CAPÍTULO VIII #2
Entre frase y frase fui componiendo el perfil de nuestro cura.
Aupado en su día por ciertas influencias del colegio ultracatólico en el que ambos se habían formado, había iniciado una carrera prometedora en la Iglesia, siempre cerca de despachos importantes.
Sin embargo, Ramonchu pasaba por encima de aquel tramo con una ligereza calculada, y A.
tampoco parecía dispuesto a pedirle más detalles delante de nosotros.
Terminó destinado a esta zona medio despoblada de Cuenca, atendiendo varias parroquias a la vez.
También supe que había pasado años en la Universidad Hebrea de Jerusalén, especializándose en lenguas bíblicas.
Con ese currículo, resultaba difícil no preguntarse cómo había acabado diciendo misa en pueblos donde el frío parecía contar con más feligreses que él.
Ramonchu se acomodó en la silla, juntó las manos sobre la mesa y miró alrededor, transformando por un momento el bar en una pequeña aula improvisada.
—¿Sabíais que este pueblo antiguamente se llamaba Villar del Ladrón?
—Los lugareños estarían encantados, imagino —aventuró A. , mientras le pellizcaba a M. un trozo de rosquilla.
—Sin duda. Durante un tiempo pensé que el nombre tendría que ver con aquellos judíos que, tras la expulsión, se quedaron en la zona convertidos de grado o por fuerza, repartidos por pedanías y pueblos pequeños donde era más fácil desaparecer a la vista de todos.
—¿Y no es así? — M. mojó su rosquilla en el café con leche y derramó parte sobre el platillo, sin inmutarse—.
Yo sabía lo de Villar del Ladrón y los judíos y lo daba por hecho.
Me suena que hay hasta un título nobiliario con el nombre antiguo, concedido en la corte austríaca a un secretario de Carlos III.
Ramonchu se quedó un instante quieto. Luego se rascó el mentón, más por ganar tiempo que por picor, y clavó en M. una mirada nueva. Acababa de descubrirle una habitación que no esperaba encontrar allí dentro.
—No… digo, sí. Miguel de Múzquiz y Goyeneche.
Lo dijo despacio, probando el nombre.
—Le encargaron llevar a la corte austríaca a la infanta María Luisa para casarla con el que luego sería el archiduque Leopoldo II. Y debió de hacerlo tan bien que la emperatriz María Teresa lo nombró marqués. Pudo elegir la denominación: Villar del Ladrón o La Entrega. Y se quedó con el primero.
Se encogió de hombros, divertido.
—Mira tú. Quizá, si los de aquí hubieran sabido que el nombre los conectaba con una emperatriz de Austria, no habrían insistido tanto en cambiárselo en los años veinte.
Apoyó los codos en la mesa y bajó un punto la voz, recobrando un aire menos profesoral.
—De todos modos, yo creo que lo de «Ladrón» viene de más atrás y no tiene que ver con conversos. El nombre huele a otra cosa. A camino, a paso, a frontera vieja. Algún día lo averiguaré. Total, aquí tampoco es que sobren distracciones …
Se quedó un instante en silencio. Sostenía la taza con ambas manos, pero sus ojos no estaban en nosotros.
Seguían, con más atención de la necesaria, el ir y venir de Marisita mientras limpiaba una mesa cercana.
Apenas fue un segundo de más. Luego carraspeó, volvió a centrarse y la comisura izquierda de la boca se le alzó apenas.
—En fin —prosiguió—, la zona ha estado poblada desde tiempos muy antiguos.
No sé si conocéis el castillo de Maús, o castillo del Moro, aquí mismo, a las afueras.
Puede que hubiera alguna atalaya musulmana; eso no está claro.
Lo que sí se ha documentado es que allí existió un castrellum celtibérico, un pequeño castro fortificado.
—Sí, sí, nuestro M. insistió en que lo conociéramos —informó A.
—Bien hecho —aprobó, inclinando la cabeza—. Y sin alejarse mucho de aquí, a la salida del pueblo, podéis ver varias cuevas que durante generaciones se usaron como bodegas. El vino de la zona fue muy apreciado, antes de que la filoxera no dejara una vid sana en media España.
Apoyó el índice sobre la mesa, marcando el ritmo.
—En realidad, el pueblo está horadado por galerías. Muchas comunicaban entre sí. Y me atrevería a decir que no todas se destinaron únicamente a guardar vino.
La frase dejó un pequeño hueco en la conversación.
En la barra siguieron sonando las cucharillas contra las tazas, una mujer rió en voz baja al fondo del local y, sin embargo, durante un instante fue fácil imaginar otro pueblo bajo aquel: oscuro, estrecho, excavado por debajo de las casas y de las calles.
Ramonchu se inclinó un poco hacia nosotros.
—Si yo fuera uno de aquellos conversos que seguían rezando a escondidas y quisiera hacerlo sin miradas indiscretas… —se encogió de hombros— no hay mejor sitio. Pruebas no hay. Pero lugares a propósito para ello, sí .
Pensé entonces en el molino de Valdeolivas, en la cal desprendida bajo mi mano y en aquellos signos que A. había creído hebreos. Era como si, desde por la mañana, todo cuanto pisábamos tuviera otra inscripción debajo.
A. apuró el café antes de mencionarle mi hallazgo de aquella mañana.
—Ya que hablas de eso, mi amigo E. ha descubierto algo curioso en los molinos de las afueras de Valdeolivas. Mañana, si tienes un rato, te lo enseñamos.
M. , que seguía entretenido en arrastrar el dedo por el azúcar que había quedado en el plato, alzó la cabeza con fingida indignación.
—Sí, sí, claro. Corred a enseñárselo al cura. Y yo aquí, con esta finísima sensibilidad y este insaciable afán de conocimiento que me caracterizan, esperando hasta mañana sin verlo. Ésta me la apunto.
Le explicamos a Ramonchu, entre risas, el motivo del enfado.
Él escuchó sin interrumpirnos. Solo cuando mencionamos los signos grabados dejó la taza sobre el plato con mucho cuidado, como si no quisiera que el ruido cortase del todo la frase.
Después miró a A. , luego a mí, y tardó un segundo más de lo normal en responder.
Nos despedimos hasta el día siguiente, alegando nuestra cena con unas amigas de Valdeolivas. Quiso saber quiénes eran. Mencionamos primero a Violeta, suponiendo que la reconocería.
—Ah, sí, sí. La cacatúa que me desordena el archivo. Le di una llave para que dejara de aporrear la puerta —dijo, sin rastro de malicia.
La frase hizo reír a A. , pero no a mí. Después de haber visto a Violeta ordenar una mesa entera con dos gestos, no me costó imaginarla entrando y saliendo del archivo parroquial como si también aquel lugar acabara por pertenecerle.
Cuando le hablamos de Silvia, el tono cambió apenas.
—Silvia… sí, claro que la conozco. Muy guapa .
No lo dijo con ligereza de sacristía ni con entusiasmo de tertulia. Lo dijo despacio, midiendo el nombre, y durante un instante me pareció que evitaba mirar hacia la barra.
—¿Y tiene una prima, decís?
Lo preguntó con una curiosidad bastante terrenal para alguien vestido de negro, y más tarde esquivamos con cortesía su tentativa de autoinvitarse a la cena.
Lo dejamos terminando el café, inclinado hacia la barra, en conversación con Marisita sobre algún asunto doméstico —tal vez la calefacción imposible de la sacristía—, mientras afuera la noche terminaba de cerrarse sobre el pueblo.
Dentro quedaban el calor pobre del bar, las tazas, las voces bajas y aquel cura demasiado preparado para aquel destino.
Fuera, la niebla aguardaba en las calles con una paciencia que ya empezaba a resultarme familiar.