Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO X
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CAPÍTULO X

CAPÍTULO

X

Nada había cambiado y, sin embargo, todo era distinto. Poco a poco fui tomando conciencia de la enajenación en la que había estado sumido y empecé a mirar cuanto me rodeaba con una claridad nueva.

Violeta, al otro lado de la mesa, seguía sonriendo con esa seguridad suya que llenaba el espacio.

Silvia continuaba inclinada hacia M. , entregada a su juego de confidencias y risas bajas; de vez en cuando, sin embargo, se volvía también hacia mí para preguntarme si había probado tal o cual bocado.

Yo respondía con cortesía, agradeciendo la atención, pero algo se había reajustado por dentro.

Ante mí ya no estaban la mujer que parecía ordenar el salón con una sonrisa ni Silvia convertida en centro de gravedad de cuanto sucedía a su alrededor.

Violeta volvía a ser Violeta. Y Silvia, simplemente, Silvia.

Quienes no parecían haber regresado del todo a sí mismos eran A.

y M. El primero comía y bebía en silencio, con una mirada oscilante entre la distracción y un malestar que no parecía saber dónde colocar.

M. , ajeno a todo lo que no fuera su intimidad con Silvia, persistía en una actitud cada vez más exhibida, como si necesitara confirmar ante todos la escena que estaba construyendo.

Las chicas se levantaron para retirar los platos y regresaron poco después con una fuente de cordero asado cuyo aroma templó la estancia.

—Es un cordero estupendo —comentó Violeta, incorporándose para servirnos—. Lo compramos directamente en un matadero de aquí cerca. Más fresco, imposible.

Yo seguía tratando de ordenar lo que acababa de suceder dentro de mí. Como ni M. ni A. parecían en disposición de sostener la cortesía mínima exigible a unos invitados, me correspondió asumirla.

—Tiene un aspecto y un aroma excelentes.

Probé un trozo de carne, aromatizada con romero y tomillo, y después un poco de la ensalada que la acompañaba. Me sorprendió su amargor, firme pero no desagradable.

—Es una receta antigua de mi tía —explicó Isabel cuando lo comenté—. Dejan que la lechuga crezca un poco más para que amargue, y le añaden rábano picante. Con el cordero funciona bien.

Se esforzaba por sonar natural. Ahora que la miraba sin el velo anterior, advertí mejor el cansancio que le afilaba los rasgos. Había en ella una fragilidad difícil de precisar. No era solo agotamiento.

Sentí de nuevo el impulso de protegerla, y esa misma nitidez me incomodó: no tenía derecho a convertir su miedo en una misión propia ni a imaginar que mi cercanía bastaba para ampararla de algo que ninguno de nosotros comprendía todavía. Me obligué a mantener la compostura.

—Tienes mala cara, Isabel —dije en voz baja—. ¿De verdad estás bien?

Isabel miró un instante a su tía, que le había tomado la mano con un gesto tranquilo, de una naturalidad doméstica.

No parecía un gesto destinado a calmarla, o no solo a calmarla; también la mantenía allí, sujeta a la mesa y a algo que ninguna de las dos parecía dispuesta a nombrar todavía.

Era evidente que aquella no era una conversación nueva entre ellas.

—Serán los recuerdos que me trajo la niebla —dijo al fin—. Me afectaron más de lo que pensaba. Anoche lo pasé fatal… y me parece que tampoco dejé dormir mucho a mi tía ni a Silvia.

—¿Qué pasó aquella noche, cuando eras niña?

Me sorprendió oír a A. Su voz, algo adormecida, emergió de pronto con una neutralidad extraña, pero la pregunta no sonó indiferente. Si seguía bajo el mismo velo que nos había envuelto a todos, le había costado un esfuerzo real atravesarlo.

Silvia intervino enseguida, con la clara intención de retomar la discusión exactamente donde la habían dejado la noche anterior.

—Más bien qué creyó ver. Porque yo también estaba allí con ella y, desde luego, nuestros recuerdos no coinciden en nada.

Isabel no parecía con fuerzas para llevarle la contraria. Asintió apenas, rendida.

—Yo tendría ocho o nueve años. Vivía en Madrid con mis padres.

Un viernes por la tarde mi tía nos recogió a Silvia y a mí para pasar el fin de semana aquí.

La casa entonces no era como ahora. Era la típica casa de pueblo sin reformar, pero a nosotras nos encantaba venir porque aquí éramos libres… y mi tía no nos controlaba demasiado.

—Sí, lo pasábamos bien —confirmó Silvia, concediendo solo lo justo.

Los recuerdos compartidos parecieron aflojar por un momento la tensión entre ambas. Incluso Violeta se permitió un matiz de ternura.

—Eran buenas niñas, fáciles de llevar. Y, como yo nunca quise tener hijos, ellas lo han sido todo para mí.

Mi madre acababa de entrar en la residencia de Alcocer, aquí cerca.

La casa se me quedó vacía, para mí sola, y me venía bien vivir a caballo entre Guadalajara y Valdeolivas.

Además, las crías estaban encantadas de pasar el día por ahí sin que nadie les anduviera detrás. Eran otros tiempos, claro.

Hice un cálculo rápido. Por la edad que aparentaba Isabel —veintiséis, veintisiete a lo sumo— aquello no podía remontarse más allá de diecisiete o dieciocho años.

El mundo de entonces, salvo por la ausencia todavía general del teléfono en el bolsillo y por una internet que apenas asomaba, no era tan distinto.

Quizá lo que llamamos «otros tiempos» no sea más que el modo en que los adultos disculpan la ligereza con que recuerdan sus propias imprudencias.

—Se nos pinchó una rueda a la altura de las curvas de Pareja —prosiguió Isabel—.

Entre que avisamos y llegó la grúa, ya era de noche.

Era invierno; me acuerdo de estar muerta de frío dentro del coche, esperando.

Cuando por fin cambiaron la rueda y llegamos aquí, sería la hora de cenar.

La casa estaba helada, y hacía tanto frío dentro como fuera.

Mi tía nos dejó salir un rato a la calle mientras encendía la chimenea y la caldera y preparaba algo de cena.

Hizo una pausa, reuniendo fuerzas, o quizá decidiendo por dónde volver a entrar en aquel recuerdo.

—Dejamos las cosas en el cuarto donde dormíamos juntas y salimos a dar una vuelta. En noches así, con el pueblo medio desierto, bajábamos a menudo al arco de Molina, una de las puertas de la muralla que cae cerca del río, junto a la fuente vieja de los Tres Caños.

Silvia se removió en la silla; Isabel no la miró.

—Nuestro juego era sencillo. Nos gustaba ponernos a prueba.

Una se quedaba junto a la última farola, al lado del arco, y la otra se metía en la oscuridad por el camino y dejaba algo en el suelo…

la prenda, como la llamábamos. Cuando volvía, le tocaba a la otra internarse, llegar hasta donde estaba la prenda, recogerla y regresar. Luego cambiábamos.

Bebió un sorbo de agua.

—Ahora sé que Silvia, que era mayor, muchas veces me dejaba ganar. Pero allí nos pasábamos el rato. Y no era solo por la oscuridad del campo. También estaba el cuento que contaban los mayores para asustar a los críos cuando nos juntábamos en verano bajo los arcos de la plaza.

Su voz bajó un poco, sin buscar efecto.

—Decían que en las noches más oscuras del año era mejor no ir sola, porque en cualquier rincón podía esperarte la Tuerta.

Una mujer a la que se le murieron las hijas y acabó perdiendo el juicio.

Desde entonces, decían, andaba por ahí. Y si veía a una niña sola… la agarraba y se la llevaba a rastras.

Violeta la interrumpió entonces y le tomó la mano.

—Ese cuento, o uno parecido, también lo escuché yo de pequeña.

No sé si hoy seguirá circulando entre los chavales.

El origen no lo conozco, pero es antiguo: ya lo contaba mi madre.

Isa, cariño, te juro que nunca he oído que la Tuerta —o la Olismera, como la llamábamos nosotras— se haya llevado a nadie a ninguna parte…

Sonrió, con un destello pícaro que parecía buscar menos la risa que el alivio.

—Bueno… salvo Ricardo, el hijo del panadero, que una noche me llevó detrás de los molinos porque decía saber dónde se escondía la Olismera. Lo único que encontramos fue frío, barro y a mi padre buscándonos con una linterna. Pero esa ya es otra historia.

Isabel sonrió apenas, cansada, y continuó.

—El arco de Molina está en la parte baja del pueblo, donde el barranco de la Dehesa pierde hondura, y cuando llegamos a la puerta… ya estaba subiendo.

Se interrumpió. La palidez le invadió de golpe, borrándole de la cara aquel mínimo descanso que la broma de Violeta le había concedido. Parecía ausente. Estuve a punto de preguntarle quién era el que subía, pero ella misma retomó el hilo.

—La niebla. Fue igual que ayer. Empezó a levantarse desde el río y a meterse por el pueblo, despacio, hasta cubrir cada esquina. A mí entonces no me asustaba. Al contrario. En el centro de Madrid casi nunca la veía así de espesa. Aquello… esas gotitas… podías apartarlas con la mano. Me divertía.

Tragó saliva, buscando una palabra que no le llegaba .

—Llegué a pensar que era un truco. Que, si corría lo bastante, atravesaría ese muro blanco y habría… otra cosa detrás.

—Eso es culpa mía —intervino Silvia con una sonrisa breve—. Me encantaba llenarte la cabeza de trolas.

Isabel no le siguió el gesto.

—Empezamos a jugar. Repetimos el reto tres o cuatro veces y la niebla ya era una pantalla compacta. Y en vez de asustarme, me… —se detuvo un instante— me animaba, porque al meterte por el camino no veías nada y tenías que orientarte a tientas. Así el juego se volvía más emocionante.

Apoyó la punta del tenedor en el mantel, sin parecer advertirlo.

—Esa vez le tocaba a Silvia dejar la prenda. Echó a andar por el camino y, antes de tres segundos, dejé de ver su abrigo rosa abriéndose paso en la oscuridad.

Silvia alzó un dedo, incapaz de resistirse.

—¡Me acuerdo del abrigo! Era de Las Supernenas, que estaban por todas partes entonces. En la espalda salían Bellota y Burbuja volando, así…

Hizo el gesto con la mano, ligero e infantil, con esa alegría inoportuna de quien se agarra a un detalle para no entrar en lo demás.

A M. se le escapó una risita que me resultó fuera de lugar. Isabel estaba reuniendo valor para contar algo que la había marcado, y mi amigo parecía incapaz de apartar la vista de cualquier gesto de Silvia, como si no hubiera nada más en la habitación.

Yo ya no podía fingir que no lo veía. Algo raro nos estaba pasando, algo que parecía afectarnos solo a nosotros tres.

No quise darle nombre. Y aun así mi pensamiento fue directo a Bente.

No por certeza, sino por costumbre: cada vez que la realidad se torcía, mi cabeza acudía a ella con la obstinación de quien busca un origen único para lo incomprensible.

La piedra seguía en mi bolsillo. Sentí, sin tocarla, su presencia: un peso mudo.

—¿Qué pasó después?

Me sorprendió la voz de A. Tenía un tono llano, impersonal, y aun así la pregunta sonó a amarre. Vi que Isabel se aflojaba un poco al oírlo, como si hasta ese momento hubiera echado de menos un apoyo concreto.

Isabel se quedó un instante mirando el mantel, hasta que consiguió seguir.

—Nada más ver a Silvia desaparecer en la niebla, vi pasar algo delante de mí. Me dio un miedo… —buscó aire—. Justo a mi derecha, donde subía una rampa desde la fuente, apareció una sombra alta, demasiado estrecha.

Sus dedos se cerraron sobre el borde del mantel.

—No era una persona. No se movía como una persona. Era una figura empujada por la niebla, arrastrada por ella. Y lo raro es que no corría nada de aire.

Hizo una pausa, obligándose a seguir.

—De pronto cambió de dirección y tomó el mismo camino por el que se había ido Silvia.

Se le quebró la voz, pero no lloró.

—Juro que intenté gritar, con todas mis fuerzas. No podía. Del miedo apenas me salía aire; solo un hilito, un silbido agudo que oía yo nada más. No fui capaz ni de correr tras ella ni de volver a casa para avisar a mi tía. Me quedé allí, agarrotada bajo el arco, soltando ese ruido inútil.

En ese punto la interrumpió Silvia.

—Ay, hija… cuántas veces tengo que decirte que ni vi a nadie ni nadie se me acercó —replicó, sin alzar la voz—.

Yo solo sé que, cuando dejé en el suelo el bote que usábamos de prenda y volví al arco, tú estabas allí en una postura rarísima, con las manos agarradas a la cabeza y la boca abierta.

Y en cuanto me viste, abriste todavía más los ojos, pegaste un chillido que debió de oírse en Salmeroncillos y echaste a correr calle abajo .

Hizo un gesto breve con la mano, no tanto para negar el recuerdo como para devolverlo a una escala manejable.

—Al principio pensé que era una de las tuyas.

Que estabas intentando asustarme. Así que me quedé allí, sin seguirte el juego, esperando a que volvieras cuando vieras que no me habías engañado.

Pero cuando empezó a pasar el tiempo, entonces sí me asusté de verdad.

Para algo era la mayor. Y la responsable.

M. se removió, tocado quizá por aquella última palabra. Abrió la boca con esa necesidad suya de meterse donde no lo llaman.

—Siempre cuidando de todos, ¿eh? Eres… no sé. Eres increíble.

No dijo más, aunque por la expresión embobada con que miraba a Silvia habría podido seguir humillándose un buen rato.

A mí, en cualquier caso, me bastó para sentir una incomodidad seca e inmediata.

No sonaba a M. , o no del todo. Sonaba a alguien esforzándose por decir justo aquello que ella esperaba oír.

Violeta, que no perdía nunca del todo el pulso de la mesa, cortó con suavidad:

—Bueno, niñas. ¿Por qué no retiramos ya los platos y servimos el postre?

Lo dijo con una dulzura práctica, sin urgencia, pero el relato de Isabel quedó apartado de la mesa con la eficacia de algo que estorba y se retira a tiempo.

Nos levantamos todos, salvo M. , que, después de que Violeta le impidiera a tiempo volcar la salsa del cordero sobre el mantel —y sobre medio comedor—, fue discretamente enviado a elegir un disco.

En pocos minutos, entre idas y venidas, los platos desaparecieron, las copas fueron reemplazadas y una tarta de manzana —con un aroma tibio de canela y un fondo apenas cítrico— ocupó el centro de la mesa junto a nuestros pasteles y una botella de cava .

Desde el tocadiscos comenzó a sonar la elección de M.

: El pájaro de fuego , de Igor Stravinski.

Las primeras estridencias me parecieron poco adecuadas para una sobremesa que hasta entonces había conservado cierto equilibrio.

Pensé, no sin ironía, que quizá nos habría sido más útil dejarlo derramar la salsa que confiarle la música.

Al cabo de unos compases me asaltó otra idea.

No creí que M. hubiese elegido el disco por afinidad musical ni por la carátula vistosa.

La incomodidad venía de otra parte: recordé vagamente el argumento del ballet: un jardín encantado, un hechicero inmortal, unas princesas cautivas.

No supe si tomarlo por coincidencia o achacarlo, una vez más, a mi inclinación a advertir señales donde tal vez no hubiera más que azar.