CAPÍTULO XVI
CAPÍTULO
XV I
Ramonchu guardó los documentos y, una vez cerrados el archivo y la sacristía, volvimos a la nave de la iglesia, donde nos repartimos por un par de bancos.
—Toda esta información sale de los papeles que os he enseñado antes.
Para ordenar el relato, claro, he ido entresacando lo útil de unos y otros.
La verdad es que —si no fuera porque la vista ya no me acompaña desde hace años— por momentos habría podido creerme otra vez en mis tiempos de doctorando en Moderna, justo antes de marcharme a Tierra Santa.
Por suerte, don Pere era un archivero meticuloso, y creo que hay material de sobra para reconstruir con bastante precisión los hechos que condujeron a ese documento tan… singular.
Se aclaró la garganta, dejando atrás la erudición para entrar en una materia menos cómoda.
—Al parecer, todo comenzó con un vecino de Villar del Ladrón, zapatero de oficio y cristiano converso, de nombre Samuel Ysdrael —o Israel—, que tras el Edicto de Granada cambió su nombre por el más prudente y cristiano de Juan Morcillo.
Debían de irle bien las cosas a ese artesano, porque despertó ciertas envidias que terminaron cuajando en una denuncia ante el Santo Oficio.
Tras una falsa pared del sótano le encontraron objetos ceremoniales judíos y, sobre todo, un buen número de textos prohibidos por la Iglesia, casi todos en hebreo y árabe.
Él acabó condenado a muerte; su mujer, a prisión; y todos sus bienes fueron confiscados.
Hizo una pausa mínima antes de seguir, eligiendo con cuidado el paso siguiente.
—Supongo que las hijas —las Tres Joyas, según las nombran algunos papeles— debían de ser muy jóvenes y escaparon de la persecución. Imposible saber si las llamaban así por su belleza, porque así las nombraba su padre o si se trataba de uno de esos motes que los pueblos te clavan para siempre.
—Creo que era un nombre cariñoso, algo familiar.
Ramonchu miró a M. , pero se limitó a encogerse de hombros, sin atreverse ya a corregirle nada.
—Cariñoso, entonces. Con todos sus bienes confiscados y con la deshonra de unos padres condenados por el Santo Oficio, les quedaban pocas salidas aparte de la miseria o la prostitución. Desde luego, nadie de la zona iba a casarse con las hijas de un falso converso entregado al brazo secular.
Hizo un gesto vago con la mano, adelantándose a una objeción.
—Sin techo y sin amparo, debieron de encontrar el modo de instalarse en el eremitorio que hay bajo el castillo de Maús —o el Cerro del Moro, que es su nombre más corriente—.
Si algún día lo visitáis, veréis que hoy solo se puede llegar gracias a unas escaleras modernas; así que es fácil que entonces estuviera abandonado.
Se detuvo un instante, mirándonos uno por uno.
—Y aquí es donde los papeles empiezan a volverse raros.
Porque lo que aparece en ellos, o al menos lo que puede reconstruirse a partir de ellos, es una historia nacida del miedo, de la superstición y de la necesidad de cargarle a alguien la culpa.
Por su origen —o simplemente por vivir apartadas—, las chicas empezaron a ganarse reputación de brujas.
Unos decían que, al haber recibido cierta educación, pudieron valerse de los libros que su padre logró esconder antes de que lo prendieran; otros, que habían vendido el alma al diablo; y hay, por último, un personaje del que aún no os he hablado que dejó por escrito algo más preciso: que habían invocado —y luego dejado habitar en ellas— a una entidad femenina, Lilith.
A. lo interrumpió ahí.
—Lilith. Primera mujer de Adán, madre de demonios, enemiga de recién nacidos según algunas tradiciones. No es un nombre que aparezca por casualidad.
Ramonchu agitó las manos.
—Está bien. No necesito saber cómo narices sabes eso, y menos dentro de la iglesia.
El caso es que, según los papeles, a partir de ahí todo empezó a torcerse por aquí: sequías largas, plagas que diezmaban el ganado, partos desgraciados.
Ni que decir tiene que todos los dedos señalaron a las inquilinas del Cerro del Moro.
Mujeres, apartadas y medio judías… no hacía falta mucho más.
Se apoyó mejor en el banco, sin perder el hilo.
—Se cuenta que todos los intentos de prenderlas e interrogarlas acabaron mal. En Valdeolivas vivían varios familiares de la Inquisición, y más de uno perdió la razón después de intentarlo. Incluso hubo uno que murió sin causa clara, vaciado por dentro, según dicen los papeles.
Hizo una mueca escéptica, aunque sin convicción del todo.
—Ya veis el tono. Cuantos más remedios físicos o espirituales ponían en juego, peor parecía ponerse todo.
Y el asunto empezó a preocupar en Cuenca.
Si corría la voz de que la Iglesia no era capaz de pararle los pies al diablo que se había adueñado de la comarca, podían empezar a hacerse preguntas incómodas sobre el alcance real de su poder.
Bajó un poco la voz.
—El intercambio de cartas entre Pere Domínguez y sus superiores deja ver una urgencia cada vez mayor.
En el expediente se conserva una del obispo Diego Ramírez de Fuenleal en la que aconseja abandonar la comarca, calcinar Valdeolivas y Villar del Ladrón y sembrar con sal sus campos. Según él, aquello estaba perdido.
Dejó el silencio el tiempo justo.
—La situación debió de ser tan mala que el cura decidió poner en riesgo su propio pasado y propuso llamar a un rabino, un tal Simuel Parenti, que tras la expulsión acabó exiliado en Portugal.
Tenía fama de saber tratar con demonios y de haber liberado a más de un endemoniado.
Desconozco a qué acuerdo llegaron. Pero estoy convencido de que el privilegio del que os he hablado formó parte del pago.
Ramonchu se frotó las manos y se puso en pie, dando el encuentro por terminado.
—Bueno, pues me esperan a cenar. Espero veros por aquí pronto.
Me lo imaginé ya camino de casa, con Marisita pendiente del fuego y él pensando en el postre mientras todavía le duraba la satisfacción de haber compartido su hallazgo. También nosotros nos levantamos, pero A. le pidió que esperara un momento al verlo echar a andar.
—Espera. ¿Y no hay nada más?
Ramonchu pareció impacientarse.
—¿Y qué va a haber? Pues que al final llovió, y con eso se acabó también la historia de los embrujos. La secuencia, vista desde fuera, es bastante simple: sequía, hambre, organismos debilitados… plagas. No hay mucho misterio.
Ramonchu advirtió que A. no se daba por satisfecho. Tenía prisa por despacharnos y terminó cediendo un poco, quizá con la esperanza de que bastara.
—Está bien. Solo hay una cosa más en esos papeles. Un memorial con las instrucciones de Simuel Parenti para construir tres celdas… o, mejor dicho, tres túmulos, porque después debían recubrirlos con tierra.
Se detuvo un instante, calibrando la palabra.
—Los querían para encerrar allí a esas muchachas.
Los sillares tenían que ajustarse a unas medidas exactas.
Me jugaría algo a que aquello tendría que ver con medidas salomónicas o con alguna lectura cabalística del Templo.
Una prisión de ultratumba, para que sus espíritus no pudieran salir cuando los cuerpos empezaran a corromperse.
Ninguno dijo nada. Hasta en la iglesia pareció notarse un breve enfriamiento, y aquellas tres celdas cubiertas de tierra dejaron de sonar a ocurrencia de archivo para empezar a ocupar un sitio entre nosotros.
Ahora sí, Ramonchu echó a andar hacia la salida, dando por supuesto que íbamos detrás. A. volvió a pedirle que esperara.
—Espera, Ramonchu, hombre.
—Tengo prisa. Ya lo hablamos por teléfono: me están esperando.
—Solo quiero que veas esto. Es lo que te contamos ayer en el bar: los signos grabados del molino.
A. le enseñó una fotografía que habíamos tomado el día anterior. Con evidente fastidio, Ramonchu examinó la imagen y la amplió en la pantalla.
—Qué curioso… ¿Tienes alguna foto más nítida?
—Espera.
Ramonchu se puso las gafas, estudió la pantalla con atención y le devolvió el teléfono.
—Muy, muy curioso. ¿En cuál de los molinos dices que apareció?
—En uno de los de las afueras del pueblo. No sabría decirte cuál exactamente: había niebla, no conozco la zona y estaba pegado a un camino.
—Vaya, vaya… Pues parece que, después de todo, sí llegaron a construir la prisión para esas muchachas.
—¿Qué significa?
—Es el nombre de Lilith —tu Lilith— rodeado o, mejor, aprisionado entre los setenta y dos nombres de Dios.
Se lo pensó un segundo, midiendo hasta dónde podía afirmarlo.
—Por decir algo: yo diría que el tiempo fue retirando la tierra que cubría esos túmulos y que, más adelante, alguien aprovechó unas estructuras tan bien hechas para convertirlas en molinos.
Si os fijáis, la parte superior de todos ellos está rematada de un modo bastante chapucero, seguramente añadido después. Lo demás ya os lo podéis imaginar.
No fue el nombre de Lilith lo que más pesó al oírlo, sino esa imagen de cerco: algo encerrado, apretado por los nombres de Dios, y aun así no borrado del todo.
Ramonchu abrió la puerta y apagó las luces de la iglesia, dejándonos a oscuras para que no nos quedara otra que marcharnos.
—Bueno, y aquí nos decimos adiós.
Lo acompañamos hasta la verja del jardín. Cerró el candado con un chasquido seco y, agitando la mano a modo de despedida, se fue deprisa hacia su coche.