CAPÍTULO XX
CAPÍTULO
XX
A. y M. vigilaban su entorno: no captaban ningún sonido extraño, ninguna sombra amenazante.
La niebla seguía allí, inmóvil entre las calles, con esa claridad pobre que no alumbraba del todo ni permitía sentirse a salvo.
Parecía que estaban solos y que habían logrado pasar desapercibidos, a pesar de haber perseguido a la carrera, por medio pueblo, a una loba.
Resultaba milagroso que el eco de sus pisadas no hubiera llamado la atención de sus perseguidoras. Se arrodillaron junto al desagüe.
—Yo por ahí no quepo, querido —susurró M. —. Te toca.
A. miró la tubería, luego a su amigo, después otra vez la tubería y de nuevo a su amigo. Obviamente no compartía aquella apreciación, y quiso dejar constancia de su protesta muda, aunque elocuente.
Lo cierto era que a M. no le faltaba razón: él se había enrolado para enfrentarse a unas criaturas capaces de condenarlos a una eternidad de sufrimiento y confusión, pero allí nadie había hablado de reptar por una cloaca infecta. Aquella idea, por desgracia, había sido suya.
Contempló con desconfianza el pasadizo: cuanto más lo miraba, más diminuto le parecía.
De pronto, los terrores de la noche, lo que quisiera darles caza, se desdibujaron en su cabeza.
Los sustituyeron otros más pedestres: ratas, cucarachas, culebras, inmundicia y una oscuridad cerrada.
No podía arriesgarse a llamar a Isabel ni a encender la linterna, ni siquiera dentro del conducto, por miedo a que cualquier respiradero los delatara.
No tenía más remedio que meterse allí a oscuras y confiar en que los posibles habitantes de aquel submundo le temieran más de lo que él los temía a ellos.
Notó, antes de entrar, una punzada absurda de humillación: después de todo lo visto, era aquella negrura inmunda lo que de verdad lo hacía vacilar.
Aspiró una última bocanada de aire fresco y se deslizó hacia el interior.
Nada más entrar, el barro y la humedad empezaron a calarle los pantalones.
Sentía que, cuando clavaba los dedos para ayudarse a avanzar, lo hacía en una sustancia blanda, semilíquida y repugnante, y deseó con todas sus fuerzas que no fuera más que vegetación descompuesta.
Aunque, se dijo enseguida, aquello no olía a nada tan neutro ni tan inofensivo.
Cuanto más se adentraba, menos frío era el ambiente y, por tanto, más propicio para albergar una fauna variada, que en su cabeza había clasificado en dos grandes grupos: la aterradora y la repugnante, aunque algunas criaturas contaban con méritos de sobra para militar en ambos.
Cuando creyó haberse internado lo suficiente, se atrevió a llamarla en un susurro.
—¿Isa? ¿Isabel? —repitió, esta vez un poco más alto.
Nadie respondió. A. tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad para convencerse de que lo que los había guiado hasta allí no era un simple fruto del azar ni de sus cerebros, siempre dispuestos a encontrar patrones donde no hay más que caos.
Tomó una bocanada de aquel aire viciado y maloliente y se obligó a avanzar unos metros más.
Así lo hizo y, cuando una de sus manos cayó sobre algo vivo, gelatinoso y móvil, estuvo a punto de gritar de horror. Pero, reuniendo el poco autocontrol que le quedaba, volvió a llamar a Isabel.
Una vez más, nadie respondió, y el miedo y la repugnancia fueron sustituidos por el desánimo, por la desesperación. Si ella no estaba allí, si no estaba en la casa de M. , todo había sido en vano. Y si aún seguía libre, sería por muy poco tiempo.
Ellos habían visto con sus propios ojos una pequeña muestra de sus poderes e Isabel, creyéndose sola y abandonada por todos, no iba a poder oponerles mucha resistencia.
Ni M. ni él iban a llegar a tiempo. La idea de cargar con un segundo fracaso en una sola noche se le hizo, de pronto, difícil de soportar.
—Responde, por favor, Isabel. Soy A. Hemos venido a sacarte de aquí —repitió, a la desesperada.
Cuando una mano helada se le hundió en la piel, ahogó un alarido. Solo al oír unos sollozos muy cercanos y notar que alguien se aferraba a sus brazos, a su abrigo, tratando de acercarse a él en aquella estrechez, recuperó el control y recordó quién era y por qué estaba allí.
—Tranquila. Estamos aquí. Estás a salvo. Vamos a sacarte del pueblo.
Trató de abrazarla en medio de aquel ambiente claustrofóbico y notó que estaba empapada.
Si llevaba allí dentro tanto tiempo como sospechaba, debía de estar al borde de la hipotermia.
Isabel no dejaba de sollozar. Tantas horas de miedo y soledad en aquel lugar espantoso habían logrado quebrar incluso a una chica de voluntad tan férrea.
—Por favor, Isabel. Debemos salir de aquí. Fuera nos espera M. , pero tienes que guardar silencio. ¿Me entiendes?
A. le puso las manos en la cara y notó que asentía.
—Venga. Vámonos de aquí, ¿vale?
Ella volvió a mover la cabeza afirmativamente y, poco a poco, consiguió dominar los sollozos. Aun así, A. notó que seguía temblando de una forma alarmante.
Despacio, comenzó a retroceder, procurando que Isabel no perdiera el contacto con sus manos.
No quería que dejara de sentir que ya no estaba sola, que él seguía allí.
Al final M. le agarró de los tobillos y de los pantalones y lo ayudó a salir.
Un segundo después, Isabel y A. estaban por fin fuera del desagüe.
Entonces A. fue consciente de golpe de lo agotado y débil que se encontraba.
Se le había mojado toda la ropa y sintió el frío del exterior metiéndosele en la piel y en los músculos.
Pero la situación de Isabel era mucho peor.
Estaba descalza y solo llevaba un pijama de algodón lleno de suciedad, tan empapado que se le pegaba al cuerpo.
Temblaba tanto que fue incapaz de ponerse en pie y terminó acurrucada en el suelo, abrazada a las rodillas, con el pelo lacio y sucio pegado a la cara.
A. empezó a desabrocharse rápidamente el abrigo, pero M. lo detuvo dándole un toque seco en la nuca.
—¿Estás tonto? —le regañó en un susurro—. ¿Quieres que tenga que llevarte a ti también en volandas?
M. se quitó el suyo y envolvió con él el cuerpo de Isabel. Hundida en aquel abrigo enorme, parecía todavía más frágil. Le apartó el pelo con las manos y la miró muy de cerca a los ojos para que pudiera oírlo.
—Ahora voy a cogerte, ¿de acuerdo? Tenemos el coche cerca e iremos fuera del pueblo. Solo tienes que estar muy callada.
Iba a pasarle los brazos por debajo del cuerpo para levantarla, pero pareció pensárselo mejor y volvió a inclinarse hacia su oído.
—No vamos a dejar que te pase nada.
Ahora sí, la alzó del suelo y, con A. marcando el camino, avanzaron pegados a la pared hacia lo que intuían que era el este, procurando no mirar la niebla que seguía tendida al fondo de las calles.
No podían estar seguros de cuánto habían ascendido persiguiendo a la loba, pero, evitando las vías de subida, antes o después darían con una que los devolviera a la parte baja del pueblo.
A partir de ahí ya no correrían el riesgo de extraviarse.
Como esperaban, pocos metros después tomaron una calle en descenso y, antes de un minuto, tras rodear un viejo edificio de piedra, salieron a una vía que creyeron reconocer: la que pasaba bajo el viejo arco de la muralla.
Desde allí se oía el murmullo de los caños, un poco más allá.
Se detuvieron un instante y M. bajó a Isabel para descansar.
Ella intentó apoyar los pies en el suelo, pero las fuerzas volvieron a fallarle y tuvieron que sujetarla para que no se desplomara.
Era un momento crítico. Intuían que Violeta había detectado su presencia y que ella y Silvia estarían muy pendientes de las salidas del pueblo. Si lograban atravesar el arco y llegar a la carretera, probablemente habrían superado uno de los mayores obstáculos de su fuga.
Isabel parecía temblar algo menos y, cuando A.
hizo el gesto de cogerla, M. lo detuvo con una mano.
Aunque no estaba tan debilitado como ella, también acusaba el frío de la ropa mojada y le temblaban bastante las manos.
Cuando volvieron a estar listos, reemprendieron la marcha hacia aquella salida que, durante unos segundos, se permitió parecer posible.
El arco ya era visible, recortado en la claridad turbia de la niebla, cuando un estruendo terrible los sorprendió.
Retrocedieron trastabillando y estuvieron a punto de dejar caer a Isabel.
Algo enorme y pesado se había estrellado contra la puerta de la muralla.
Las piedras se desmoronaron sobre aquella mole.
Acababan de perder la salida: una estructura rectangular, arrancada de alguna parte, había quedado encastrada en el hueco, sellando su principal ruta de escape.
Entonces algo redondo fue acercándose a ellos, rebotando contra las paredes, hasta detenerse a sus pies, girando todavía sobre el empedrado.
M. y A. lo reconocieron de inmediato. Era una de las descomunales ruedas, con los chevrones en relieve, del Tiburón.
No solo no podrían salir por allí: también habían perdido su medio de transporte.
Sin preocuparse ya demasiado por la discreción, retrocedieron lo más rápido que pudieron hasta la calle por la que habían bajado y se alejaron unos cuantos metros. Cuando se consideraron relativamente a salvo, se sentaron contra un muro, muy pegados unos a otros para conservar el calor.
Isabel parecía algo más recuperada y miró a A.
y a M. en silencio. No era consciente de la magnitud de la catástrofe.
Sin el coche no lograrían poner distancia con Valdeolivas con la rapidez necesaria y, si antes no se partían el cuello en cualquier quebrada, acabarían atrapados a las afueras del pueblo.