CAPÍTULO XV #2
Hizo una pausa breve, calibrando si nos había perdido.
—Otra cosa muy distinta era el porcentaje de penas menores.
Y aquí viene la anomalía. Según las estadísticas, el número de condenados por comportamientos judaizantes en la comarca era prácticamente nulo, a pesar de que el de procesados estaba muy lejos de esa cifra.
Es decir: se denunciaban casos, se les procesaba… y la inmensa mayoría salía sin condena.
No terminaba de ver el interés de todo aquello, pero por educación me metí en la conversación.
—¿Y eso se repetía en otras zonas?
—No. El número de denunciados y procesados entra en lo esperable, pero no ocurre lo mismo con las condenas. En otras comarcas de la provincia, el número de condenados era notablemente superior.
Se inclinó un poco hacia nosotros, bajando la voz sin necesidad.
—Y, sin embargo, sabemos que en Villar del Ladrón vivían muchos cristianos nuevos. Debemos entender que habría un buen número de ellos que, o bien judaizaban en secreto, o bien se convertían en carne de proceso por su sola condición. Yo tampoco lo entendía… hasta que descubrí esto.
Sacó un archivador de una estantería y, de un cajón, unos guantes blancos.
Se los puso con calculada lentitud. Abrió el archivador ante nosotros y extrajo con cuidado un fajo de documentos amarillentos, manuscritos, atados con una cinta.
Deshizo el nudo y tomó entre las manos un cuadernillo de varias hojas cosidas entre sí.
Lo abrió con cuidado y lo depositó en la mesa.
Nos acercamos, expectantes. Al menos yo no entendí nada: aquella caligrafía era todavía más cerrada e ilegible que la del documento que Bente descubrió para nosotros en Soncillo.
—En virtud de este documento de 1528, firmado por los tres inquisidores de Cuenca, el tribunal de esa ciudad se declara incompetente, a perpetuidad, para enjuiciar a los conversos judíos y a sus descendientes, vecinos de Valdeolivas y Villar del Ladrón, que invoquen dicho privilegio.
Levantó la vista, con una mueca seca.
—Sinceramente, no creo que los inquisidores que firmaron esto tuvieran facultades para redactar ni firmar nada parecido.
A. negó con la cabeza.
—No puede ser cierto. Debe de tratarse de una falsificación; una curiosidad vendida por algún charlatán, un traficante de reliquias que encontró a alguien lo bastante desesperado como para comprar semejante fantasía.
—Aislado, el documento llevaría a pensar eso —concedió Ramonchu—.
Sin embargo, lo que no conoces es que, por esas fechas, la parroquia estaba ocupada por un personaje poco común: un tal Pere Domínguez.
Un hombre instruido, de mente abierta. Y me temo que también judío converso, aunque supiera ocultarlo bien.
Hizo un leve gesto hacia el cuadernillo.
—Ese hombre se ocupó de archivar y registrar una serie de cartas, testimonios y documentos que, salvo los estragos de la humedad, el polvo y los insectos, han llegado hasta nosotros. En realidad, toda esta documentación daría para escribir una novela. Yo la titularía Sheloshah takheshiytim .
Nos miró, midiendo el efecto.
—Ya sé que me miráis raro. Pero algo tenía que sacar de los cerca de tres años que me pasé en Jerusalén sin probar el jamón.
A. rió por lo bajo.
—Siempre has sido un…
Pero M. le sujetó del brazo para que callara.
— Tajshit .
Ramonchu alzó las cejas, con interés inmediato.
—Vaya. Esto sí que no me lo esperaba. Aunque te falla un poco la pronunciación: sería takheshiyt . Pero sí, correcto: es el singular de takheshiytim . Muy bien.
A. y yo nos miramos. Aquella era la palabra que M. e Isabel decían haber oído en sus cabezas.
—Perdona que te interrumpa, Ramonchu. Ilumina al que no sabe. ¿De qué estáis hablando?
—Hebreo. Tu amigo ha identificado que se trata de un plural.
—Y en español viene a significar…
Ramonchu pareció dispuesto a dejar que lo intentara traducir M. Pero al ver su palidez, los ojos demasiado abiertos y la forma en que apretaba las mandíbulas, decidió ahorrarse el juego.
—Tres joyas. Significa «tres joyas». Takheshiyt , joya, en singular.
— Tajshit shelí —insistió M.
Supuse que era el modo en que Isabel decía que la llamaba aquella voz.
Era comprensible que ni A. ni yo hubiéramos relacionado la frase pronunciada por Ramonchu con lo que M.
e Isabel nos habían confesado aquella mañana.
Para nosotros no era más que un sonido sin sentido, difícil de retener; para él, en cambio, formaba parte de algo que aún le seguía trabajando por dentro.
— Hatakheshiyt sheli , supongo.
Ramonchu no tenía muy claro si M. estaba a punto de sufrir un ictus o un ataque de furia; a partir de ahí optó por ser más prudente al corregirle la pronunciación.
—Con posesivo: «mi joya».
Lo que se nos vino encima no fue el «tres», sino el «mi». No la rareza del archivo ni el hebreo, sino aquella familiaridad posesiva, con una ternura que la volvía aún más perturbadora, sonando de pronto en la boca de un cura de pueblo sin que él pudiera imaginar la sombra que traía detrás.
Nos miramos los tres sin saber qué decir. Por su parte, creo que Ramonchu empezaba a preguntarse si era buena idea estar allí encerrado con nosotros.
—Creo que has conseguido llamar nuestra atención —admitió A. —. Cuéntanos esa historia.