CAPÍTULO XVII #3
Tal vez habían seguido caminando mientras yo buscaba el teléfono; tal vez habían doblado por alguna bocacalle que la niebla ya había borrado.
Allí, solo, rodeado por una oscuridad espesa, sabiendo que había algo que parecía usar la niebla para moverse —o al menos para ocultarse—, recordé con más claridad que nunca la advertencia de Bente sobre el peligro del pueblo.
¿Qué debía hacer? ¿Retroceder hasta los coches o intentar localizar a mis amigos?
Saqué el teléfono para llamarlos. Imposible: sin cobertura. El apagón debía de haber afectado también a las torres, y el móvil no era más que una linterna mediocre y carísima.
Grité sus nombres.
Nada.
Así que opté por la solución más imprudente: adentrarme en el laberinto de Valdeolivas y tratar de encontrarlos, con la esperanza de convencerlos de que olvidaran sus planes y escapáramos de allí.
Viendo muy poco, hice un último intento con la tecnología: aunque no tuviera cobertura, quizá aún podría usar los mapas guardados en el teléfono y orientarme con la señal del GPS. Y, contra todo pronóstico, funcionó.
Con la mano extendida, me acerqué a la pared más próxima y, atento a lo que iba marcando el mapa, fui tomando los desvíos que me señalaba el móvil.
Curiosamente, ir pendiente de un objeto tan corriente consiguió que, durante un rato, me olvidara de la oscuridad, de la niebla y de lo que pudiera esconderse tras ella.
Al cabo de unos minutos, caminando torpemente, mi mano rozó una puerta de doble hoja que me resultó familiar.
La enfoqué con la linterna y aparecieron dos lobos labrados en la parte superior.
Pero lo que me sobresaltó no fueron los dichosos animales, sino la franja negra entre las dos hojas: estaba abierta.
Los imbéciles de mis amigos lo habían vuelto a hacer.
Indeciso, empujé la puerta e iluminé hacia el interior.
—¿Violeta? ¿Silvia? ¿Isabel ?
El zaguán estaba desierto, y las sombras de los objetos que lo decoraban temblaban al compás de la linterna. Entré en la casa con cuidado y volví a preguntar por sus dueñas. Como nadie respondió, llamé después a mis amigos, sin mejor resultado.
La casa estaba caliente; la caldera debía de haber seguido funcionando hasta que se fue la luz. Era la única señal de vida.
Avancé hacia el interior y fui al salón.
Al barrerlo con la linterna me sobresaltó descubrir un rostro que me devolvía, insolente, la mirada.
Era el retrato de Violeta. No sé por qué —con las ideas de mis amigos todavía rondándome la cabeza— encontré algo inquietante en su expresión.
Tal vez fuera solo la luz temblona de la linterna; tal vez no.
Exploré el resto de la planta baja: la cocina, con su puerta al patio trasero; un baño; y un pequeño cuarto de lectura. No había más, y ya nos lo habían enseñado la noche anterior después de la cena, en aquella visita protocolaria.
Regresé al pasillo principal y miré hacia la calle. Más allá de la puerta abierta no había nada, solo oscuridad. Ni rastro de M. ni de A.
Subí por la escalera, no sin volver a preguntar si había alguien en la casa. No me apetecía terminar la noche con un incidente si, al asomarme a las habitaciones, descubría que las dueñas se habían acostado temprano y habían dejado la puerta abierta por descuido.
En todo caso, pensé que era mejor explorar yo primero, para impedir que lo hicieran los otros dos con sus ideas de poseídas y brujas. Sonreí al imaginármelos plantados ante una Violeta adormilada, armados con crucifijo y agua bendita, dispuestos a expulsarle del cuerpo los demonios.
Llegué arriba, y lo primero que hice fue ir a la habitación de Isabel. Abrí la puerta y entré. Olía un poco a cerrado y, aun así, quedaba el rastro de su cuerpo, esa mezcla leve y tibia que deja alguien cuando se ha ido hace poco y la habitación todavía no ha terminado de vaciarse de su presencia .
Recorrí el cuarto con la linterna, y lo que vi me inquietó.
La cama estaba deshecha y, a sus pies, con la cremallera abierta, seguía la bolsa que había llevado a nuestra casa para pasar la noche.
Quizá —intenté razonar con una calma que ya no me creía— tendría otra más grande para el viaje y aquello lo habían dejado allí por pura prisa; la cama, sin hacer, porque pensaban cambiar las sábanas.
Avancé un poco más y miré con mayor atención. Sobre una silla había ropa suya recién doblada y, debajo, el par de zapatos bajos que llevaba el día anterior. Se me empezaban a agotar los argumentos tranquilizadores.
Pero cuando iluminé la mesilla de noche, ya no me quedó ninguno. Encima seguía su móvil y, junto a él, con la cuerda aún pasada por el pasador, el colgante de Bente.
Iba a acercarme para cogerlo cuando tuve la sensación de que alguien me observaba a mis espaldas. Muy cerca. Tanto que, cuando me atravesó aquella impresión —horrible—, un ardor súbito me abrió por dentro y ni siquiera tuve tiempo de volverme.
Durante una fracción de segundo sentí que me arrancaban de mí mismo. Por un instante tuve la certeza absurda de haber sido expulsado del cuerpo y de poder verme desde fuera: de espaldas, todavía encogido por la sorpresa y el dolor.