Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO XIV #2
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CAPÍTULO XIV #2

A los urbanitas nos cuesta recordar hasta qué punto mandan las estaciones.

Mientras la vida no te arroje fuera de sus márgenes, basta con bajar al supermercado para encontrar un surtido interminable —y, en el fondo, innecesario— de alimentos llegados de los puntos más remotos del globo.

Para quienes vivían y morían apegados a la tierra, en cambio, una sequía, una plaga, una helada o un granizo a destiempo podían marcar la raya borrosa entre la vida y la muerte.

Era lógico que sus plegarias se dirigieran, sobre todo, a los dioses capaces de impedir que el ciclo agrario se torciera .

Aun con una vida tan distinta de la de aquellos antiguos habitantes del valle, me resultó fácil notar que en aquel lugar había algo distinto.

Y no lo digo solo porque soñara con reencontrarme allí con Bente.

Seguí el caminillo que marcaban los paneles y estuve a punto de pasar de largo el principal motivo que me había llevado hasta allí.

Al pie de la pequeña estribación rocosa, entre la maleza reseca y el hilo de agua que atravesaba el paraje, la cabeza de serpiente quedaba medio escondida desde abajo.

Allí estaba, recostada contra la piedra, vigilando el cauce.

Era una formación natural en la que se advertía la mano del hombre.

Sobre lo que podía ser el ojo habían labrado, a golpe de cincel, una serie de incisiones acanaladas; entendí que buscaban conducir la sangre, el agua o cualquier otra ofrenda líquida del modo que sus artífices consideraban propicio.

Por lo demás, el parecido con su modelo animal resultaba inquietante.

No me extrañaba que aquella cabeza hubiese atraído la atención de los primeros habitantes del valle.

Bastaba mirar el conjunto para entender que aquel ídolo había debido de ser importante.

Al explorar un poco más, encontré bajo la cabeza una serie de pequeñas concavidades aterrazadas, comunicadas entre sí por canales.

No costaba imaginar un uso ritual, y no precisamente apacible.

Si se trataba de asegurarse de que el invierno cediera por fin a la primavera, era comprensible que no quisieran escatimar.

Pero no era el turismo, ni la historia, ni la antropología lo que me había llevado hasta allí. La forma de aquella roca había sido reproducida en un colgante que venía de Bente, y yo necesitaba creer que aquel lugar reunía las condiciones necesarias para verla y tocarla otra vez.

Pasé la hora siguiente explorando el valle.

El sitio estaba lleno de vestigios cristianos: símbolos griálicos, cruces, eremitorios, tumbas antropomorfas, pequeñas hornacinas y caminos hondos excavados en la roca, señal de una ocupación intensa.

Cada vez que me internaba entre la vegetación o entraba en una cueva lo hacía con una esperanza terca.

Pensaba que la encontraría sentada en la pradera que se abría más allá de la espesura, o resguardada en el fondo de alguna oquedad.

Pero lo único que me aguardaba al llegar era una decepción tras otra.

Serían las cinco cuando desistí. Tuve que admitir que el único habitante del lugar era yo: un loco lleno de arañazos y barro. Hasta metí la cabeza dentro de una concavidad poco recomendable que un panel identificaba como fuente romana y que no contenía más que cascotes y agua estancada.

Junto a una decena de tumbas vacías trepaba un camino hacia una zona que dominaba desde arriba el valle principal, y empecé a seguirlo. Quizá desde allí descubriría algún rincón más prometedor en el que insistir.

Subí al cerro esquivando los campos cultivados y llegué sin apenas aliento a la cima. Me llamó la atención ver una vieja caseta de obra y un cartel de chapa, de esos en los que a los políticos les encanta anunciar que los impuestos también se gastan en sitios así.

Tampoco allí vi a nadie, pero al leer el panel recobré algo de esperanza.

Anunciaba una campaña de excavación arqueológica en el yacimiento de La Cava realizada un par de años atrás.

El promontorio rocoso contaba también con sus paneles informativos, algo más modernos que los del valle: allí el metacrilato —ese material noble con el que las administraciones fingen ennoblecer un lugar— había venido a sustituir la humilde chapa de abajo.

No tardé en descubrir que el sitio también acusaba el abandono, porque el sol y las inclemencias habían estropeado la mayoría de los paneles. Aun así, pude leer lo suficiente para comprender que aquel lugar, en lo alto del cerro, era el verdadero corazón del yacimiento .

A lo ancho de la cima descubrí multitud de cazoletas: pequeñas horadaciones rituales en la roca. Sin embargo, lo que primero me llamó la atención fue el accidente que daba nombre al lugar: un foso enorme, excavado a golpe de pico. Según los paneles, tenía finalidad defensiva.

Guardaba similitudes con el que visitamos en lo alto del otro cerro, en Villar del Infantado, en aquella visita nocturna en la que M.

tuvo la ocurrencia de embarcarnos el día anterior.

Pero este era otra cosa. Costaba imaginar el esfuerzo que había exigido abrir una defensa así.

El foso podía alcanzar cinco o seis metros de profundidad y diez o quince de anchura.

Leí, además, que en las cercanías se habían encontrado restos de muralla y que, por el oeste, el yacimiento quedaba protegido por un despeñadero.

Aquella posición contaba con unas defensas desproporcionadas.

Y, sin embargo, el cerro era pequeño. El empeño puesto en protegerlo no guardaba relación con su tamaño. Aquello solo tenía sentido si allí se había querido guardar algo valioso. O sagrado.

Recorrí el foso hasta el final, salté por un hueco y llegué a lo que parecía un camino de ronda, despejado en parte a golpe de pico, que rodeaba la cima por el exterior.

Más allá, la falda del cerro se precipitaba hasta un aparcamiento de tierra desierto, que yo no había visto al llegar porque había dejado el coche unos cientos de metros más atrás.

Desde allí se dominaba una vista privilegiada: la sierra de Altomira cerrando el valle por el oeste y, desde su vera hasta el borde de la carretera, campos ondulados de cereal salpicados por algunos olivos y almendros.

Soplaba una brisa que doblaba la cebada y producía un efecto hipnótico, una ondulación lenta, vegetal.

Los brotes se inclinaban, perdían por instantes su brillo nuevo y volvían a recobrarlo al enderezarse.

Caminé un poco más y llegué al lugar que parecía dar sentido a todo: tres estancias rectangulares, con la entrada orientada a poniente.

Dudé que una orientación tan precisa fuera casual.

Probablemente la luz del ocaso llegaría a entrar de lleno y a tocar el muro del fondo, al menos en los equinoccios.

Allí, quién sabe, estaría el rincón más reservado.

Esa impresión se reforzaba al fondo de una de las salas, donde se había horadado una pequeña hornacina, alineada con la entrada, que en otro tiempo quizá acogió alguna talla o algún objeto.

El sitio era fascinante, y la soledad lo agrandaba. Pero yo no estaba allí por curiosidad, ni por deseo de paz. Había ido a buscar a la mujer que habitaba mis sueños, con la necedad de creer que quizá allí se dejaría ver.

Y tampoco allí iba a lograrlo.

Descorazonado, me deslicé al interior de una de aquellas estancias y dejé que la espalda resbalara por la pared hasta quedar sentado junto a la hornacina. El sol descendía y las sombras de las jambas giraban lentamente, de derecha a izquierda, siguiendo el ocaso.

Cerré los ojos y dejé que el sol y la brisa me templaran la piel. Ya que no podía tenerla a ella, me consolaba pensar que quizá, miles de años atrás, alguna representación suya hubiera ocupado ese mismo lugar, a la altura de mi cabeza.

Debí de quedarme así diez o quince minutos, sin moverme, respirando el aire limpio del valle. A ratos parecía traerme el olor de los pinos de las faldas lejanas de la sierra.

Y, escondido entre ese olor, capté otro distinto.

Un perfume delicado, floral.

El mismo que M. dijo reconocer la noche anterior.