CAPÍTULO XVIII
CAPÍTULO
XVIII
Debo confesarte que tengo un problema. ¿Cómo puede un muerto contar su vida?
Julio César, por ejemplo, sigue haciéndolo más de dos mil años después de que el viento desperdigara las últimas cenizas de su cadáver calcinado por la plebe.
Gallia est omnis divisa in partes tres , continúa diciendo para quien quiera escucharlo.
Salvo unos cuantos libros sagrados, no ha existido relato impuesto con tanta eficacia.
La imagen que conservamos de aquel dictador bajito y alopécico sigue siendo, en gran medida, la que él quiso dejarnos.
Pero eso es poca cosa comparado con lo mío. ¿Cómo puede un muerto contar lo que ocurrió después de dejar este mundo?
No quiero engañarte. No estaba medio muerto. No hubo regreso, ni pregunta aturdida, ni ese instante de vacilación que algunos atribuyen al tránsito. Muerto es muerto.
Cuando caí desplomado en el suelo del cuarto de Isabel, ya era un cadáver.
Uno bastante presentable, si se me permite una última vanidad.
Entonces, ¿quién escribe estas líneas? ¿Unos amigos conmovidos que decidieron rematar aquello que hace tiempo empecé, narrando nuestras aventuras de Soncillo sin abandonar la primera persona, a modo de homenaje?
Quizá esa sea la respuesta. Da igual.
Importa solo que soy yo quien te sigue hablando desde estas páginas, y que cuanto lees no es otra cosa que la verdad. Permíteme, pues, que te preste mis ojos para que sigas viendo lo que ocurrió después de mi muerte.
Continúo.
Dos haces de luz barrieron la habitación, todavía a oscuras.
—¿Qué es eso? —preguntó M. , señalando la forma caída en el suelo.
A. reconoció mi abrigo y corrió hacia mí. De rodillas, me giró y, con ayuda de M. , me incorporó un poco. M. , muy asustado, me gritó con voz ronca:
—¡Despierta! ¿Qué te ha pasado?
Entonces vieron que la cabeza y los brazos se me vencían sin fuerza.
—¡Al suelo, déjalo en el suelo! —ordenó A.
Me desabrocharon el abrigo y me aflojaron la ropa del cuello.
—¡Trae agua!
M. salió disparado, y A. acercó la mejilla a mi boca y a la nariz. No sintió aliento. Después me buscó el pulso en el cuello, en las muñecas; incluso pegó el oído a mi pecho. Nada.
La quietud de la casa se rompió con el estallido de un vaso de cristal contra el suelo. M. volvió a la habitación y, al descubrir que A. me estaba practicando unas maniobras torpes de reanimación, sintió que se le aflojaban las piernas: el vaso de agua se le escapó de los dedos.
—¡Llama al 112! —le gritó A.
M. se arrodilló junto a mi cuerpo y trató de marcar con las manos temblorosas. Luego, con un gesto de impotencia, estrelló el teléfono contra la pared y soltó, entre sollozos:
—¡No hay cobertura! ¡Déjame a mí! ¡Usa tu teléfono!
Pasaron todavía algunos minutos antes de que lo entendieran de verdad.
A. siguió empeñado en reanimarme más de lo razonable, hundiendo las manos en mi pecho como si la obstinación pudiera corregir lo irreparable.
M. lo apartó una vez, dos; luego se rindió y lo dejó seguir, incapaz de decir en voz alta lo que ya sabía .
Al final fue cayendo sobre ellos una quietud peor que el ruido. Los dos seguían arrodillados junto a mi cadáver, sin reaccionar, sin nadie a quien llamar, sin una salida que no sonara ridícula. La casa entera parecía haber quedado a la espera de algo que ya no iba a ocurrir.
Allí, arrodillados junto a mi cuerpo, dejaron de parecerse a los hombres que habían entrado en aquella casa.
M. lloraba en silencio, mientras A. , con mi cabeza sobre sus rodillas, me sostenía una mano por si aún pudiera notar en ella algún resto de vida. Tardó mucho en despegar los labios, y solo lo hizo para culparse:
—Lo he matado yo. Lo he matado… Le obligué a venir. Lo mandé directo al matadero. Y lo han matado por mi culpa.
M. abrió la boca para decir que no podían saberlo; que quizá hubiera sido Violeta, o Silvia, o aquella presencia, o incluso una fatal casualidad, una mala cena, cualquier cosa.
Quería ofrecerle a A. una salida, una frase a la que agarrarse.
Pero guardó silencio, consciente de que ni él mismo creía ya en ninguna de ellas.
Lo que de verdad se le imponía era otra idea, una que no habría querido formular en voz alta: que aquello no había sido casual, que una de las dos —Silvia o Violeta— había decidido castigarnos por entrometernos donde nadie nos había llamado. Por habernos interpuesto entre ellas e Isabel.
Al final encontró algo sincero que responder:
—Lo dejamos solo. Lo perdimos. Y no nos esforzamos lo suficiente en buscarlo.
Se levantó con pesadez, posó un momento la mano en el hombro de A. y cruzó la habitación para recoger su móvil, que, con la pantalla rajada, seguía con la linterna encendida. Al agacharse, reparó en la mesilla de noche: allí seguían el teléfono de Isabel y el colgante de Bente.
Guiado por un impulso, cogió la piedra y se la guardó en el bolsillo. Luego se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y volvió a sentarse .
Y entonces advirtió lo evidente.
Sacó el colgante y se lo enseñó a A.
—¡Ella! ¡Hay que llevarlo con ella! ¡Ella no puede dejarlo morir así! ¡No puede!
A. parpadeó; daba la impresión de que le hablaran en una lengua remota.
—¡Ella! —insistió M. , zarandeándolo.
Algo cambió entonces en la cara de A. Ella. Bente. La última posibilidad, por absurda que sonara, de arrancarme de aquello.
—Agárralo de los pies. ¡Vamos al coche! ¡Corre!
Decirlo fue mucho más fácil que hacerlo. Valdeolivas habría presenciado, a lo largo de su historia, escenas trágicas y extrañas; pero pocas tan sombrías, creo yo, como aquella: mi cadáver atravesando de noche sus calles, envuelto en la manta de la cama de Isabel.
A. , que me sostenía por los hombros, había metido la parte inferior del móvil en el bolsillo del abrigo para que la linterna les alumbrara el camino mientras avanzaban. Cuando M. creyó reconocer la calle Ovila —que desemboca en la Mayor y conduce a la salida del pueblo—, A. se detuvo.
Frente a ellos se alzaba algo que no estaba antes. Una sombra se deslizaba en silencio a su lado. Pasó despacio, lo bastante cerca para impedir que fingieran no verla.
A. , sin desviar la mirada, masculló entre dientes:
—Esto no ha terminado.
No estoy seguro de que aquello tuviera oídos. Pero entendió.
M. advirtió que la figura giraba la cabeza hacia él.
—Volveremos —dijo, con la voz baja y tensa—. Vámonos, A.
Y dejaron atrás la sombra, mientras el desafío quedaba suspendido en el aire.
La primera vez que hablé del coche de A. dije que, en su interior, podrían caber de forma holgada un par de cadáveres. Ahora puedo asegurarte que quizá dos no, pero uno sí: el mío. Debí pensármelo mejor antes de hacer aquel chiste. El destino, ya se ve, tiene un sentido del humor retorcido.
Sudorosos por el esfuerzo, ambos se dejaron caer en el coche y arrancaron a toda velocidad.
Con A. al volante, intentando ver más allá de los pocos metros que les concedía la niebla, emprendieron una carrera a ciegas hasta el yacimiento de La Cava.
Por fortuna, una vez dejaron atrás Villar del Infantado y atravesaron Alcocer, la niebla empezó a disiparse; y al tomar el desvío hacia Buendía, justo antes de Sacedón, habrían visto el firmamento brillar con todo el esplendor de una noche sin luna…
si alguno de los dos hubiera tenido ánimo para mirarlo.
Apenas media hora después de arrancar —prácticamente la mitad de lo que tardé yo en hacer el mismo recorrido aquella tarde—, el coche derrapó en el aparcamiento al pie del yacimiento.
Luego, tras asegurarse de que no había nadie en las proximidades, iniciaron el penoso ascenso hasta la cima, conmigo a cuestas.
La gran ventaja de estar muerto fue no sentir los golpes contra los postes que marcaban el camino, ni los enganchones de la vegetación crecida al borde del sendero en la época de menos visitas.
Me consuela saber que mis amigos no llegaron en mejores condiciones que yo.
Estaban exhaustos y, a pesar del aire frío, empapados de sudor.
Aun sin luna, las estrellas iluminaban el campo lo suficiente para distinguir, con cierta nitidez, los accidentes más próximos del relieve.
—¿Y ahora, dónde? —preguntó A.
M. , tumbado en el suelo, jadeante, se incorporó con esfuerzo.
—Solo unos metros más. Estoy seguro de que el templo estaba en tres salas paralelas, excavadas en la roca. Justo detrás de ese montículo de ahí —respondió, señalando.
—Pues venga. Un último esfuerzo. Espero que tengas razón y que haya aquí alguien que nos pueda escuchar .
Ya en pie, apartaron la manta y, con la solemnidad precaria que les permitían los tropiezos en los surcos de la tierra arada y las piedras sueltas, alcanzaron el camino de ronda que llevaba a la entrada de las tres salas.
Entraron en la primera que encontraron: la misma en la que yo me había sentado al creer que ya no volvería a encontrarme con Bente.
Con cuidado, dejaron mi cuerpo en el suelo. Se miraron en silencio, sin saber qué hacer, qué decir, ni ante quién estaban a punto de suplicar. Al final, A. se arrodilló a mis pies, y M. lo imitó.
—Por favor —pidió A. , en voz baja—. Tráelo de vuelta. Te lo ruego.
No ocurrió nada. Solo el roce de la vegetación cercana, agitada por una brisa fría, quebraba el silencio. A. siguió hablando sin poder saber si alguien, aparte de ellos mismos, oía aquellas palabras.
—No conocemos los ritos correctos. No sabemos cómo honrarte. Pero E. no se merece la muerte. No así, no ahora. Ayúdale, te lo suplico. Haré por ti lo que me pidas.
El viento cesó, y el silencio hizo aún más pesada la sensación de abandono. Allí no había nadie más que nosotros tres. Dos vivos y un muerto.
M. , incapaz de decir nada, inclinó la cabeza, deshecho. La alzó al notar que A. se le aferraba al brazo. Lo miró y vio que me señalaba el pecho.
Era apenas perceptible, pero innegable: subía y bajaba. Respiraba.
—¡ E. , vuelve con nosotros, amigo!