CAPÍTULO XXI
CAPÍTULO
XXI
No habían cruzado ni una sola palabra en todo el trayecto.
Por segunda vez en la misma noche, se vieron obligados a salvar el tramo de carretera entre Valdeolivas y Alcocer en una carrera enloquecida y a ciegas.
Cuando la niebla quedó reducida a unos hilos lechosos que los faros disolvían sin esfuerzo, M.
y A. parecieron aflojar un poco la tensión, y el conductor levantó el pie del acelerador. Aun así, dentro del coche nadie habló.
Isabel iba sentada en el asiento trasero, arrebujada en el abrigo de M.
La calefacción había templado el interior del vehículo, y ella parecía algo más resguardada entre los pliegues de aquella enorme prenda.
Tomaron el desvío de Sacedón para coger la carretera de Buendía y, al pasar por delante de un pequeño cámping a las afueras del pueblo, al fin M. abrió la boca.
—Aquí hacen una carne asada de escánda...
Dejó la frase en el aire. Bastó aquel corte para que M. y A. entendieran lo mismo. Aquel lugar, aquel coche, la noche misma, seguían contando con un hueco que ya nadie iba a ocupar.
A. suspiró.
—Creo que tardaré algún tiempo en volver por aquí. ¿Cómo te encuentras, Isabel?
Se oyó crujir el abrigo al revolverse en su interior.
—No lo sé .
Contestó en voz muy baja. Tenía los ojos secos, demasiado abiertos, y las manos escondidas bajo la tela, apretadas una contra otra. Durante unos segundos pareció escuchar su propia respuesta, incapaz de decidir si era verdad o si era la única frase que todavía podía pronunciar.
—Ya no hay nada que temer. Creo que quedaron malheridas o algo peor —la informó M. , fiel a su torpeza habitual para medir lo que ciertas palabras podían remover.
Isabel rompió a llorar. No fue un llanto ruidoso, sino una sacudida breve, seca, que enseguida le dobló los hombros. La angustia contenida durante aquellas horas encontró al fin una grieta.
M. , también según su costumbre, se encogió sin saber qué decir. A la luz rojiza del salpicadero se le vio apretar la mandíbula y aferrarse con fuerza al volante, con una tensión que no nacía solo de aquel llanto.
A. le cogió una mano a través del hueco entre los asientos delanteros.
—Lo siento mucho.
—Aún no puedo creer que Silvia y mi tía me quisieran...
No terminó la frase.
—Lo siento de veras —repitió él con suavidad—. Hace muchos años que algo se las llevó. La Silvia y la Violeta con las que has tratado desde aquella noche junto al arco ya no eran solo ellas.
Calló un instante. No daba la impresión de buscar las palabras adecuadas, sino de reunir fuerzas antes de seguir.
—No lo comprendimos hasta que fue demasiado tarde. Y, aunque lo hubiéramos sabido antes, no sé si habríamos encontrado la manera de hacértelo ver. No se puede arrancar de golpe a alguien de la gente a la que ha querido toda la vida.
Isabel no respondió.
—Nunca fue una sola sombra —prosiguió A. —. Eso es lo que no entendimos. Siempre fueron tres.
Volvió a callar, esta vez con la mirada fija en la carretera.
—Tres hermanas. Tres presencias. Llevaban mucho tiempo usando caras ajenas, voces ajenas, recuerdos ajenos. Necesitaban un cuerpo donde completar lo que les faltaba.
Se humedeció los labios, resecos.
—Aquella noche, cuando eras una niña, atraparon a Silvia y a Violeta. Con lo que quedó de ellas, con sus gestos, con su memoria, pudieron seguir siendo tu prima y tu tía. Lo bastante para que volvieras a confiar. Lo bastante para esperar.
Isabel dejó de sollozar poco a poco. No parecía más tranquila, pero sí más quieta, con esa inmovilidad de quien acaba de encontrar un nombre para algo que llevaba años doliendo.
—Hoy al mediodía estaba muy feliz. Lo habíamos pasado tan bien que me olvidé de todo.
Luego, cuando llegué a casa, Silvia me hizo reír con una tontería de cuando éramos pequeñas, una de esas cosas que solo ella podía recordar.
Mi tía me había preparado la cama, me había dejado ropa doblada sobre la silla... Todo parecía de verdad.
Isabel bajó un poco la mirada.
—Me acosté un rato porque prometieron llevarme a Toledo a última hora de la tarde. Iríamos las tres en coche y dormiríamos juntas en mi apartamento.
Al oír «las tres», M. apretó los dedos sobre el volante.
—Cuando abrí los ojos ya era muy tarde. No entraba nada de luz. Pero, al espabilarme del todo, me di cuenta de que habían vuelto mis recuerdos. Los de verdad. Los reales. Ahora me acuerdo de aquella noche, cuando era pequeña, con una claridad horrible.
A. apoyó el codo en la ventanilla sin apartar los ojos de la carretera.
—Hace años, cuando salí corriendo, ellas no me buscaban para llevarme a casa. Querían atraparme. Querían entregarme a esa que dices que es su hermana. Me persiguieron por el pueblo. En una calle, la sombra me cortó el paso, y detrás venían Silvia y mi tía.
El coche pasó sobre una junta del asfalto y dio un pequeño salto. Isabel cerró los ojos un instante, apretándose más dentro del abrigo.
—Fue entonces cuando vi la cañería. Jamás me habría metido sola. Era una niña aterrorizada. Fue un impulso. Una voz me prometió que estaría a salvo si entraba y reptaba hacia dentro todo lo que pudiera.
M. deslizó las manos por el cuero del volante y le lanzó a A. una mirada rápida.
—Silvia entró justo detrás. Era más fuerte, pero yo, al ser más pequeña, me movía mejor. Aun así, al final me alcanzó. Me enganchó de la pierna y me hizo daño con las uñas. Yo pataleaba, pero consiguió sacarme fuera. Violeta me obligó a ponerme delante de aquella sombra.
Isabel hizo una pausa y clavó la vista al frente.
—Y justo cuando ya tenía abiertos esos brazos... empezó a llover. Una lluvia brutal, imposible. La niebla y la sombra se deshicieron delante de mí.
Durante unos segundos solo se oyó el motor.
—Ellas estaban furiosas. Me gritaban en ese idioma que escuchaba en sueños. Intentaron meterse en mis recuerdos, cambiarlos, pero no lo lograron. No del todo.
M. levantó apenas el pie del acelerador.
—Desde entonces... siempre que lograban convencerme para volver al pueblo, siempre que yo cedía, pasaba algo. Un imprevisto. Una enfermedad, una llamada, un miedo repentino. Algo que lo estropeaba todo.
A. y M. cruzaron de nuevo una breve mirada. No hacía falta decir nada.
—Y hoy, cuando ya no me quedaban fuerzas ni para llorar, cuando estaba sola en aquel agujero horroroso —el único sitio al que se me ocurrió ir después de escapar por el patio trasero y saltar la tapia—, aparecisteis vosotros. De la nada.
Dudó antes de preguntar.
—¿Vosotros... vosotros sois ángeles?
—Te puedo asegurar que no —respondió A. , sin volverse. Trató de aligerar el tono, pero la voz le salió más cansada de lo que pretendía—. Solo tenemos un talento especial para acabar mezclados en estas cosas. Además, ya me viste en mi trabajo: no he bajado del cielo ni nada.
Isabel se incorporó y le apoyó la mano en el hombro.
—Perdonad, tengo que preguntarlo. ¿Dónde está E. ?
A. trató de responder, pero se le quebró la voz. Fue M. quien decidió esquivar la pregunta, agarrándose a lo único que aún podía explicarse sin nombrar mi muerte.
—Ellas solo resultaban peligrosas cerca de... de su sitio. En Valdeolivas.
Se pasó una mano por la cara, sin apartar los ojos de la carretera.
—Allí tenían fuerza. Fuera de allí se valían de otra cosa: tu confianza, el cariño que sentías por tu familia, la costumbre. Eso era lo que las mantenía cerca de ti.
Hizo una pausa breve y tragó saliva.
—Durante años interpretaron su papel para convencerte de que en el pueblo no corrías peligro. Para que creyeras que lo de aquella noche había sido la invención de una cría asustada.
Mientras hablaba, M. fue frenando y desvió el coche hacia el camino donde yo lo había dejado aparcado por la tarde.
—Hemos llegado.
—¿Aquí? ¿Vamos a alguna casa por este camino? —preguntó Isabel, con la voz de nuevo encogida, al contemplar la masa oscura de árboles bajo la que habían aparcado.
—Tranquila. Confía en nosotros —le pidió M. —. Aquí deberíamos estar más seguros hasta que amanezca. Igual que hay sitios donde ellas son más fuertes, también hay lugares donde les cuesta entrar. Sé que aquí hay una fuente y un pequeño arroyo. Podréis beber agua, lavaros y cambiaros de ropa.
Se inclinó un poco y señaló hacia atrás, más por necesidad de hacer algo que porque aquel gesto pudiera ordenar el caos.
—Isabel, baja el asiento y saca una bolsa. La roja no; la negra. En la roja hay... digamos que llevo cierto retraso con las lavadoras. No hay nada que se acerque a tu talla, pero estará seco. Luego te limpiamos la herida con agua y un poco de mi single malt, te cambiamos las vendas y comemos algo.
Hacía frío, pero, cuando Isabel y A. pudieron cambiarse de ropa e improvisaron una primera cura para los pies de ella, por primera vez desde que habían huido del pueblo se atrevieron a mirar hacia arriba.
El firmamento se desplegaba sobre ellos con una nitidez extraña después de tanta niebla.
Bajo aquel techo protector repusieron fuerzas con las «una o dos cosillas» de comer que guardaba M.
en el maletero y se templaron con un sorbo de whisky.
Isabel dejó de morder, sin demasiado apetito, la manzana que tenía entre las manos y repitió la pregunta que había planteado en el coche.
—Antes habéis evitado mi pregunta, y me da miedo escuchar la respuesta. Mi tía... —se interrumpió, como si el nombre familiar le quemara en la boca—. Violeta, en la plaza, dijo algo sobre un tercero al que había descartado... ¿dónde está E. ?
M. arrebató la botella de las manos de A. y le dio un trago largo, hasta que la tos le obligó a apartarla de los labios. La dejó caer con un golpe seco sobre el maletero y se alejó unos pasos, dándoles la espalda. Se quedó mirando al cielo, pero ya no parecía verlo.
El silencio se alargó. A. fue quien respondió al fin.
—No lo consiguió. Vinimos aquí en busca de ayuda, pero ya no había nada que hacer.
Se interrumpió un instante y alzó la vista hacia la negrura de los montes, allí donde habían dejado mi cuerpo .