Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO XXI #2
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CAPÍTULO XXI #2

—Después regresamos al pueblo a buscarte. Y... a intentar terminar lo que habíamos empezado.

Isabel, que ya esperaba la noticia sin estar preparada para oírla, lo miró con los ojos muy abiertos, demasiado quieta dentro de la ropa prestada.

—¿Ha muerto por ir a buscarme?

A. sostuvo su mirada un instante más de lo necesario antes de responder negando con la cabeza.

—No. No por eso.

La frase quedó suspendida entre los tres. A. bajó la vista hacia sus propias manos, cubiertas aún de arañazos, barro seco y restos oscuros que no quería identificar.

—Ha muerto por mi culpa. Lo dejé solo. Pensé que aún teníamos tiempo.

Pensé demasiadas cosas. Volvimos aquí con su cuerpo porque creímos que quizá habría algo en este sitio capaz de traerlo de vuelta.

Sé que suena a locura, pero, después de lo que hemos vivido esta noche, ya no sé qué significa esa palabra.

Mientras hablaba, había ido bajando la voz sin darse cuenta.

Volvieron a humedecerse los ojos de Isabel.

—Tenía que haberme rendido... De haber sabido...

A. se acercó y la abrazó. Lo hizo con torpeza, sin consuelo preparado, más vencido que protector.

—No digas eso —murmuró—. No nos quites lo único que todavía podemos mirar sin sentir vergüenza. Estás viva. Te sacamos de allí. Ahora mismo no tengo nada más.

Isabel hundió la cara contra él. Durante unos segundos ninguno añadió nada. M. seguía de espaldas, con una mano apoyada en el coche y la cabeza baja, respirando por la boca para que el llanto no se le escapara del todo.

No llegaron a disfrutar de ese consuelo más que un instante.

Un coche circuló por la carretera cercana, y tras tantas horas inmersos en la irrealidad aquel ruido común tuvo incluso algo de alivio: la señal de que el mundo seguía ahí, ajeno a Valdeolivas.

Pero el sosiego duró solo hasta que comprendieron que el motor frenaba para internarse por el camino.

—¡Es el Opel de mi tía!

M. , que se había acercado de nuevo, oyó la advertencia de Isabel y, sin demasiados miramientos, deshizo el abrazo entre ella y A. tirando de su brazo.

—¡Tenemos que subir al templo!

A. reaccionó al instante y la sostuvo del otro lado.

—Vamos, Isabel.

Ella se revolvió, resistiéndose.

—¡Ya está bien! ¡No voy a dejar que muera nadie más por mi culpa! Voy a darles lo que quieren. Por favor... alejaos —les suplicó.

—No está pensando, A. Agárrala. Nos vamos.

—Isabel, tenemos que irnos —coincidió A. , aunque al pronunciarlo pareció odiar cada palabra.

El coche de Violeta frenó y la luz de los faros los dejó expuestos.

De pronto no quedó ningún rincón oscuro al que confiarse.

Las puertas se abrieron. Dos siluetas descendieron y avanzaron unos pasos hasta interponerse entre ellos y la claridad, reducidas a dos manchas negras de contorno humano. Desde allí habló Silvia.

—¿De verdad creéis que con eso basta? ¿Que podéis marcharos así, sin más?

Entre A. y M. obligaron a Isabel a salir del cono de luz. Desde la penumbra, ya sin el deslumbramiento directo, pudieron distinguirlas mejor.

Silvia aparecía torcida, con el cuerpo destrozado por una violencia que habría matado a cualquier persona normal.

El abrigo, oscuro y empapado, se le pegaba al vientre y al costado.

Al caminar, el paño cedía apenas, lo justo para descubrir una herida abierta, húmeda, mal cerrada, señal de que algún animal le había arrancado parte del costado. Y, a pesar de ello, seguía en pie.

—¿Estoy guapa, M. ? —sonrió apenas—. ¿O ya no te gusto?

Violeta no mostraba mucho mejor aspecto. Algo le había desgajado un trozo de mejilla y, por el hueco de la mordida, asomaban los dientes. Probablemente era incapaz de hablar, porque Silvia siguió ejerciendo de portavoz.

—Sé por qué estáis en este sitio. Pensáis que la otra llegó antes, que puso aquí los pies y lo llamó suyo. Qué ingenuos sois… Os bastaron unas cuantas palabras dulces para entregarle lo que no entendíais.

Se permitió una pausa breve. Ladeó apenas la cabeza, pendiente de algo que los otros no podían oír, y una sombra de satisfacción le cruzó el rostro.

—Escuchad.

Durante un instante no se oyó nada.

—Eso. Nada. Aquí no queda nada de ella. Ni de los que vinieron después. Solo nombres puestos encima de otros nombres. Miedo sobre miedo. Piedra sobre piedra.

Silvia señaló con un gesto desdeñoso las ruinas eremíticas y las pobres trazas cristianas que aún resistían en torno al recinto.

—Creyeron haberlo ganado porque rezaron dentro. Pero hay lugares que no admiten nuevo dueño. Solo esperan.

Su mano se abrió entonces hacia el valle, con una amplitud serena, propia de quien no necesita reclamar lo que ya reconoce como suyo.

—Aunque en una cosa tenéis razón: lugares así nunca quedan vacíos. No protegen. Recuerdan. Y, si se sabe tocar lo que duerme debajo, todavía responden.

Apenas acabó de decirlo, el paraje, efectivamente, respondió.

No fue un temblor franco, sino una vibración sorda que pareció correr bajo la pequeña estribación rocosa, un reconocimiento enterrado bajo siglos de polvo, plegarias y abandono.

En algún punto de la ladera rodó una gravilla suelta.

Del lado del riachuelo cercano subió un vaho frío, y la niebla empezó a deslizarse hacia ellas, obediente.

Entonces, con alarma, vieron cómo ambas comenzaban a recomponerse.

La sangre parecía secarse, la carne cerrarse sobre sí misma y sus rostros recobrar, poco a poco, su aspecto de siempre.

—Tengo curiosidad —continuó Silvia—. ¿De qué manera se os aparece? ¿Os susurra en la cabeza? ¿Os manda algún animal a guiaros en la oscuridad?

Los examinó con detenimiento: dos hombres extenuados, llevados hasta el límite, con la mirada de quienes se mantienen en pie solo porque aún no han encontrado un instante para derrumbarse.

—No… no es eso. Ella sabe exactamente dónde hurgar. Os da una forma que creéis poder salvar. Algo hermoso, herido, al alcance de la mano. Y vosotros corréis hacia eso convencidos de que habéis elegido. Pero aquí nunca se trató de vosotros.

A. apretó la mandíbula. No miró a M. , ni al monte, ni al camino por donde habían subido. Miró a Isabel.

Isabel se estremeció apenas, aunque no alzó la cabeza. El cansancio y el miedo la habían dejado tan cerca del límite que ya ni siquiera parecía capaz de protestar.

Violeta, ya recompuesta, volvió entonces el rostro hacia ella y dio un paso al frente. Cuando habló, la suavidad de su voz resultó aún más inquietante.

—Mi niña… tú lo sabes. Ellos no. Siempre tan seguros de sí mismos… y tan ciegos. Mírate los pies. Siempre fuiste incapaz de cuidarte cuando tenías miedo. ¿Para qué seguir luchando? Ha llegado la hora de que las tres volvamos a estar juntas. De volver a casa.

La palabra casa pareció rozar a Isabel en algún sitio más hondo que el miedo. Bajó la vista hacia sus pies heridos y, durante un segundo, la niña que había huido por la cañería volvió a asomarse en su rostro.

La transformación de Violeta no había finalizado. Las arrugas comenzaron a alisarse, el pelo recuperó el brillo juvenil; sus formas se redondearon y recobraron la lozanía. No tardaron en tener frente a ellos una versión aún más joven de la mujer que los había saludado desde el cuadro de su salón.

—No les hagáis daño, por favor —suplicó Isabel con un hilo de voz—. Volveré con vosotras. Haré lo que queráis. Pero dejadlos ir.

De pronto, se les acalambraron los brazos a A. y a M. , y no tuvieron más remedio que soltarla. Isabel, con los pies heridos, comenzó a renquear hacia Violeta. Al dar el primer paso, una de sus manos buscó a tientas el borde del abrigo de A. , pero la tela se le escapó entre los dedos.

—¿Te has encaprichado de él, verdad, primita?

Isabel no respondió. No fue la voz lo que la hirió primero, ni siquiera la burla, sino aquella forma de llamarla: primita .

En una sola palabra volvía a estar allí la Silvia de siempre, la que sabía dónde tocar para avergonzarla, la que podía reducirla de golpe a la niña que había sido y dejarla expuesta delante de todos.

—La verdad es que podrías encontrar algo mejor —dijo Silvia con una ligereza cruel—.

Pero, en fin, si te cansas de él, siempre puedes escoger otro…

Yo solo puedo darte al tuyo. El mío no. Lo siento, es personal.

Ya sabes que llevo muy mal eso de los rechazos.Violeta sonrió a Isabel y abrió los brazos.

El vaho que venía del arroyo, hasta entonces tendido y bajo, comenzó a espesarse y a ganar altura, alzándose en torno a ellas hasta velar por completo las estrellas.

—Vuelve con tu familia, Isabel.

Los faros del coche seguían iluminándolo todo y los tres distinguieron una sombra que brotaba del interior del cuerpo de Violeta. Se desgajó de ella, se alzó un instante y cayó sobre Isabel con un gesto preciso: una parte le cubrió la cara; otra se le hundió en el pecho.

A Isabel le fallaron las fuerzas y cayó al suelo.

Aunque los dos intentaron acudir a ella, sus músculos agarrotados no respondieron.

A. consiguió apenas inclinarse hacia delante, con los tendones del cuello tensos y los dientes apretados, pero ni siquiera pudo adelantar un pie.

No les quedó más remedio que contemplar cómo aquello terminaba de entrar en su cuerpo.

Sus miembros se arquearon en una serie de espasmos secos, violentos, hasta que al fin quedó inmóvil.

—Anda, corre con ella —se burló Silvia—. No querrás hacerla esperar.

De pronto los músculos de A. volvieron a obedecerle.

Salvó los pocos pasos que Isabel había logrado dar antes de caer, levantó su cabeza del suelo y trató de llamarla sin éxito.

Parecía desvanecida. Él le apartó el pelo de la boca con dedos torpes, repitiendo su nombre cada vez más bajo, temeroso de atraer de nuevo lo que acababa de entrar en ella.

Silvia observó la escena con una sonrisa fría.

—No te preocupes. En seguida estará contigo. Creo que descubrirás que su carácter es ahora… mucho más interesante que el de esa niña.