CAPÍTULO IX
CAPÍTULO
IX
Hubo un instante de tregua. Duró exactamente lo que tardó Silvia, radiante y dueña del umbral, en sostener la puerta y dejarnos pasar. En cuanto la cerró, los lobos volvieron a enfrentarse: fauces abiertas, cuerpos tensos, la misma amenaza detenida en la madera.
Aquella maldita puerta me ponía los pelos de punta, pero admito que la presencia de Silvia bastó para apartarme, por un momento, de los lobos y de sus presagios.
Al verla de cerca, incluso se me aflojó en la cabeza el recuerdo insistente de Bente.
Silvia era atractiva, sí, pero aquella noche había en ella algo más difícil de precisar: una seguridad cálida, inmediata, que no reclamaba atención porque parecía recibirla de antemano. Obligaba a mirarla más de lo prudente.
Vi enseguida que no era solo cosa mía. M.
, al decirle cualquier tontería, se trabó de tal forma que Silvia tuvo que preguntarle tres veces «¿qué?
» antes de entender que quería saber dónde podíamos dejar los abrigos.
A. , por su parte, caminaba delante de mí con la vista fija en ella y terminó tropezando con un paragüero; estuvo a punto de llevarse también por delante un antiguo aguamanil de porcelana colocado en un rincón del recibidor.
Silvia se volvió al oír el golpe, sonrió sin sorpresa y siguió guiándonos hacia el interior, como si hubiera contado desde el principio con nuestra torpeza .
La casa no podía ser más distinta de la de M.
A medida que nos internábamos, el contraste se hacía más evidente.
Los suelos antiguos de madera, los techos altos y las antigüedades —obras de arte escogidas con gusto— alternaban con objetos rústicos sin estridencia, y todo componía un calor doméstico que a cualquiera le habría resultado deseable.
Nada parecía colocado por azar. Ni siquiera lo sencillo parecía del todo casual.
No tardamos en llegar a una pieza amplia donde nos esperaba una mesa vestida con manteles blancos, sobre la que ardían varias velas, colocada a la distancia justa de un fuego que templaba la sala sin asfixiarla.
Sobre la chimenea presidía la estancia un retrato grande y magnífico de Violeta: más joven, más hermosa, con un cigarrillo en la mano, mirándonos con descaro amable desde detrás de una máquina de escribir esquinada en un escritorio atestado de papeles y diarios.
No era solo un retrato: era una versión de sí misma conservada allí para seguir ocupando la habitación aun cuando ella callase.
La Violeta real, sentada en una butaca junto al fuego, nos sonrió y se levantó para darnos la bienvenida.
—Me lo hizo Enrique Segura, un entrañable amigo de aquellos años —comentó al advertir que los tres nos habíamos quedado mirando el retrato.
A. , que debía de conocer al autor, arqueó apenas las cejas.
—¿El retratista? Vaya.
Satisfecha por el efecto, Violeta nos condujo hacia el sofá y los sillones dispuestos junto al fuego, mientras Silvia nos servía vino blanco.
No entiendo de vinos; me limito a saber si algo me agrada o no.
Pero no hacía falta una nariz experta para comprender que aquel no procedía del Super López de Sacedón, donde nosotros habíamos comprado nuestras botellas por mera cortesía.
Tal vez suene a folletín, pero no encuentro otra manera de decirlo: cuando había terminado buena parte de la copa, el vino —dorado, fragante— me había templado los miembros y suavizado algo por dentro.
Desde algún rincón de la sala, Ray Charles cantaba una de esas canciones de amor que parecen inventadas para confundir nostalgia y rendición.
Y durante unos minutos no quedó en mí rastro de angustia, ni siquiera del desgarro reciente.
Era como si aquel salón, aquella luz medida, hubieran suspendido el peso de los últimos días.
Me sentía tranquilo. Agradecido, incluso, por estar allí, por la conversación atenta de Violeta, por la presencia cercana de Silvia.
La casa no nos había recibido: nos había colocado en el lugar exacto donde convenía que estuviéramos.
Y, sin embargo, en medio de aquella placidez demasiado bien compuesta, había un hueco cuya ausencia solo advertí cuando ya fue imposible no hacerlo.
Si he de ser honesto, hubo un detalle que empezó a enturbiar aquella calma.
Silvia se había sentado junto a M. con una naturalidad que rozaba la intimidad.
Girada hacia él, se había arreglado la falda para cruzar la pierna y apoyar la rodilla sobre la suya.
M. , lejos de mostrarse incómodo, sonreía con esa satisfacción algo infantil que le asoma cuando se sabe observado.
Lo inquietante no era el gesto en sí, sino la rapidez con que parecía haber aceptado aquel lugar dentro de la escena.
Se inclinaba hacia ella y le susurraba algo al oído; Silvia respondía con una risa baja, contenida.
No tardó en pasarle el brazo por los hombros y dejar reposar la mano —la que sostenía la copa— sobre la curva oscura de su media.
No fue un gesto escandaloso, ni siquiera inequívoco. Pero bastó para que algo en mí se tensara de forma incómoda. Había en aquella cercanía una facilidad demasiado limpia, una confianza nacida sin tiempo suficiente para haber nacido de verdad.
Por lo que podía advertir, A. también parecía haberse abandonado a aquella placidez cercana a la felicidad.
Arrellanado en el sillón —más de lo que el decoro aconsejaría— bebía a pequeños sorbos y alternaba la atención entre Violeta, que llevaba el hilo de la conversación con soltura, y Silvia, cuya presencia seguía ordenando la sala incluso cuando no hablaba.
Los zapatos bajos, el vestido negro y el pañuelo anudado al cuello le daban un aire beatnik que, lejos de restarle, acentuaba su atractivo.
—¡Oh, aquí está mi niña! —exclamó de pronto Violeta—. La pobrecita ha pasado una noche horrible y no ha pegado ojo. ¿Estás mejor, cariño?
La aludida entró en ese momento en la sala, y creo que ni A.
ni yo habíamos pensado en ella hasta entonces.
El hueco que yo había sentido en aquella placidez tenía nombre, y acababa de cruzar la puerta.
De M. ni hablo: estaba tan concentrado en las atenciones de Silvia que apenas levantó la vista cuando Isabel nos saludó con voz cansada.
Venía vestida con la misma sencillez que la noche anterior: unos vaqueros y una camisa blanca fina, ahora sin la viveza ligera con que la habíamos visto al llegar.
La trenza oscura le caía sobre el hombro, algo menos tirante que entonces, y en los ojos color miel —todavía hermosos, todavía atentos— se notaba el cansancio de una mala noche.
Hubo en mí un leve sobresalto al verla sentarse junto a A.
No era solo la fatiga que le velaba el rostro.
La noche anterior me había parecido una muchacha hermosa, vivaz, inteligente, dueña de una frescura que atraía sin proponérselo.
Ahora, al mirarla, sentí una punzada difícil de explicar.
No era desagrado exactamente; era una resistencia seca, instantánea, una nota discordante en una música que hasta hacía un momento me había parecido perfecta.
Algo en su expresión —tal vez la tensión acumulada, tal vez otra cosa menos fácil de nombrar— me produjo un rechazo instintivo.
Fueron los años de trato social los que me empujaron a articular unas palabras corteses, interesándome por su estado.
—¿Estás enferma, Isabel? ¿Te ocurre algo?
Negó con la cabeza.
—No. Es solo que anoche…
No sabría explicar por qué, pero su voz me resultó áspera.
No porque lo fuera de verdad, quizá, sino porque en aquel salón todo parecía exigir suavidad, asentimiento, gratitud.
Su sola presencia alteraba aquel equilibrio frágil que, sin saber cómo, habíamos alcanzado junto al fuego.
Me pareció incluso que A. se desplazaba apenas unos centímetros en el sillón, lo justo para ganar distancia.
La intervención de Violeta fue inmediata.
—Bueno, ya está bien. Isa, no has probado bocado en todo el día y estás débil. Vamos a sentarnos todos. Que la comida haga su trabajo. Ya verás cómo a los postres ni te acuerdas.
Isabel asintió sin discutir. No pareció convencida; solo cansada de resistirse. Nos levantamos y fuimos ocupando los lugares que Violeta iba indicando con natural autoridad.
Silvia tomó a M. de la mano y él la siguió con una docilidad que me resultó difícil de soportar.
Sonreía con una expresión satisfecha, bobalicona, impropia de él incluso en sus peores momentos de vanidad.
No alcanzaba a comprender qué podía ver en él alguien como Silvia.
Y, para colmo, en ese mismo instante los Platters empezaron a sonar desde el tocadiscos, con una ironía tan perfecta que habría resultado grosera de no estar yo demasiado aturdido para advertirla.
—Siéntate aquí, E.
Violeta me señaló una silla que presidía la mesa desde el extremo opuesto al suyo.
A mi izquierda se sentaron A. e Isabel; a la derecha, Silvia y un M.
tan ufano que costaba mirarlo sin irritarse.
Las primas hicieron hueco para disponer una quiche recién salida del horno y varios platos de pequeños bocados cuyo aspecto competía en tentación.
La escena rozaba una perfección inquietante cuando Silvia se inclinó para servirme.
Al hacerlo, su perfume —mezcla tenue de jabón y algo más cálido— me alcanzó con claridad.
Sentí el roce leve de su cuerpo al aproximarse, apenas un contacto inevitable en un espacio compartido, pero suficiente para desordenarme por dentro .
Y, sin embargo, algo empezó a incomodarme.
No era la sonrisa complacida de M. cuando ella lo llamó «bebé».
Era otra cosa: una molestia creciente en el bolsillo del pantalón, una presión pequeña y obstinada que no encajaba con nada de cuanto llevaba encima.
Me removí apenas en la silla, procurando pasar inadvertido.
Pensé en las llaves, pero no llevaba ninguna encima; recordaba haberlas dejado en la bolsa de viaje.
La sensación fue en aumento. Temí que mi inquietud resultara visible, que Violeta o Silvia advirtieran mis movimientos torpes y me tomaran por un invitado sin compostura.
Me palpé por fuera el bolsillo: no parecía haber nada.
Tal vez una etiqueta suelta, pensé, cualquier nadería que, por el roce, se volvía intolerable.
Al final, con la mayor discreción posible, metí la mano en el bolsillo.
En cuanto la yema de los dedos rozó la forma lisa y redondeada de la piedra que Bente me había entregado en Ercávica, algo cambió de golpe.
No fue un tirón físico ni un movimiento real, pero sentí que me arrancaban de una masa espesa en la que llevaba ya unos minutos hundiéndome sin advertirlo.
Inspiré con hambre de aire, regresando de golpe a la superficie.
El salón seguía siendo hermoso, cálido, cuidadosamente dispuesto.
Pero ahora aquella belleza tenía bordes.
Las velas parecían colocadas con demasiada precisión; el fuego, medido; la música, elegida para empujar sin que se notara.
Silvia continuaba sonriendo junto a M. , aunque su cercanía ya no me pareció tan espontánea.
Y al mirar a Isabel comprendí, con una vergüenza repentina, que el rechazo que me había producido unos minutos antes no había nacido del todo en mí.
No era una nota desafinada. Era la única presencia de la sala que no terminaba de obedecer al compás impuesto por los demás.
Saqué la mano y la dejé sobre el mantel, procurando que nadie reparara en ello. La miré un instante. En la piel se marcaban, rojizas, las huellas de una presión que no supe explicarme.
Todo ocurrió tan deprisa que quise creer que, salvo el gesto de sacar la mano del bolsillo y apoyarla sobre la mesa, no había alterado ni el semblante ni el pulso.
A. , que en ese momento me observaba distraídamente, no pareció advertir nada.
Tampoco Isabel, que picoteaba la comida sin convicción.
Y de M. no cabía esperar reacción alguna: seguía absorto en su propio mundo, o en el mundo que Silvia iba cerrando alrededor de él con una paciencia sonriente.
Violeta alzó entonces la copa y me dedicó una sonrisa franca. No sé si había advertido algo en mí, o si solo escogió aquel momento porque le pertenecía. En cualquier caso, habló con la naturalidad de quien sabe devolver una mesa a su cauce.
—Brindo porque nuestra amistad sea siempre fuente de nuevos retos y nunca de aburrimiento.
Levantamos las copas. Bebimos.
M. , en cambio, tomó la de Silvia y apuró un sorbo por el borde donde quedaba la huella de su carmín, con una deliberación adolescente. Ella respondió con un gesto suave, inclinándose para rozarle el cuello con los labios, sin ocultar la complicidad.
Ya no me irritó del mismo modo. O, mejor dicho, la irritación seguía allí, pero ahora venía mezclada con otra cosa: la certeza incómoda de estar viendo a mi amigo desde fuera, sentado junto a una mujer que no parecía seducirlo tanto como acostumbrarlo, paso a paso, a obedecer una intimidad que aún no le pertenecía.