo la capa, empuñaba una larga y afilada daga.
Estaba a punto de llegar a su destino cuando le sobresaltó una voz de ultratumba:
—¿Dónde vas con tanta prisa?
Ante él apareció una figura aterradora, alta y siniestra, que ocultaba el rostro bajo una capucha.
Al devorador de almas le divertía contemplar el terror que provocaba su mera presencia en quienes tenían el infortunio de cruzarse en su camino.
Le resultó casi cómico ver el rostro del joven, descompuesto y temblando delante de él.
Sin embargo, no estaba allí por placer.
—¿Eres Nebamun? —se atrevió a preguntar el escriba.
La sombra se abalanzó sobre él y lo agarró del cuello.
—¿¡Cómo te atreves a llamarme por ese nombre!? —bramó mientras lo alzaba lentamente del suelo.
El hombre dejó caer la daga y se agarró con ambas manos del brazo del devorador de almas en un vano intento de zafarse de él.
El asesino apretó un poco más, sin llegar a obstruir por completo el paso de aire por la garganta, y se relamió al ver cómo las pupilas de su víctima se dilataban mientras su tez se tornaba cianótica.
De buena gana habría acabado con la miserable vida de aquel infeliz de no haber aceptado el encargo del jefe Khnumose. No le quedó más remedio que reprimir su ira y lanzarlo con violencia contra el suelo.
—¿Te has vuelto loco? —le soltó el joven entre toses.
—Dejémonos de charlas y acabemos la misión. Tú debes de ser Pacer, el escriba, ¿verdad? Guarda ese juguete en algún lugar donde no puedas hacerte daño —añadió, señalando la daga—. Por cierto, ¿traes el documento?
Sabía que el devorador de almas era un ser incapaz de sentir empatía o compasión, y que disfrutaba infligiendo el máximo dolor y terror en sus víctimas. Al experimentarlo en carne propia, comprendió que aquella vivencia lo perseguiría de por vida en sus peores pesadillas.
«¿Y este individuo debe ser mi sombra en Coptos?», pensó mientras lo miraba con desprecio.
—Claro que lo traigo —dijo recuperando el resuello.
El devorador de almas se le acercó y alzó su brazo para mostrar sus lívidos dedos. Pacer dio un salto hacia atrás.
—No voy a hacerte daño, jovencito —dijo a la vez que le daba una suave palmadita en las mejillas—.
Solo quería disculparme por mi mal pronto.
No es nada personal, me caes bien. No obstante, hay dos cosas que debes tener presentes a partir de este momento: me cuesta coger confianza con la gente y odio que me llamen por ese nombre. ¿Lo entiendes?
El tono cordial con el que lo expresó resultaba aún más aterrador.
—No volverá a pasar, señor.
—Entonces está todo bien, ¿eh? No querrás que nadie se entere de este pequeño percance, ¿verdad?
—El joven negó con la cabeza—. ¡Buen chico!
—El devorador de almas le pasó el brazo por el hombro y le susurró—: Hagamos bien nuestro trabajo y en muy poco tiempo nos convertiremos en íntimos amigos. ¡Ya lo verás!
Ambos hombres echaron a caminar, serpenteando por las oscuras calles del arrabal, rumbo al templo de Amón.
Ya era entrada la noche cuando se apostaron tras los muros del templo de Jonsu [29] , ubicado al suroeste del recinto de Karnak, muy cerca de la vía procesional.
Por la noche, la vigilancia era mucho menor en aquel punto, y los depósitos y oficinas del templo eran fácilmente accesibles a través de los patios laterales.
Las dos sombras se colaron en el interior del recinto, aprovechando que habían sobornado a los guardias que debían montar guardia allí, y recorrieron las galerías secundarias para llegar al primer patio del complejo de Karnak.
Lo cruzaron de norte a sur y tomaron un camino que los condujo a una puerta lateral, abierta al patio suroeste del templo.
Desde allí, bordearon el muro y llegaron al Lago Sagrado. Frente a ellos tenían el templo de Amón, pero para alcanzarlo tenían que atravesar las aguas.
Descendieron por las escaleras hasta llegar a la orilla, donde había varada una barca. Entre ambos, la empujaron hasta el agua, pero, cuando Pacer subió a la cubierta, se percató de que el devorador de almas se había quedado en el margen del lago.
—Yo me quedo vigilando —susurró, al tiempo que le hacía un gesto para se marchara.
El joven no insistió. Respiró aliviado y dirigió la barca hasta la orilla opuesta.
Amarró la embarcación antes de saltar a tierra y encaminarse hacia el portón que conducía al interior del templo.
Como esperaba, la puerta estaba cerrada pero no sellada, y entró al edificio a través de un corredor que olía a resina seca y humedad.
Hizo memoria del plano que había estudiado y recorrió el intrincado pasillo que lo conduciría a al archivo del templo. Sacó el documento que guardaba con celo en el interior de su capa y revisó que el sello estuviera intacto.
Apenas lo separaban una veintena de pasos de su objetivo cuando escuchó unos apagados pasos que se dirigían hacia él. La iluminación del corredor era tenue, pero suficiente para distinguir una figura oculta en la penumbra.
A tientas, palpó la pared hasta dar con un recoveco donde ocultarse. Sin embargo, era tan estrecho que, al forzar el cuerpo para introducirse, el papiro dio contra el muro y se le escurrió de la mano, cayendo al suelo. El documento fue dando varios tumbos hasta detenerse en mitad del pasillo.
Pacer estuvo a punto de salir por él, pero vio cómo se acercaba una fuente luz y tuvo que quedarse donde estaba para no ser descubierto.
Los pasos retumbaban ya muy cerca y rezó para que la persona que transitaba por el corredor no se percatara del papiro.
Contuvo la respiración y asomó ligeramente la cabeza para observar por el rabillo del ojo.
Una sacerdotisa avanzaba con una lámpara de aceite en la mano. Cuando estaba a punto de pasar de largo, se detuvo para evitar que una ráfaga de aire apagara la llama de la lámpara, protegiéndola con la mano. Fue entonces cuando vio el papiro tirado en el suelo.
Pacer se mordió la lengua y maldijo su mala suerte al verla recogerlo y examinarlo con atención.
—¿Cómo habrá llegado un documento sellado por la reina hasta aquí? —la oyó murmurar.
Por un instante, estuvo tentado de salir de su escondite para matar a la sacerdotisa.
Pero él no era un asesino. Mientras se debatía sobre qué hacer, se reanudaron los pasos y vio pasar una sombra delante de él.
La sacerdotisa siguió su camino y el eco de su presencia se fue apagando hasta desaparecer.
El espía salió al corredor de un salto y apoyó la espalda contra la pared.
Solo tenía dos opciones: confesar que había fracasado o mentir y decir que había completado con éxito la misión.
Saber que fuera lo esperaba el devorador de almas le facilitó la decisión.
En el peor escenario, si sus superiores descubrían que el documento secreto había sido hallado, siempre podría alegar que alguien lo había encontrado por casualidad.
Con el ánimo más resuelto, regresó al lago y condujo la barca hacia la otra orilla.
Le extrañó no ver al devorador de almas en el lugar donde lo había dejado, pero pensó que quizá era mejor así.
Sin embargo, nada más poner un pie en la tierra, una sombra emergió de la penumbra dándole un susto de muerte.
—¿Por qué apareces de la nada? —le reprendió Pacer.
El devorador de almas sonrió.
—¿Ha ido todo bien?
—Claro que sí —repuso sin atreverse a mirarlo a la cara—. ¿Y qué tal ha estado por aquí? Todo tranquilo, ¿verdad?
La ausencia de respuesta lo inquietó, y más cuando le vio la mano ensangrentada.
—Un incauto tuvo el infortunio de asomar la nariz cuando no debía —dijo el devorador de almas, con una frialdad que encogió el alma de Pacer—. Anda, ayúdame a llevarlo al agua. Te estaba esperando.
El asesino lo llevó hacia el lugar donde había arrastrado el cuerpo sin vida, pero Pacer tuvo que pararse a vomitar al contemplar lo que le había hecho a aquel pobre infeliz.
El devorador de almas se había ensañado con su víctima: le había desfigurado completamente la cara, arrancado los ojos y cortado la lengua.
Jamás había visto algo semejante.
—¿Era necesario actuar con tanta saña? —preguntó mientras escupía los restos del vómito.
—Me gusta hacer bien mi trabajo, es solo eso. Ahora ya sabes que soy todo un profesional; te conviene no olvidarlo. Vamos a pasar mucho tiempo juntos en Coptos, escriba.
Tomaron el cadáver en volandas y, al llegar a la orilla, el devorador de almas ató una pesada losa sobre su pecho con una soga antes de arrojarlo al agua.
—Eres un maldito degenerado —murmuró el joven mientras observaba cómo el cuerpo se hundía hasta desaparecer en el fondo del lago.
El asesino se carcajeó.
—Creo que este va a ser el inicio de una gran amistad, querido Pacer.
Por primera vez en la vida, el escriba se cuestionó si estaba obrando bien.
La razón que lo había llevado a aceptar aquel encargo, a cambio de una considerable cantidad de oro, no justificaba convertirse en cómplice de semejante atrocidad ni verse obligado a colaborar con aquel monstruo.
No obstante, no tenía elección: la orden de que el devorador de almas fuera su sombra en Coptos venía de lo más alto.
Pacer tenía mucho en lo que pensar aquella noche, pero no deseaba hacerlo cerca de él.
—Nos vemos en el puerto pasado mañana. Y procura vestir un poco más decente si no quieres atemorizar a la tripulación —le advirtió el escriba antes de abandonar a toda prisa aquel lugar.
Sin embargo, una duda lo detuvo en seco y lo obligó a volverse—.
¿Debemos informar al jefe Khnumose de este pequeño incidente o también debe ser un secreto?
El devorador de almas se acercó mientras se bajaba lentamente la capucha. En el instante en que Pacer contempló el rostro de aquel aberrante monstruo, supo que estaba sentenciado y que jamás podría escapar de él.
—Los amigos se guardan los secretos, ¿verdad? —respondió el asesino, antes de soltar una carcajada con la que se congeló el tiempo.