CAPÍTULO XVII
CAPÍTULO
XVII
Rondaban las nueve y media, bastante más tarde de lo previsto.
A esas horas deberíamos estar ya a las puertas de Sacedón, buscando habitación y con la noche por delante para una de nuestras celebraciones de amistad, bien asistida por vinos y licores.
Sin embargo, la visita a la iglesia había torcido el plan y nos había retenido mucho más de lo calculado.
Y, para rematarlo, la niebla volvía a levantarse, más espesa cuanto más cerca del arroyo. Desde donde estábamos ya se veía cómo las farolas encendidas junto a la casa de M. empezaban a deshacerse en aquella blancura.
A. colgó, impaciente.
—No entiendo por qué no contesta ni responde a ninguno de mis mensajes. M. , tú que tienes el teléfono de Silvia, ¿por qué no la llamas y preguntas si llevaron a Isabel?
—No, no, no. Lo tengo guardado en la bolsa de viaje, y prefiero no hablar con ella. Mirad: voy metiendo mis cosas en el coche y, mientras tanto, os acercáis vosotros a casa de Violeta a ver si están allí. Si no conseguís hablar con ellas, te paso el número de Silvia y llamas tú camino de Sacedón.
Se frotó la nuca y dio unos pasos, con el cuerpo ya inclinado hacia la huida.
—Yo aquí no quiero quedarme ni un minuto más de lo preciso.
Y ya, tranquilamente, en Sacedón —a sus buenos treinta kilómetros de aquí—, con un vasito de vino del país para entonar el alma y algo más sustancioso para el cuerpo, hablamos de la tal Lilith, de las Joyas…
o de lo que ha estado haciendo esta tarde E.
durante cuatro horas en medio del campo. Que tiempo habrá para todo.
Y dale con querer saber en qué había estado ocupando yo el tiempo aquella tarde. Estaba seguro de que M. tenía claro que no me había pasado cuatro horas mirando piedras; mi negativa a darle detalles había sido suficientemente reveladora. Al final, A. acabó aceptando su propuesta.
—Está bien, está bien. ¿Te vienes, E. ?
—Vamos.
Nos separamos junto a la iglesia. M. recorrió los escasos metros hasta su casa, mientras A.
y yo tomábamos otro camino y, cuatro o cinco minutos después, estábamos frente a la de Violeta.
Las luces de la planta de arriba estaban apagadas, y los postigos de la baja, cerrados.
No parecía que hubiera nadie, así que, para mí, la cosa estaba clara.
—Seguro que al final se han ido las tres a Toledo, y no solo a Guadalajara. Ya te llamará al llegar.
—Puede ser, pero déjame que pruebe, por si acaso.
Pulsó varias veces el timbre y golpeó la puerta con el llamador. Nada, salvo el eco del estrépito que estábamos armando. Al final, A. suspiró, resignado.
—Tienes razón, tienes razón. Es lo más lógico. Me estoy preocupando por nada.
—Normal. La chica lo vale. Venga, vámonos ya.
Quizá fuera simple aprensión, o el recuerdo de la advertencia de Bente —que me pidió que sacara a mis amigos de Valdeolivas—, pero la niebla empezaba a comportarse de un modo raro. Se veía a simple vista: brotaba a oleadas con el aire quieto, manando de las calles.
—Vámonos. No quiero que M. se quede sin cenar esta noche.
La broma me salió sin ganas, solo por sacudirme un poco de miedo de encima.
Caminamos deprisa hacia la casa. Por decir algo —tal vez porque el simple sonido de las palabras podía mantener a raya lo que no veíamos—, le comenté:
—Lo curioso es que la noche del jueves, cuando cenaron ellas en nuestra casa, vi algo muy extraño. Estábamos paseando, y yo me había rezagado con Isabel al final del grupo.
—Sí, me di cuenta. Yo iba con Violeta… ni recuerdo de qué me hablaba.
—El caso es que, durante un instante, vi algo que podría encajar con la descripción que Isabel nos hizo en la cena de su fantasma.
—Con lo que hemos vivido últimamente, ya hay pocas cosas que no crea posibles. Quizá intentó ir a por ella.
—Sí, pero mi duda es otra. Si lleva tanto tiempo acosándola; si esa noche y la siguiente la persiguió en sueños; si, por lo que cuenta M.
, esa cosa fue capaz de apoderarse de él mientras dormía…
¿por qué no ha conseguido ya lo que quería?
Estaba en la calle, era de noche y, además, había niebla.
En principio, las condiciones eran perfectas. Nada lo impedía.
—Porque quizá no quiera nada.
A. tardó un instante en continuar, tanteando el terreno.
—Hay quienes creen que los espíritus de las personas demasiado apegadas a lo material, al morir, se resisten a abandonar la tierra y se pegan a los vivos igual que una sombra.
No siempre dañan: se quedan ahí, atraídos por la fuerza de su huésped.
Y si este con el que tratamos… es especialmente torcido, a lo mejor su placer consiste en eso: en asustar. En alimentarse del miedo.
No tenía muy claro que aquella explicación bastara. Algo me decía que se nos escapaba una pieza, y que era precisamente esa pieza la que había impedido a la criatura llegar hasta Isabel. Quizá Bente tuviera algo que ver, aunque en ese momento aún no me había entregado el colgante.
En cualquier caso, llegamos sin novedad. M. ya estaba listo y nos esperaba en el salón. Le tendió a A. un papel.
—¡Arreglado! Toma, este es el teléfono de Silvia. Si vas a hablar con ella y pregunta por mí, estoy en la ducha.
A. marcó y colgó enseguida.
—Apagado. Puede que tengas razón, E. . A lo mejor se han ido las tres a Toledo.
—Pues si está todo, vámonos. Aquí ya no pintamos nada… y, cuanto antes salgamos de esta niebla, mejor.
Así, a las diez de la noche, al fin nos dispusimos a abandonar Valdeolivas. M. dijo que iría a buscar su coche y que nos esperaría junto al Tiburón, aparcado fuera de las murallas, en lo alto del pueblo.
A. y yo fuimos caminando hasta allí y, al pasar ante la fachada de la iglesia, la niebla era ya tan espesa que solo gracias a la luz de las farolas logramos no perdernos en el trazado confuso de Valdeolivas.
Lo cierto es que ya no temíamos ver surgir de ella a un hombre lobo —ni de Castejón ni de ninguna otra parte—; pero, después de tantas cosas vividas y oídas bajo aquella blancura, no era extraño que sintiéramos alivio al salir por uno de los viejos arcos de la muralla y alcanzar la carretera.
Dejamos el equipaje en el maletero y subimos. Unos metros más atrás, M. nos alumbraba con los faros. Exhalé, sin querer, un suspiro de alivio al oír el ronroneo poderoso del motor y sentir que por fin nos poníamos en marcha para dejar atrás Valdeolivas.
Pero no me duró mucho. A. frenó bruscamente, y detrás oí el chirrido de los neumáticos del vehículo de M. al deslizarse sobre el asfalto húmedo. A. se volvió hacia mí.
—¿Qué día es hoy?
—Veinti…
—Día de la semana.
—Sábado.
A. tamborileó sobre el volante, impaciente, negando con la cabeza.
—No es posible. Y, sin embargo, no puedo…
No podía ser verdad. ¿No íbamos a salir nunca de aquel pueblo? Empezaba a ponerme tan nervioso que di un respingo cuando oí dos golpes en la ventanilla. Por suerte, la sombra al otro lado era M. , que se había acercado a ver qué pasaba. Bajé el cristal.
—No es por nada, pero no me gustaría quedarme sin cenar. ¿Por qué os habéis parado?
Yo me encogí de hombros, pero A. le contestó.
—Lo siento. Creo que es una locura, pero no puedo irme de aquí sin asegurarme de que no hemos dejado atrás a Isabel.
M. se volvió a mirar la capa de niebla que nos rodeaba.
—¿Y dónde quieres que esté? En su casa decís que no hay nadie, y no hace noche para que ande de paseo. No le habrás dicho algo que la haya molestado y se esté escondiendo de ti, ¿no? Ya sabes que, si una tía te dice que no le pasa nada, es cuando toca preocuparse, porque…
—No, no. Ella estaba animada. Solo quería dormir un rato y marcharse a Toledo, nada más. En la cena de anoche, ¿no notasteis algo peculiar en el menú?
M. descartó la idea con un gesto de la mano.
—A mí no me preguntes. Es como si me hubieran sentado allí solo para hacer bulto.
—Son detalles pequeños. ¿No era un menú un poco raro para una cena? Cordero, comidas con especias, ensalada amarga, ese licor…
—En general la comida y el vino estaban muy bien —opiné—. ¿Qué tiene eso de raro?
A. golpeó el volante, apagó el motor y se bajó del coche. Aquello empezaba a parecer una pesadilla sin fin. No íbamos a salir nunca de allí .
—¿Pero adónde vas? —le pregunté.
Como no me contestó, me bajé también y me uní a aquel concilio improvisado. A. empezó a enumerar con los dedos.
—Comida especiada, nada de cerdo, hierbas amargas… Un extraño accidente que mata a los padres de Silvia y provoca que vuelva a Valdeolivas con su tía.
M. levantó la mano, pidiéndole que parara.
—Espera un momento. Que yo no quiera ganarme a pulso el divorcio no significa que se me pase por la cabeza lo que estás insinuando sobre Silvia. Creo que estás patinando.
Yo no dije nada, pero escuchaba perplejo a A. Cada frase sonaba menos a conjetura y más a un intento desesperado de encajar las piezas antes de que se le vinieran encima.
—Y luego está esa costumbre rara de no salir de casa los sábados, que parece que respetan desde entonces. A eso se le llama celebrar el Sabbat.
Decidí cortar aquella deriva.
—¿Pero te estás oyendo, A. ? Vámonos a Sacedón y lo pensamos. Seguro que antes de llegar te ha llamado Isabel desde Toledo.
—No, no. Escuchadme bien. Siempre lo hemos dicho: «La patria de un hombre está en su infancia».
—También de una mujer —maticé, por inercia.
—Sea. Pero que sepas que antes se gastaba menos saliva para decir lo mismo.
Se pasó la lengua por los labios y siguió, ya lanzado.
—Es una frase que explica tantas cosas que también puede servir para aclarar esto.
Suponed que lo que nos ha contado Ramonchu es cierto: tres chicas judías que, para vengarse de las atrocidades sufridas por su familia, consiguen invocar fuerzas oscuras.
Lo mismo da que fuera porque tuvieran acceso a ciertos conocimientos o porque simplemente estuvieran dotadas.
Aquello estaba pudiendo con mis nervios. No pude contenerme más y solté:
—Esta tarde he visto a Bente en La Cava.
—¡Lo sabía! —exclamó M. , triunfante—. ¿ Sigue tan mona como siempre?
Pasé por alto la pulla de M.