Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO VI #3
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CAPÍTULO VI #3

—Para usurpar ritos que no les pertenecían —dijo, sin mirarme—. Para expulsar a las mujeres del templo y repetir después, torpemente, sus ceremonias de fecundidad. Primero cercaron el recinto. Después prohibieron la entrada. Luego conservaron la forma y vaciaron el sentido.

Quizá fuera el timbre de su voz, en el que por primera vez asomaba algo más hondo que la severidad, o quizá fuese mi ánimo, ya vencido por aquel lugar, por la niebla y por su presencia; el caso es que sus palabras dejaron de sonar a querella remota y empezaron a adquirir el peso de una herida todavía adherida a la piedra.

Hay una forma de conmoción que no nace del espanto, sino de ver cómo el pasado, de pronto, recupera carne. Me acerqué a la escalera y me senté en el peldaño más alto, sin interrumpirla.

—Después arrasaron este lugar para alzar baños y estanques —prosiguió.

Señaló hacia arriba, hacia la claridad sucia que filtraba la niebla .

—Cubrieron el recinto con pieles teñidas de ocre. Querían que el aire se volviera rojo. No sangre: su imitación. No vida: su teatro.

Sus manos se detuvieron un segundo y, al reanudar el movimiento, lo hicieron más despacio. Ya no apartaban solo tierra: comenzaron a extraer de ella, con un cuidado minucioso, un pequeño objeto oscuro, una pieza mínima que parecía haber esperado siglos bajo aquel barro.

—En las noches sin luna se reunían ahí fuera. Bebían hasta perder el juicio. Mientras tanto, uno de ellos permanecía aquí, encerrado para el tránsito.

Señaló el fondo húmedo del recinto.

—Mantenían el fuego encendido durante horas. Espesaban el aire. Cargaban el cuerpo de calor, de humo, de espera. Decían que así se preparaba el regreso. Que así un hombre podía nacer de nuevo sin haber pasado por mujer alguna.

Hizo una pausa breve.

—Cuando llegaba el momento, entraban a buscarlo. Retiraban las maderas con que habían cegado la entrada y lo sacaban en brazos, medio vencido por el vapor, por la bebida, por el encierro. Lo pasaban de mano en mano hasta arrojarlo al agua fría.

Alzó la vista.

—Habían robado la forma del tránsito y creían haber robado también su poder.

Su voz no se alteró.

—La mayoría conseguía salir del estanque por sus propios medios. Algunos no.

Comenzó a limpiar con los dedos el barro adherido a la pequeña pieza.

—A esos que se ahogaban los ataban y los dejaban caer en un pozo. No culpaban al rito. Culpaban al cuerpo.

El silencio que siguió pesó más que cualquier énfasis.

—Después se marchaban. Dejaban esto sucio. Vacío .

Arrugó apenas la nariz, tal vez por el recuerdo de un olor remoto. Fue un gesto mínimo, pero por primera vez tuve la impresión de que aquel relato no pasaba a través de ella sin rozarla.

Me levanté y bajé un par de escalones. Me senté a su lado, sin tocarla.

—¿Y ellas? ¿Nunca regresaron?

Negó despacio.

Terminó de limpiar aquello que había sacado de la tierra y lo dejó en mi palma.

Era una piedra negra, pulida hasta dejarla lisa, con un orificio para pasar un cordel.

Al deslizar los dedos noté pequeñas incisiones ocultas bajo la tierra de siglos.

Recordé otras piedras negras: las del memorial, colgadas al cuello de la vieja y del cabecilla de aquella aldea entregada a los dioses marinos; las de Soncillo, semejantes en la forma y enemigas en cuanto servían.

Intenté devolvérsela, pero ella me cerró la mano con firmeza. Su piel no estaba fría por el aire: tenía una frialdad lisa, remota, sin temblor, la de algo que hubiera conservado intacta la memoria del templo.

—La última que entró fue ella —dijo—. Vino a escondidas. Cumplió los ritos. Enterró su ofrenda y salió por una brecha de la empalizada.

Sus dedos apretaron más.

—La vieron.

El amuleto se clavó en mi carne.

—La desollaron.

No hubo pausa. Continuó con la misma sobriedad con que había dicho todo lo demás.

—Tiñeron su piel con ocre y la cosieron a las otras. En la ceremonia siguiente cubrieron con ellas el recinto. Cuando el sol atravesaba aquellas pieles, todo se volvía rojo. Decían que así el misterio quedaba restaurado.

No me soltó la mano .

—Ella fue la última. A las demás, a las que antes que ella insistieron en honrar lo antiguo, ya las habían dejado en carne viva. Sus cuerpos acabaron en el pozo.

A continuación señaló el espacio sobre nuestras cabezas, el aire húmedo y vacío donde ya no quedaba nada visible.

—Y sus pieles, aquí, cosidas unas con otras.

No elevó la voz. No necesitaba hacerlo.

Un frío ajeno —no el del aire ni el de la piedra— me entró desde su mano y fue subiéndome por el brazo izquierdo, despacio, sin violencia y sin pausa. No era imaginación: era una forma de conocimiento. Algo avanzaba por dentro de mí buscando el centro.

Supe, con una claridad desagradable, que si no me apartaba, aquel frío terminaría por alcanzarme el corazón.

Supe también que ella no haría nada por evitarlo.

Y, sin embargo, no me moví.

No intenté zafarme. No retrocedí un solo peldaño.

Con la mano que me quedaba libre tomé su cabeza y la atraje hacia mi pecho. Incliné el rostro y besé su frente.

No fue un gesto heroico. Fue aceptación.