CAPÍTULO XXII #2
Veamos: revivido o no, no era idiota y capté la ironía, aunque no llegué a entender su sentido.
Alguien tan ácido como A. no podía desaprovechar una ocasión así.
Tomé nota y me agarré al brazo de Bente, no solo porque necesitase su ayuda, sino porque también me ofrecía una excusa perfecta para estar a su lado sin verme obligado a responder preguntas incómodas.
Ahora que me fijaba bien en mis amigos, me di cuenta de que los dos tenían un aspecto lamentable, con los rostros demacrados y la ropa sucia.
Incluso me pareció que A. desprendía un olor bastante desagradable.
Fuimos caminando hacia la salida del recinto del templo, pero M.
nos cortó el paso, plantado en medio de la puerta, con las manos en las caderas.
Y aquella noche aprendí también a entender un poco mejor a Bente: cuando te dice que conocerás la verdad «cuando estés preparado», en realidad te está diciendo que la conocerás cuando M. deje de soportar el silencio.
—Ya está, se acabó. No pienso jugar a hacer de guía toda la santa noche con E.
—dijo M. —. Escucha, porque lo voy a decir una vez y seguramente mal.
Regresaste al pueblo. Allí no había una sombra, sino tres.
Dos llevaban años usando a Silvia y a Violeta.
La tercera quería a Isabel. Los tres intentamos sacarla, pero tú te metiste donde no debías, te perdiste en la niebla y acabaste en el suelo, que es una forma bastante idiota de llamar a otra cosa más fea.
Y, de no haber sido por ella, no estarías aquí preguntando tonterías.
Señaló a Bente con la barbilla, sin mirarla del todo.
—Y respecto a lo otro… nadie va a hablar de lo que pasó en ese pueblo.
Nunca. Con nadie. Así que, por lo que a mí respecta, lo que haya entre vosotros no es cosa mía.
Pero, si a alguien se le ocurre ir a mi mujer con el cuento de mis…
historias con Silvia, te juro que voy a tener una conversación muy interesante con la tuya sobre esta señora que te saca de la muerte y luego te deja dormir en su regazo.
M. no tiene mucha clase, pero en ese momento las piezas encajaron en mi cabeza con un atronador crac.
—Algo me hizo Violeta… Creo… creo que me mató.
Una idea terrible cruzó por mi mente y me miré la mano.
—¡No eres un fantasma, idiota! Te huelo el aliento desde aquí. Hazme el favor de lavarte los dientes cuando puedas.
Nada elegante, pero efectivo, no cabe duda. M. seguía en su línea y, por extraño que parezca, me tranquilizó comprobar que no había cambiado en lo más mínimo.
—Pero si me mató, ¿cómo entonces…?
—Tu amiga no quiere hablar de estas cosas —dijo M. , encogiéndose de hombros—, pero A. cree haber entendido algo.
El aludido se metió las manos en los bolsillos de aquella ropa absurda que llevaba y carraspeó antes de hablar. Tardó un poco más de lo normal. No parecía ordenar una teoría, sino decidir hasta dónde podía acercarse a lo ocurrido sin volver a verlo .
—No lo sé —empezó—. No del todo. Pero he leído que, a veces, cuando alguien no acepta lo que le ha pasado, puede quedarse aferrado a algo.
A una persona, a un objeto… a lo que todavía tira de él.
Tú debiste agarrarte a lo único que seguía llamándote.
El colgante mantiene un vínculo muy fuerte con ella —añadió, sin atreverse del todo a pronunciar su nombre—.
Quizá eso bastó. Quizá fue una cuerda, o una puerta mal cerrada.
No pienso fingir que lo entiendo mejor que eso.
Estaba claro que ni M. ni A. se sentían cómodos pronunciando el nombre de Bente y preferían refugiarse en un constante «ella», salvo en momentos como aquel, en que la simple educación les impedía tratarla como si no estuviera delante.
Bente era perfectamente consciente del problema y parecía divertirse con el esfuerzo torpe que hacían por nombrarla sin nombrarla.
Yo, que ya había recuperado la memoria, recordé ciertas supersticiones antiguas sobre los nombres verdaderos y las cosas que conviene no llamar de frente. Al parecer, mis amigos habían llegado por puro instinto a una prudencia bastante razonable.
Mientras descendíamos el monte, M. y A. me pusieron al corriente de lo que había ocurrido a lo largo de la noche.
Entre frase y frase, en los silencios que dejaban mis amigos, Bente caminaba a mi lado. Hacía rato que había dejado mi absurdo disimulo: iba con ella cogido de la mano.
Aunque ninguno de los tres habló de ello —ni entonces ni nunca en adelante—, yo guardaba muy fresco el recuerdo de mi paso por aquel lugar espantoso.
No sabría decir qué nombre merece aquello, ni siquiera si merece alguno, pero sentir el frío de la noche en la cara y caminar acompañado por Bente y por mis amigos me hacía sentir de un modo feroz, casi doloroso, que seguía vivo.
Intimida la idea de saber que has estado muerto, pero no es nada comparado con la gratitud salvaje de recibir una segunda oportunidad .
Nunca supimos con exactitud qué era aquello que las tres hermanas habían invocado, ni qué clase de cosa terminó por devorarlas.
Aun así, fue inevitable que se nos pasara por la cabeza la palabra que nos habían enseñado desde niños.
Había demasiadas piezas antiguas, demasiados nombres posibles y demasiada oscuridad alrededor de Lilith y Bente como para pretender una conclusión limpia.
Yo, desde luego, siempre me he negado a hacerlo.
Me basta con saber lo que vi, y con lo que sentí.
Llegamos por fin al coche de M.
—Aquí debemos despedirnos —anunció Bente—, aunque aún os queda una cosa por hacer. Una cosa que te resultará dolorosa, si de verdad quieres hacer lo mejor para ella.
A. , que había abierto el coche y comprobado que Isabel seguía profundamente dormida, se irguió y miró a Bente sin comprender, al notar que se dirigía a él.
—Claro que estoy dispuesto a hacer cualquier cosa por Isabel.
Bente soltó mi mano y se le acercó.
—Entonces tendrás que renunciar a ella.
A. se puso muy serio. Creo que estuvo a punto de protestar, pero al final se quedó callado.
La mano se le quedó apoyada en el borde de la puerta abierta.
Dentro, Isabel dormía con la cabeza ladeada, envuelta todavía en una paz prestada que no parecía pertenecerle del todo.
La miró un instante y apartó la vista, no por frialdad, sino porque seguir mirando le habría parecido una forma de retenerla.
—Para salir adelante, tendrá que olvidar muchas cosas —continuó Bente—. Y entre ellas estáis vosotros. Estás tú, A.
Se hizo un breve silencio antes de continuar.
—Llevadla a recoger lo que necesite. Después, dejadla marchar. No intentéis retenerla.