Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO VI #2
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CAPÍTULO VI #2

Pues no, aquello no ayudaba demasiado, y no encontraba la forma de llevar la conversación hacia donde quería sin arriesgarme a parecer un necio. La miré a los ojos y, de pronto, todo dejó de importar. Estaba allí. Tangible. A un palmo de mí. Y yo empeñado en estrategias.

Sin decir nada, di un paso hacia ella y la atraje de nuevo hacia mí. No había sido consciente de cuánto la había echado de menos hasta que volvió a quedar entre mis brazos.

Deslicé la mano por su cuello. La piel estaba tibia. El pulso, sereno. Demasiado sereno. Su corazón latía con una regularidad impasible, muy lejos del desorden que llevaba el mío. Aquella discordancia —mínima, ridícula— me devolvió la lucidez por un instante, y me separé apenas para preguntarle:

—¿Quién eres?

Me sostuvo la mirada sin prisa.

No tardó en responder. Pero antes ocurrió algo: durante una fracción de segundo, lo que dura un parpadeo, la mujer que tenía delante pareció desbordar la forma que la contenía.

No fue un cambio visible; no sabría describirlo.

Fue, más bien, la certeza de estar mirando algo que no dependía del cuerpo para sostenerse.

Al instante siguiente volvió a estar allí, exactamente igual.

—Estuve allí cuando la casa ardía —dijo.

No elevó la voz ni cargó de solemnidad las palabras, pero en su manera de decirlas había algo anterior a toda réplica, una autoridad serena que no necesitaba afirmarse. No parecía estar respondiendo a mi pregunta. Parecía estar retirándola de la mesa.

Luego alzó la mano y me rozó la frente con las yemas de los dedos, apenas un instante, con una delicadeza que no tenía nada de caricia y que, sin embargo, me dejó inmóvil.

Sentí en aquel contacto una proximidad extraña, no la de dos cuerpos que vuelven a encontrarse, sino la de una presencia inmensa inclinándose un momento hacia algo menor sin dejar por ello de ser inmensa.

La pasión que me había desbordado se templó en otra cosa. No en calma. Tampoco en tristeza. Era una melancolía extraña, nacida quizá de la intuición de que cuanto se nos concedía entre nosotros llevaba ya inscrito su término.

Después, rozándome las manos con la punta de los dedos, preguntó:

—¿Qué crees que mueve este mundo?

No supe si esperaba respuesta o si la pregunta era, sencillamente, una manera de ordenar el aire entre nosotros. Opté por guardar silencio.

—La envidia —continuó—. Querer lo que nace sin uno. Lo que se transmite sin uno. Lo que no obedece, no se compra y no puede tomarse sin romperlo.

Calló un instante. Sus ojos no estaban puestos en mí, sino en algo que parecía quedar muy por detrás del yacimiento, de la niebla y del siglo en que yo respiraba.

—Se desea lo que no se tiene. Y, si es preciso, se arranca de donde esté.

Aquello resultaba excesivo incluso para el viejo E. Que el mundo fuera mezquino no implicaba encerrarlo entero en una sola palabra. Y, sin embargo, no había amargura en su voz ni tampoco ira: hablaba con la sobriedad de quien expone una ley antigua.

—No estoy de acuerdo.

Me miró con una paciencia que no era condescendencia, aunque se le acercaba; yo debía de parecerle alguien empeñado en defender algo frágil y, aun así, necesario.

No replicó. Echó a andar hacia la entrada del subterráneo que yo había explorado y la seguí.

Desde arriba la vi descender por los estrechos peldaños de piedra; al llegar al último, se arrodilló y pasó la mano por el suelo húmedo, apartando con cuidado un poco de tierra, sin vacilar, sin buscar, guiada por una memoria que parecía pertenecer más al lugar que a ella misma.

Y mientras lo hacía, habló de nuevo.

—¿Por qué los hombres queréis siempre apropiarios de lo que no es vuestro?

No hablaba de la humanidad en general. Hablaba de los hombres, y yo, allí plantado frente a ella, no era más que uno entre tantos.

La prudencia aconsejaba callar.

Ella, en cambio, precisó la pregunta lanzándome un puñado de barro que se estampó contra mis pantalones. No estaba enfadada. Había en el gesto una ligereza fría, infantil en la forma y antiquísima en la intención, un tanteo de mi reacción .

—Dais nombre a lo que encontráis. Lo cercáis. Lo cubrís. Luego decís que siempre fue vuestro —dijo, mientras hurgaba en la tierra con los dedos—. Cambiáis los signos, cambiáis los relatos, ponéis un padre donde antes había una madre y llamáis orden a la usurpación.

Esta vez esquivé la segunda bola de barro, más compacta.

—Fueron ellas quienes hallaron lugares como este. Lugares atentos. Lugares que escuchan. Sus secretos pasaban de madres a hijas. Y vosotros no tardasteis en reclamarlos como propios.

—¡Ay!

Una piedrecilla me alcanzó en la frente. Lo justo para escocer.

—¿Y sabes qué ocurrió después? —preguntó, volviendo a hundir la mano en la tierra.

Di un paso atrás por instinto, pero no me lanzó nada más.

—¿Qué?

—Que convertisteis el cuidado en sometimiento. El rito en posesión. La escucha en mandato. Os apartasteis de los viejos ritos, y con ellos se perdió también el trato verdadero con lo sagrado. Desde entonces, confundisteis dominio con conocimiento. ¿Qué crees que es este lugar?

Señaló el subterráneo.

—Un… ¿templo?

La palabra sonó pobre en mi boca.

Subió los escalones con rapidez. El barro en las mallas oscuras y en el bajo del anorak azul no le restaba presencia; al contrario, la volvía más inmediata, más física.

Al llegar arriba se plantó ante mí y me apoyó en el pecho el índice manchado de tierra, no con violencia, pero sí con una firmeza que me hizo echar apenas los hombros atrás.

—Un baño de vapor —dijo—. En eso lo convertisteis.

No elevó la voz. No hacía falta. En aquel reproche había algo corporal, antiguo, de una violencia contenida. Y yo, absurdamente, sentí que me estaban reprendiendo por una culpa anterior a mí.

Confieso que, mientras hablaba, yo seguía distraído en el mechón rebelde que se le escapaba del gorro y le rozaba la sien.

No dice mucho a mi favor. Nunca me he sentido especialmente concernido por culpas heredadas, ni he sabido qué hacer con agravios tan antiguos que, a fuerza de siglos, uno acaba por imaginarlos petrificados.

Pero había en su voz algo que empezaba a volver indecente aquella comodidad mía.

—¿Y sabes para qué lo usaban?

No esperó mi respuesta. Su mano bajó hasta mis testículos y se cerró allí con una precisión seca, sin deseo, sin juego, sin violencia inútil. La presión duró lo justo para que la explicación dejara de pertenecer a las palabras.

Negué con la cabeza, inmóvil.

Me soltó al momento y volvió a bajar. Se arrodilló otra vez y siguió apartando tierra del fondo, guiada por una certeza que no necesitaba tanteos.