Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) EPÍLOGO
98%

EPÍLOGO

«La elegancia y solidez de un castillo de cerillas pegadas con cinta de celo».

Ese fue el dictamen de A. al leer el borrador final de la tesis de M.

No lo dijo con crueldad; era peor: lo dijo con exactitud.

Y, en fin, dado que su trabajo fue uno de los pocos calificados con un simple aprobado, en un ecosistema académico donde el cum laude suele florecer con sospechosa generosidad después de una buena comida al tribunal, el comentario daba que pensar.

No será porque M. no intentara honrar esa tradición impuesta, pariente lejana del cohecho y prima carnal de la digestión pesada: se tiró meses elogiando ante la directora de su tesis cierto lugar donde, según él, servían las mejores cocochas de todo Madrid.

Sea como fuere, un domingo por la mañana de finales de junio los tres nos encontrábamos en Toledo para celebrar el diploma de nuestro flamante doctor.

Poniendo fin a la etapa de dispendios que sigue a la concesión del título, M.

nos invitó a pasar la noche del sábado en el Parador.

Tras una cena desmedida y su consiguiente resaca, nos hizo levantarnos a una hora demencial para aprovechar que a las nueve y media abrían San Miguel el Alto, la iglesia donde A.

tuvo aquel extraño encuentro con el cura de la historia de Lucía, y que M. llevaba tiempo queriendo visitar.

El cura que conoció en su día A. ya se había jubilado, y ahora el titular de la parroquia era un jovencito paliducho que se ocupaba de que no le faltasen flores frescas a don Segundo, antiguo párroco del templo, muerto en olor de santidad a manos de las hordas rojas.

Para nosotros, en cambio, seguía siendo el hombre que destrozó la vida de Lucía y acabó con ella cuando aún era una niña.

La pequeña placa de cerámica que el cura amigo de A.

insistía en romper se había convertido en un enorme cuadro al óleo dispuesto sobre un altar, donde don Segundo elevaba su pía mirada al cielo sobre un fondo oscuro que clareaba en torno a su cabeza, con una aureola tan poco disimulada que daba vergüenza ajena y rabia a partes iguales.

A. se quedó mirándolo sin decir nada. No hizo ningún comentario, pero le vi apretar los dientes y meter las manos en los bolsillos con una violencia contenida, de esas que anuncian una mala idea antes de que llegue a formularse.

La visita lo puso de particular mal humor y pude escuchar, alarmado, cómo él y M. pasaron los siguientes minutos planeando un nuevo allanamiento para quemar el cuadro.

Por fortuna, esta vez se les pasó la ocurrencia, y el resto de la mañana lo empleamos en pasear, visitando algunos rincones poco conocidos de la ciudad.

El calor iba apretando según avanzaba el día y la hora del aperitivo nos sorprendió en las cercanías de San Juan de los Reyes.

La ciudad estaba repleta de turistas, así que nos consideramos afortunados al encontrar mesa libre en una terraza montada bajo el arbolado de una placita cercana, desde donde podíamos contemplar la fachada del monumento.

Y, con unas cervezas y la tapa más indigna que me han puesto en la vida —como comentó, crítico, un amigo mío a quien creo que no necesito identificar—, nos repantingamos en nuestras sillas y, cumpliendo con la noble tradición de los viejos matrimonios que ya han agotado todas las conversaciones posibles, terminamos pendientes de nuestros respectivos teléfonos.

Sonó un pequeño golpe bajo la silla de A.

Alguien de una mesa vecina había dejado caer el teléfono, que rodó hasta detenerse bajo su asiento.

Mi amigo se agachó, lo recogió y se giró para devolvérselo a quien lo hubiera perdido.

Yo, que había levantado distraídamente la mirada de mi pantalla, tardé un segundo en entender por qué aquel gesto tan simple había dejado de pertenecer a una mañana cualquiera.

Isabel estaba allí.

Había estado todo el tiempo sentada de espaldas a nosotros con dos chicos y una chica más.

Llevaba gafas de sol, camiseta blanca y tejanos, y el pelo algo más corto que cuando la vimos por primera y última vez.

La reconocí con una claridad incómoda, demasiado limpia, porque ella no podía reconocernos del mismo modo.

Puede parecer inverosímil, pero creo que, cuando planeamos nuestra escapada a Toledo, ninguno de los tres llegó a pensar en ella.

Los meses transcurridos desde que la dejamos en su casa habían tenido un efecto reparador en nosotros, tiempo en el que, como Bente me había advertido, todos teníamos muchas cosas que olvidar.

—Muchas gracias —dijo, tendiendo la mano para coger el teléfono.

A. seguía sin reaccionar, manteniendo el móvil en el aire, fuera del alcance de su dueña.

No miraba el teléfono, sino la mano de Isabel.

Ella esperaba que se lo devolviera, nada más; y quizá eso, precisamente, fue lo que lo dejó inmóvil.

Isabel, en lugar de insistir, se quitó las gafas y entrecerró los ojos, no tanto para mirar mejor como para perseguir algo que se le escapaba por dentro.

—Oye, ¿nos conocemos? Yo la verdad es que nunca olvido una cara. No sé…

Al escuchar su voz, M. levantó la mirada del móvil y saludó por puro reflejo, antes de que ninguno de nosotros pudiera detenerlo.

—¡Hola, Isabel!

—Hola.

Ella respondió con esa inseguridad con la que solemos corresponder el saludo de alguien a quien no terminamos de identificar.

Sin embargo, no optó por la vía que habría elegido la mayoría —dar por concluida la conversación o dejar que el otro hablara hasta encontrar una pista—.

Isabel no era una persona común y nos preguntó directamente a los tres:

—Perdonad. Me suenan muchísimo vuestras caras y no os reconozco. ¿Sois de la Consejería?

A. miraba incrédulo a M. , y yo buscaba desesperadamente una excusa para levantarme de la mesa en un momento tan incómodo.

En el fondo, los tres habíamos entendido lo mismo: Isabel no recordaba nada concreto, pero algo en ella se negaba a dejarnos pasar por simples desconocidos.

No habría sido de extrañar que Bente nos castigase con algún prodigio humillante, solo por haber sido incapaces de obedecer una instrucción sencilla: apartaos de Isabel, dejad que os olvide.

A. dejó de fulminar con la mirada a M. , se volvió hacia Isabel y, por fin, le entregó el teléfono antes de responder:

—Nos conocemos del juzgado, hace mucho tiempo. Cuando estabas en la facultad nos visitasteis con vuestro profesor.

—¡Claro! Claro que me acuerdo. Es eso. Recuerdo tu cara porque me dio la impresión de que te aburrías como un mono escuchando a todos aquellos charlatanes.

A. parpadeó despacio, como si aquel recuerdo trivial le hubiera llegado desde una vida que ya no podía reclamar.

Luego Isabel frunció el ceño, dudosa.

—Pero solo estuvimos sentados entre el público y nos fuimos sin hablar con nadie al terminar. Además, él sabe mi nombre… No, en serio, no es solo de vista. Hay algo más. ¿De qué nos conocemos?

La respuesta a la pregunta era sencilla: mi amigo acababa de devolverle el teléfono con la misma mano con la que meses atrás había intentado impedir que se entregara a una falsa familia de muertos; yo había pasado por la experiencia poco recomendable de morirme también durante aquella excursión; y además sabíamos que su tía y su prima habían desaparecido para siempre en un accidente que nunca existió.

Todo ello, como se comprenderá, resultaba difícil de encajar en una conversación de terraza.

Por la expresión de M. , sonrojado hasta la congestión, intuí que estaba a punto de improvisar una excusa tan inverosímil que terminaría complicándolo todo aún más. Por fortuna, no llegó a abrir la boca.

Antes de que nadie dijera nada, percibí un perfume conocido, limpio, imposible de confundir. Me llegó mezclado con el olor del café, el sol de la terraza y el murmullo de las mesas cercanas, y durante un segundo todo eso se apartó. Supe que era ella antes de oír su voz.

—Perdonad, chicos, yo siempre llego tarde… ¿me pides un vermut, E. ?

La voz sonó a mi espalda con ese leve arrastre de las erres y esa musicalidad extraña del danés.

Bente se sentó a mi lado con naturalidad, sin precipitarse, sin pedir permiso y sin producir en nadie de la terraza el menor sobresalto.

Llevaba un vestido corto estampado que dejaba al aire los hombros, ligero y veraniego, tan adecuado a la hora y al lugar que parecía sencillamente suyo. Cruzó las piernas y sonrió a Isabel.

—Hola. Yo soy Bente —pronunció la te final con esa suavidad nórdica que nunca terminaba de desaparecer—. ¿Es vuestra amiga?

Isabel negó, algo desconcertada.

—No, no… ha sido casualidad. Estábamos intentando averiguar de qué nos conocemos, pero no hay manera. Me suenan muchísimo sus caras.

Bente inclinó ligeramente la cabeza, y durante un instante tuve la desagradable impresión de que no estaba buscando una excusa, sino el recuerdo preciso que convenía colocar en su sitio.

—¿No estuviste a finales de año en la Facultad? —preguntó mirando a M. —. Tú fuiste a consultar unos libros del departamento de Civil, ¿no?

El acento danés apareció con mayor claridad en la palabra Facultad, redondeando las vocales. Era exactamente la entonación que A. había conocido años atrás. Vi cómo lo comprendía en el acto: aquello no era una improvisación, era una elección.

M. tardó apenas un segundo en aferrarse a la cuerda que le lanzaban.

—¡Claro! Eso es. Estuve por allí unos días. He pasado un par de meses raros y quería retomar cosas… Estaba preparando mi tesis y me presentaron a bastante gente.

—Perdona, ¿ M. te llamas, verdad? —dijo Isabel, intentando ordenar recuerdos.

—Sí. Y él es A. , mi amigo E. , y ella es Bente, como te ha dicho. Hemos venido a Toledo a celebrar que, por fin, soy doctor.