CAPÍTULO XV
CAPÍTULO
X V
Cuando llegué a la casa, los dos me estaban esperando para salir, y en cuanto crucé la puerta volvimos a echar a andar. Ya les había avisado de que estaba de camino y llegaría a tiempo.
—Bueno, A. , ¿qué tal tu cita? —le pregunté.
—Bien, bien… muy bien, en realidad. Creo que pasar el día lejos de aquí la ha calmado. Al final la dejé en su casa poco antes de las cinco. La pobre estaba agotada y dijo que iba a echarse un rato.
—¿Y la van a llevar su prima o su tía?
—Eso le dijeron. Que, por una vez, iban a romper la tradición y que, con tal de que estuviera a gusto, o bien la llevarían a Guadalajara para coger un tren o, si no, directamente a Toledo. Y ya se quedaban todas allí a dormir.
Se encogió apenas de hombros.
—De todas formas, le he dicho que me llame luego, para confirmarme que todo está bien. Ya le he dicho a M. que Silvia parecía bastante arrepentida por las cosas que le escribió anoche y que, si lo llama, le conteste.
Asentí, sin decir nada.
—Me olía por dónde iban los tiros, así que le comenté que M. tenía estropeado el teléfono, pero que le daría el recado en cuanto lo viera.
Miró al frente y entrecerró los ojos .
—Mira, ahí veo a Ramonchu.
Como la casa estaba pegada a la iglesia, llegamos en un minuto. A través de la puerta abierta, por donde salían un par de fieles rezagados, vimos al cura recogiendo los objetos litúrgicos antes de retirarse a la sacristía. Pero, antes de saludarlo, quise aclarar una curiosidad.
—Oye, A. , ¿cómo es posible que tu amigo haya acabado diciendo misa en un pueblo? No me entra en la cabeza que alguien con su formación y sus contactos haya terminado aquí.
—Fue por mala suerte.
—¿Cómo?
A. sonrió, con ese gusto suyo por soltar ciertas cosas y dejarlas arder solas.
—Por la mala suerte de que lo pillaran liado con la sobrina del arzobispo de Toledo.
Y, acelerando el paso, alzó el brazo para saludar de lejos a Ramonchu, dejándonos a M. y a mí un instante rezagados. M. me clavó una mirada inquisitiva; quería averiguar qué traía yo todavía pegado a la cara.
—Bueno. ¿Te ha gustado el yacimiento?
—Fascinante.
—Sí, ya lo creo que lo ha sido, si te has tirado allí cerca de cuatro horas. Es más, chico: te veo hasta con mejor color, más relajado. El aire del campo, que hace milagros, ¿no?
No pensaba darle detalles de mi encuentro, así que zanjé la cuestión con un simple «será eso».
La iglesia, aún templada tras la misa, desprendía un olor tenue a incienso y cera.
A. se había plantado frente al presbiterio y contemplaba lo que, junto al campanario, era la joya del edificio: unas pinturas que representaban a un Cristo en Majestad bendicente, rodeado por la mandorla mística y acompañado por querubines y el Tetramorfos.
—Qué os parece, ¿eh? Quién iba a pensar que un pueblecito como este podía guardar semejante maravilla.
Al vernos a los tres detenidos ante los murales, Ramonchu salió de la sacristía y vino hacia nosotros, ya sin casulla ni estola.
—Voy a cerrar, para que no se nos cuele nadie… y empezamos.
Dedicamos la siguiente media hora a recorrer la iglesia.
A lo largo de los siglos y de las sucesivas reformas, el templo había perdido buena parte de sus elementos primitivos, dejándose por el camino una de las naves y la portada.
Habían sobrevivido el ábside con sus murales góticos —todavía de gusto románico— y tres de los cuatro pisos con que contó en origen la torre.
El cura tuvo la gentileza de abrirnos la escalera y dejarnos iniciar un ascenso incómodo hasta lo más alto.
Desde allí vimos el pueblo iluminado y, en pleno invierno, con muy poca gente en la calle.
Desde arriba, Valdeolivas parecía uno de esos lugares tranquilos que han conseguido conservar cierto encanto. Lo demás, de nuevo, no se veía.
A. , a quien todos suponíamos encargado de llevar el peso de la conversación con el cura —para algo era su amigo—, parecía cada vez más impaciente a medida que avanzaba la visita y estaba más atento al teléfono que a las explicaciones.
Lo vi mirar la pantalla una vez, luego otra, pendiente de que algo se resolviera lejos de allí.
Desde lo alto de la torre le sorprendí tecleando por segunda vez en apenas diez minutos. Hasta donde yo sabía, A. no era hombre de pasarse el día pegado al aparato; aquella prisa no tenía mucho que ver con la iglesia.
De vuelta a la nave lateral, Ramonchu respondía a una pregunta de M.
—Pues sí, los rojos fueron. Y, por una vez, hicieron algo bueno. Quemaron el altar y quedó al descubierto semejante maravilla.
El cura señaló al Cristo, cuya severidad románica guardaba una afinidad curiosa con el aburrimiento mal disimulado. M. tampoco parecía muy entretenido con la charla, y su gesto competía en hosquedad con el del mural .
—Bueno, A. , y ahora la sorpresa que te prometí.
El tecleo insistente del móvil del aludido delató la redacción de un tercer mensaje a Isabel. A. no se mostró tan emocionado cuanto Ramonchu esperaba; ni siquiera había oído lo que le decía.
—Supongo que sigues investigando aquello para lo que me llamaste.
Le di disimuladamente un codazo y, al fin, dio señales de vida.
—Ajá.
Luego alzó la vista y, por un instante, adoptó también la expresión del Cristo en Majestad.
Ramonchu pasó a explicarnos que A. lo había llamado un año y medio antes en busca de consejo.
Le contó que estaba planteándose investigar la evolución del procedimiento procesal del Santo Oficio, ya que le parecía una línea jurídica inédita y llevaba un tiempo dándole vueltas a escribir sobre el tema.
Le consultó si conocía el modo de acceder, por internet, a los archivos, o si la Iglesia conservaba documentos propios que pudieran resultarle útiles.
No necesitaba que nadie me aclarase que todo había sido una burda excusa y que A.
jamás se había planteado escribir nada sobre aquello.
En esas fechas andaba urdiendo la encerrona de Galicia, esa en la que nos llevó a pasar un fin de semana en la peor casa rural de la provincia de Lugo para celebrar su supuesta despedida de soltero.
Durante un tiempo se dedicó a investigar procesos inquisitoriales que pudieran guardar relación con ciertos cultos antiguos.
Fue en aquel viaje donde —no creo necesario recordarlo— trabamos conocimiento por primera vez con uno de sus repugnantes hijos bastardos.
—Pues bien —continuó Ramonchu—, aquella consulta tuya me llevó a interesarme también por todo eso, y resulta que, revolviendo entre los papeles de la sacristía, he encontrado una rareza que quizá pueda servirte en tu investigación. Te lo digo sin exagerar: creo que es un hallazgo serio .
Durante un tiempo debió de rondarle la tentación de hacer suyo el asunto que A.
le había puesto delante; y, al dejarlo después arrumbado por falta de fuerzas o de verdadero empeño, venía ahora a cobrarse aquella curiosidad en forma de futuro favor.
Los datos los había encontrado por azar. Lo demás ya no.
Los tres intercambiamos una mirada. Todo empezaba a adquirir una familiaridad incómoda.
Solo nos faltaba que volvieran a cruzarse en nuestro camino nuestro amigo Joseph el inquisidor o el bueno de Joao.
Al primero, en principio, lo habíamos dado por no sacramentado, aunque sí enterrado, después de disfrutar la hospitalidad de los Garcinuño; y al segundo, camino de las Indias.
Por tanto, nada hacía pensar que ninguno de los dos tuviera relación con el Tribunal de la Inquisición de Cuenca.
Pero, a esas alturas, la lógica, las pruebas y la mera probabilidad habían dejado de tranquilizarnos.
A Ramonchu ya no le hacía falta esforzarse para atraer la atención de A. Ni la nuestra.
Le seguíamos cada palabra y, cuando se cogió del brazo de A. y nos pidió que lo acompañáramos al archivo, estoy seguro de que más de una cuerda de condenados a galeras habría mostrado mejor disposición que nuestro pequeño grupo.
Pasamos a la sacristía y, una vez allí, Ramonchu se sacó un manojo de llaves del bolsillo, abrió una sólida puerta de madera, encendió la luz y nos invitó a pasar.
En aquel cuarto, de tamaño respetable y aire escaso, se guardaban los archivos parroquiales desde hacía varios siglos.
Viejos tomos, cartapacios y legajos llenaban varias estanterías hasta el techo.
Al parecer, las convulsiones y la quema de iglesias y conventos del 31 no llegaron a Valdeolivas; y el estallido de la guerra coincidió con unas obras en la sacristía, de modo que los archivos habían sido trasladados temporalmente a los corrales de uno de los vecinos del pueblo.
Por esa coincidencia, toda aquella valiosa información histórica no ardió, a diferencia de lo sucedido en tantas otras iglesias .
Ramonchu se apoyó en la mesa de madera que ocupaba el centro del archivo y, satisfecho de comprobar que contaba por fin con una audiencia atenta, empezó a desvelar su sorpresa.
—Como os dije, durante un tiempo me documenté sobre los procesos inquisitoriales y, cuando supe que me trasladaban a estas tierras, traté de leer lo que pude sobre el Tribunal de la Inquisición de Cuenca, que era el competente. Al hacerlo, me encontré con una anomalía estadística muy extraña.
Ramonchu se permitió una pausa, y A. lo animó a seguir.
—¿Y cuál es?
El cura tuvo a bien ilustrarnos a M. y a mí acerca de ciertas ideas comunes —y, según él, erróneas— sobre los tribunales de la Inquisición, y se dirigió a nosotros dos con el propósito expreso de iluminarnos.
Ni que decir tiene que la ocurrencia fue recibida por M. con una expresión poco evangélica.
—Cuando hablamos de la Inquisición, todo el mundo piensa en gente ardiendo sobre pilas de leña.
No vamos a fingir que se tratara de un tribunal compasivo.
Era un sistema brutal y, si te alcanzaba, como poco salías con los bienes confiscados.
Pero, para ser justos, las condenas a muerte eran relativamente escasas: no llegaban al dos por ciento del total.