Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO XVIII #3
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CAPÍTULO XVIII #3

La temperatura pareció caer de golpe. La roca devolvió un estremecimiento hondo, nacido en sus entrañas, y durante un instante el aire se espesó tanto que a ninguno de los dos le resultó fácil respirar.

—Y vosotros… a su lado no sois ni obstáculo.

Apenas carne que puede romperse. Cada vez se siente más fuerte; sabe que está a punto de completarse y no va a permitir que nada se le interponga.

Os mantuve a salvo cuanto pude, pero presiento que está a punto de tener a la niña.

Y cuando el círculo se cierre, lo que venga después ya no os pertenecerá. Manteneos lejos.

En A. se encendió de golpe algo más cercano a la furia que al entendimiento.

—¡Fue eso! ¡Por eso no pudo capturar a Isabel el jueves por la noche! ¡Tú la protegías!

No sonrió, pero algo cedió apenas en su expresión.

—Fuisteis vosotros —dijo—. La apartasteis de ella sin saberlo.

La voz no traía consigo ni dureza ni consuelo, solo una constatación desnuda. Y, sin embargo, en el timbre se había abierto paso algo que les recordó demasiado a la mujer que habían conocido en Soncillo, aunque ahora hablara desde mi garganta.

—¿Creéis que después de lo que habéis vivido seguís siendo los mismos? Hay umbrales que no se cruzan sin pagar un precio. Algo queda en quien vuelve. Y ellas lo percibieron.

Su mirada no se detuvo en ellos, sino en la roca; en ella parecía leer un rastro más antiguo.

—Cuando os cruzasteis en su camino, comprendieron que habíais viajado a lugares de los que nadie regresa del todo. Había en vosotros algo herido y endurecido, algo que no se les entregaba ya con facilidad. Eso las inquietó desde el principio. Y también las atrajo.

La voz siguió cayendo con la misma gravedad.

—La más débil de las tres fue la que acudió aquella noche. Venía a consumar lo que ya se había puesto en marcha, pero encontró a la niña rodeada por tres presencias alteradas y dudó. Sin cuerpo, no era invulnerable. Creyó que estabais allí para cazarla, y retrocedió.

Sus ojos recobraron aquella fijeza implacable.

—La noche siguiente, sus hermanas os tantearon en su propia casa. Midieron vuestra voluntad, entraron en vuestra mente y a ti —miró a M. — te usaron hasta que decidí intervenir.

El aludido desvió la mirada, incómodo, rozado por un recuerdo al que no quería volver.

—Eso fue lo que cambió las reglas. Comprendieron que no era casualidad, que alguien estaba conteniendo su fuerza desde dentro.

Aquella noche aún podía desbaratar lo que intentaban cerrar.

Ahora ya no. Su poder está más completo y, si regresáis, si volvéis a interponeros entre ella y la niña… no saldréis de allí.

A. alzó la cabeza. En él ya no había solo desesperación, sino una impotencia rabiosa.

—¿Y ya está? ¿Eso es todo? ¿Debo resignarme a que E. haya muerto, a que tomen el cuerpo de Isabel, a perderla también a ella para siempre?

Bente guardó silencio un instante, midiendo cuánta verdad podían soportar todavía.

—Siempre hay un modo. Pero no voy a llevaros hasta él. Allí, sin mí, no tendríais amparo ni paso. Estaríais solos, y lo que os espera al otro lado de esa soledad no es la lucha, sino el fracaso .

Bajo sus pies, la roca vibró apenas, con una memoria anterior a nosotros.

—Lloradle si queréis, despedíos. Lo demás es asunto mío.

M. la contempló un instante con los ojos enrojecidos. Se pasó la mano por la nuca, más para sacudirse la congoja que para ordenar nada, y habló de golpe, con esa brusquedad suya que a veces no era más que otra forma de no venirse abajo.

—Ya está bien. A la mierda, me he cansado de este juego tan complicado. Vamos, A. Vamos a sacar a Isabel de ese sitio.

A. enseñó los dientes en una mueca incierta, a medio camino entre la sonrisa y el desprecio por su propia supervivencia.

—Espera. ¿Y qué hacemos con él?

Me señaló. M. tardó un segundo en entenderlo. Me tenía delante, en pie, con mi rostro y mi voz, y por eso le costó admitir que aquello que usaba mi cuerpo ya no era yo. Bente lo advirtió. Algo cedió apenas en su expresión: un destello seco, demasiado humano para pertenecerle por completo.

—De acuerdo. Si queréis hacerlo así… hacedlas salir, traédmelas. Lo demás me corresponde a mí.

M. soltó el aire y se frotó la nuca, rendido. No estaba pensando con claridad; se aferraba a la primera acción posible, consciente de que, si se detenía, si pensaba, si se quedaba quieto, iba a derrumbarse.

—Pues vamos, las sacamos de allí y las traemos. Luego ya veremos cómo.

A. tardó un instante en reaccionar. También en él se notaban el agotamiento y el desconcierto: tenía la mirada fija en ninguna parte y el gesto de quien ha perdido pie. Cuando habló, ya no sonó resuelto, sino necesitado de una respuesta ajena.

—Guíanos, por favor.

—Id tras lo que las mueve. Ofrecedles aquello que todavía desean, y acudirán.

No elevó la voz, pero cada palabra cayó con un peso antiguo .

—No os engañéis. Aún no conocéis el alcance de su fuerza. Lo ocurrido no fue lo peor que puede haceros; apenas os ha alcanzado un roce de su poder.

Calló un instante. No era vacilación. Aquello que habitaba mi cuerpo necesitaba un segundo más para ordenar, no las palabras, sino la medida del desastre.

—Olvidad a las dos mujeres que creéis haber conocido. Lo que hablaba desde ellas era apenas una forma tolerable, una piel puesta encima de otra cosa.

A. volvió a señalarme, en silencio. Bente asintió apenas.

—Yo le velaré.

Entonces mi cuerpo perdió la tensión que lo sostenía.

La cabeza y los brazos volvieron a vencerse, inertes.

Y aun así no caí de golpe: algo —una mano no vista, una voluntad más firme que la materia— me sostuvo todavía un instante y me depositó luego sobre la vieja piedra del recinto, con una suavidad extraña, impropia de aquel lugar antiguo, bajo la luz fría y lavada de las estrellas.

La brisa, que parecía haberse contenido hasta entonces, volvió a mover la vegetación. Un ave nocturna ululó en algún punto cercano. La noche recuperó su pulso: ese latido leve y mineral de finales de invierno, cuando la primavera aún no se atreve a entrar del todo.

Y mientras tanto ellos —mis amigos— se alejaron siguiendo el camino que descendía hacia el aparcamiento.