Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO XVII #2
63%

CAPÍTULO XVII #2

—No me dio ningún detalle. Simplemente me advirtió de que teníamos que salir de este pueblo; y sus sugerencias tienen demasiado de orden para tomarlas a broma.

—Nos iremos —aceptó A. —, pero una cosa más. Imaginad que lo que decía el rabino fuera cierto. Que lograron invocar a un demonio… o a eso que los papeles llamaban Lilith.

Hizo un gesto con la mano, restándole importancia.

—Ya sabemos que el nombre da un poco igual.

A lo mejor solo intentaba ponerle forma a algo que ya estaba allí: algo peligroso, algo femenino.

Imaginad que lograron atrapar a las tres chicas y las confinaron aún con vida en sus túmulos.

Que allí quedó preso lo que siguiera aferrado a ellas.

Y que eso se soltó cuando abrieron los túmulos y tuvieron la ocurrencia de convertirlos en molinos.

Volví al coche y abrí la puerta.

—No sé si te estás oyendo, pero me estás dando más motivos para salir de aquí ahora mismo.

—Solo una cosa más. ¿Y si la leyenda de la Oliscona —o la Tuerta, o lo que quiera que sea— naciera de ahí, pero estuviera mal contada?

Quizá nunca se trató de un solo espectro, sino de tres.

Antes te lo dije, E. : hay quienes piensan que las almas con asuntos sin resolver tratan de quedarse aquí y adherirse a un cuerpo humano para disfrutar de lo que perdieron.

La mayoría de las veces ocurre sin que el huésped se dé cuenta.

A. respiró hondo y siguió, obstinado.

—El caso es que ellas ya no debían de ser del todo normales.

Se metieron con algo oscuro y, fuera lo que fuese lo que obtuvieron, eso no debió de acabarse con la muerte.

Cuando sus almas y aquello que las había impregnado quedaron libres y empezaron a vagar por el pueblo, quizá solo intentaban volver a lo único que reconocían como suyo: a la infancia, a lo que fueron. A una forma de familia.

Señaló hacia la niebla, sin mirarla.

—Y, de manera inesperada, una noche que parecía propicia, encontraron algo parecido a lo que buscaban: una tía y dos primas, una relación de madre e hijas en todo menos en el nombre, al mismo tiempo en la calle y con niebla.

—¿Por la niebla? ¿Y por qué la niebla? —preguntó M. , sin estar demasiado convencido de lo que oía—. ¿Y por qué no antes? Los molinos llevan ahí desde hace más de doscientos años.

—No sé —admitió A. —. A lo mejor la niebla no es un requisito para que se muevan, sino solo un síntoma.

O quizá sí, y la humedad o el frío las favorezcan.

¿Y por qué no lo hicieron antes? Tampoco tengo respuesta…

pero quizá no sea la primera vez. Y, cuando los huéspedes mueren, vuelven a buscar otros.

Me parecía peligroso llegar al tipo de conclusiones al que A. nos estaba arrastrando. Por menos de eso, más de uno ha terminado con una estaca en el corazón y enterrado del revés, con la boca llena de ajos, a manos de un fanático o de un psicótico. Incrédulo, recapitulé:

—A ver si me entero. ¿Estás sugiriendo que Violeta, o Silvia, o las dos, llevan dentro a dos de esas chicas… y que hay una tercera buscando el cuerpo de Isabel para reunirse con las otras?

—En el fondo tiene sentido.

M. parecía haber cambiado de opinión demasiado deprisa. Entre los dos iban a volverme loco. Después de anunciar su cambio de rumbo, siguió hablando:

—No sé si tienes razón, pero tampoco me gusta nada cómo empieza a sonar todo esto.

La añoranza de una infancia feliz que las hace respetar el Sabbat, un accidente oportuno que deja huérfana a Silvia y que las reúne bajo un mismo techo, lo insistente que estaba Silvia para que Isabel durmiera en la casa anoche…

Reconoce que, por lo menos, los indicios empiezan a juntarse .

Traté de hacerles ver la fragilidad de aquellos argumentos. Si nos servía para salir de Valdeolivas en ese mismo instante, estaba dispuesto incluso a desempolvar al viejo E. , razonable y tedioso.

—Si es así; si Silvia y Violeta son… no sé, algo imposible: una mezcla de sí mismas y de esas chicas.

Si es así, insisto, ¿por qué no se hicieron con Isabel la noche del jueves?

Ella durmió con ellas, en la casa. ¿Qué les impidió agarrarla y sacarla a la niebla en mitad de la noche —si es que hace falta la niebla— y cerrar el círculo?

—Tú mismo lo dijiste —me respondió A. —. Algo sucedió aquella noche que lo impidió. Algo que quizá debilitó o ahuyentó a la tercera.

—¿Qué pasó esa noche? —preguntó M. —. Estoy harto de perderme lo mejor.

—Que vio una sombra parecida a la que Isabel describe avanzar hacia ella por detrás, cuando estábamos paseando.

—Bueno —dije—, yo solo creí verla, y fue un instante. Pero Isabel nos dijo que pasó una noche horrible: que escuchaba voces, que se sentía acechada.

M. se sumó con una facilidad inquietante a la teoría de A.

—Es que quizá no fue esa sombra. Quizá fueron Silvia o Violeta, con la intención de prepararla, de agotarla para la noche siguiente —sugirió—. Ella tiene una voluntad fuerte. No es fácil doblegarla.

Yo aún no les había dicho nada de lo ocurrido durante la cena; de aquel extraño hechizo que, por un rato, pareció anularnos la voluntad, y del que conseguí escapar gracias al amuleto de Bente.

Aunque todo aquello sonara a disparate, aunque estuviéramos hablando de personas con las que habíamos charlado y cenado solo unas horas antes, quizá lo mejor sería dejar que mis amigos decidieran qué hacer y mantenerme cerca, por si cometían alguna estupidez.

Cerré la puerta del coche lentamente antes de anunciar:

—Bueno, M. , o tu novia es una bruja o nos estamos volviendo locos. ¿Y ahora qué hacemos?

A. bloqueó el coche con el mando antes de explicar su plan.

—Volvamos a la casa. Entremos. Y comprobemos que de verdad no hay nadie dentro.

Se ve que mis amigos, desde el asalto a Santa Eulalia de la Bóveda, eran incapaces de urdir un plan sin incluir en él alguna forma de allanamiento.

Deshicimos a pie los escasos metros que habíamos avanzado en coche para volver a la casa de Violeta.

Si los acompañé —rezagado unos pasos, más por tomar distancia mental que por otra cosa— fue, sobre todo, para evitar que cometieran una estupidez y acabáramos la jornada en el asiento trasero de un coche de la Guardia Civil.

El hecho de haber quebrantado una vez la ley con éxito, y salir indemnes, parecía haberles insuflado una confianza injustificada en sus dotes delictivas.

Cuando atravesamos la muralla y avanzamos unos metros por las calles, el pueblo sufrió otro apagón.

La luz se fue de golpe y nos dejó ciegos.

Poco a poco, los ojos se acostumbraron a la oscuridad y recuperé algo de visión, pero, si ya con niebla era difícil orientarse, sin alumbrado resultaba poco menos que imposible.

Los muros se venían encima y luego se borraban otra vez; las esquinas dejaban de parecer esquinas; cada calle se parecía a la anterior para alguien que, como yo, no conocía bien el pueblo.

Me detuve un instante para sacar el móvil y encender la linterna.

Al levantar de nuevo la vista, A. y M. ya no estaban delante.

La luz solo iluminó un círculo blanquecino, estrecho y torpe, que no me ayudó a saber hacia dónde debía ir.

Entonces comprendí que podía extraviarme. Los llamé para que me esperaran.

Nadie respondió.

Ni siquiera oí sus pasos. Fue eso, más que la oscuridad, lo que me hizo sentirme solo de verdad.