CAPÍTULO XVIII #2
M. se dejó caer junto a A. y ambos apoyaron con cuidado las manos sobre mi pecho, temiendo espantar aquella vida recién devuelta.
En ese momento abrí los ojos. No tuvieron tiempo de entender la claridad extraña que me cruzó la mirada, porque, con una violencia brusca y ajena, me incorporé, extendí los brazos, les agarré del cuello y los derribé contra el suelo de piedra.
Sus cabezas rebotaron contra la roca. El golpe fue solo el aviso: enseguida llegó la presión, brutal, cerrándoles la garganta.
No podían respirar. Bajo mis dedos, sus gargantas parecían demasiado frágiles.
Y mi voz —una voz que no era mía— les habló. Era una lengua primitiva, gutural, hecha de golpes secos, y no entenderla era lo de menos. No hacía falta para sentir el poder y la furia que transmitía.
— Ŕeśan baśban, ildun eban!
Mis manos se hundieron un poco más en sus cuellos. A. me miró con un espanto que ya no era solo miedo, sino incredulidad; M. , enrojecido, forcejeó por soltarse, y el roce de sus zapatos contra la piedra sonó inútil, mezquino.
— Ekiar turskaŕ, eban, eban!
La sala entera pareció encogerse. El aire se volvió áspero, difícil de tragar incluso para quien no estaba siendo estrangulado, y de la garganta de A. salió un gemido opaco, animal. A M. se le amorató la cara mientras boqueaba inútilmente.
— Iltiŕ baś, ŕeśkaŕ ildun!
La última frase cayó con una violencia sorda. Algo vibró en la roca, apenas un temblor, pero bastó para que ambos lo sintieran en los huesos.
Ya al borde de la inconsciencia, fueron dejando de luchar.
La resistencia se les deshacía por momentos; apenas acertaban a agitarse, incapaces ya de apartar aquellas manos que les cerraban el cuello.
Tampoco estaban en condiciones de entender —ni siquiera de temer del todo— que mi cuerpo empezaba a consumirse en un resplandor frío, azulado, que lo envolvía sin quemarlo.
— Baśban!
La palabra no sonó alta, pero cayó en la sala con una autoridad que valía más que un grito.
En el mismo instante aflojé la presión y el resplandor se apagó en seco, sin dejar rastro.
A. y M. se apartaron de mí arrastrándose y resollando, con ese terror torpe de quien solo quiere poner distancia entre su garganta y las manos que acaban de cerrarse sobre ella.
Retrocedieron hasta que la pared de roca les cortó la huida.
Allí se quedaron, medio derrumbados, todavía sin aire, mientras la sangre les volvía lentamente a la cabeza.
Yo seguía en pie frente a ellos, inmóvil.
El último resplandor azulado se había borrado de mi piel, pero no del todo de mis ojos.
Los miré sin reconocerlos de inmediato. O, mejor dicho, reconociéndolos de una manera extraña, más honda y más antigua que la simple memoria: en sus rostros se habían superpuesto los hombres que tenía delante y otros a los que ya había visto antes, bajo otra luz y en otro tiempo.
Algo vaciló entonces en mi expresión. Fue una suspensión breve, un titubeo apenas perceptible, la detención de aquello que me habitaba ante una evidencia que no esperaba encontrar allí.
Respiré hondo. El aire entró en mi pecho con dificultad; el cuerpo parecía obligado a aprender de nuevo su propio uso.
Cuando les hablé, la voz tardó un instante en asentarse en palabras comprensibles.
Primero sonó áspera, remota, mal avenida con nuestra lengua; luego el castellano fue abriéndose paso en ella, no sin esfuerzo, obligado a manejar una herramienta demasiado tosca.
—¿Con qué derecho habéis traído un muerto a este recinto? ¿No comprendéis qué lugar habéis mancillado?
Avancé hacia ellos. Instintivamente intentaron apartarse de nuevo, pero alcé un brazo, despacio, y el gesto bastó para inmovilizarlos.
Me arrodillé junto a ellos y les tomé las manos.
La mejoría no fue brusca, pero sí innegable: algo tibio, remoto, pareció entrarles por los dedos y deshacerles por dentro el daño.
Las respiraciones fueron encontrando paso, los músculos dejaron de sacudirse y el rictus de los rostros se aflojó poco a poco, hasta que dejaron de parecer cuerpos al borde de la asfixia .
Los contemplé un instante. No había interés en aquella mirada, ni tampoco crueldad. Solo una atención remota, impersonal, dedicada a medir su fragilidad con una curiosidad muy antigua. Algo cedió apenas en mi expresión, pero se endureció de nuevo al momento siguiente.
—Os falta uno.
A. logró incorporarse y apoyó la espalda contra la roca. Levantó una mano hacia mí, no para defenderse, sino para suplicar a una presencia que no sabía nombrar.
—Ayúdanos, por favor.
Miré primero a mis amigos, luego a mis manos, y por último me toqué el rostro, con una perplejidad desdeñosa: aquello tampoco reconocía del todo la forma que acababa de tomar. Negué una vez, muy despacio.
M. se puso en pie con un tambaleo y se acercó. Me rodeó con los brazos con la desesperación de quien se aferra a lo primero que encuentra, sin saber si va a sostenerlo o a hundirlo del todo.
—Tráelo de vuelta, te lo suplico. Lo han matado como a un perro y no tenía culpa de nada. Cibeles resucitó a Atis. Hazlo también por él.
No fui yo quien acogió aquel abrazo. O no enteramente. Algo más antiguo que yo lo consintió con una quietud inaccesible.
—Le advertí. No debía estar allí.
M. notó entonces humedad en el cuello. No era llanto. Era algo más desconcertante: una vacilación, un temblor impersonal, porque aquello inmenso que usaba mi cuerpo no estaba hecho para el dolor ni para el afecto y, sin embargo, los rozaba por un instante.
Mientras tanto, A. se había levantado y se acercó cabizbajo.
—Es culpa mía. Toda culpa mía. Me lo dijo y no le hice caso. Le obligué a volver para saber qué fue de Isabel. Si hay que cambiar una vida por otra, toma la mía, te lo suplico. Él no ha hecho nada para merecer la muerte.
Se ofrecía sin entender que allí no había trato posible .
—No habléis de culpa ni de trueque —dijo la voz que usaba mi boca—. Fui yo quien se interpuso. Creí que bastaría con romper una vez su curso para impedir el cierre.
—Lilith —susurró M.
Mi cabeza se inclinó apenas; el gesto no nació de mí.
—Creéis que por poder nombrarla la entendéis. No es así. Los nombres apenas rozan las cosas; no alcanzan su naturaleza ni su medida. Tres mujeres abrieron lo que no debían. Algo respondió. Entró en ellas, las torció, obró por sus manos. Yo solo pude contenerlo.
Se hizo una pausa, seca.
—La encerré. Y la soltasteis. Siempre acabáis liberándola, antes o después.
Sus palabras cayeron con la frialdad de una sentencia dictada mucho antes. M. y A. intercambiaron una mirada rápida; no porque creyeran haberlo entendido todo, sino porque comprendieron que aquello no se les decía solo a ellos.
—Ahora busca su forma cabal. Aún no la tiene.
Le falta un cuerpo vivo en el que asentarse del todo.
Por eso ha llamado siempre a la niña de vuelta a ese lugar; por eso no ha dejado de atraerla hacia él.
Allí fue donde su fuerza arraigó, y allí quiere cerrarse sobre ella. Si lo logra, nada quedará sin clausura.
—Bueno, ya no es una niña… —deslizó entre dientes A.
El aire pareció inmóvil y él bajó la mirada al instante; algo en su interior había comprendido antes que su pensamiento.
—El rabino. ¿Simuel Parenti eras tú? —preguntó M.
La pregunta rozó en ella algo que no era sorpresa. Fue más bien una atención súbita y fría, un ajuste imperceptible de su presencia, un destello que se apagó enseguida.
—Hace mucho que este lugar quedó fuera de mi cuidado… y aun así habéis venido a buscarme.
La frase quedó en la sala, adherida a la piedra y al abandono de aquel lugar, sombra ya de lo que había sido. Cuando volvió a hablar, fue ya para responder a lo que M. le había preguntado:
—Hay lugares que no me obedecen, donde no alcanzo por mí misma. Entonces, como ahora, hube de servirme de otro para llegar; no sois los primeros a quienes he guiado hasta ese umbral.
Sus ojos se desviaron hacia la oscuridad del fondo, o quizás más allá; hacia esa frontera que ella afirmaba no poder franquear.
—Me niega el paso, entonces y ahora. Allí guarda a sus tres.
La sequedad con que lo dijo no admitía réplica.
—Había que impedir que el rito se cerrara y tuve que valerme de un cuerpo prestado.
M. levantó la cabeza. Un instante después, A. avanzó un paso, descompuesto.
—Tráelo de vuelta, por favor —dijo.
Bente retrocedió apenas. No fue miedo. Fue la reserva con que se toma distancia de aquello que no se puede conceder. Durante un instante, su expresión —la mía— se ensombreció aún más, y bajo los rasgos conocidos asomó algo anterior a cualquier gesto humano.
—No lo entendéis —dijo al fin. Y esta vez no había reproche ni sombra de altivez en la voz—. Él yace donde no alcanzo. Lo que entra en sus dominios no regresa jamás.
La voz no llegó a quebrarse, pero perdió algo: no fuerza, sino esa dureza impersonal que hasta entonces la había sostenido.
—No lo envié a la muerte. Lo envié a algo peor.
Volvió apenas el rostro hacia la oscuridad de la sala; parecía hablar también para ella, o contra ella.
—Quedará atrapado. Buscará salida donde no la hay. Intentará comprender lo que no puede ser comprendido. Allí donde ahora mora, no hay tiempo, tan solo repetición.
Y, después de una pausa mínima, añadió en voz más baja:
—Y yo no puedo alcanzarlo…
Delante de ellos seguía estando mi cuerpo; sin embargo, lo que hablaba desde él les decía con una claridad insoportable que yo ya no estaba allí.
Que no era más que una envoltura condenada a corromperse.
Y ni siquiera eso era lo peor: adondequiera que me hubieran arrojado, no me esperaban ni la paz ni el olvido.
Nadie habló durante un largo rato. La roca recogía el silencio y lo devolvía más frío.
Al fin, A. levantó la cabeza. Cuando habló, su voz había dejado atrás la súplica.
—Concédenos al menos la venganza.
La respuesta fue simple, definitiva, una puerta cerrándose.
—Ya os lo he dicho: allí no alcanzo. Me ha cerrado el paso.