Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO VIII
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CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO

VIII

De camino a casa, M. insistió en que nos detuviéramos un rato en Villar del Infantado; aseguraba que la visita merecía la pena.

Seguimos sus indicaciones y dejamos el coche a las afueras del pueblo, junto al arranque de un camino de tierra que nos instó a tomar.

Quedaba, con suerte, una hora escasa de claridad, si podía llamarse claridad a aquella luz desvaída que la niebla dejaba pasar a regañadientes.

Aunque A. se quejaba del frío, yo sabía que, en el fondo, le gustaban aquellas incursiones, incluso con un tiempo tan desabrido.

Yo, en cambio, nunca he tenido verdadera paciencia para las piedras y podría haberme opuesto con más firmeza.

Probablemente me habrían hecho caso. Pero Bente seguía ocupándolo todo.

Llevaba la piedra negra en el bolsillo, pequeña y dura, y su peso mínimo parecía desmentir cualquier intento de volver a una tarde normal.

La echaba de menos con una intensidad física.

Pensé que caminar, aunque fuese sin rumbo claro, me haría más bien que encerrarme lo que quedaba de tarde entre los muebles sombríos de la casa de M.

Echamos a andar sin saber con exactitud adónde nos llevaba nuestro guía.

A un lado se adivinaban huertas abandonadas; poco más.

El terreno ascendía suavemente hasta una bifurcación: a la derecha, el camino continuaba ancho, rodeando un cerro que apenas llegaba a distinguirse en la niebla; a la izquierda, se estrechaba en un sendero empinado, delimitado por unas barreras de madera.

—Vamos a subir primero al castillo y luego volveremos aquí para ir a la cueva.

A. no terminaba de fiarse.

—¿Pero sabes dónde estamos?

—¡Claro! En el castillo de Maús, ¿dónde si no?

El entusiasmo de M. siempre me ha parecido una forma de temeridad.

—Lo que te pregunta A. es si no acabaremos perdidos en medio de un sembrado y tendremos que llamar a la Guardia Civil para que nos rescate.

—¿Cómo vamos a perdernos? Eso es imposible.

Tres cuartos de hora después, ya de noche, M.

logró orientarse gracias a unos focos encendidos al otro lado del cerro.

Antes nos había hecho avanzar y retroceder varias veces por el mismo sendero, hasta decidir el punto exacto en que debíamos abandonarlo y afrontar, campo a través, una subida todavía más empinada.

Aún no entiendo cómo ninguno acabó con un tobillo roto o con los bomberos sacándolo de allí en una camilla.

M. nos obligó a trepar la ladera casi a oscuras, entre piedra suelta, matojos y cardos.

Cuando alcanzamos la cima, con el aliento corto y las manos entumecidas, lo único que nos aguardaba era un foso excavado a pico en la roca.

—Aquí estuvo el castrellum celtibérico. ¿Lo veis?

A. se había sentado en la base de cemento de un vértice geodésico y, mientras recuperaba el resuello tras la subida, se entretenía en sacudirse los calcetines, llenos de pajas y ramitas.

—No, M. , yo no veo más que el resplandor de los focos que alumbran el monte por ahí abajo.

—Pues las vistas son muy decentes —replicó M. —. Si hiciera mejor día entenderíais la importancia del sitio, dominando el paso hacia el norte. Y ya está. Este es el castro celtibérico. ¿Vamos a la cueva?

Media hora después, completamente ateridos, entrábamos en el único bar de Villar del Infantado, que hacía también de colmado y de centro social.

Tras desandar el camino alumbrándonos con los teléfonos, M.

no se atrevió siquiera a proponer que subiéramos por la otra cara del peñasco a buscar la dichosa cueva.

—Tres cafés con leche, por favor —pidió A. , sin quitarse el abrigo.

A esas horas, el bar ya había cambiado de manos sin moverse de sitio. Los hombres habían recogido los tapetes y las cartas, y eran ahora tres o cuatro mujeres las que ocupaban las mesas, con sus cafés y tostadas, hablando sin prisa.

—¿Haría usted el favor de ponernos unas rosquillitas de esas que tiene en la caja?

La mujer dejó las tazas y el plato con gesto económico. No tendría más de sesenta años; llevaba un pañuelo oscuro anudado a la cabeza y tenía las manos curtidas.

—Vaya tarde han ido a escoger para andar por ahí arriba —dijo, mirándonos con calma, uno a uno—. Con el frío que corre.

—Nos gusta complicarnos la vida —respondió M. , frotándose las manos.

—Ya lo veo. Luego dicen que si se pierde gente en el monte… —añadió ella, sin malicia, pero sin sonrisa—. ¿Andaban por el castillo?

—Eso intentábamos —dijo A.

—Intentar, dice… —resopló la mujer—. Ahí arriba no queda nada que ver. Cuatro piedras y aire. Lo que hay es que mirar bien dónde se pisa.

Se alejó hacia la barra, dejando la frase suspendida. Había en aquella sequedad rural más juicio que desprecio: nosotros subíamos a buscar historia; ella solo veía un cerro malo para romperse una pierna.

M. dio un sorbo y sentenció:

—Nada como un poco de ejercicio para abrir el apetito, sí señor.

—¿Y puede saberse qué tiene de especial este pueblo? — A. sostenía la taza con las dos manos para calentárselas—. Seguro que en Valdeolivas también se puede tomar un café sin jugarte el cuello.

—El pueblo tiene su historia, A. Y una iglesia muy apañada. Por si algún día te da por confesar esos pecadillos que seguro guardas ahí dentro.

Quien dijo aquello no fue M. ni, desde luego, yo, que entre sorbo y sorbo andaba distraído en mis propios pensamientos, sino un cura de entradas pronunciadas y gesto afable, poco más o menos de nuestra edad, que en ese momento se quitaba la bufanda y se desabrochaba el abrigo negro con la naturalidad de quien llega a su propia casa.

Había en él algo levemente impropio de un pueblo perdido de Cuenca: la sotana bien cortada bajo el abrigo, los zapatos cuidados pese al barro de la calle y una fina veta de canas plateadas en las sienes que no lo envejecía, sino que le daba cierto empaque.

No parecía fuera de lugar, exactamente; más bien parecía alguien acostumbrado a ocupar lugares donde nunca terminaba de encajar del todo.

—¡Ramonchu! ¡Qué alegría! ¿Desde cuándo no nos veíamos?

Se abrazaron con esa confianza de los años compartidos.

—Desde la reunión del instituto, hombre. ¿Cuánto hace? ¿Cuatro, cinco años? Aunque tampoco ha pasado tanto desde que hablamos por teléfono.

—Es verdad. ¿Y qué haces por estos lugares?

—Pastorear almas descarriadas. ¿Qué voy a hacer aquí con el uniforme?

—se miró el abrigo, divertido—. Lástima que el padre Felisuco, ¿te acuerdas?

, no lograra convencerte para que entraras en la empresa.

Siempre decía que alguien tan retorcido como tú habría hecho carrera con los jesuitas.

Quién sabe si ahora no estarías abriéndote paso en el Vaticano.

—Me gustaban demasiado los placeres carnales para planteármelo. Mira, te presento a mis amigos, E. y M. Estamos de visita en la casa de M.

—Encantado, hombres.

Nos estrechó la mano. La suya era blanda, casi sorprendentemente suave, y la limpió con discreción con un pañuelo después de soltar la de M. , que había logrado impregnarse —y de paso impregnar media mesa— con el azúcar aceitoso de las rosquillas.

—¿Vives aquí? No me suena tu cara. Aunque, claro, si eres un ateo pecador como A. , tampoco sería raro.

—No, no. He alquilado una casa en Valdeolivas para este mes —aclaró M. —. Quería un sitio tranquilo para estudiar. Pero vamos, ateo soy; ahora bien, aquí no tengo muchas oportunidades de pecar, por más que las buscase.

Ramonchu asintió, señalando vagamente el pueblo con un gesto amplio.

—Tranquilidad no falta, no señor. Mañana por la tarde me toca misa en Valdeolivas.

Si queréis pasaros, cuando termine os la enseño.

O mejor aún: venís un poco antes y participáis en los oficios.

Mal no os hará y el templo merece la visita.

Y además, A. , si sigues interesado en aquello por lo que me llamaste, seguro que puedo enseñarte algo que te resulte útil.

Ya sabes, por ser tú te ofrezco la visita VIP.

—No sé si, con los tiempos que corren, quiero meterme en sitios oscuros y solitarios con un cura —respondió A. —, pero, como seremos tres contra uno, creo que nos pasaremos. Eso sí, de la misa puedes olvidarte. ¿A eso de las ocho te parece bien?

Ramonchu asintió.

—Tranquilo, puedes venir, A. Cuando el Señor me pone a prueba por las noches enviándome tentaciones relacionadas con los placeres de la carne, no eres precisamente tú quien se me aparece en sueños.

¿Me siento? Perfecto. ¡Marisita! Un café con leche para un cura congelado, por favor.

Que mira que sois los de Villar… ni calefacción en la sacristía me tenéis puesta.

Tuve ocasión de advertir que la camarera que lo atendía ahora no era la misma mujer mayor que nos había servido al entrar, sino otra bastante más joven: una mujer de unos cuarenta años, sólida, morena, de facciones francas y manos rápidas, con un atractivo recio que no necesitaba adorno.

Al tomar el vaso de sus manos, Ramonchu demoró apenas un segundo el gesto.

No sé si llegó a rozarle los dedos o si fui yo quien quiso verlo; en cualquier caso, Marisita retiró la mano con una naturalidad demasiado ensayada para parecer indiferente.

Después ocupamos una mesa y la conversación derivó hacia anécdotas intrascendentes: dos antiguos compañeros de colegio poniéndose al día, midiendo el tiempo transcurrido con recuerdos compartidos.