CAPÍTULO XII
CAPÍTULO
XII
Había sido una noche larga. Cuando por fin conseguí acompasar mi respiración a los ronquidos de M.
, me despertaron los gemidos y las voces del cuarto contiguo.
Isabel parecía angustiada. Estuve a punto de levantarme, pero oí primero unos nudillos golpear con suavidad una puerta y, enseguida, la voz de A. , baja, intentando despertarla.
No me moví. Poco después los oí bajar las escaleras hacia el salón y la cocina.
Mucho más tarde, tras unas horas de sueño torcido, algo me tenía atrapado y amenazaba con hundirme bajo su peso.
Por más que forcejeaba, no lograba zafarme; le sentía el aliento encima, caliente y demasiado cerca.
Cuando abrí los ojos seguía peleando. M.
, al girarse en la cama, se me había echado encima, y tuve que apartarlo de un empujón para librarme.
Sobresaltado, gruñó algo ininteligible mientras se desperezaba.
La luz de la mañana se colaba por las rendijas de la vieja persiana y manchaba la pared cuarteada del fondo.
M. se incorporó en la cama, se rascó la cabeza y masculló algo que aspiraba a ser un saludo.
Abrí la ventana y levanté la persiana. La niebla había desaparecido; el cielo estaba limpio, con una claridad impropia de la noche que acabábamos de dejar atrás.
Desde abajo subían el aroma del café y el borboteo de la cafetera italiana.
Al vestirme de cualquier manera, encontré la piedrecita en el bolsillo del pantalón de la noche anterior.
Estuve a punto de dejarla sobre la mesilla, pero algo —un resto de inquietud, o simple superstición— me hizo guardarla en el bolsillo de la bata. Me anudé la bata y bajé, seguido por M.
Al abrir la puerta del salón vi a Isabel dormida en el sofá, arropada con una colcha. M. se asomó por encima de mi hombro.
—Oh, no.
Lo dijo lo bastante alto para que ella se removiera, y enseguida abrió los ojos, desconcertada. Cerré la puerta con cuidado y seguí a M. , que ya subía otra vez las escaleras de dos en dos.
En la habitación lo encontré sentado en la cama, mirando la pantalla del móvil y sujetándose la frente con la mano libre.
—¿Qué pasa?
—Oh, no.
—¿Qué has hecho?
Tardó en responder.
—Pensé que todo había sido un sueño. Pero no. Isabel está ahí abajo. Y ahora esto… —me enseñó la pantalla—. ¿He escrito yo esta mierda?
Lo dejé hacer. Sí, lo confieso: me divertía verlo cambiar de cara a medida que avanzaba por la conversación.
—¡Ah!
—¿Ah?
—En algún momento de la noche decidí que lo iba a dejar todo para instalarme para siempre en la Alcarria… criando abejas.
Aquello no tenía precio.
—Yo lo veo bien. Las abejas son fundamentales para la polinización.
No estaba para ironías. Emitió un sonido áspero, sin forma, y volvió hacia mí un rostro descompuesto.
—Le he pedido que se case conmigo… y ella ha respondido «corazón, sí, corazón, beso». Anoche. En la cena. Tengo recuerdos sueltos, pero esto…
Esta vez dejé que la sonrisa se me apagara un poco.
—Estabas empalagoso, eso sí. Pero tampoco fue nada escandaloso. No creo que esto termine con un duelo al amanecer.
M. negó con la cabeza, en un vaivén que no aclaraba si se desmentía a sí mismo o se castigaba.
—Pues parece que se enfadó. Mucho. Insistía en que tenía que llevar a Isabel a casa, y yo, en vez de responder, le mandaba corazones. Corazones, E. , yo, mandando corazones —repitió incrédulo.
Apagó el móvil con una cautela absurda y lo dejó sobre la cama, lejos de sí, como si aún pudiera seguir comprometiéndolo.
Intenté ordenar lo que recordaba.
—Sí. Silvia y su tía se pusieron serias con lo de Isabel. No querían que pasara la noche fuera. Puedo entenderlo. Tres hombres, alcohol, un pueblo extraño… e Isabel en aquel estado.
M. palideció apenas, quizá porque la sola idea de Silvia cruzando el umbral de su casa bastaba para devolverlo a la noche anterior.
—Ya está —dijo al cabo—. He tomado una decisión. Ahora mismo meto todo en el coche y me vuelvo. Y el lunes doy de baja el alquiler. Que le den por saco a este agujero.
Ahí estaba: el impulso de retirarse y dejar que el silencio arreglara lo que él ya no quería mirar.
—Sí, puede ser lo mejor —concedí—. Aunque conviene recordar una cosa.
Me miró, receloso.
—La prima de Silvia —dije—. Está en el salón. Y huele a café.
Cuando entramos de nuevo en el salón, el café estaba ya servido. Isabel estaba incorporada, echándole un poco de leche a la taza de A. y dos cucharadas de azúcar. Yo sabía que a él le gustaba tomarlo así, pero no que ella también lo supiera.
—Buenos días, Isabel. ¿Has dormido aquí?
Asintió. Sonrió más con cansancio que con vergüenza.
—Sí. Las mismas sensaciones. La misma voz.
No estaba dormida del todo, pero tampoco despierta.
Oía la casa… sabía dónde estaba… pero no podía mover los brazos ni las piernas.
Creo que gemí. Y que grité. Luego A. bajó conmigo al salón y se quedó aquí, intentando calmarme. Mira qué cara tiene el pobre.
Tomó la mano de A. con naturalidad, y él no hizo amago de retirarla.
—No exageres —dijo, con media sonrisa—. Además, al final te volviste a dormir. Debí de aburrirte con tanta charla.
—Qué tonto eres.
Lo dijo con ligereza, aunque debajo seguía latiendo otra cosa. Quizá por eso me sorprendió que M. , hasta entonces arrimado a la pared, interviniera de pronto:
—Escucha, Isabel. Puedes quedarte esta noche también. Aquí.
Lo dijo sin énfasis, como si no estuviera ofreciéndole una cama, sino más bien tanteando el borde de algo que aún no sabía nombrar. La propuesta quedó un instante suspendida entre nosotros. Isabel lo miró con una gratitud serena.
—Gracias, M. . De verdad. Pero creo que el problema está en mi cabeza. No tiene que ver con la casa de mi tía, y no estoy segura de que cambiar de sitio sirva de nada. Además… —miró a A. — no pienso seguir huyendo.
Huyendo. La palabra quedó un momento en el aire. M. tragó saliva.
—Anoche… creo que anoche te dije…
Le costaba arrancar, pero Isabel le ahorró el esfuerzo.
—Sí. Todos te vimos. Fue… peculiar. —Sonrió apenas—. Divertido, en parte.
El color le subió por el cuello a M. con violencia.
Yo empezaba a disfrutar de la mañana cuando, sin transición aparente, algo cambió: dejó de mirarla, fijó los ojos en un punto impreciso, más allá de la ventana, más allá de las casas de enfrente, y cuando habló ya no sonaba a resaca ni a vergüenza.
—No está en tu cabeza .
El silencio cayó de otra manera.
—Aquí hay algo que te busca. Algo que te quiere a ti. Tienes que marcharte de Valdeolivas. Hoy. Y no volver.
Lo dijo con una brusquedad seca, sin levantar la voz. No sonó impulsivo ni teatral: sonó convencido. Isabel no se movió; A. apretó apenas su mano, y mi mano buscó, sin saber por qué, el bolsillo de la bata donde había guardado la piedra. Nadie habló durante varios segundos.
Quizá Isabel recordaba demasiado bien la reacción de M. la noche anterior, cuando, sin filtro alguno, había reducido todo su desasosiego a una frase brutal y humillante. Aquel cambio, tan brusco, solo podía parecerle una burla. Cuando habló, lo hizo con una frialdad que cortaba.
—Creo que eres… —buscó un término a la altura de su desprecio y no lo encontró— un cerdo.
Se levantó de golpe. Tenía el rostro desvaído y se movía con esa decisión helada de quien necesita marcharse antes de romperse del todo. A. se incorporó y dio un paso hacia ella.
—Isabel, espera.
Ella no pareció oírlo. M. seguía sentado, hundido en la butaca, con una expresión que a A.
y a mí nos bastó para entender que algo no cuadraba.
Lo conocíamos demasiado bien para atribuirle aquella crueldad sin más.
La acusación pareció atravesarlo sin encontrar resistencia, y no acertó siquiera a levantar la mano ni a pedirle que se quedara. Fui yo quien intervino.
—Isabel, por favor. No se está riendo de ti. Te lo juro. Escúchale un momento.
Debí de decirlo con más seriedad de la que pretendía, porque se detuvo en mitad del salón. No volvió todavía al sillón, pero tampoco avanzó hacia el pasillo.
—Por favor —insistió A. , tendiéndole la mano—. Quédate.
La tensión se sostuvo unos segundos, hasta que al final Isabel regresó despacio y volvió a sentarse, sin mirar a M.
—Espero que merezca la pena.
A. se volvió hacia mí, interrogante. Yo me encogí de hombros: tampoco entendía del todo qué estaba haciendo M. Aquella vehemencia no era propia de él.
—Verás… —empezó M.
Isabel soltó una risa breve, sin alegría.
—Sí, claro. Ahora viene la explicación.
M. bajó la cabeza. No protestó ni intentó defenderse.
Lo observé con atención: no parecía humillado, ni siquiera asustado por la reacción de Isabel.
Había en él una concentración rara, torpe y sombría, como si estuviera buscando dentro de sí una frase que no lograba encontrar. Le temblaban apenas las manos.
—No sé de dónde me ha salido —dijo al fin, sin mirar a nadie—. Pero cuando lo he dicho… iba en serio.
El salón pareció cerrarse un poco alrededor de nosotros.
—¿El qué? —preguntó A. , con una calma muy contenida.
M. levantó la vista hacia Isabel. No había desafío ni ironía.
—Que hay algo que te quiere a ti —dijo—. No te lo dije para herirte. Lo dije porque… —se detuvo, tanteando la palabra— porque anoche tuve la impresión de que no estabas sola.
El silencio que siguió no fue violento. Tuvo algo más denso, más difícil de apartar. Isabel no respondió enseguida. Ya no parecía enfadada. Tampoco aliviada. Escuchaba. Lentamente, recuperó su sitio en el sofá.
—¿Dónde? —preguntó al fin.
M. dudó.
—Aquí, en la casa.
Nadie añadió nada.
Desde la cocina llegaba el olor tenue del café ya frío. Afuera, la mañana seguía limpia, brillante. Dentro, ninguno de los cuatro volvió a sentirse del todo cómodo.
—No era una broma. Por favor, créeme. Esta mañana me he despertado confuso, sin saber si lo de anoche había pasado de verdad o si eran cosas soñadas. Pero al verte aquí… he entendido que era cierto.