CAPÍTULO XII #2
Isabel tomó una galleta de la mesa, se recogió las piernas contra el pecho y empezó a mordisquearla despacio, con una expresión a medio camino entre la incredulidad y la sorna.
—Pues viéndote con Silvia, yo diría que te enterabas de más de lo que me cuentas.
El rostro de M. volvió a encenderse. Hizo un gesto corto con la mano, para apartar del aire lo que acababa de oír. Hacía un momento juraba que se largaba del pueblo sin mirar atrás, y allí seguía, metiéndose por voluntad propia en un sitio del que ya no iba a salir limpio.
Respiró hondo. Cuando habló, la voz ya no sonaba a defensa. Sonaba agotada.
—Anoche no tardé en dormirme.
—Lo oí —dijo Isabel—. O más bien, imposible no oírlo. Roncas.
M. apretó la mandíbula, pero no se desvió.
—De pronto creí estar despierto… aunque no debía de estarlo. Oía una voz muy suave. Una voz de mujer. Me decía cosas. No recuerdo qué. Ni siquiera sé si hablaba como hablamos nosotros. Pero… —se detuvo, incómodo consigo mismo— me hacía sentir bien. Feliz. Y pensé una cosa horrible.
Se le quebró un segundo el gesto, no la voz.
—Pensé que, si por algún motivo dejaba de hablarme, me mataba. Que mi vida se quedaba vacía. Sin sentido.
Yo lo atendía con cuidado, pero acabé fijándome en Isabel. Todo el enfado de antes se le había borrado. Tenía los ojos húmedos, tal vez solo por el cansancio. La galleta se había quedado inmóvil entre sus dedos.
A. intervino sin elevar el tono.
—¿Y no recuerdas nada de lo que te decía? ¿De qué hablaba?
—No. Nada. — M. negó, frustrado—. Bueno… una palabra sí. Se me quedó grabada po rque la repetía. O porque yo creí que la repetía. No significa nada para mí.
Frunció el ceño, buscando el recuerdo a tientas.
— Tashid . No… Tajshit . Eso. Tajshit .
A. se pasó la mano por el mentón.
—¿ Tajshit ? No me dice nada. ¿A ti, E. ?
—No —dije—. A mí tampoco.
A. giró apenas la cabeza, a punto de completar la ronda.
—¿Y a…?
La frase quedó abierta, sin llegar a nadie; se detuvo al ver cómo una lágrima le corría a Isabel por la mejilla. M. también lo vio, y aquello, en vez de serenarlo, acabó de descolocarlo.
— Tajshit shelí … —dijo, despacio—. Eso es lo que dice. Creo que así me llama.
Nadie supo qué responder. El silencio le dejó paso, y M. siguió adelante con la cautela de quien empuja una puerta sin querer ver lo que hay detrás.
—La mujer seguía susurrándome cosas… y yo solo quería saber qué podía hacer por ella.
Cualquier cosa. Lo que fuera. Pero cuando intenté…
—buscó la palabra, tragó saliva— cuando intenté moverme, me recorrió un hormigueo y nada me obedecía.
Nada. Y eso… —hizo una pausa breve, incrédula—, en vez de asustarme, me tranquilizó.
Porque así no tenía que apartar la atención de lo único que me importaba: escucharla.
M. calló. Nos miró a A. y a mí, en busca de una salida que ninguno podía darle.
Isabel ya no disimulaba. La lágrima única se había convertido en un llanto callado, continuo, sin demanda de consuelo.
—De pronto… —empezó M. , y volvió a callar.
Nos miraba con el desconcierto torpe de quien ha entrado sin querer en una habitación ajena. Fue recorriéndonos uno por uno, primero a A. , luego a mí, y por fin a Isabel, en cuyo rostro se detuvo un instante. Tomó aire, tragó saliva y, al fin, dijo:
—De pronto, ella me habló.
A. fue el primero en romper el silencio, y lo hizo con la cautela de quien teme equivocarse incluso en la elección de una palabra.
—¿Ella te habló…? ¿Quién te habló, M. ?
M. frunció el ceño, irritado, no tanto por la pregunta como por la imposibilidad de volver concreto algo que, para él, había resultado evidente.
—Ya sabéis. Ella.
—¿La mujer de la voz? —aventuró A.
El nombre cayó mal, no por falta de lógica, sino por la reacción inmediata de M.
: apretó la mandíbula y negó antes incluso de responder.
Isabel, por su parte, se secó las lágrimas con el dorso de la mano, irguió un poco el cuello y estiró una pierna, abandonando al fin la postura encogida en la que había permanecido hasta entonces.
Parecía más serena. Incluso se le insinuó un gesto extraño al advertir por dónde derivaba la confesión de M.
Lo que acababa de oír la afectaba, sí, pero también le quitaba de encima una parte del peso: por primera vez, alguien confirmaba que lo que la acosaba no habitaba solo dentro de su cabeza.
Quizá vio en ella ese leve alivio, porque se agarró a ese resquicio para salir del atasco.
—¿Os acordáis del tono de voz… del acento de Bente? Tú, sí, E. , claro… perdona —añadió con un intento de ligereza que le salió débil, de esos que entre nosotros solían pasar sin dejar marca—. Ese acento que al principio me sacaba de quicio. Pues con esa misma claridad me habló.
Calló un momento, buscando cómo seguir sin perderse.
—Bueno… más que hablarme, se metía conmigo. Pero no a malas; más bien con confianza. Ya me entendéis. Me soltó: «¿Dónde te vas de paseo a estas horas? ¿Quieres enseñarle lo bien que te queda el pijama a todo el pueblo?».
Isabel dejó escapar por la nariz un soplo que estuvo a punto de ser una risa, aunque se contuvo enseguida. M. , apremiado por miedo a perder otra vez el hilo, siguió hablando.
—Y entonces caí en la cuenta de que estaba en un sitio oscuro. Lo primero que noté fue el frío. Después me orienté, y vi enseguida dónde estaba: en el zaguán. Intentaba quitar uno de los cerrojos de la puerta.
La mandíbula volvió a endurecérsele.
—Y digo «intentaba» porque llevaba algo muy pesado entre los brazos. Te llevaba a ti, Isabel. Dormida. Gemías. Iba a sacarte a la calle.
Nadie reaccionó de inmediato. A. no apartó la vista de M.; Isabel tampoco. Yo, sin saber muy bien por qué, tuve la impresión de que la casa entera aguardaba lo que iba a decir a continuación. M. cogió su taza, dio un sorbo y torció el gesto al notar que el café estaba frío.
—He oído eso de que no hay que despertar a un sonámbulo, que si el shock y no sé qué más. No sé si será verdad o no, pero en ese momento me daba igual, porque lo único que me dominaba era un terror que no había vuelto a sentir —nos miró a A. y a mí con rapidez— desde hacía un año.
La frase cayó con peso. No la explicó. No hacía falta.
—Ya no escuchaba la voz que me tenía… —buscó la palabra y la dejó atrás—. Ya no importaba. Sabía que aquello estaba al otro lado de la puerta, esperándome. Sin verlo, supe que era malo. Que me quería fuera contigo. Y que me aterraba.
Isabel dejó la galleta en el plato sin hacer ruido.
M. inspiró, como si tuviera que obligarse a seguir allí.
—Y entonces pasó otra cosa. Un detalle. Pequeño, sí. Pero para mí no lo era.
Bajó un poco la voz.
—¿Os acordáis del perfume? Del que llevaba en Soncillo. Era suave. Olía a flores, a campo… yo qué sé. No sé describirlo. Pero lo reconocería en cualquier sitio.
Sentí un pinchazo seco en el estómago. Yo también lo habría reconocido.
M. siguió, ya sin adornos .
—Cuando lo noté a mi lado… me sentí seguro. Protegido. Y lo de fuera dejó de importarme. O eso creí. Entonces, de golpe, empecé a pensar en cosas más normales. Estás delgada, Isabel, pero sostenerte así te revienta los brazos. Se me acalambraban.
Tragó saliva.
—Y luego estaba lo otro. Si te despertabas allí, en el zaguán, conmigo cargándote… ¿qué ibas a pensar? ¿Cómo iba a explicarlo sin que… sin que me vieras como a un monstruo?
Se quedó callado un instante. Bajó la vista hacia sus manos, como si acabara de reparar en ellas.
—Decidí devolverte a la cama. Sin hacer ruido. Pero fue mucho más complicado de lo que pensé. Con tanto trasto, con esa escalera… —hizo un gesto vago—. Creo que te golpeaste la cabeza con algo. Una o dos veces. No llegaste a despertarte. Seguías inquieta, murmurando…
Se calló un instante, y el silencio volvió a apretar.
—Y yo… —añadió, apenas— yo no dejaba de mirar la puerta.
Isabel se llevó los dedos a un lado de la cabeza y los apartó con un gesto de dolor.
—Perdón —se disculpó M. al instante—. A veces me cuesta moverme en espacios estrechos…
pero llevarte en brazos me superó. Al final conseguí dejarte otra vez en la cama, te arropé, volví a la mía e intenté no dormirme en lo que quedaba de noche, por si volvía a ocurrirme lo mismo.
No sirvió de nada. Al minuto creo que ya me había quedado frito.
Y de ahí… no recuerdo nada hasta que E. me ha despertado de un modo muy poco delicado.
No sabría decir en qué momento, pero algo se había aquietado en Isabel. No era alegría. Se parecía más al cansancio de quien por fin oye, en boca ajena, lo que llevaba demasiado tiempo soportando sola.
—Y perdóname por ponerte en peligro. Antes te ofrecí que te quedaras esta noche, pero… —apretó los labios— no sabía cómo disculparme sin contarte lo peor.
Isabel no respondió. Se levantó y abrazó a M. con fuerza, en silencio.
No era habitual ver a mi amigo abrirse de aquella manera.
Sentí un tirón breve en el pecho, aunque no me duró demasiado.
A los pocos segundos la escena empezó a resultarme incómoda: M.
no tenía ninguna soltura para una intimidad así de súbita, y sostenía aquel abrazo con más desconcierto que entrega.
Sin separarse, Isabel habló en voz baja, pegada al hombro de M.
—No puedes imaginarte lo que esto significa para mí. No tienes idea…
Tardó en soltarlo. Cuando por fin se apartó, no lo miró de frente.
—Me alegra que estés con Silvia. De verdad. Se merece a alguien como tú.
Luego volvió a ocupar su sitio junto a A.
Isabel ya le daba la espalda cuando M. levantó la vista hacia mí.
En su mirada no había vanidad ni orgullo, sino el desconcierto culpable de quien acaba de oír nombrar justo aquello de lo que quería escapar.
La mención de Silvia pareció devolverlo de golpe a la realidad.
Hacía apenas un rato estaba dispuesto a recogerlo todo y largarse del pueblo.
Yo no hice ningún gesto.