EPÍLOGO #2
—Ah… enhorabuena —respondió Isabel con una sonrisa todavía insegura—. Perdonad si soy atrevida. Mis amigos se van ahora y tengo la cabeza hecha un lío, y encontrarme con alguien del mundillo jurídico quizá me ayude a ordenar algunas cosas. ¿Puedo haceros unas preguntas?
Bente apoyó el codo sobre la mesa y sostuvo la barbilla con la mano, divertida.
—Claro que sí —respondió con aquella cadencia suave, casi cantada—. A mí me encantan las preguntas .
No había en su gesto nada de solemnidad ni de misterio; parecía, sencillamente, una joven nórdica instalada en España que disfrutaba del sol y de la conversación.
El camarero se acercó a tomarle nota, y Bente pidió el vermut sin llamar más la atención que cualquier amiga llegada con retraso a una mesa ya ocupada.
Lo que comenzó como una coincidencia se convirtió en comida.
El asunto del doctorado apenas dio para unos minutos antes de diluirse entre anécdotas universitarias y recuerdos imprecisos, cuidadosamente inofensivos.
Después vino la sobremesa, y más tarde un café en otra terraza con vistas, como si nadie quisiera romper aquella tregua luminosa.
Yo observaba a Isabel con atención. En su mirada no había sombra alguna de terror, ni de memoria traumática.
Solo curiosidad y esa vaga sensación de que algo importante se le escapaba por los dedos.
En un momento de la comida, mientras M. fingía indignarse por la falta de fundamento de cierto plato, Isabel se echó a reír y A.
apartó la mirada. No fue un gesto brusco.
Apenas bajó los ojos hacia su vaso, pero entendí que aquella risa le había llegado desde un lugar al que ya no tenía derecho a volver.
Bente intervenía lo justo, con comentarios breves, a veces en un castellano impecable, a veces dejando caer esa leve inflexión danesa que hacía creíble su presencia.
No ocupaba el centro de la mesa, pero la conversación pasaba por ella cuando convenía, se desviaba cuando debía desviarse y volvía a su cauce sin que ninguno de nosotros supiera muy bien cómo había ocurrido.
Era, en aquella escena, una presencia perfectamente humana.
O, al menos, lo bastante humana para que nadie tuviera motivos de dudar de ella.
Y por primera vez en mucho tiempo, su presencia no pareció abrir una puerta hacia otro sitio. Bente estaba allí, bajo el sol de junio, formando parte de aquella tarde.
Cuando nos levantamos de la terraza, se me clavó una idea en la cabeza y empezó a obsesionarme.
Yo tenía asumido que no podía estar con Bente más que en determinadas circunstancias: acudiendo a lugares particularmente vinculados a ella, o mediante la posesión de ciertos objetos.
La teoría era absurda, pero tenía la comodidad de todas las teorías absurdas: me permitía fingir que entendía algo.
Si era así, me aterraba que, con tanto deambular por la ciudad, incumpliéramos alguna regla y, de pronto, ella se me deshiciera entre los dedos hasta desvanecerse.
Sé que suena ridículo, pero el cerebro tiende a simplificar lo que no termina de comprender, y yo me había fabricado una imagen mental calcada a la de los repetidores de telefonía móvil: de un momento a otro, Bente podía quedarse sin cobertura.
No era una metáfora digna, lo admito, pero pocas angustias resisten bien una explicación técnica improvisada por un idiota enamorado.
La idea de que estaba a punto de perderla me angustió tanto que terminé invadido por una congoja difícil de disimular.
Y fue entonces cuando ella se apiadó de mí, saltándose una vez más las reglas no escritas de nuestro juego. Se cogió de mi brazo, inclinó la cabeza hasta que su pelo rozó el mío y me ofreció la respuesta a una pregunta que ni siquiera había formulado en voz alta:
«¿Pero quién te ha dicho que solo podemos vernos entre piedras rotas y tumbas vacías? Yo no, desde luego. Por favor, mírame: soy una chica con clase».
Más tarde, mucho más tarde de lo previsto, seguíamos en Toledo.
El sol comenzaba a ocultarse tras el horizonte y las calles habían recuperado la calma, cuando la mayoría de los turistas abandonaron la ciudad en masa para regresar a Madrid.
Yo estaba junto a Bente, apoyado en la barandilla de un mirador, disfrutando del frescor que trae la caída del día.
En un banco cercano, A. seguía hablando con Isabel, y algo más lejos M.
intentaba sacar una estúpida foto del ocaso; una foto que nunca se molestaría en mirar .
Isabel decía algo con las manos, inclinada hacia delante, entregada a una normalidad que a A.
debía de parecerle tan hermosa como inalcanzable.
Él la escuchaba con una atención tan cuidadosa que parecía tener miedo de rozar algo indebido.
De vez en cuando sonreía, siempre un poco tarde, cuando ella ya había empezado a mirar hacia otro lado.
Yo, por mi parte, me había olvidado del sol y de los tejados de Toledo amontonados a nuestros pies. Me limitaba a contemplar, embobado, cómo el reflejo arrancaba a su pelo matices cobrizos.
Bente, sin mirarme, dijo:
—Ya te lo dije. Cuando estuvieras listo, volveríamos a vernos.
Me sorprendí al escuchar aquello. Yo había dado por hecho que su presencia se debía solo a remediar el desastre que el rudimentario sentido de la discreción de M. estuvo a punto de ocasionar.
—Entonces, lo de hoy… ¿no ha sido un accidente?
Ella me miró, me besó y, apoyando los codos en la baranda, se quedó un instante mirando el horizonte, con la cabeza sostenida entre las manos.
Luego sonrió con esa malicia suya, tranquila, en ocasiones infantil.
Antes de responder, dirigió una mirada fugaz hacia el banco donde Isabel y A.
seguían hablando, y tuve la incómoda sospecha de que aquella tarde, con todos sus desvíos y casualidades, llevaba más tiempo preparada del que ninguno de nosotros habría querido aceptar, porque hacerlo significaba admitir que quizá no habíamos decidido casi nada.
Y sin que yo supiera entonces hasta qué punto me estaba respondiendo, dijo, con un leve acento danés que reapareció como un guiño:
—Una maga jamás revela sus trucos…