Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO XIV #3
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CAPÍTULO XIV #3

Lo aspiré con una ansiedad que me avergonzó de inmediato, pero no me atreví a abrir los ojos, temiendo que, si lo hacía, el hechizo se desvaneciera. Entonces la luz del sol quedó cortada: alguien se había interpuesto entre él y yo. El perfume se hizo más nítido y alguien me besó en los labios.

Confía en mí. No he querido adornar esta historia para ganarme tu estima, ni ocultar lo que pudiera rebajarme ante ti. Aun así, vas a permitirme que aparte la mirada justo en el instante en que, todavía con los ojos cerrados, escuché a Bente burlarse de mí:

—Si coges la costumbre de aceptar besos sin saber antes quién te los va dando, me parece que un día te vas a llevar un susto…

Hay partes de esta historia que son solo mías, y a nadie más incumben.

La retomaré, por tanto, cuando el sol no era ya más que una luminiscencia violácea perfilando las cumbres de la sierra.

Ella y yo, cogidos de la mano, volvíamos hacia el valle para que pudiera recoger el coche y marcharme de allí.

Es posible que te sorprenda mi decisión.

¿Por qué, después de haberme esforzado tanto, volvía de buen grado junto a mis amigos?

A. y M. eran mis hermanos de vida, ya puedes suponerlo, pero mi afecto no llegaba al extremo de abandonar por ellos el sueño que había perseguido con tanto empeño solo por llegar a tiempo a la visita de una iglesia, de su pantocrátor y de su cura lascivo.

Puede decirse que no era yo quien bajaba, sino que me bajaban.

Debía volver al mundo real. Por decisión de Bente.

Una vez retirado el sol, la temperatura descendió de golpe y ya se olía la humedad que subía desde el arroyo.

Era agradable sentir la cercanía del cuerpo de Bente, su calor, su perfume pegado a mí.

Aún no era noche cerrada y alcanzaba a distinguir su rostro y la melenita rubia que le cubría el cuello.

Pero aquella luz escasa también me permitió ver que, aunque era ella quien me empujaba a regresar, en su expresión había algo que no se parecía a la serenidad.

Había en ella algo distinto, y tardé unos pasos en entender qué era.

El día anterior se me había mostrado con una lejanía que imponía respeto; allí, en cambio, caminaba a mi lado con una cercanía de mujer.

No por eso dejaba de ser la misma. Si acaso, me turbó más notar que aquella gravedad remota seguía intacta bajo el calor de su cuerpo, en su voz, en su modo de rozarme.

Solté su mano y la abracé por la cintura .

—Puedo quedarme. Quiero quedarme. Tienen dos coches. Les llamo y me reúno mañana con ellos en Sacedón.

Se inclinó hacia mí y me besó en la mejilla.

—Tienes que volver. Este no es tu sitio. Te prometo que nos volveremos a ver, de veras.

La promesa me reconfortó, pero me vino a la memoria algo que me dijo una vez en Soncillo.

—Una vez me dijiste que la partida que se jugaba entonces era tan importante que nuestras vidas —la mía y la de mis amigos— eran prescindibles si con ello se lograba el objetivo. ¿Crees que sigo siendo prescindible?

No le pedía una respuesta práctica. Necesitaba saber si, para ella, era algo más que una pieza necesaria.

Se detuvo y se soltó de mi abrazo.

—Nadie ve entero el camino mientras lo recorre. Yo tampoco. Mantente a salvo para mí… y sácalos de ese pueblo.

Me sorprendió oírla decir aquello, pero más aún que no me hubiera respondido.

Ella y yo jugábamos a un juego: ella era Bente y yo un idiota del sur de Madrid, y nuestros caminos se cruzaban por azar aparente.

Nada más. Todo lo que se saliera de esa realidad quedaba en el terreno de los sobreentendidos.

Pero esta vez yo no le había preguntado por curiosidad ni por miedo.

Quería otra cosa. Y noté, con un desengaño físico, que rodeaba la respuesta en lugar de entregármela.

No habíamos pronunciado una sola palabra sobre Valdeolivas, ni sobre el miedo de Isabel, ni sobre la forma en que su intervención pareció salvarla la noche anterior, ni sobre el extraño embrujo que se apoderó de nosotros durante la cena. Entre nosotros solo era real el instante que vivíamos.

Por eso me chocó tanto que, al fin, faltara a esas reglas implícitas, esas que la humanizaban para mí, y, sin responder a mi pregunta, me advirtiera sobre Valdeolivas.

En el fondo, la primera parte de su respuesta —esa que no contestaba nada mío— sonó dirigida a ella misma. Yo, sin embargo, me aferré a la segunda: a ese «mantente a salvo para mí», porque no era lo que le había preguntado, pero sí lo único que podía tomar por una prueba de que le importaba.

No dijo más. O no quiso, o no pudo. Se limitó a abrazarme, a besarme. Luego dio media vuelta y la vi desaparecer tras unas rocas. No me molesté en seguirla para comprobar lo obvio: que no quedaba rastro. Hacerlo habría sido romper por segunda vez las reglas en una misma noche.

Busqué con la linterna del móvil el camino de vuelta hasta el coche. Arranqué y retrocedí despacio, guiándome como pude. Al girar, los faros iluminaron un instante la cabeza de serpiente, recortando sus formas sobre el cielo oscuro con un aire irreal.

Al verla me asaltó una idea que no me gustó.

Después de tantos siglos, quizá siguiera aguardando sangre.