Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO XIII
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CAPÍTULO XIII

CAPÍTULO

XIII

—¿Estás bien? ¿Quieres algo? —preguntó A. cuando Isabel volvió a acomodarse a su lado.

Ella tardó un instante en contestar. No miraba a nadie en particular; hablaba con la cautela de quien por fin se atreve a nombrar algo que lleva demasiado tiempo guardando.

—No sabéis lo que esto significa para mí.

De verdad. He pasado media vida pensando que me estaba volviendo loca.

Seguía adelante: estudiaba, trabajaba, quedaba con gente…

y, aun así, ese miedo seguía ahí, una grieta por detrás de todo.

La sensación de que, en cualquier momento, algo dentro de mí podía romperse sin aviso y llevárselo todo por delante.

A. asintió despacio, sin apresurarse a consolarla.

—Entiendo lo que dices —dijo—. Pero eso no significa que aquí no estés en peligro. Sea lo que sea lo que te ronda… parece ligado a este lugar. Que hayas resistido hasta ahora no garantiza nada. Y ni siquiera sabemos qué es.

Isabel se volvió hacia él con una mirada más fría, inquisitiva; parecía haber decidido que la gratitud no le servía de mucho mientras siguieran ocultándole cosas.

—Solo dos preguntas —dijo—. ¿Quién es Bente? ¿Y quiénes sois vosotros?

El silencio fue inmediato. No nacía de la sorpresa, sino de saberse descubiertos .

Noté cómo M. se quedaba rígido en la silla. A. bajó la vista un instante, ordenando quizá unas palabras que no le gustaban. Y a mí me asaltó una idea simple, desagradable: no íbamos a poder responder sin enseñarle algo que ninguno de los tres quería sacar a la luz.

Al final fue A. quien tomó aire, resignado a ser el primero.

—Bente fue una amiga. Una de esas personas que no sabes explicar sin traicionarlas un poco —dijo, sin engolar la voz, como si le molestara cualquier sombra de solemnidad—.

En el pasado nos ayudó cuando estuvimos en una situación parecida a la tuya.

No es una historia que podamos contarte entera, ni tampoco un secreto que nos corresponda desvelar del todo.

Pero créeme: una vez estuvimos donde estás tú, y por poco no salimos.

Hablaba con la sobriedad de quien conoce bien aquello que está diciendo.

—Por eso te lo digo sin rodeos —añadió—: vete de Valdeolivas. Y no vuelvas.

Isabel apretó la mano de A. y le sonrió, pero no era una sonrisa de rendición. Era, más bien, una manera de sostenerse.

—Voy a intentar que tengamos muchas ocasiones para que acabes confesándome ese secreto —dijo; en la frase había ligereza, sí, pero también decisión—. Me voy a duchar y luego me paso por casa. Aún me quedan explicaciones que dar esta mañana.

Subió las escaleras a por sus cosas.

Mientras tanto, A. recogió las tazas y los platos del desayuno y los llevó a la cocina con esa eficacia callada que le salía cuando no quería pensar. M. aprovechó para apilar libros y papeles y devolverlos a sus cajas. Su plan de fuga seguía en pie, aunque no lo dijera en voz alta.

Yo quedé libre de tareas. Y, con el silencio, volvió a mí una melancolía seca.

Añoraba a Bente con una precisión dolorosa. La había amado; decirlo allí, en aquella casa, no aclaraba nada, pero tampoco podía seguir fingiendo que era otra cosa. Y que hubiera entrado y salido de mi vida con tanta rapidez había reabierto una herida difícil de cerrar.

Después de lo que contó M. , empecé a ver algunas cosas con más claridad.

El colgante —allí, en la casa— seguía siendo un hecho.

Quizá había sostenido a Isabel. Quizá había apartado a M.

de aquello que lo esperaba al otro lado de la puerta.

O quizá yo necesitaba creerlo para no sentirme todavía más perdido.

En cualquier caso, no era fácil apartar de la cabeza su relación con el amuleto.

Ya no conseguía creer que Bente nos hubiese empujado a aquel estado de embotamiento durante la cena. Más bien al contrario: fue ella quien me sacó de allí. Para protegerme, o para advertirme. De qué, todavía no alcanzaba a entenderlo.

En cualquier caso, el colgante era lo único material que me la devolvía, aunque fuera de una manera miserable. Y quizá, si lo estudiaba con calma, me deparara alguna pista. No para explicarlo todo. Solo… para no sentir que lo último que quedaba de ella era un vacío, un callejón sin salida.

Metí la mano en el bolsillo de la bata y saqué la piedrecita negra.

Durante unos segundos la sostuve entre los dedos, extrañado de que hubiera permanecido allí, pegada a mí, mientras todo lo demás parecía desplazarse de sitio.

Al tocarla noté unas incisiones finísimas, apenas un relieve bajo la yema.

La incliné junto a la ventana, buscando que el sol le entrara en diagonal, pero la piedra no quiso entregarme nada.

Probé a humedecerla, sin mejor suerte. Probé también el viejo truco del folio y el lápiz: inútil. Las hendiduras eran demasiado tenues.

Se me ocurrió entonces algo más basto, más propio de una cocina que de un despacho.

Recordaba haber visto un paquete de harina vieja, olvidado por algún inquilino anterior.

Me aseguré de que el colgante estuviera seco, vertí sobre él una cucharada, apreté con fuerza para que el polvo entrara en cada corte y luego fui retirándolo con cuidado, pasando el dedo con la misma atención de quien despeja una losa para leer lo enterrado .

Y entonces apareció.

Cada pasada iba sacando a la luz el dibujo con mayor claridad. Cuando retiré del todo el polvo blanco, lo tuve ante los ojos. Me llevé la piedra a la ventana del salón y, usando uno de los papeles de M. , lo copié lo mejor que supe.

Al acabar me quedé perplejo.

No era escritura. De eso estaba bastante seguro.

Pero tampoco parecía un objeto, ni una figura, ni siquiera un símbolo reconocible.

Los trazos eran irregulares, sin intención geométrica.

Si tuviera que describirlo de algún modo, diría que recordaba de lejos a una forma que hubiera intentado cerrarse sin conseguirlo, apoyada sobre una línea interrumpida que la atravesaba; aunque en realidad no había rectas.

Todo huía. Todo se curvaba o se quebraba antes de obedecer a un orden.

Lo miré una y otra vez, buscando una idea que se me escapaba.

Tal vez fuera el curso de un agua visto desde arriba. O el esquema de un camino. O la relación entre un lugar y otro. Había, dentro de aquella forma, pequeñas marcas hechas con intención, señales mínimas, puntos de referencia. Pero para mí seguía siendo un misterio compacto, sin rendijas.

Me rendí.

Lavé el colgante y lo guardé. Volví a sentarme sin saber muy bien qué esperaba de aquel hallazgo, más allá de la certeza amarga de que alguien, en un pasado remoto, lo habría entendido sin esfuerzo.

Poco después aparecieron A. e Isabel: el primero, de fregar los platos; la segunda, ya aseada, con el pelo todavía húmedo y la bolsa en el suelo, a sus pies, donde había guardado sus cosas la noche anterior.

Incluso en una casa tan mal orientada, el sol entraba a su modo. La luz se extendía por el salón, limpia, inesperada, y durante unos minutos pareció capaz de arrinconar los restos más amargos de la noche, sin llegar a borrarlos .

—Bueno… me voy —nos anunció Isabel.

—¿Vuelves hoy a Toledo? —preguntó M. , sin dejar de ordenar los libros que pensaba llevarse.

Uno cayó al suelo. No se agachó a levantarlo.

—Voy a intentarlo.

Se apartó el pelo detrás de la oreja; aquel gesto sencillo pareció darle también el impulso para decirlo.

—Mi tía y mi prima tienen una costumbre… suya. Pocos días después de la noche que ya sabéis, Silvia se quedó huérfana. Fue un horror. Un escape de gas se llevó a sus padres y a su hermano mayor. Ella se salvó de milagro: unos vecinos la encontraron justo a tiempo, desplomada junto a la puerta.

No alzó la voz, ni buscó compasión. Lo dijo con la sequedad de una fecha que no cambia.

—Mi tía se hizo cargo de ella. Desde entonces viven juntas aquí.

Para Silvia es más madre que tía. Y hay otra cosa: vinieron por primera vez un sábado, y desde entonces…

los sábados no salen. Nunca. Se encierran en casa, pase lo que pase.

Dicen que es su día. Su forma de… —hizo un gesto pequeño, vago— de estar juntas.

La imagen de Violeta y Silvia plantadas en el umbral volvió a mí con claridad: la puerta convertida en frontera. Y, de pronto, encajó la negativa de Silvia a venir a dormir cuando se lo propuse. Quizá no era orgullo ni enfado. Quizá era una regla.

—Yo espero que hoy hagan una excepción —añadió Isabel—. Aunque sea para llevarme al menos a la estación de Guadalajara.

M. se apresuró a insistir, aferrándose a lo práctico.

—Si pasa cualquier cosa, nos avisas. Te sacamos del pueblo y te llevamos a donde haga falta. ¿De acuerdo? ¿Tienes nuestros teléfonos?

—Tengo el de A. —confirmó—. No os preocupéis. Nos despediremos antes de irme. Bueno… me marcho.

Se agachó a coger la bolsa, pero A. la detuvo con suavidad.

—Espera un segundo .

Isabel levantó la mirada.

—¿Quieres comer hoy conmigo?

M. y yo cruzamos una mirada rápida. El plan, tal y como lo había formulado, no nos incluía ni a él ni a mí. Los tres aguardamos la respuesta, cada uno por sus motivos.

El sol que entraba por la ventana le daba de lleno en la cara y me permitió advertir algo que, con otra luz, quizá se habría perdido: el rubor que le subió al rostro, leve y traidor.

Isabel se encogió de hombros, intentando quitarle importancia a lo que acababa de delatarla.

—Sí, claro. Llámame hacia la una. No creo que a ellas les importe perderme de vista un rato.

Ahora sí, recogió la bolsa del suelo y se encaminó hacia la salida, con A. a su lado.

—¡Isabel, espera un momento! —dije entonces.

Volvió a dejar la bolsa y se giró. Había hablado por puro impulso, y apenas la llamé me arrepentí, aunque ya era tarde para echarme atrás.

Cogí un cordel fino de los que M. estaba usando para atar algunos fajos de apuntes, lo pasé por el orificio del colgante, hice un nudo y me acerqué a ponérselo al cuello.

—Esto es antiguo, muy antiguo, y aunque te suene a superstición, te lo digo en serio: puede protegerte. Por favor, llévalo contigo mientras sigas en el pueblo.

Ella sostuvo un instante la pieza entre los dedos. M. y A. se acercaron a mirarla. A. , con toda intención, subrayó el color, aludiendo al betilo que habíamos roto en Soncillo:

—Vaya. Una piedra negra. Muy bonita.

Isabel me abrazó y me dio un beso.

—Descuida. La llevaré conmigo. Gracias.

Cuando la puerta se cerró, sentí de golpe lo que me costaba desprenderme del colgante.

Con él se iba también el último rastro tangible que me quedaba de Bente.

Y, sin embargo, no encontré fuerzas para resistirme a la intuición que se me impuso entonces con una claridad amarga: la destinataria de aquel amuleto era Isabel, no yo.

Yo no había sido más que un puente entre una y otra.

A mí solo me quedaban los recuerdos y la débil esperanza de volver a verla algún día. En unas semanas trataría de inventar cualquier excusa y escaparme solo de Madrid para volver a Ercávica, aunque supiera que sería inútil o, quién sabe, incluso peligroso.