Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO XIX #2
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CAPÍTULO XIX #2

Los minutos fueron acumulándose sin obtener resultado alguno.

No llevaban tanto tiempo buscando, pero la tensión empezaba a pesarles en el cuerpo como una caminata de horas.

Les dolían los ojos de tanto forzarlos, tratando de ver un poco más allá de lo que aquella claridad enferma les consentía.

Continuaron su exploración hasta llegar a una placita arbolada.

De allí salían varios caminos, la mayoría cuesta arriba.

Tan solo uno seguía el llano. Eligieron ese para descubrir que, tras rastrear unas decenas de metros más, volvían a salir a campo abierto.

Habían recorrido el pueblo de una punta a otra dentro de los límites fijados de antemano, sin resultado.

A. se quedó inmóvil un segundo, con la respiración contenida, empeñado en no dejar que el desaliento se le adelantara.

M. se sentó a descansar, y A. lo imitó, muy pegado a él.

—No lo vamos a conseguir jamás —susurró M. con voz pastosa—. Seguramente nos confundimos e Isabel tomó algún desvío hacia arriba. Esto podría llevarnos toda la noche, y no vamos a tener tanta suerte. También la estarán buscando y, antes o después, vamos a cruzarnos con ellas.

—No me voy a dar por vencido. Voy a encontrarla y a sacarla de aquí.

—Aquí nadie habla de darse por vencido. Solo me desahogaba un poco.

La plaza de antes… la conozco. Por ahí se llega a mi casa.

Po dríamos probar allí. Además, creo que me dejé dentro de la nevera las sobras de la comida del jueves, y te recuerdo que aún no hemos cenado.

Al menos las migas se podrán comer todavía.

Tropezar, en medio de aquella experiencia espantosa, con algo tan regular, previsible y sólido como el hambre de M.

, tuvo en A. un efecto inesperadamente reparador.

Fue un respiro: un resto de mundo corriente en el infierno que llevaban horas atravesando.

Le permitió apartarse durante un instante de todo aquello.

A. se rio entre dientes, más aliviado de poder hacerlo que divertido por la broma.

—Está bien, amigo. Vamos a por esas migas.

Se limpiaron de tierra los pantalones y caminaron de regreso al pueblo.

En la plaza tomaron la calle que señaló M.

y, cada uno junto a una pared, subieron por ella sin dejar de descartar cada rincón, por si allí se escondiera lo que buscaban.

No tardaron en llegar a un terreno por ambos conocido: estaban junto a la casa.

A. se deslizó hasta donde le aguardaba M. y, con un gesto, le pidió que extremase el silencio. Ya recorrían la acera que pasaba pegada a la fachada, a la altura del arco de entrada, cuando un chirrido los alertó. Se acurrucaron en el suelo, confiando en pasar desapercibidos.

La puerta se había abierto y de ella salió una figura enjuta, recortada apenas en la claridad lechosa de la niebla.

Pero en lugar de alejarse se quedó quieta, de pie, oteando la oscuridad.

Enseguida reconocieron a Violeta. Otro chirrido, seguido por un chasquido, les indicó que acababa de cerrar la puerta.

A. sintió el cuerpo endurecerse de golpe cuando algo debió de despertar la suspicacia de Violeta y esta se giró en su dirección.

Ambos, hechos un ovillo, trataban, sin mucho éxito, de confundirse con el entorno.

Incluso sin contar con el auxilio de los poderes que Lilith pudiera conferirle, habría sido difícil no reparar en los dos bultos que se destacaban en el suelo.

Sin embargo, Violeta no pareció reaccionar.

Simplemente siguió mirando hacia allí, atenta a algo que no terminaba de localizar .

Entonces empezó a abrirse paso en la mente de mis amigos una idea absurda.

¿Y si Violeta no fuera más que eso, Violeta?

Una mujer mayor, corta de vista, que buscaba a su sobrina huida.

Sin apenas darse cuenta, toda la animadversión, todo el odio, incluso el miedo que los dominaba un segundo antes se habían esfumado.

Ya no sentían más que simpatía por aquella mujer encantadora que les había abierto su casa de par en par y los había tratado con una confianza casi maternal.

Ya iban a levantarse para correr junto a ella y saludarla cuando Violeta lanzó un alarido ronco, áspero, que debería haber levantado de la cama a medio pueblo.

Pero ninguna ventana se iluminó. Ningún postigo crujió.

El pueblo siguió dormido, hundido en un sueño demasiado hondo para aquella hora.

Sonó a criatura frustrada por haber perdido una pieza de caza.

Y, sin que llegaran a entenderlo del todo hasta que ya había sucedido, una forma veloz se precipitó hacia la niebla y fue tragada por ella.

En un instante, Violeta había desaparecido.

Había estado cerca, demasiado cerca. Durante unos segundos, sus pensamientos habían dejado de pertenecerles del todo.

Y, sin embargo, Violeta no hizo nada por capturarlos, a pesar de que estaba claro que contaba con medios para lograrlo sin la menor dificultad.

No podían explicarse cómo se habían librado, pero allí seguían los dos, en carne y hueso, con el sudor corriéndoles por el rostro, temblando de miedo.

Ninguno quiso moverse, aunque sintieran las articulaciones dolorosamente agarrotadas.

Cuando M. finalmente se atrevió a estirar una pierna para desentumecerla y dejar aquel lugar —las migas ya no eran una opción viable—, A.

le agarró el brazo para advertirle de un nuevo peligro: algo se acercaba por su derecha.

Primero fue solo un repiqueteo seco de uñas sobre la piedra.

Luego, una forma baja y oscura empezó a recortarse en la claridad enferma de la niebla.

Sin tiempo para reaccionar, un bulto en movimiento surgió en la acera en la que se agazapaban y pasó frente a ellos .

El terror dio paso a la incredulidad. Un lobo —loba, en realidad— caminó junto a ellos con una calma ajena a su naturaleza, rozándoles las manos y la ropa, dejando a su paso el olor acre e intenso de una bestia salvaje que nadie esperaba volver a encontrar en la Alcarria.

Y, sin embargo, allí estaba: pasando junto a ellos y alejándose después, majestuosa, sin concederles más atención que aquel roce deliberado. A. tuvo entonces una corazonada.

—Vamos —susurró—. No la perdamos.

Se pusieron en pie con dolor. Tenían las articulaciones tan rígidas que, cuando lograron renquear detrás de la loba, esta ya había sido tragada por la niebla.

Por fortuna, en medio del silencio antinatural que imperaba en el pueblo, fue sencillo orientarse gracias al repiqueteo de sus uñas sobre el empedrado.

Siguieron aquel sonido durante cerca de un minuto, incapaces de reconocer en qué parte del pueblo se encontraban exactamente.

Después tuvieron que detenerse, desconcertados: ya no oían nada. Habían perdido el rastro. Se miraron un instante y, sin decir palabra, aceleraron el paso, confiando en no tropezar con ninguna bifurcación que los extraviase definitivamente.

Enseguida volvieron a parar.

Una masa oscura les cortaba el paso. La loba los aguardaba sentada sobre las patas traseras, apenas perfilada por aquella claridad desvaída, con la mirada fija en un punto.

Avanzaron despacio hasta quedar a menos de un metro de ella.

Entonces el animal se levantó y se perdió de nuevo en la bruma, a toda velocidad. Una vez más, estaban solos.

A. tomó del brazo a su amigo y ambos caminaron con precaución hacia el lugar que el animal parecía haberles señalado.

Tres metros más allá apareció un murete y, a sus pies, una acera sobreelevada por encima de la calzada para salvar el desnivel: una técnica constructiva parecida a la que habían observado en las laderas de Ercávica.

Al pie del muro se abría una oquedad circular, negra, baja, lo bastante ancha para que alguien pudiera haberse arrastrado dentro.