Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO XXI #3
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CAPÍTULO XXI #3

Violeta, rejuvenecida, comenzó a rondar alrededor de A. con una calma insinuante y pasó la mano por su cabello. Él retiró la cabeza con un gesto instintivo de rechazo.

—Voy a confesarte algo —le susurró—: a mi hermana y a mí nos gusta compartir lo que es nuestro.

Silvia, mientras tanto, se acercó a un paralizado M. Él no la miraba; mantenía la vista fija más allá, en el contorno oscuro del paisaje velado por la niebla, allí donde la ladera parecía haber guardado, bajo tierra, un rumor imposible. Ella avanzó hasta quedar demasiado cerca.

—Tú y yo dejamos una conversación a medias —murmuró—. Quizá aún puedas convencerme de que no te lleve donde sabes. Esta vez no habrá distracciones que te salven. Si te humillas lo suficiente… si sabes suplicar… quizá prolongue un poco tu suerte.

Se inclinó hacia atrás, estudiándolo con detenimiento.

—No me gusta compartir, al contrario que mis hermanas. Pero sí me divierte arrebatar.

Le sujetó la barbilla y lo obligó a mirarla. Luego lo besó despacio.

—Dímelo. Pídemelo. Suplica… y quizá me convenzas de que merece la pena conservarte un poco más.

—¿Puedo moverme?

Silvia alzó una ceja.

—Considérate libre —respondió con una leve ironía.

Recuperado el dominio de sus miembros, M. se limpió los labios con el dorso de la mano. Silvia le devolvió una sonrisa afilada.

—Ese no es un buen comienzo. Lo sabes, ¿verdad?

—Ha sido sin querer. ¿Puedo decirte un par de cosas?

—Adelante. Es tu momento.

—La primera es que siempre me pareciste un poco vulgar.

Silvia inclinó apenas la cabeza.

—Vaya… eso ha dolido. ¿Y la segunda?

M. alargó el brazo y atrajo su rostro hacia el suyo. Ella se dejó hacer, sin borrar aquella expresión fría y expectante. Pero, en lugar de besarla, acercó los labios a su oído. Antes de hablar, sus ojos volvieron un instante a la ladera.

—La segunda... es que ya sois nuestras.

Al decirlo, desvió apenas la mirada por encima del hombro de Silvia. Ella comprendió el gesto antes incluso de volverse.

Lo empujó para arrojarlo al suelo, pero ya era tarde.

El rumor enterrado bajo la ladera se convirtió en un crujido seco.

Algo se tensó en la roca, muy cerca, y el suelo respondió con una vibración breve, profunda.

Un viento nacido de ninguna parte se llevó la niebla de golpe, y la luz de las estrellas cayó sobre el valle con una claridad hostil, desnuda, intolerable.

El valle entero quedó al descubierto bajo un juicio que no necesitaba voz.

El cuerpo de Isabel comenzó a expulsar jirones de algo oscuro que trataba de aferrarse a ella sin conseguirlo. Se retorcía, se enganchaba donde podía, pero cada sacudida lo deshacía un poco más, hasta que los últimos filamentos se deshilacharon y el aire se los llevó.

Muy cerca los alertó el sonido de unas rocas desprendidas. Silvia y Violeta ya no conservaban aquella actitud de superioridad. Estaban desorientadas. Asustadas. Por primera vez, parecieron pequeñas dentro del lugar que habían invocado.

Entonces ocurrió lo imposible sin que nada lo anunciara del todo.

No apareció de ninguna parte: se desprendió del corazón mismo de la ladera.

Algo pesado, mineral, cayó sobre ellas y se las llevó.

Sus gritos duraron apenas un instante, cortados por la tierra antes de alcanzar el valle.

La forma recordaba a una serpiente gigantesca, hecha de roca viva y escamas negras con brillo de obsidiana.

Con una velocidad que no encajaba con su tamaño, arrastró por el suelo aquel cuerpo imposible, las apresó y desapareció entre la espesura con dos bultos que todavía se agitaban entre las mandíbulas de piedra.

Y, apenas unos segundos después, la quietud.

Si no fuera por el zapato de Silvia, que había rodado hasta los pies de M. , y por unas manchas rojizas diseminadas entre los zarzales aplastados, nadie habría sido capaz de asegurar que aquello no había sido un sueño.

De pronto, las luces del Opel de Violeta se apagaron.

Alguien había detenido el motor y se acercaba hacia ellos.

Enseguida distinguieron el pelo rubio de Bente destacando entre las sombras de las ramas.

Se aproximó hasta donde Isabel yacía en el suelo, sostenida por A.

, se agachó a su lado y le apartó un mechón de pelo de la frente.

—Déjala que duerma —pidió Bente en voz baja a A. —. Tiene mucho que olvidar.

Se incorporó despacio y se acercó a M. , que seguía allí, con los brazos cruzados y la mirada perdida en la oscuridad. Lo observó un instante y, de pronto, dejó caer con deliberación un acento danés marcado, exagerando apenas la entonación.

—Vale… yo no te tenía por tan dramático.

A M. se le escapó una risa corta, incrédula. La miró de reojo, reconociendo el viejo disfraz, el chiste que solo ellos entendían. Bente sostuvo su mirada un segundo más, concediéndole esa pequeña complicidad, y luego el gesto se le borró con la misma naturalidad con que había aparecido.

—Tengo mis momentos… —admitió M. —. Pero, si no te hubiera visto aparecer entre los árboles, creo que me habría arrodillado. Jamás quiero volver a un sitio así. Nunca.

La voz se le quedó sin fuerza antes de añadir nada más. No tuvo que pronunciar ni nombre para que Bente entendiera adónde había ido a parar su pensamiento.

Bente le rozó la mejilla con los dedos, en un gesto mínimo y doméstico.

—No ahora —dijo simplemente.

Luego miró a A.

—Llévala al coche y déjala descansar. Se lo ha ganado. Nada de lo que queda aquí irá tras ella.

Los tres recorrieron el mismo camino que yo había tomado hasta el yacimiento desde el valle, aunque ya no quedaba en él nada de aventura ni de promesa.

Yo había subido con la tenue esperanza de encontrar el modo de alcanzar a Bente; ellos lo hacían con el único propósito de hacerse cargo de lo que quedaba de mí y afrontar los oscuros trámites de la muerte.

Fue un ascenso lento. Tardaron mucho más de lo que incluso el turista más torpe habría empleado en cubrir aquel trecho.

Ninguno deseaba enfrentarse otra vez a la confirmación física de mi ausencia.

Pero, por mucho que intentaron demorarlo, al final entraron en la planta excavada del templo y me rodearon.

Allí seguía yo, donde me habían dejado. La muerte aún no había terminado su trabajo: la palidez no era absoluta, la rigidez tampoco, y todavía podía fingirse durante un instante que aquel cuerpo dormía en un lugar demasiado frío.

El primero en romper el silencio fue M.

—Bente, creo que esto es tuyo .

Ella acusó apenas el nombre: una pausa mínima, un recogimiento de la mirada, nada más. Bastó, sin embargo, para entender que no lo rechazaba. Entonces M. sacó del bolsillo el colgante y se lo tendió, sujeto por la cuerda.

—¿Llevabas eso todo el rato encima? —se sorprendió A. al ver de qué se trataba—. Ahora empiezo a entender muchas cosas…

M. sonrió, sin alegría.

—Ya sabes. Un hombre necesita alguna ventaja cuando todo lo demás sale mal.

Ella extendió la mano y lo tomó. Cerró los dedos despacio, con una cautela que no parecía miedo, sino reconocimiento. Durante un segundo se quedó inmóvil. No fue un sobresalto teatral, sino algo más difícil de nombrar: un breve desfondamiento, una ausencia.

Luego levantó la mirada hacia M. Sus facciones apenas cambiaron, pero en los ojos se le encendió algo antiguo, algo que no pertenecía solo a la gratitud ni al dolor.

Se acercó a él sin prisa, lo rodeó con los brazos y lo estrechó con una fuerza inesperada, que dejó a M. rígido, sin saber qué hacer con las manos. El beso que lo siguió fue breve y torpe, impropio de ella… y precisamente por eso resultó más desconcertante.

Y por segunda vez en aquella noche aquellas piedras vieron quebrarse en Bente algo que se parecía al llanto sin llegar a serlo del todo.

Esta vez mis amigos no supieron cómo interpretarlo: si era cansancio, alivio o alguna otra forma de conmoción que, en ella, solo guardaba un parentesco remotísimo con las emociones humanas.