CAPÍTULO XIV
CAPÍTULO
XIV
Debían de ser las doce cuando M. se dejó caer a mi lado en el sillón. Había empleado la última hora y media en ordenar papeles y libros dentro de las cajas y, a juzgar por la expresión que traía, el tedio le pesaba más que el cansancio.
—Bueeeno, ¿nos damos una vueltecita?
A. , que estaba hojeando algunos borradores de la tesis de M. , levantó la cabeza.
—Oye, para que le des una vueltecita o dos está esto tuyo. En serio. Pero bueno, ya hablaremos. Yo me quedo por aquí. Id vosotros, pero voy a necesitar el coche. ¿Conoces algún sitio donde pueda llevar a comer a Isabel, M. ?
—No entiendo cómo te ves incapaz de apreciar el enfoque creativo de mi investigación, pero, como dices, ya hablaremos. Puedes llevarla a El Olivar. Es un pueblecito monísimo, lleno de restaurantes pijos. Llama para reservar, que hoy es sábado. ¿Nos vamos, E. ?
—Mejor que aquí, mirando las grietas del techo, cualquier sitio.
—Por cierto, A. —añadió M. —, llevo el móvil apagado por unas cosas mías. Si quieres algo, llama a E.
—Tú sabrás.
Nos montamos en el coche de M. y, tras hacer escala en el molino para que pudiera admirar aquella singularidad que, según él, algún día acabaría en los libros de historia, nos acercamos a Córcoles.
Allí estaban las ruinas de un monasterio importante que, como tantos otros, había quedado deshecho y expoliado en alguna de las desamortizaciones del XIX.
El edificio aún imponía, incluso reducido a ruina y abandono, pero no se podía visitar por dentro.
En la entrada, un cartel descolorido —de los cooperativistas de la última contrata que intentó ponerlo en valor— denunciaba la dejadez de la consejería competente, que ni siquiera se había molestado en licitar de nuevo el servicio.
Paseamos un rato por los alrededores, sin sacar gran cosa en limpio. Por eso no me hice demasiadas ilusiones cuando M. prometió que ahora me iba a llevar a un sitio «alucinante» donde haríamos tiempo hasta la hora de comer.
Por «alucinante», M. entendía meternos en coche por una red de caminos polvorientos —nos perdimos cinco veces— y acabar junto a la orilla del embalse de Buendía, en lo que quedaba de La Isabela.
El pantano estaba bajo. Con el agua en retirada habían aflorado una serie de muros ruinosos que solo cobraron algún sentido cuando M.
me explicó que aquella porquería había sido un antiguo Real Sitio: un pueblo-balneario levantado alrededor de los Baños de Sacedón, bautizado en honor de Isabel de Braganza y condenado, más de un siglo después, a desaparecer bajo el embalse.
En resumen, un balneario de los de arriba, donde el rey felón venía a tomar las aguas y a tratarse sus miserias.
Seguir el trazado reticular de aquellas calles fantasmales, procurando no ser tragado por los costrones resecos de arcilla, no despertó mi atención hasta que M. , señalando un altozano al otro lado de la orilla, me dijo:
—Aquello es Ercávica. ¿La reconoces?
Entrecerré los ojos, aunque a aquella distancia ya no podía distinguirse nada con precisión, y busqué entre los visitantes del yacimiento la figura de Bente.
Fue inútil, salvo que aquella mole barbuda que, con los brazos abiertos, parecía proclamarse rey del mundo sobre una de las ruinas fuese ella y yo, por alguna razón, hubiera dejado de reconocerla.
La melancolía me quitó de golpe el poco interés que me habían despertado las cuatro piedras del balneario.
Lo único que me apetecía era tumbarme en cualquier parte y dejarme hundir a solas.
M. decía tener bastante sueño después de la noche de perros que había pasado, aunque yo dudaba de que hubiera estado despierto más de veinte minutos, y ambos convinimos en que lo mejor sería tomar algo rápido en Sacedón y volver a la casa para descansar.
Tomamos unos bocadillos en el Bar España y luego emprendimos el camino de regreso.
Éramos una estampa poco heroica: él soñoliento, yo sombrío, los dos despachando un bocadillo triste de salchichas en un bar de pueblo, mientras nuestro Romeo y su Julieta andarían ya entregados a la seducción en algún restaurante de postín.
Aparcamos el coche en una plazuela cercana a la casa y nos sentamos en el salón a ver la televisión.
—Después de visitar luego la iglesia, podríamos quedarnos a dormir en algún hotel de Sacedón y cenar por allí —sugirió M.
—. No ha terminado de salir el fin de semana tal y como pensaba, pero, ya que no nos podemos juntar tanto cuanto nos gustaría, no vamos a desperdiciar lo que queda volviendo hoy a Madrid.
Respondí con un «vale» desvaído. Lo mismo me daba estar en un sitio que en otro, pero suponía que mis males de amores se llevarían mejor entre amigos y una dosis adecuada de alcohol que en casa, junto a mi mujer.
—Vaya… pues sí, podíamos haber ido aquí esta mañana.
M. había dejado sobre la mesa baja un fajo de papeles, decidiendo qué cosas podía tirar y cuáles conservar. Sostenía en la mano la hoja en la que yo había dibujado la copia del amuleto que me dio Bente. Al ver a qué se refería, sentí un golpe seco en el pecho .
—¿Pero sabes qué es eso?
—Pues claro. He estado un par de veces. Ya sabes que estos días me he movido mucho por la zona para no encontrarme con quien tú ya sabes. Te vi esta mañana muy entretenido dibujándolo… ¿era un acertijo?
—No, no… ¿qué es? ¿Dices que es un lugar?
M. dejó el papel sobre la mesa, despacio.
—Vamos a ver. ¿De qué va esto?
Noté que la sangre me empezaba a correr con otra fuerza.
—Solo dime qué significa ese dibujo. ¿Qué es? ¿Un mapa?
M. esbozó aquella sonrisa suya, entre satisfecha y felina.
—Veamos, veamos. Tú has hecho este dibujo… ¿y no conoces su significado? No será lo de aquella película de Encuentros en la tercera fase , ¿te acuerdas?, cuando el protagonista pierde la cabeza y se pone a levantar montañas con puré de patata.
—Esto estaba grabado en el amuleto que le di a Isabel esta mañana.
—Ah. Ese que te entregó Bente y que nos ocultaste. Ya, ya.
Temí que alargara más el juego, pero se cansó enseguida.
—Bueno, da lo mismo. Voy a poner los documentales de La 2 y a echar una cabezada.
Volvió a coger el papel y lo señaló con el dedo, despacio.
—¿No lo ves? Es una cabeza de serpiente. La boca. El cráneo. El ojo.
Las líneas dejaron de ser un desorden.
—Sí… sí. Pero dices que es un lugar. ¿Qué significa?
—Algunos sostienen que formaba parte de un templo indígena dedicado a una deidad céltica de la fertilidad.
Masculina —añadió, sin mirarme—, antes de que te emociones.
En realidad es una roca con la forma apropiada, y luego la retocaron para acentuar el parecido.
Debió de ser un sitio importante. El valle donde está se llenó de eremitorios cristianos, quizá para aprovechar el arrastre de la vieja deidad.
Ya sabes, lo de siempre. Lo mismo que en Ercávica con el Monasterio de Servitano.
Dejó la hoja sobre la mesa, se recostó en el sofá, apoyó los pies y cruzó las manos sobre el estómago. En la pantalla, un camaleón avanzaba con paciencia infinita hacia un saltamontes. M. parecía dispuesto a imitarlo.
Yo sabía que estaba alargando mi incomodidad.
—¿Y dónde está?
Fingió sobresaltarse.
—Ah, ¿no te lo he dicho? Qué cabeza la mía. Se llama La Cava. El yacimiento de La Cava. Un poco antes de llegar a Garcinarro. A menos de una hora en coche.
Sentí la sangre en las sienes.
—Necesito que me dejes el coche.
M. señaló con la cabeza el mueble donde había dejado la cartera y las llaves.
—Tiras hacia Sacedón, desvío a Buendía y luego todo recto. Es el mismo camino que para La Isabela. No tiene pérdida. Yo me quedo aquí a descansar un momento la vista.
La televisión siguió con su lentitud obstinada. Yo ya estaba de pie.
Y allí lo dejé, repantingado en el sillón.
Procuré no hacerme muchas ilusiones con el resultado de mi excursión; al contrario, intenté rebajar de antemano cualquier esperanza, por si al final no encontraba más que unas piedras.
Miré un momento el móvil para asegurarme de que el camino era el que me había indicado M. y me puse en marcha.
Dejé atrás el muro de contención del pantano de Buendía y las decadentes infraestructuras de ocio que florecieron a su sombra en tiempos del franquismo.
La carretera fue allanándose y perdiendo curvas a medida que me internaba en el valle de Altomira.
Antiguo paso natural y vía de comunicación norte-sur, el asfalto se abría entre campos de cereal recién reverdecidos y corría hasta las estribaciones de la sierra que me separaba de las tierras bajas del Tajo .
No tardó en volverse una línea recta, tendida junto a una pequeña cresta caliza a mi izquierda.
Fue entonces cuando empecé a advertir signos de que aquellas tierras —agua cerca, suelo fértil— habían estado habitadas sin interrupción durante miles de años.
Solo ahora, tocadas por la despoblación, parecían un lugar desierto.
Intuyendo que ya no podía andar lejos, reduje la velocidad al divisar un bosquecillo de álamos y pinos al que se llegaba por un corto camino de tierra.
Tomé el desvío y aparqué al ver, entre la arboleda y la vegetación descuidada, unos paneles informativos maltratados.
Aquello debía de ser el sitio. Bajé del coche y me acerqué al cartel más próximo.
El óxido y el abandono lo habían dejado apenas legible. Deduje que, tiempo atrás, alguna autoridad competente había invertido dinero público en el lugar: señalización de una ruta arqueológica, una pequeña zona de ocio con agua potable, bancos y barbacoas… todo devorado ahora por la dejadez.
En cualquier caso, desde que pasé Buendía y salvo por el cruce de dos o tres coches, no había visto a nadie. Allí estaba solo. Y, la verdad, lo agradecí.
Había quedado una tarde agradable, tanto que me bajé la cremallera del anorak y respiré el aroma tibio de una brisa que ya olía a primavera.