Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO XX #3
83%

CAPÍTULO XX #3

El aludido permanecía inmóvil y cabizbajo, balanceándose apenas, pasando el peso de una pierna a otra como si le costara recordar el peso de su propio cuerpo.

Había en él algo que forcejeaba por alzar la cabeza, por sacudirse aquella somnolencia viscosa que se le estaba metiendo dentro, pero no terminaba de lograrlo.

No era solo miedo: algo en él empezaba a ceder, y lo sabía.

Y esa certeza le produjo una vergüenza súbita, tan difícil de soportar como el propio hechizo.

En ese momento, una sombra alargada descendió desde lo alto y vino a posarse junto a Violeta.

La presencia había regresado. Extendió aquella forma extraña, abierta, más oscura que la oscuridad que la rodeaba, y se inclinó hacia delante, aguardando a que M.

salvara los escasos tres metros que lo separaban de ella.

A. , sin dejar de balancearse, levantó la mirada hacia Violeta. Cuando habló, apenas pudo articular las palabras.

— M. , ¿hay algo raro?

A veces basta un detalle mínimo para que todo se detenga. Algo parecido debió de ocurrir en la cabeza de M. , porque miró sorprendido a su amigo y se quedó quieto. No soltó a Isabel, pero tampoco siguió avanzando hacia Violeta ni hacia aquello que lo aguardaba a su lado.

En medio de aquella pausa, un pajarillo, confundido por la claridad turbia de la plaza, revoloteó enloquecido por el espacio que los separaba y un golpe cercano anunció que se había estrellado contra un muro.

—Oh, no, A. No hagas eso —rogó Violeta en un tono bajo y grave—. El otro era descartable; estaba demasiado entregado a una causa equivocada. Pero vosotros sois distintos. Solo necesitáis que alguien os ayude a comprender.

Violeta dio un paso hacia A. y este, que no había dejado en ningún momento de repetir aquel extraño movimiento pendular, retrocedió otro. M. , que lo miraba confuso, retrocedió también un paso por puro reflejo. Violeta señaló hacia el pequeño grupo que formaban M. e Isabel.

—Mírala, A. Es joven y guapa. Es todo lo que deseas, y será tuya.

Basta con que dejes que ocurra lo inevitable.

Después, todo vendrá por sí solo. ¿No lo entiendes?

A su lado tendrás poder, influencia; el mundo se abrirá ante ti.

Solo debes tomar la decisión correcta, y tu amigo te seguirá. Así os salvaréis los dos.

En ese momento un pequeño conejo surgió de entre la niebla baja. Vino dando brincos, esquivó por poco las piernas de los presentes y desapareció de nuevo, tragado por la noche.

Isabel parecía haberse rendido. Ya no luchaba ni trataba de escapar. No le quedaba fuerza para eso. Entre tanto, Silvia se había acercado a M. , le tendió la mano y le dijo suavemente:

—Déjala. Ven conmigo. Ya has hecho bastante.

M. parecía extremadamente confuso. Al final, sin soltar a Isabel ni dejar de mirar a A.

, dio otro paso hacia atrás, alejándose de Silvia.

El silencio, aterrador y ominoso, de aquella noche sin final pareció perder algo de intensidad cuando empezó a oírse un pequeño zumbido.

Quizá la brisa agitaba las ramas de unos árboles cercanos a la plaza; quizá era otra cosa, más alta, más numerosa, todavía oculta por la niebla.

De pronto el tono de voz de Silvia dejó de ser conciliador.

—Qué pena… y yo que pensaba que ibais a dar más juego.

En ese momento, la claridad turbia que aún devolvía la niebla se apagó. Silvia no pareció moverse, pero la plaza quedó cubierta por una oscuridad más cerrada, impuesta, y más allá de sus propios cuerpos no hubo nada: solo desorientación.

Sonó la voz de Silvia muy cerca de M. . Él no podía decidir de dónde venía, porque las distancias habían perdido sentido.

Ni siquiera estaba seguro de seguir en el mismo lugar en que había dado el último paso.

A ella le gustaba saborear el pánico de sus víctimas: permitió que M.

recobrase del todo la conciencia para poder despedirse de él a su manera.

—¿Sabes, cariño? Deberías disfrutar este momento, porque no volverás a sentirte tan bien como ahora.

O quizá ya estés muerto y esto no sea más que un pequeño aperitivo.

Voy a volver una y otra y otra vez. Y cada vez que lo haga, echarás de menos mi última visita.

Te parecerá el paraíso comparado con lo que te esté pasando entonces.

Y en su voz hubo una delectación fría, peor que cualquier sonrisa.

—Vaya… se me ha escapado. Te he arruinado la sorpresa.

Hizo una pausa breve, lo justo para que la frase calara.

—¿Te das cuenta? Has muerto y ya solo eres mío. Tienes por delante la eternidad para intentar huir… y yo también para recordarte el desastre que has provocado con tu estupidez: la vida que arruinaste, la desgracia de tu familia… y lo poco que hace falta un cuerpo para sufrir.

M. sintió el arañazo helado del pánico. Ya estaba muerto; no había marcha atrás posible.

Era lo que había descrito Bente: soledad, desamparo y desorientación eternos; una muerte sin la bendición del olvido.

No había arriba ni abajo, ni cerca ni lejos; solo aquella voz, y dentro de ella la promesa de un sufrimiento sin término.

Sin embargo, sintió algo. Algo vivo y palpitante pegado a él, y recordó qué era: la respiración agitada de Isabel, a la que aún tenía entre los brazos. No era una idea. Era un cuerpo. Y si todavía podía sentirla respirar era porque ambos seguían en el mundo de los vivos .

Guiado por una reacción extraña, que no pareció nacer de él, sino de un instinto ciego, anterior al pensamiento, alargó el brazo y aferró algo que al tacto le resultó repugnantemente frío y viscoso. Después apretó con furia, deseando que aquello cediera entre sus dedos.

Súbitamente la oscuridad impuesta se rasgó.

Regresaron el hambre, el frío y el cansancio, pero los recibió con un ánimo próximo al júbilo, porque lo hacían sentirse gloriosamente vivo.

Volvieron también el peso del cuerpo, el suelo bajo los pies, la noche hostil: bienes miserables, pero suyos.

Y aquella noche oscura y con niebla le pareció hermosa, porque todo recuperaba forma y peso frente al lugar del que acababa de escapar.

El lejano zumbido del viento en las ramas se había acrecentado hasta convertirse en un estruendo.

Parecía que por encima de sus cabezas soplara un vendaval.

A pocos centímetros vio M. el rostro de Silvia, desfigurado por el terror.

La tenía agarrada del cuello y apretaba con una violencia ciega.

Cuando se fijó en sus ojos, desorbitados, notó que la furia y la fuerza con que la estrangulaba se redoblaban.

Ella le sujetaba el brazo con ambas manos, trataba de soltarse, y allí donde lo tocaba le atravesaba un dolor creciente y agudo, que no hizo más que avivar el frenesí que parecía dominarlo.

Violeta estaba también allí: había agarrado a Isabel y tiraba de ella para separarla de M.

, pero parecía haberse quedado momentáneamente paralizada y lo miraba con una mezcla de incredulidad y pánico.

Un poco más atrás, la sombra se había replegado y se alejaba.

A la izquierda, A. estaba en el suelo, a gatas. Parecía desorientado. También él regresaba de ese sitio espantoso que no era ningún lugar, donde no existían el tiempo ni el espacio, solo el sufrimiento.

Y justo entonces se desató el caos.

De improviso quedaron sumergidos en una nube de alas y cuerpos aterrados que por momentos les impedía verse. Cientos, quizá miles de pájaros volaban sin rumbo en medio de una algarabía ensordecedora, chocando con todo y con todos.

Primero sintió M. que algo le arrancaba a Silvia.

Confundido, rodeó a Isabel con los brazos y la obligó a agacharse, tratando de protegerla de aquella lluvia de cuerpos vivos que les caía encima.

Después, a través de un breve claro abierto en la maraña de alas, alcanzó a ver el cuerpo de Silvia derribado sobre el empedrado.

Un jabalí enorme la acometía gruñendo con furia y, con los colmillos, la empujaba a sacudidas hasta que las tinieblas, la niebla y el tumulto la borraron de su vista.

Violeta tampoco estaba allí. O ya no del todo.

Tan solo parecía quedar de ella una mancha oscura en el empedrado de la plaza.

Un enorme mastín, que corría arrastrando una cadena y una argolla, patinó al pasar sobre aquella sustancia espesa, tan parecida a la sangre, y rodó varios metros antes de desaparecer.

M. e Isabel se quedaron el uno junto al otro, acurrucados contra el suelo. Ninguno parecía capaz de reaccionar ante aquella oportunidad surgida de la nada que podía abrirles la huida. Al final apareció A. y zarandeó a M.

—¡Tenemos que irnos ya! —le gritó al oído.

M. tardó unos instantes en reaccionar, todavía aturdido por lo que acababa de tocar al otro lado de la oscuridad. Entonces los tres, agachados, procurando no pisar las aves malheridas que aleteaban en el suelo, salieron por fin de la plaza y lograron llegar hasta el coche de M.