Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

CAPÍTULO

VI I

—Aquí lo dice. ¿Ves? Quince esqueletos maniatados. La mayoría, mujeres.

M . se interrumpió un instante; por el silencio repentino, supuse que había acercado el móvil a los ojos para comprobar que leía bien.

—Ahí debe de ser… y cuidado no te vayas a caer, que no se ve nada y más de un listo habrá acabado en el hoyo.

El artículo apunta a un rito indígena, o algo parecido —continuó—.

Los huesos dicen que esto es antiguo, muy antiguo; más que la ciudad.

Aquí los romanos ni se atrevieron a imponer el culto imperial, como en Segóbriga, y por algo sería.

No debieron de querer soliviantar a los olcades, la tribu que habitaba esta zona, metiéndoles dioses de fuera.

Y mira que, cuando se ponían, estos romanizaban hasta las piedras.

Por el sonido gutural que siguió, imaginé a M. pasándose el dedo por el cuello en un gesto elocuente.

Me giré con la torpeza de quien vuelve desde un sueño demasiado espeso.

Entre la bruma vi pasar la silueta gesticulante de M.

, que hablaba sin mirar dónde pisaba. Un instante después apareció A.

, entero y silencioso. Se detuvo al comienzo de los escalones, con las manos en los bolsillos del abrigo, y me observó con una mezcla de cansancio y sospecha.

Él sí pareció advertir, antes de que yo dijera nada, que algo no encajaba.

El frío seguía en mi brazo, pero ella ya no estaba.

—Hombre, si estás ahí. Bonito, ¿eh? Tú escondido y yo aguantando solo a este iluminado.

Volví la vista al frente.

No había nadie.

No la vi marcharse ni la oí subir los peldaños. Sencillamente, ya no estaba.

Sin pensarlo demasiado me levanté y avancé hacia el interior de la estancia subterránea, chapoteando en el agua turbia del fondo.

Palpé los muros, uno por uno, con una urgencia absurda, como si en la piedra pudiera quedar alguna grieta, algún resquicio por el que se me hubiera escurrido de las manos.

Puedo asegurar que ninguno de mis amigos se mojó los zapatos para sacarme de allí. Se quedaron en la entrada, alumbrándome con las linternas del móvil y apartándose de un murciélago furioso que daba vueltas, molesto por mi irrupción.

Tardé un instante en volver del todo. Primero me llegaron el murciélago, la luz ingrata del móvil sobre la piedra mojada y la voz de M. ; después, el frío en los pies y el agua colándose por los calcetines.

—¿Ves? —comentó M. —. Incluso E. , que no es dado a estas cosas, se nos ha contagiado. Esto es el síndrome de Jones. Por Indiana, digo.

Sí, lo admito: aquel comentario tan propio de M. me devolvió por completo a la realidad. Finalmente fui plentamente consciente del agua colándose por los calcetines. Maldije en voz baja y regresé hacia la escalera. Para dejarme paso, ambos comenzaron a subir.

—Te lo dije —seguía M. —. Síndrome de Jones. Ni se ha enterado de que se estaba empapando.

No respondí. El frío del brazo, sin embargo, no se había ido del todo .

Al llegar al rellano me detuve sobre la misma losa en la que ella había estado. La tierra seguía removida; el hueco, reciente. Nada parecía alterado salvo aquello. Abrí entonces la mano y vi que la piedra negra continuaba allí.

No era grande: apenas un fragmento pulido, con un orificio para colgarlo al cuello. La tierra todavía húmeda se incrustaba en las hendiduras. El amuleto no había desaparecido con Bente ni se había deshecho en polvo. No había sido un delirio.

Y, sin embargo, aquella certeza no me tranquilizó. Al contrario: convirtió en prueba lo que hasta entonces aún podía haber intentado negar.

Permíteme un breve inciso.

¿Por qué sigo llamándola Bente?

Porque ese fue el nombre con el que la conocí.

Porque ninguna revelación posterior ha conseguido borrar la primera forma en que apareció en mi vida.

Se ha escrito mucho sobre tratos entre dioses y hombres, y las historias antiguas no suelen acabar bien para los segundos. Pero lo que estás leyendo no es eso.

Yo me enamoré de una mujer en Soncillo: de su cuerpo, de su rostro, de la forma en que me miraba cuando decidía mirarme.

Es esa imagen la que vuelve cuando la recuerdo, y no ninguna otra.

Lo que fuese además, lo que hiciera cuando yo no estaba, lo que habitara bajo la piel, nunca fue asunto mío.

No me sedujo ningún misterio ni me conquistó ninguna revelación.

Me conquistó ella, y ya soy demasiado viejo para fingir otra cosa.

Dicho esto, continúo.

M. se había adelantado un poco mientras nos dirigíamos a la salida. A. se puso a mi lado y preguntó:

—¿Qué ha pasado ahí dentro?

Suspiré. Me pesaba una melancolía espesa: la de recuperarla para perderla al instante. La piedra seguía en mi mano, pequeña y real, con una terquedad que me impedía refugiarme en la incredulidad .

—Tengo que contaros algo. Volvamos a la casa. Me cambio, y que M. nos busque dónde comer.

⁂

El camarero dejó tres vasos de whisky sobre el mantel de papel y volvió a dejarnos solos.

Entre semana no abundaban las opciones, de modo que acabamos en un restaurante sencillo de menú, el Pino, en Sacedón.

Era uno de esos locales levantados cuando el pantano de Entrepeñas prometía turismo para todos.

A mi espalda, unos ventanales grandes miraban hacia donde antes estaba el agua, y las fotos de las paredes lo recordaban mejor que nadie: la lámina llegando casi hasta el edificio, barcas, orillas vivas; tiempos, en fin, en los que el lugar tenía sentido.

Ahora, en cambio, el restaurante parecía seguir atendiendo a un paisaje que se había retirado.

En vez de agua, más allá de los cristales se extendía un descampado que empezaba a reverdecer.

Las aguas se habían alejado cientos de metros, mucho más allá de lo que la niebla dejaba adivinar.

Aun así, el local resistía: unas cuantas mesas ocupadas, voces bajas, camareros cansados y esa dignidad un poco triste de los sitios que siguen funcionando después de que desaparezca la razón por la que fueron construidos.

A. me dio un golpecito en la rodilla.

—¿Y bien?

M. levantó la vista del móvil.

—¿Y bien, qué?

— E. nos tiene que contar algo.

Di un sorbo al whisky, más largo de lo habitual. El licor me raspó la garganta y tuve que contener una tos breve. Tomé aire. No busqué una forma elegante de decirlo. Algunas frases conviene dejarlas caer sin envolverlas.

—Hoy he visto a Bente.

Dejé la frase en la mesa, entre los tres vasos.

A. perdió algo de color. M. se rascó la cabeza. Durante un segundo los dos buscaron, cada uno a su manera, una explicación que les permitiera no entenderme.

—¿Pero no andaba por Irlanda con el tipo ese con el que se casó? —preguntó M.

La incredulidad debió de notárseme en la cara, porque A. intervino:

— M. , creo que habla de la otra Bente.

Esta vez comprendió. Se le fue el gesto y arrastró la silla unos centímetros hacia atrás, como si la distancia pudiera servirle de algo.

—No. No, otra vez no. Eso lo dejamos atrás. Para siempre.

A. se llevó el vaso a los labios. Le temblaba un poco la mano.

Nos conocíamos desde críos y los vínculos —ya fuertes de antes— se habían apretado aún más desde que nos jugamos la vida juntos en Burgos y Galicia, de modo que ninguno se planteó poner en duda lo que acababa de decir.

Eso, lejos de tranquilizarme, volvió más real el silencio que siguió.

Si ellos no dudaban, tampoco podía permitírmelo yo.

Al final A. suspiró y me indicó con un gesto que siguiera.

Les conté lo ocurrido con bastante exactitud, aunque omití lo más íntimo del encuentro.

Mis amigos no son tontos; siempre sospecharon que entre Bente —nuestra Bente— y yo había pasado algo, y que eso había decidido guardármelo.

Era, y seguía siendo, un asunto estrictamente mío.

No por pudor, o no solo por pudor, sino porque había cosas que se arruinan en cuanto uno las convierte en materia de sobremesa.

Cuando terminé, el camarero dejó una segunda ronda de bebidas sobre el mantel de papel. En aquella comida nos iba a hacer falta.

M. frunció el ceño, desconcertado.

—¿Y no te dijo nada de los lobos? ¿Del lobero de Castejón? ¿Nada de eso? Entonces… ¿por qué allí, en Ercávica?

Negué con la cabeza y di otro sorbo.

A. guardó un momento de silencio, deslizando el dedo por el borde del vaso, hasta que habló:

—Hay una línea posible. En Soncillo aparecía cuando la roca consagrada estaba cerca. Si ese terreno estuvo dedicado a ritos de fertilidad, quizá has sido tú quien ha ido a verla, E. ; no al revés. Y, por lo que cuentas, esta vez no trae malos presagios. O no del tipo que nosotros esperábamos.

M. me miró con malicia.

—Está claro que te tiene cierta querencia, E.

, pero yo, de ti, andaría con cuidado. Cibeles, la Magna Mater , era —dicen— una diosa muy anterior a Roma: fertilidad, vida, misterios que, en lo antiguo, eran asunto de mujeres.

Y, por lo que acabas de contar, no parece que le entusiasme vernos meter la mano en según qué lugares.

Hizo una pausa, saboreándola.

—Y, ya que estamos, acuérdate de esto: en sus templos andaban los coribantes… castrados. Así que, si lo piensas, nunca fueron exactamente hombres quienes la servían. Lo digo con puro espíritu preventivo. Por tu bien.

A. sonrió. Le divertía verme encajar el golpe, aunque su sonrisa no alcanzó a borrar del todo la inquietud que le había dejado mi relato.

—Ah, y no te olvides de Atis. Cibeles se encaprichó de un muchacho hermoso, lo tomó por amante y le exigió fidelidad. Cuando él decidió casarse con otra, la diosa se presentó mostrando lo que era, y la boda terminó en sangre antes de celebrarse.

Bebió un sorbo, buscando una pausa teatral.

—Después Atis enloqueció, se mutiló y murió desangrado. Así que ya sabes… no parece buena idea provocar los celos de una diosa.

Se reían. Los dos.

Yo no.

Apenas una hora antes, Bente había cerrado la mano sobre mis testículos con una firmeza que no admitía equívocos. No hubo deseo en aquel gesto. Tampoco burla. Fue otra cosa: una afirmación, un recordatorio.

Ahora, con lo que acababan de contar, entendía mejor su sentido. O, al menos, entendía que el chiste no alcanzaba a cubrirlo.

A. dejó el vaso sobre el mantel.

—Si lo miras con calma, algo empieza a encajar. Antes de Ercávica tuvo que haber allí un santuario mucho más antiguo, dedicado a la fertilidad. Un lugar que atraería peregrinos. Los ritos seguirían durante siglos, cada vez más desdibujados, pero con fuerza suficiente para sostener la ciudad.

Hizo una pausa.

—Y los romanos, cuando les convenía, sabían medir. Si aquello mantenía el orden y generaba ingresos, mejor no tocarlo. A veces era más eficaz respetar lo que ya estaba que imponer algo nuevo.

Yo asentí sin convicción. En mi cabeza no estaban ni Roma ni los olcades. Estaba la presión exacta de aquella mano, y la certeza de que, si ella hubiera querido, no habría habido metáfora alguna.

M. levantó la mano para pedir que el camarero nos trajera una tercera ronda. El alcohol empezaba a hacer efecto; se lo veía más suelto, incluso de buen humor.

—Estoy de acuerdo contigo —dijo, con la lengua ya un poco trabada.

Hizo una pausa, reuniendo las piezas dentro de la cabeza.

—Ya sabemos que la Iglesia… —se le escapó una risa breve— que siempre ha sido hábil cuando le convenía, absorbía cultos ajenos si con eso atraía fieles.

Le dio otro trago.

—En los alrededores de Ercávica se fundó en época visigoda el monasterio Servitano. A finales del siglo VI.

Alzó un dedo, solemne y torpe a la vez.

—Eso permite suponer que el culto mantuvo cierta vitalidad más allá de Juliano, de las prohibiciones, incluso después de que la ciudad se viniera abajo en el siglo V.

Miró el vaso, como si allí hubiera un mapa.

—Y el monasterio tuvo fama, ¿eh? Bastante. La zona está llena de eremitorios, y todos los hombres con prisa por alejarse del mundo debieron venir a meterse en una cueva por aquí.

Mientras M. farfullaba, yo jugueteaba con la piedrecita que me entregó Bente.

La notaba tibia por el contacto con mi mano, pero había en ella una dureza cerrada, una reserva que no cedía al calor del cuerpo.

Estuve tentado de enseñársela a mis amigos, pero al final la guardé.

No sabría explicar por qué; intuía, simplemente, que no me correspondía compartirla.

Las historias de castrados, cómo negarlo, me habían inquietado, no tanto por la mutilación en sí como por la clase de entrega que parecían reclamar.

Aun así, seguía dándole vueltas al modo de verla de nuevo.

Volver a Ercávica a solas, husmear en torno al antiguo templo, no parecía prudente.

Hay lugares que no toleran que se vuelva.

—¿Nos vamos?

A. llamó al camarero. Pagamos la cuenta y salimos a dar un paseo por el pueblo para despejarnos antes de conducir.

Teníamos una cena pendiente aquella noche; compramos vino y unos pasteles, y solo cuando el disco pálido del sol empezó a hundirse tras la sierra decidimos recoger el coche, aparcado en el Paseo Marítimo, aquel paseo marítimo sin orilla, sin barcas y casi sin memoria de agua, y regresar a casa para ducharnos y descansar un rato antes de la cita.

Mientras caminábamos hacia el Tiburón, el letrero del Pino quedó atrás, encendido antes de tiempo en la tarde gris. Llevaba la piedra en el bolsillo y, con cada paso, su peso mínimo parecía arrastrar algo de Ercávica hacia la cena que aún nos esperaba.