Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO XX #2
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CAPÍTULO XX #2

Ni M. ni A. se veían con ánimos de decir nada.

El fracaso se sentó con ellos contra aquel muro.

No había plan alternativo ni salvación posible.

Lo peor no era morir allí, sino haber arrancado a Isabel de su refugio para devolvérsela, indefensa, a quienes querían vaciarla por dentro y habitar lo que quedara de ella.

Ninguno de los dos se habría atrevido jamás a plantearlo en voz alta, pero la muerte —incluso el suicidio— empezaba a insinuarse como la salida menos aterradora.

En aquella situación, las palabras de Bente describiendo los dominios de Lilith sonaban proféticas: un lugar al que se puede entrar, o incluso al que te invitan a entrar, pero del que jamás se logra salir.

De pronto M. agarró del hombro a su amigo y, fuera de sí, se puso a palpar con ambas manos el abrigo de Isabel. Ella, sorprendida, tardó un instante en reaccionar ante aquel manoseo apresurado. Cuando al fin logró apartarlo, M. ya se había quedado inmóvil, con una alegría súbita, incrédula.

Sacó despacio de uno de los bolsillos del abrigo un pequeño objeto negro y se lo mostró a su amigo. En cuanto A. comprendió de qué se trataba, le agarró la muñeca con una sacudida de entusiasmo.

En aquella cajita de plástico aparecían impresos en relieve los mismos chevrones gemelos que lucía el destrozado Tiburón: eran las llaves del C5 de M.

En la carrera por llevar a E. junto a Bente, lo habían dejado aparcado al borde de la carretera y no habían vuelto a acordarse de él hasta ese momento.

Isabel observaba con asombro los gestos y las reacciones de los dos, sin entender nada y sin decir palabra. Por un instante pareció añorar la seguridad de su refugio subterráneo.

Aquello no era su salvación, pero sí una rendija por la que alcanzarla.

Volvían a contar con un medio de transporte para alejarse de allí.

El problema era que el coche estaba aparcado en una zona mucho más expuesta.

El punto de entrada y salida inicial era algo más seguro y discreto; podría decirse que habían usado la puerta trasera del pueblo, pero ahora se veían obligados a salir por el camino principal.

Aunque no lo comentaron, los dos daban por hecho que habían gozado de alguna clase de ayuda de Bente, pese a que ella había afirmado que nada podía hacer dentro de los dominios de Lilith. Pero ahora, incluso con esa protección incierta, iban a correr un riesgo extremo.

El coche de A. encastrado en el arco había confirmado que Violeta y Silvia sabían que habían regresado al pueblo y que debían de considerar probable que hubieran encontrado a Isabel.

Por tanto, los estarían esperando. Aun así, no tenían muchas más opciones que volver a poner su destino en manos de la fortuna.

—¿Nos vamos? —les preguntó Isabel en un susurro.

Era difícil calibrar su estado, arrebujada en el abrigo, pero parecía haber entrado algo en calor, aunque seguía muy pálida y tiritando.

M. y A. se pusieron trabajosamente en pie y, cuando el primero fue a agacharse para llevarla en brazos, ella negó con la cabeza y estiró los brazos para que la ayudaran a levantarse.

Sostenida por ambos, parecía capaz de dar algunos pasos.

A. se inclinó al oído de Isabel y le susurró:

—El coche está cerca de la plaza de los bares. ¿Sabes ir?

Isabel sacó un momento el cuello del abrigo, examinó el entorno y asintió en silencio.

Señaló en dirección contraria a aquella en la que habían dado los primeros pasos.

Corrigieron el rumbo y pronto se dieron cuenta de que ella, a pesar de ir sostenida por ambos, empezaba a mostrar señales de dolor, aunque tratara de disimularlo.

A. sintió entonces una punzada de rabia: no contra ellas, ni siquiera contra el pueblo, sino contra la miseria de estar haciéndola avanzar así, rota y descalza, hacia una salida que quizá ya no existiera.

A. volvió a hablarle al oído:

—¿Estás bien ?

Isabel respondió afirmativamente, pero al tratar de dar un paso más ahogó un gemido.

Entonces A. recordó que iba descalza. Se agachó y le tocó los pies.

Estaban helados, como lo estaban los tres, pero cuando le levantó uno de ellos, ella lo retiró con dolor.

Al huir debía de habérselos desollado contra el empedrado.

Improvisaron un vendaje precario con lo poco que llevaban limpio: las mangas de la camiseta que M. llevaba bajo el forro polar. Y, con Isabel apoyada en los hombros de los dos, reiniciaron la huida.

Contar con el conocimiento de Isabel del trazado enloquecido de las calles les ahorró bastante tiempo y, en menos de cinco minutos, llegaron a la plaza Vieja: un pequeño ensanchamiento porticado anejo a la llamada plaza Nueva.

Ambos lugares constituían el principal centro de encuentro del pueblo y, aquella noche, la antesala del último tramo de su huida.

Solo tenían que atravesar las dos plazas para llegar al coche.

Adaptando el paso al avance renqueante de Isabel, salvaron, pegados a la pared, la plaza Vieja y, tras dejarla atrás sin tropezar con ningún obstáculo, alcanzaron la plaza Nueva, el mayor espacio abierto del entramado urbano y quizá el punto más crítico del recorrido.

La niebla no la llenaba por completo; flotaba baja, recogida en remansos, y dejaba una claridad sucia sobre las fachadas y los soportales.

Lo suficiente para orientarse. Lo suficiente para ver lo que los esperaba.

No habrían avanzado más de diez metros cuando sus peores temores se vieron confirmados.

Una sombra alargada e inmóvil les cortaba el paso, un poco más allá de la fachada de uno de los bares del pueblo. La niebla parecía haberse recogido a sus pies. Aquella vez no venía por detrás ni se insinuaba entre la bruma: los esperaba de frente.

Isabel pareció desmoronarse al verla y trató de acurrucarse, estremecida de puro terror, entre M.

y A. , buscando en ellos un refugio imposible.

Pero lo que tenían delante no tenía nada de imaginario.La sombra se lanzó sobre el grupo a una velocidad vertiginosa, sin darles apenas margen de reacción, y al hacerlo pareció ensancharse, ocupar más espacio del que su contorno permitía, derramando a su alrededor una oscuridad más densa que la niebla.

Durante un instante dio la impresión de que iba a envolverlos por completo.

Sin embargo, sucedió algo imprevisto. Cuando estaba ya a punto de alcanzarlos, la figura se replegó sobre sí misma y se apartó, reducida de nuevo a su forma inicial, hasta quedar algo más lejos de donde había partido.

Y ahí M. pareció perder los estribos.

—¿No sabes hacer nada más, puta? —le gritó, furioso.

Soltó a Isabel y embistió, fuera de sí, contra la figura, pero esta se deshizo ante sus ojos, sin ofrecerle nada sólido contra lo que estrellar la rabia. M. frenó en seco, trastabillando, y se volvió hacia los otros con una expresión que no era tanto de triunfo como de desconcierto.

Isabel había enterrado la cabeza en el pecho de A. , incapaz de mirar de frente aquella pesadilla que nunca había terminado de abandonar su vida.

—Continuemos —le susurró A. , quizá más por hábito que por necesidad, porque el grito de M. ya había vuelto inútil cualquier cautela.

Con delicadeza la apartó de sí y le insistió:

—Tenemos que seguir. No podemos quedarnos aquí.

Pero ya no estaban solos.

—¡Isabel! ¿Pero dónde estabas? —preguntó Silvia con voz angustiada.

Se acercaba a ellos por detrás, caminando deprisa. La claridad turbia de la plaza apenas le dibujaba el rostro, pero su voz sonaba limpia, familiar, con un punto de reproche.

—¡Tu tía lleva llorando toda la tarde! ¿Puede saberse por qué saliste corriendo de esa manera? ¡Pero si estás en pijama! Dios mío… Vamos a casa. ¡Vas a coger una pulmonía!

Isabel lanzó un grito y trató de escapar de Silvia. No llegó lejos. Las heridas de los pies la hicieron tropezar con un gemido. Por fortuna, M. , que se hallaba algo más adelantado tras su arremetida, logró sujetarla al vuelo y evitó que se estrellara contra el empedrado.

—¡Cariño! —gimió la voz de Violeta, acercándose por la derecha con la mano tendida—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué nos has tenido tan preocupadas? ¡Menos mal que nuestros amigos te han encontrado sana y salva! ¿Te haces una idea de lo que habría sido de nosotras si te hubiéramos perdido?

Isabel trató de seguir alejándose, pero de pronto sintió una mano de hierro que se lo impedía. M. la había aferrado por los brazos y empezó a obligarla a avanzar hacia su tía.

—Hola, Violeta —balbuceó M. —. Hemos encontrado a Isabel en una alcantarilla. Tiene frío.

Y entonces añadió, con una risa extraña:

—Silvia, esas mallas te quedan muy bien. Qué guapa estás.

—Qué cosas dices, M. —respondió ella con suavidad—. Anda, lleva a mi prima con mi tía y vamos a tu casa, que te preparo algo calentito. Pobrecito… mira qué cara tienes, pareces agotado. Seguro que ni habrás cenado. Nos sentamos un rato en el sillón, con una mantita, y ya verás qué bien.

M. volvió a reír entre dientes.

—Sí, tengo frío porque le he dado mi abrigo a Isabel. Además, tengo mucha hambre.

Isabel se agitó, tratando de liberarse de la fuerza con que M. la empujaba hacia Violeta. Esta había abierto los brazos para recibir a su sobrina.

—¡Ellas no son mi familia! ¡Tienen algo dentro! ¡Esta tarde me he acordado, lo he recordado todo! ¡Eran ellas las que me perseguían aquella noche! ¡Estaban con la sombra! Yo lo vi todo, pero me llenaron la cabeza de recuerdos falsos. ¡Son unas brujas !

Violeta lanzó un sollozo.

—¿Pero te estás escuchando, cariño? Tú no estás bien. Por Dios… basta ya. Ven aquí. Tienes que meterte ahora mismo en la cama.

Isabel trataba de echar el cuerpo hacia atrás, frenando a duras penas el avance con que M. la arrastraba hacia su tía, pero no conseguía nada. Empapada, descalza y exhausta, apenas podía oponer su peso al empuje de M.

—¡ A. , por favor, ayúdame! ¡Van a hacerme algo horrible, lo sé! —le rogó, sollozando.