CAPÍTULO XI
CAPÍTUL O
XI
Violeta terminó de servir los cafés y, cuando el silencio dejó de pesar tanto, retomó la palabra.
A Isabel se la veía algo más serena. Con los cambios de platos y el ir y venir alrededor de la mesa, había acabado sentada más cerca de A.
; sus brazos se rozaban cada vez que alguno de los dos movía la copa o buscaba el cubierto.
—Cuando terminé de hacerles unas tortillas francesas y noté que no volvían, decidí salir a buscarlas.
Justo estaba cerrando la puerta cuando Silvia prácticamente me arrolló.
Venía muy alterada. Decía que había visto a Isa salir corriendo hacia el interior del pueblo.
Al principio pensó que era una broma más y que volvería enseguida, pero, después de esperar un buen rato, se puso a buscarla y no la encontraba por ninguna parte.
Hizo una pausa breve.
—La niebla ya se había cerrado del todo. Entonces sí empecé a preocuparme. Pensé que podía haberse desorientado y haber acabado en el barranco de la Dehesa. No hay precipicios, pero sí desniveles y piedras sueltas… Me angustiaba que se hubiera caído y hecho daño.
Bebió un sorbo de café. No parecía estar defendiéndose de nada. Contaba los hechos con la serenidad de quien los ha repetido muchas veces, quizá demasiadas.
—Al pasar por detrás del colmado de María Elena oímos un gemido. Era un sonido raro, como si viniera de debajo de nuestros pies. La llamamos varias veces y no respondía. Pero Silvia dio con ella.
Se inclinó un poco hacia delante, apoyando las manos en la mesa.
—Bajo esa casa existe un aliviadero para las aguas de lluvia. Una tubería estrecha, no más de cuarenta o cincuenta centímetros de diámetro. En tormentas fuertes baja por ahí un torrente que desemboca en el barranco. Desde dentro de esa tubería se oía el llanto.
Miró un instante a Isabel.
—Estaba bastante adentro. Por más que la llamaba, no reaccionaba.
Al final tuve que pedirle a Silvia que se metiera ella y la sacara, aunque fuera a rastras.
Tras un buen rato, alternando ruegos con algún que otro tirón, Isa dejó de resistirse.
Entre las dos logramos sacarla de allí. Venía empapada, sucia y temblando.
Violeta suspiró.
—Y así fue como me llevé a mis dos niñas de vuelta a casa.
La explicación era clara. Ordenada. Casi maternal. Y, sin embargo, algo no terminaba de ajustar.
Miré a Isabel.
—No quiero incomodarte, pero quizá prefieras contarlo con tus propias palabras.
—¿Qué te asustó tanto, Isabel? —añadió A. , con una voz más firme que antes.
Isabel mantuvo la vista baja unos segundos.
—Desde que vi… aquello… salir tras Silvia, tengo lagunas. Recuerdo que corría a trompicones por el pueblo. A veces la niebla se abría un poco; otras se cerraba hasta no dejarme ver nada. En esos momentos… —se llevó una mano a la sien— entonces oía una voz.
No miró a nadie al decirlo.
—No sé de dónde venía. Era como si hablara dentro de mi cabeza. Me decía cosas. Creo que me llamaba.
Tras esas palabras, en la mesa se hizo un silencio compacto.
—Cuando eso pasaba, me quedaba sin fuerzas.
Me sentía agotada, como si hubiera corrido durante horas.
Y luego, si la niebla clareaba un poco, la voz se volvía más débil y el miedo regresaba con tanta intensidad que echaba a correr otra vez.
No sé cómo explicarlo… A ratos volvía en mí, y a ratos no. Todo el tiempo era así.
Hizo una pausa breve, no para ordenar el recuerdo, sino para reunir valor antes de tocar la parte más oscura.
—Después recuerdo un sitio oscuro y húmedo. Olía mal. Tenía tanto miedo, que me metí allí dentro sin pensarlo. La voz… —dudó— parecía querer sacarme. Sentía tirones, dolor. Pero son recuerdos muy confusos.
Hizo un gesto vago con la mano.
—Y de pronto noté agua en la cara. Eso me despejó. Vi a mi tía y a Silvia junto a mí. Me llevaron a casa.
—Es verdad —intervino Silvia, más serena—. Cuando por fin te saqué empezó a llover. Y eso sí que fue raro. Yo nunca he visto aquí llover en medio de una niebla tan cerrada.
Lo dijo sin buscar misterio, con la extrañeza práctica de quien aún conserva un detalle que nunca ha terminado de encajar.
A continuación, Silvia miró alrededor, con un punto de desafío.
—Ya habéis oído la historia. ¿Tengo o no motivo para enfadarme? Mil veces la he invitado a volver y siempre se niega porque dice que teme encontrarse aquí con lo mismo de entonces. Menos mal que esta vez la hemos convencido.
No supe qué responder. Nada en el relato obligaba a creer en nada extraordinario: una niña asustada, un juego en la oscuridad, una sugestión alimentada por cuentos viejos.
La voz podía ser fruto del miedo, retroalimentado en la niebla; los tirones, las manos de su prima y de su tía tratando de sacarla del aliviadero.
Y, sin embargo, la noche anterior yo mismo había creído distinguir una sombra en la calle.
No me atreví a decirlo. Lo que sí me costaba ya era fingir que todo aquello —la mesa, la bebida, la música, la placidez forzada de la cena— no había obrado sobre nosotros de un modo que el vino, por sí solo, bastara a explicar.
La piedra me había devuelto a mí mismo con demasiada brusquedad para que pudiera reducirlo todo a una impresión pasajera.
Antes de que el silencio se volviera incómodo, M. intervino. Su desconexión era tan completa que por un momento me pareció ajeno a la habitación.
—Lo soñaste. Todo eso fue un sueño. Aunque hay sueños… —miró a Silvia con una torpeza que no parecía del todo suya— de los que uno no tendría demasiada prisa por despertar.
Ella le recompensó con un beso leve en la mejilla. M. cerró los ojos un instante, satisfecho, y aquella satisfacción me produjo más inquietud que vergüenza ajena.
Perfecto. A partir de ahí, cualquier cosa que yo dijera sonaría ponderada por contraste. Ya tenía preparada una intervención que concedía lo justo antes de enfriar un poco las cosas, cuando A. volvió a adelantarse.
—Yo creo a Isabel. Que no sepamos qué fue no significa que no pasara algo.
La frase cayó con una gravedad que no terminaba de corresponderse con la escena. Me desconcertó. No tanto por el contenido como por la convicción con que la pronunció. Algo en él parecía haber encontrado, al fin, un punto firme al que sujetarse.
No estaba seguro de que aquello ayudara a Isabel.
Darle a su recuerdo un cariz terrible podía hacerle tanto daño como negárselo.
Quizá lo único saludable fuera permitirle pensar que todo había sido fruto de una imaginación desbordada.
Y, aun así, otra parte de mí empezaba a preguntarse por qué Violeta y Silvia parecían moverse en aquella atmósfera con una soltura que ninguno de nosotros conservaba ya.
No llegaba a sospechar nada concreto, pero esa misma imposibilidad de precisarlo me inquietaba más .
Violeta intervino con serenidad, aunque en la voz asomó una dureza tenue que no le había oído hasta entonces.
—No hay nada que quiera más que a mis niñas.
Si hubiera sospechado que corrían el menor peligro, no habría vuelto a traerlas aquí ni les habría permitido regresar nunca.
Isabel vivió algo muy angustioso, eso no lo niego.
Pero era una niña, y los miedos de la infancia a veces arraigan de un modo que luego cuesta deshacer.
Isabel la miró de reojo.
—Te pedí que me llevaras con mis padres. Y tú me decías que tenía que quedarme hasta el domingo.
—Lo sé, y te pido disculpas por ello, Isabel —respondió Violeta tras un breve silencio—.
No supe medir lo mucho que te había afectado.
Pensé que, al amanecer, todo se disiparía como un mal sueño.
Y… —vaciló apenas— también me avergonzaba devolverle a mi hermana una hija en ese estado, llorando, fuera de sí.
Cuando al día siguiente te escapaste a la cabina de la plaza y los avisaste, se presentaron aquí al mediodía.
Aquello provocó una pequeña crisis familiar.
Isabel posó la mano sobre la de Violeta.
—Perdóname, tía. Lo siento. Creo que A. tiene razón.
Si el aludido no hubiera seguido todavía medio atrapado por aquella atmósfera, quizá habría advertido la intensidad de la mirada que Isabel le dirigió en ese instante.
—Cuando acepté venir el jueves pensé que ya era una mujer adulta y que podría enfrentarme de una vez a mis miedos. Pero parece que aún no estoy preparada. Ver de nuevo la niebla en Valdeolivas, caminar por estas calles en una noche tan parecida… ha removido cosas que creía superadas. Anoche…
Silvia le lanzó una miguita de pan, sin dureza.
—Sí, guapa. Menuda nochecita nos has dado. Mira las ojeras.
M. no dejó pasar la ocasión.
—¿Qué ojeras? Si estás guapísima.
Decidí no intervenir. La escena volvía a deslizarse hacia una ligereza que no terminaba de encajar con lo que se estaba diciendo.
—¿Qué ocurrió anoche? —preguntó de nuevo A. , esta vez con una atención más limpia, menos perdida.
Isabel tardó en responder.
—La voz volvió. La misma voz de entonces. Me dormí enseguida, eso sí, pero me he despertado agotada. Como si hubiera pasado la noche en vela… o en algo parecido a un trance. Ni dormida del todo ni despierta.
Miró a Silvia.
—Mi prima dice que he estado hablando y gritando en sueños.
—Entré varias veces en su habitación —añadió Violeta—. Y también Silvia. Estaba profundamente dormida, pero muy agitada. Hablaba; a veces gritaba. Cuando intentábamos tranquilizarla no despertaba del todo, aunque al menos se calmaba un rato. Luego volvía a empezar.
Isabel se sonrojó.
—Perdonadme. Os quiero mucho, lo sabéis.
Después alargó la mano hacia su tía, y Violeta se la apretó un instante por encima de la mesa. Silvia, desde el otro lado, rozó apenas el hombro de su prima. No fue una escena melodramática, pero bastó para dar el asunto por zanjado.