CAPÍTULO XI #2
La hora siguiente transcurrió junto al fuego.
Violeta nos ofreció un licor transparente, anisado, más próximo al arak que al anís castellano al que yo estaba acostumbrado.
Al mezclarlo con agua y hielo se volvía lechoso, opaco, y aquella turbiedad blanca me recordó, sin que yo quisiera, la niebla que seguía aguardando fuera.
M. y A. no estaban particularmente brillantes a aquellas alturas, de modo que me tocó sostener la conversación hasta que, con la excusa del cansancio, pude dar por terminada la visita.
Me costó no menos de media hora arrancar a mis amigos de sus asientos, pero al fin salimos a la calle con los abrigos puestos. Tras las cortesías habituales, y ya pasada la medianoche, Silvia y Violeta nos despidieron desde el recibidor y emprendimos el camino de vuelta.
—Creo que he bebido demasiado —dijo A. ; su voz había recuperado el tono habitual—. Me encuentro un poco raro.
Sonreí para mis adentros. El frío de la calle parecía haberle devuelto una parte de sí mismo, aunque no toda.
—No te preocupes. Te has comportado como un caballero. Y dudo que a Silvia le molestara que la mirases con tanta atención. No puedo decir lo mismo de ese que nos sigue.
M. caminaba unos pasos por detrás, pendiente del móvil, mientras las notificaciones se sucedían con insistencia. La luz de la pantalla le encendía la cara a intervalos, separándolo de nosotros en pequeños fogonazos azulados.
—¡Mirad! Silvia me ha enviado un gato pidiendo cerveza… «Miaaahou». —Se rió solo—. Qué graciosa es.
Ni A. ni yo respondimos. El aire frío despejaba algo la cabeza, pero no parecía surtir el mismo efecto en todos.
—¡Esperad!
Isabel apareció corriendo detrás de nosotros, sin el abrigo puesto. A. y yo nos detuvimos; M. siguió todavía unos pasos, absorto en el resplandor de su pantalla.
—¿Qué ocurre, Isabel?
—Me da vergüenza… —dijo sin aliento—. Mi tía y Silvia se han disgustado.
Dicen que es una locura y han intentado convencerme de que me quede.
Pero me aterra pasar otra noche en esa habitación.
Son demasiados recuerdos. ¿Podría…? —miró a A.
— ¿Podría dormir esta noche en vuestra casa? Solo esta noche.
Preferí dejar que A. respondiera.
—Claro. Si te sientes más tranquila, no hay problema.
El móvil de M. volvió a vibrar con una cadena de mensajes. Caminaba ya hacia nosotros sin apartar la vista de la pantalla.
—Isabel, Silvia dice que vuelvas ahora mismo.
No me enorgullece lo que hice a continuación. Advertí que M. seguía bajo el mismo velo que nos había enturbiado a todos, y aun así decidí empujar justo por ahí. La necesidad de sacarla de allí pesó más que el escrúpulo. Lo tomé aparte unos pasos.
—¿No lo ves? —le dije en voz baja—. Si cedes ahora mismo, quedas a sus pies. Déjala venir. Que Silvia no piense que basta un mensaje para ponerte a obedecer.
No añadí más. No hacía falta. M. dudó apenas un segundo, mirando la pantalla con la ansiedad de quien espera que otro decida por él, y luego alzó la voz con un tono despreocupado:
—Bueno… que se quede. Mañana hablamos.
El resplandor del móvil se alejó otra vez calle abajo.
A. y yo acompañamos a Isabel de vuelta a la casa para recoger lo imprescindible. En el zaguán nos esperaban Violeta y Silvia. Había inquietud en sus rostros, aunque procuraban contenerla.
—Vamos, niña —dijo Violeta, con un suspiro a medio camino entre el reproche y la resignación—. Menudas ideas tienes.
Silvia y Violeta se apartaron un poco para dejarnos pasar.
Isabel entró primero, seguida de cerca por su tía.
Vi que A. hacía ademán de imitarla, quizá para continuar la conversación a cubierto, pero lo detuve sujetándolo del brazo.
No quería que volviera a cruzar aquel umbral y se entregara otra vez a esa docilidad pesada que la cena había dejado en nosotros.
Necesitaba que mantuviera la cabeza fría.
Desde el interior nos llegó la voz de Isabel, elevada, mientras subía por la escalera.
—¡Lo he decidido, tía! Si queréis que pase más tiempo aquí, tengo que ir venciendo mis miedos poco a poco. ¡Esta casa me trae demasiados recuerdos de aquella noche!
No tardó en reaparecer Violeta en la puerta, visiblemente contrariada. En ese punto, creí conveniente intervenir.
—Mira, Silvia, si quieres puedes venir a dormir a casa con ella. No habría problema. Me ha parecido ver que el sofá del salón se hace cama.
Antes de que nadie respondiera, Isabel atravesó el recibidor como una exhalación, pasó entre su tía y su prima y salió a la calle con una pequeña bolsa de viaje en la mano y el abrigo bajo el brazo.
La luz del recibidor incidía en oblicuo sobre el relieve del lobo tallado en la hoja de la puerta, proyectando sombras deformes sobre la madera.
Volví a sentir un escalofrío al reparar en lo inquietantes que me resultaban aquellos guardianes de la casa.
Silvia y Violeta ocupaban de nuevo el umbral, sin dar el paso a la calle y sin ocultar del todo el disgusto.
Cuando Silvia respondió a mi propuesta, su voz dejó oír una decepción apenas contenida, más triste que airada.
—No es eso, E. Sé que allí estará bien. Es solo que me duele que, después de tanto tiempo sin pisar la casa, prefiera marcharse a pasar la noche fuera por algo así.
—¡Hecho, entonces! —Isabel terminó de abrocharse el abrigo—. Nos vemos mañana.
Por segunda vez aquella noche vimos cómo la niebla iba tragándose la casa y a sus dueñas a medida que nos alejábamos.
A. e Isabel caminaban delante, bromeando sobre las discutibles dotes de anfitrión de M.
Me sorprendió advertir el repentino cambio sufrido por la chica: volvía a mostrarse ligera y despreocupada, igual que la noche anterior.
Al pasar junto a la verja de la iglesia, no pude evitar interrumpirlos.
—No lo entiendo, Isabel. ¿No te inquieta caminar ahora en la niebla?
A. me lanzó una mirada que bastó para señalar la torpeza de mi pregunta. Isabel se limitó a encogerse de hombros.
—Es raro, sí. A lo mejor lo que necesito es asociar la niebla a algo distinto. Crear recuerdos nuevos. Y quizá hacerlo con gente que no sea mi familia ayude. Pero no… ahora mismo no tengo miedo. Estoy tranquila. O, al menos, más tranquila que allí.
Media hora más tarde, resueltos los arreglos domésticos, me acosté junto a M. , que seguía pendiente del móvil. Isabel dormía en la habitación contigua.
—Qué complicado lo hace todo Silvia —murmuró—. Está haciéndose la dura. Me ha dicho que o cojo a Isabel y la llevo de vuelta ahora mismo, o que me olvide de ella.
Le di una palmada breve en la pierna.
—Déjalo. Si quiere poner condiciones, que las ponga. Ahora apaga el móvil y duerme. No todo se resuelve respondiendo al instante.
No añadí más. El cansancio empezaba a pesar y la casa guardaba un silencio tan completo que ni los muros crujían con el cambio de temperatura. Aquel panteón, gélido como siempre, ni siquiera se había dignado templarse.
M. obedeció sin discutir y dejó el móvil cargando sobre la mesilla. Durante unos minutos aún vibró varias veces, insistente, como si algo al otro lado reclamara respuesta. No se movió.
Tardé en dormirme. El sueño, esa noche, no llegaba con la facilidad de otras veces. Cuando al fin lo hizo, fue más por agotamiento que por calma.