Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO XIX
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CAPÍTULO XIX

CAPÍTULO

XIX

A. detuvo el coche. El indicador izquierdo parpadeaba, señalizando el desvío al que habían llegado.

Allí arrancaba la carretera que, atravesando Villar del Infantado, llevaba a Valdeolivas.

La luz del intermitente teñía la niebla, de nuevo espesa después de Alcocer, y la hacía latir a intervalos rojos sobre el asfalto.

A. suspiró y se frotó un instante la frente, queriendo apartar una idea que llevaba demasiado tiempo creciendo allí dentro.

—La última oportunidad para la sensatez, M. Tienes una familia; debes pensar en ellos. Ambos sabemos que esto es un viaje de un solo sentido. Si entramos ahí, es muy probable que no logremos regresar. Y aquí no nos jugamos solo la vida: es mucho peor, ya lo has oído.

M. le enseñó la pantalla rajada del teléfono.

—Estoy listo. He escrito un correo para ellos y se enviará automáticamente mañana al mediodía si no conseguimos volver. Es una versión que no suena demasiado disparatada. No quiero que me recuerden más loco de lo que pienso que ya estoy.

A. asintió en silencio y palmeó, agradecido, la rodilla de su amigo.

—¿Dónde la buscaremos, A. ? ¿Seguirá en la casa?

—Llevo un buen rato dándole vueltas. Antes me dijiste que el teléfono de Isabel seguía en la mesilla de noche. Eso solo puede significar dos cosas: o que la arrastraron al exterior mientras dormía, o que escapó con lo puesto.

—¿Y bien?

—Que, si fue lo primero, nuestra amiga de hace un rato lo sabría. Todo habría terminado ya, y no tendría sentido dejarnos venir hasta aquí. Hay que confiar en que Isabel lograra huir para ponerse a salvo.

—¿Y adónde? Mira esto: no se ve nada. Ni siquiera sabemos a qué hora pudo irse. Puede estar en cualquier parte, en diez o quince kilómetros a la redonda. Y eso si no se ha desnucado por ahí —remachó, con ese tacto tan suyo.

—Lo sé. Pero tengo una teoría, aunque puede que no nos sirva de mucho —dijo, tras una breve vacilación que no era duda, sino puro cansancio—. ¿Te acuerdas de su historia, cuando estuvo a punto de ser capturada de niña?

—¿De la cena? Mejor ni me hables.

—Creo que yo estaba algo más despejado que tú. Verás: cuando se sintió perseguida por aquella presencia, huyó y se refugió en un desagüe. Gracias a ese escondite consiguió mantenerse a salvo hasta que, de manera milagrosa, empezó a llover.

—Sí, sí, algo recuerdo. Y ya puedo imaginarme quién mandó esa lluvia tan oportuna que deshizo la niebla. En una zona con tan poco relieve como esta, cuando se cierra el cielo de esa manera resulta muy difícil que llueva.

—Si no la alcanzó fue porque la bruma no entraba en la tubería. Eso fue lo que la mantuvo a salvo. Ella misma dijo que, en cuanto clareaba, el embrujo perdía fuerza. Tenía razón: allí dentro, mientras la niebla no pudiera entrar, estaba fuera de su alcance.

—Sí, sí… y diría que nosotros deberíamos hacer lo mismo, pero aquí estamos. ¿Y crees que ha vuelto al mismo sitio?

—Eso pienso. Está reviviendo la peor pesadilla de su infancia y, si se ha movido por instinto en busca de un lugar seguro, puede que haya regresado al mismo.

La verdad es que, salvo que se haya ido a tu casa a buscarnos, no se me ocurren muchas otras opciones que no consistan en vagar a ciegas por las calles y los montes de Valdeolivas.

—¿Y dónde está ese desagüe?

—Buena pregunta. Bajo una tienda, en la parte baja del pueblo.

El problema es que Violeta no dijo si esa tienda sigue existiendo.

En realidad, ni siquiera podemos estar seguros de que no hayan cegado o desviado el desagüe después de tantos años.

Solo sabemos que todo empezó en un arco de la muralla, junto a una vieja fuente.

—Sí, conozco el sitio. Está más o menos a la altura de mi casa, pero en la parte opuesta del pueblo. Cerca de donde Violeta nos contó que estaba la antigua aljama de la villa.

—Sí. Qué ironía. De haber sabido que usaba fuentes de primera mano, habría prestado más atención cuando hablaba de esas cosas. ¿Serías capaz de llevarnos allí sin entrar al pueblo?

M. trató de hacer memoria unos instantes antes de responder.

—Sí, con los mapas del teléfono, seguro. Me parece que hay un camino agrícola que sale del pueblo justo por ahí. Déjame mirar; aquí todavía hay cobertura.

Mientras M. consultaba el mapa, A. siguió exponiendo su plan.

—Isabel estaba bajo ese arco y huyó hacia el interior del pueblo —empezó, y solo entonces se dio cuenta de que hablaba demasiado deprisa—.

Si uno escapa, instintivamente escoge el camino que le permita huir más rápido: el llano o la cuesta abajo.

El pueblo pierde altura desde la carretera donde suelo aparcar hasta el barranco y, trazando una línea imaginaria entre el arco y tu casa, creo que podemos acotar bastante la búsqueda. ¿Es así?

M. le enseñó el mapa a su amigo.

—Sí —admitió—. Por debajo solo hay tres o cuatro calles. Creo que podemos hacerlo.

—Si no damos con ella, volveremos a tu casa. A ver si, con suerte, estuviera allí.

—¿Y si no?

La pregunta quedó en el aire. A. prefirió volver a arrancar el coche antes que responder algo que ninguno de los dos deseaba oír.

Fueron ganando altura despacio conforme se acercaban a Villar del Infantado.

Al atravesar el pueblo por el tramo de carretera que discurría por su interior, vieron la iglesia y el bar donde nos habíamos encontrado con Ramonchu.

Allí aún no había llegado el apagón, y a aquellas horas el cura dormiría plácidamente, arropado por el cálido abrazo de Marisita.

Seguramente, no mucho después, el bueno de Ramonchu tendría que escabullirse antes de que lo delatara la mirada indiscreta de algún vecino madrugador.

A su derecha, más allá de las últimas luces, todo seguía dominado por el refugio primitivo excavado en la roca de las tres hermanas. El origen de la pesadilla.

Tras seguir ascendiendo, no tardaron en llegar a las afueras de Valdeolivas.

El coche aminoró la velocidad, cruzando los olivares que salpicaban los márgenes de la carretera.

Aquella noche no eran más que borrones siniestros suspendidos en una niebla menos cerrada que antes, pero más engañosa: la luz de los faros no la atravesaba del todo, solo arrancaba de ella volúmenes, troncos, piedras, manchas que parecían apartarse al paso del coche.

Pronto llegaron junto a la señal de stop que marcaba el final de la carretera comarcal y la incorporación a la principal que pasaba junto al pueblo.

Un poco más allá se adivinaban, difuminados, los arrabales de Valdeolivas.

—Ve a la izquierda, A. , pero despacio. No vamos a tardar en encontrar el desvío.

Siguió las indicaciones y enseguida llegaron a él.

—Ahora continúa. Ignora los desvíos laterales hasta encontrar un cruce de cuatro caminos. Después, otra vez a la derecha, y nos apeamos .

Un minuto después, ambos se bajaron del coche.

Al apagar el motor, la oscuridad no cayó sobre ellos de golpe; quedó esa claridad pobre, lechosa, que la niebla devolvía desde ninguna parte.

No bastaba para ver lejos, pero sí para distinguir el borde del camino, la línea baja de los muros y la masa oscura del pueblo esperándolos al fondo.

Era peor que una noche cerrada: parecía permitirles avanzar.

Siguieron, sin desviarse, la franja de asfalto que, si todo había ido bien, los llevaría hasta el arco de entrada. No tardó en llegar a sus oídos el murmullo del agua.

—La fuente —susurró M. —. Estamos en el pueblo.

Se estremecieron al cruzar el límite bajo el arco. Justo allí, dieciséis años atrás, había empezado la pesadilla de Isabel. Y allí también, para bien o para mal, podía estar esperándoles su final.

El murmullo del agua fue el último sonido tranquilizador que alcanzaron a escuchar.

Dentro de los viejos límites del pueblo, el silencio y aquella oscuridad lechosa se habían adueñado de todo.

No era una negrura completa: la niebla retenía un resto de luz, tal vez de las estrellas, tal vez de ninguna parte, y lo devolvía en forma de claridad turbia.

Bastaba para distinguir una fachada de una calle, un arco de una sombra, el bulto de un muro al alcance de la mano. No bastaba para sentirse a salvo.

En invierno no habría mucha población en Valdeolivas, pero en la madrugada de una noche así era aún más improbable cruzarse con alguien.

Y, de hacerlo, seguramente sería con quienes querían evitar a toda costa.

Con todo, la intuición les decía que los vecinos debían de estar sumidos en un sueño particularmente pesado.

No parecía probable que aquello que se movía en el pueblo quisiera estorbos en una noche tan importante.

Habían acordado no dirigirse la palabra dentro del pueblo salvo que fuera imprescindible y, por descontado, desconectaron los móviles y tratarían de moverse amparados por la oscuridad.

Pero, a pesar de lo planeado, no tardaron en darse cuenta de que llevar a cabo su misión iba a ser mucho más complicado de lo que parecía al principio.

Lo que en el teléfono no eran más que líneas limpias, diminutas, eran, en realidad, viejas calles llenas de pequeños recovecos y estrechos callejones sin salida.

Seguramente, bajo el sol alegre de una mañana de domingo, un rato antes del aperitivo, el acertijo podría haberse resuelto en diez o quince minutos.

Avanzando a tientas en mitad de aquella claridad pobre, que enseñaba solo lo necesario para equivocarse, temiendo ver aparecer a cada instante a Silvia o Violeta, la tarea resultó una pesadilla irresoluble.

Cada uno por un lado de la calle, caminaban palpando con los pies y las manos cada recoveco, cada relieve de los muros que pudiera ocultar un desagüe.