Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO XXII
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CAPÍTULO XXII

CAPÍTULO

XXII

Caí desplomado al suelo. O, mejor dicho, algo cayó al suelo. Si algo nos define como personas es la conciencia de existir; y aquello que se golpeó contra las tablas fue únicamente mi cuerpo. Yo, en cambio, seguí allí.

Durante un instante esperé sentir el impacto, el dolor, el aire escapándoseme de los pulmones.

No llegó nada. Contemplé la escena sin llegar a creérmela.

La primera explicación que encontré fue absurda, pero al menos pertenecía al mundo de los vivos: quizá me había golpeado la cabeza; quizá aquella habitación, mi propio cuerpo tendido en el suelo, no eran más que una alucinación.

Confuso, quise frotarme los ojos, pero al hacerlo —o más bien al creer que lo hacía— descubrí que nada había tapado mi visión.

Seguía allí, de pie, en la habitación de Isabel, junto a eso que mi mente insistía en hacerme creer que era yo.

Giré en redondo. Mi teléfono había caído cerca, boca abajo, y por los bordes dejaba escapar una luz pobre.

Me pareció insoportable que una cosa tan pequeña y vulgar siguiera funcionando con perfecta normalidad mientras yo acababa de quedar fuera de mi propia vida.

Me di la vuelta, cada vez más confundido y asustado, y la vi: Violeta estaba también de pie, mirándome a los ojos.

Sonrió, pero no fue una sonrisa de triunfo; fue peor: la sonrisa paciente de quien acaba de corregir a un niño desobediente .

—Has sido un chico muy malo. Tendré que encerrarte en el cuarto oscuro para que aprendas a no hurgar en lo que no te pertenece.

Luego bajó la mirada hacia el suelo. Pareció reparar entonces en mi teléfono, todavía encendido junto al cuerpo.

—Me llevo esto —añadió, señalándolo—. Donde vas ya no lo necesitas.

Se agachó a cogerlo, dio media vuelta y salió de la habitación.

Traté de decirle algo, de llamarla, pero fue inútil.

O no me oía, o no me quería oír. Eché a correr hacia ella y, al hacerlo, la habitación empezó a deformarse ante mis ojos; después, poco a poco, todo se fue apagando.

No era solo que Violeta se hubiera llevado la única fuente de luz.

Era que la habitación se retiraba de mí.

Las paredes, la puerta, el techo, incluso el cuerpo tendido a mis pies, fueron perdiendo consistencia hasta no dejar más que una oscuridad sin bordes.

Entonces empecé a entender lo que me había ocurrido: había muerto.

Grité de rabia y desesperación, de pura impotencia. ¿Aquello era el Más Allá? ¿Había perdido todo lo que me importaba y ya no encontraría el modo de regresar? Si alguien me preguntase qué es para mí lo peor del infierno, yo le respondería con una palabra, o dos con el artículo: la esperanza.

Porque la esperanza no permitía rendirse, pero tampoco ofrecía una salida: solo empujaba a seguir buscando una grieta, una puerta, un ruido, cualquier señal que me permitiera mentirme un segundo más.

Di un paso hacia donde creía que podía estar la salida de la habitación, pensando que de algún modo lograría encontrar la calle, que el aire frío me despejaría y me despertaría de aquella pesadilla, pero me detuve en seco.

En medio del vacío presentí, no muy lejos de mí, algo reconocible. Traté de dominar el miedo y me concentré.

Sí. Allí estaba .

Era una presencia familiar, aunque todavía tenue y lejana. Traté de cerrar los ojos —aunque, por supuesto, no había ojos que cerrar—, pero el simple hecho de pensar en ese gesto me ayudó a controlar el pánico. Me obligué a apartar lo superfluo y a centrarme únicamente en aquello.

Un olor. Eso era: un olor familiar y agradable.

No flotaba en la oscuridad; la ordenaba.

Le daba una dirección. Tratando de guiarme únicamente por esa memoria del olfato, avancé hacia su fuente.

Cuanto más me acercaba, con más intensidad lo percibía, y más fácil me resultaba comprender por qué me atraía tanto. Hasta que finalmente lo supe.

Bente estaba allí.

Era su perfume, el mismo que parecía conservar en algún lugar imposible de mí desde aquella tarde.

La llamé, pero no obtuve respuesta, así que continué avanzando hacia aquella presencia, hasta que llegó un momento en el que la oscuridad empezó a ceder. Y al fin llegué. Sin embargo, no fue a un lugar, sino a un estado: calma, abandono. Lo único que quería era quedarme allí, y eso hice.

Y debí dormirme, porque un instante después —o eso me pareció— me desperté sobresaltado.

Alguien me rozaba la cabeza. Molesto, alcé la mano para apartar aquello y, al hacerlo, me dolió.

El hombro protestó con un crujido seco. Tenía las manos entumecidas, pesadas, torpes, devueltas de pronto a las miserias de la circulación sanguínea.

Abrí los ojos y descubrí que todavía era de noche: estaba bajo el cielo raso.

Intenté incorporarme, pero la misma mano suave que me acariciaba el pelo me lo impidió.

Levanté la mirada y vi muy cerca el rostro ovalado de Bente, enmarcado por sus mechones rubios, sonriéndome con una dulzura que tardé en aceptar como real.

Obviamente no tenía ningún motivo para abandonar la posición en la que me encontraba, blandamente encajado en su regazo, así que me acomodé y volví a cerrar los ojos.

Sin embargo, el cuerpo no tardó en reclamar lo suyo.

Poco a poco fui sintiendo las penurias de poseer uno.

La espalda comenzó a matarme, una piedra diminuta me castigaba entre los omóplatos y el frío de la noche me había encontrado las articulaciones una por una.

Al final me di cuenta de que tenía una sed terrible, y que el hambre no se quedaba muy atrás.

—Bente —le dije con la boca pastosa—, está muy bien esto, pero creo que tendríamos que buscarnos un sitio más cómodo.

—¡Buscaros un hotel!

Me sobresaltó tanto como me avergonzó reconocer la voz de mi amigo M.

Fue como si me hubieran pillado en un renuncio.

Ahora sí, me incorporé y todas las piezas de la espalda humana capaces de hacer ruido se unieron a la labor de convertir un movimiento natural en un lamentable concierto de chasquidos.

A pesar de la oscuridad no tardé ni un segundo en reconocer los muros excavados en piedra del templo, donde Bente y yo habíamos pasado una tarde inolvidable.

M. estaba sentado en el suelo, junto a las jambas de la puerta.

La pantalla del móvil le iluminaba la cara con un resplandor pálido, y él la contemplaba con una atención demasiado fija para ser natural.

De pie, algo más cerca, A. me observaba expectante.

—¿Cómo estás, E. ?

No se acercó a tocarme. Esa prudencia, más que su pregunta, empezó a inquietarme.

—¿Qué ha pasado? ¿Me he desmayado?

Bente se había levantado y dio un paso para situarse también frente a mí. No sonrió. Su expresión era extrañamente seria, cerrada de golpe sobre sí misma, como si la ternura de hacía un instante hubiera sido un descuido que no pensaba permitirse de nuevo.

—No te preocupes por eso ahora —me dijo.

Me encogí de hombros. Desde mi confusión, no veía motivos para insistir.

—Bueno —respondí al fin a la pregunta de A. —, me duele todo. Y tengo una sed terrible. Y hambre, aunque por las horas que son —añadí mirando el reloj— no habrá mucho abierto hasta que sirvan desayunos.

—Hum.

Los largos años de intimidad me enseñaron que aquella interjección de M.

iba dirigida contra A. y solía aparecer cuando, después de una discusión entre ambos sobre alguna estupidez que a nadie remotamente normal le importaba, se había terminado demostrando que M.

llevaba razón. O, al menos, eso era lo que M. decidía que había ocurrido.

M. se acercó y me puso entre las manos un vaso de plástico con agua, un paracetamol y cuatro galletas. Luego se retiró a su rincón y me dejó caer, sin mirarme siquiera:

—Y cuida el agua, que para llegar hasta la fuente hay que subir y bajar el monte, y tengo pinchos hasta en los calzoncillos.

Después de comer, beber y tragarme la pastilla, me sentí considerablemente mejor; lo bastante como para ponerme en pie sin tambalearme como un borracho. Aun así seguía confuso, con la cabeza llena de imágenes sueltas que se rozaban entre sí sin terminar de encajar.

—No entiendo. ¿Cómo habéis llegado aquí? ¿Es que no regresé al pueblo y M. supo dónde buscarme? Y, por cierto, A. … ¿qué demonios llevas puesto?

A. miró a Bente, buscando sin querer una señal, y contestó:

—Una selecta colección de lo mejor del armario de M. Ha sido una noche complicada.

Bente me cogió de la mano. El contacto, sin estridencias, pareció apartar un poco el frío y el dolor, no como un milagro, sino como una certeza sencilla: seguía entero.

—Cuando estés listo lo recordarás todo. Ahora debemos ir bajando —anunció Bente.

La miré, desolado, y esa misma sensación me trajo el recuerdo de los dos haciendo lo mismo cuando anochecía, y la advertencia que dejó en el aire justo antes de desvanecerse. El pueblo y el peligro que corríamos allí.

—¿Sigue Isabel en Valdeolivas? —pregunté sobresaltado.

M. apagó el móvil; alcancé a ver la pantalla rajada. Se levantó antes de responder.

—Isabel está durmiendo en el asiento trasero de mi coche. Está a salvo. No te preocupes.

Me alegré enormemente al escucharlo. Era como si mi instinto me hubiera advertido de que en Valdeolivas todo podía haberse torcido, pero, por fortuna, no había sido así. Los recuerdos, aún incompletos, trataban de encajar en mi cabeza.

—¿Y cómo se lo han tomado Violeta y Silvia? Anoche me parecieron demasiado… protectoras con ella. Os confieso que incluso me parecieron, no sé, enfermizas, incapaces de dejarla marchar.

A. tardó un segundo en contestar.

—Hablamos con ellas —dijo al fin—, y comprendieron que, si la querían, debían hacerlo.