Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO XXII #3
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CAPÍTULO XXII #3

A. no dijo nada. Solo cerró despacio los dedos sobre la chapa del coche, hasta que los nudillos se le marcaron bajo la piel.

—Habrá un accidente. Se hablará de un coche y de agua. No aparecerán cuerpos. Eso le dará una historia que aceptar… y una pérdida que llorar. Lo demás no os corresponde decidirlo.

Su mirada se suavizó apenas.

—Si de verdad quieres protegerla, tendrás que desaparecer de su recuerdo. No como un castigo. Como una última forma de cuidado. Déjala volver a ser quien era antes de la niebla.

A. , que se había quedado petrificado al escucharla, tardó en asentir. Primero miró a Isabel una vez más; luego bajó la cabeza, soltó la puerta y dio un paso atrás. Solo entonces asintió lentamente.

Mientras tanto, M. se había adelantado un poco por el camino y descubrió que el coche de Violeta había desaparecido del lugar en el que ellas lo habían dejado aparcado. Tras despedirse de Bente, los dos entraron en el coche y me dejaron a solas con ella.

—Te prometí que nos volveríamos a ver. ¿Ves cómo no te mentí? —bromeó Bente.

Y luego añadió, más seria:

—Tú también tienes cosas que asumir… y que olvidar. Pasará un tiempo antes de volver a vernos, pero cuando estés listo nuestros caminos se cruzarán de nuevo.

—Volveré aquí la semana que viene.

Bente frunció el ceño, con esa severidad leve que en ella no terminaba de ser regaño ni advertencia. Bien sabía yo que así no funcionaban las cosas con ella. Si regresaba, tan solo me encontraría con un montón de piedras, venerables para mis amigos y mudas para mí.

Me besó una vez más. Al separarse, su perfume permaneció un segundo en el aire, no lo bastante para retenerla, sí lo bastante para que comprendiera que aquella despedida también tendría que aprender a soportarla.

Cuando el coche arrancó miré por el retrovisor del acompañante y descubrí que la luz rojiza de las luces traseras ya solo alumbraba troncos de árboles. No había ni rastro de Bente .

Seguimos las instrucciones que habíamos recibido y nos acercamos al pueblo en primer lugar.

Era aún muy pronto, quizá las cinco de la madrugada.

Había regresado la electricidad y, con ella, Valdeolivas volvía a parecer un lugar posible.

No quedaba ni rastro de la niebla ni de los presagios que la acompañaban.

Isabel se despertó a medias y, con movimientos mecánicos, subió a su habitación, se cambió de ropa, hizo el equipaje y regresó al coche.

No preguntó por Violeta. Tampoco por Silvia.

Solo se detuvo un instante ante la silla donde alguien había dejado doblada su ropa la tarde anterior, pasó los dedos por encima de las prendas antes de guardarlas también y siguió adelante, con una obediencia sonámbula más triste que cualquier llanto.

Mientras M. recuperaba su ropa para no dejar ningún rastro que nos relacionase con la casa, A.

fue a los restos de su coche para recoger su equipaje y el mío.

A lo largo del camino atravesó un sembrado de cuerpos menudos y alas rotas: miles de aves muertas llenaban las calles del pueblo.

Cuando los vecinos más madrugadores descubrieron aquel espectáculo espeluznante, nosotros ya estábamos a bastantes kilómetros.

Más tarde se habló de un pequeño terremoto que habría desorientado a los pájaros de la zona. Por fortuna debió de ser un temblor ligero, porque no causó más daños materiales que el siniestro del C6 de un turista y el derrumbe de una de las viejas puertas de la muralla.

Sin ni siquiera parar a desayunar, llegamos a Toledo cuando ya clareaba el alba.

El único incidente reseñable lo vivimos justo donde comenzó mi historia: en los muros de contención del embalse de Entrepeñas, junto al remedo franquista de una torre medieval.

Dos coches de la Guardia Civil y un par de vehículos de emergencias habían cortado la carretera.

Parecían estar buscando algo que había caído al pantano.

Nos pusimos bastante nerviosos, no porque temiésemos encontrar allí la verdad, sino porque Isabel pudiera reconocer en aquella escena la mentira que le iba a ser entregada para siempre. Por fortuna, un guardia nos dio paso y dejamos atrás el lugar del accidente.

Una Isabel somnolienta nos guio hasta un barrio a extramuros de la ciudad y paramos frente a un pequeño edificio de dos plantas. Sin decir nada, se bajó, recogió el equipaje, entró en el portal y desapareció de nuestra vista.

Era difícil interpretar la expresión de A.

y no resultaba fácil encontrar nada adecuado que decir.

Yo también acababa de perder a Bente, pero tuve la decencia —o al menos el cansancio— de comprender que aquello no era lo mismo.

A A. le habían pedido que salvara a Isabel borrándose de su vida. Y él acababa de obedecer.

No fue sencillo, hasta que M. encontró las palabras justas y nos sobresaltó con una palmada.

—Bueno, ¿desayunamos? Conozco por aquí un sitio donde sirven los mejores churros de la provincia.

Aquella mañana, desayunamos churros. Y mientras los comíamos, nadie habló de la niebla.