CAPÍTULO VI
CAPÍTULO
VI
Cuando A. apagó el motor en la pequeña explanada frente al yacimiento, M. todavía se lamentaba de que lo hubiéramos dejado al margen en un descubrimiento que, según él, «podía reescribir más de un libro de historia».
Al ver cerrada la caseta del vigilante, dimos por hecho que, siendo un viernes de marzo, no habría nadie.
Ercávica se alza sobre un cerro de fácil defensa.
Hoy, con el pantano de Buendía cubriendo las tierras bajas del oeste —por donde antaño corría el Tajuña—, aquel alto ha quedado convertido en una suerte de península, unida a Cañaveruelas por un único camino asfaltado.
El aislamiento no era absoluto, pero sí suficiente para que el lugar pareciera apartado de cualquier urgencia moderna.
Es, además, un yacimiento poco frecuentado, nada que ver con la afluencia del cercano y más vistoso Segóbriga, y ninguna valla impedía el paso al curioso.
Ya nos disponíamos a entrar cuando la puerta de la caseta se abrió unos centímetros y por la rendija asomó la figura oronda del guardián de aquellos dominios, tan sorprendido de vernos como nosotros a él.
—Buenos días.
A. se adelantó y asumió la voz del grupo.
—Buenos días. Veníamos a ver el yacimiento. ¿Se puede pasar? ¿Está abierto ?
El hombre, con la gorra echada hacia atrás y un chaleco de lana que había conocido inviernos mejores, se la alzó para rascarse la calva con parsimonia; luego levantó los ojos hacia la niebla, pareció consultar con ella algún extremo administrativo, y acabó por asentir.
Empujó entonces la hoja lo justo para sacar medio cuerpo al umbral.
—Abierto… está.
—¿Cuánto es la entrada?
El vigilante carraspeó, se volvió hacia la caseta y, tras fingir que consultaba una cifra invisible en la pared, respondió:
—Mmmm… diez. Bueno… nueve euros.
A. le tendió el billete. El hombre lo sostuvo entre los dedos, lo miró al trasluz y entró en su covachuela. Desde fuera lo oímos abrir el cajón de una mesa y rebuscar con desgana.
—No lo tendrá justo, ¿no? Cambio no tengo.
Vi una ocasión inmejorable para que el mundo apreciara mi desprendimiento.
—Déjelo. Así está bien.
El vigilante asomó de nuevo, guardó el billete en el bolsillo interior del chaleco y nos dedicó un gesto que pretendía ser oficial.
—Pues eso. Tiren ustedes para arriba. Y tengan cuidado, que hay piedra suelta.
Ni entrada, ni folleto, ni indicación alguna, más allá de aquel vago ademán hacia el cerro. En la caseta apenas se veían una mesa, un radiador eléctrico zumbando con esfuerzo y una botella de 103 apoyada en el quicio de la ventana, único lujo visible.
Le deseamos buen día y echamos a andar.
Comenzamos a subir por una cuesta pronunciada, siguiendo lo que un día debió de ser la calzada principal de acceso a la ciudad.
Detrás de la caseta vimos la motocicleta del vigilante, lista —imaginé— para el regreso a Cañaveruelas cuando terminara su jornada.
No tardamos en quedar flanqueados por los basamentos de la antigua muralla, cuyo volumen, aun arrasado, imponía lo suyo.
El cerro protegía buena parte del perímetro y, por eso, supuse, el esfuerzo de sus habitantes se concentró en cerrar el flanco más expuesto.
El yacimiento presentaba un aire descuidado, con la hierba alta y los senderos desdibujados; y, como la niebla ocultaba las vistas al pantano —uno de los grandes reclamos del lugar—, no tardé en perder interés.
A falta de horizonte, todo se reducía a piedra baja, hierba mojada y carteles que prometían más de lo que el día estaba dispuesto a enseñar.
Me aparté de M. y A. y seguí por mi cuenta. Crucé lo que debió de ser el foro —visto uno, vistos todos—, dejé a la derecha unas viviendas aterrazadas y avancé junto a muros consolidados con cemento moderno, cuya función no supe precisar.
La niebla se espesó de pronto y el aire se volvió más húmedo, más frío; tal vez hubiera un manantial cerca. El ruido de mis amigos quedó atrás sin que yo advirtiera el momento exacto en que había dejado de oírlos. Respiré hondo y, contra todo pronóstico, me sentí ligero. Demasiado.
De no haber sido absurdo —y, con el día que teníamos, temerario—, me habría echado a correr campo a través, sin otro motivo que aquel bienestar extraño.
En ese estado avancé hasta otra zona excavada, donde a la izquierda se abrían varias estructuras que parecían decantadores y en cuyos muros aún persistía el enlucido rojizo e impermeable.
Con cuidado de no romperme la crisma, curioseé un poco más, hasta encontrar, a escasa distancia, unos escalones que salvaban un desnivel y conducían a un arco de medio punto. Bajo él se abría un subterráneo.
Me detuve un segundo antes de bajar. Allí abajo el aire parecía más denso, cargado por una quietud antigua, y no era nada concreto lo que me retenía, sino esa prevención instintiva que a veces inspiran los lugares cerrados.
En otras circunstancias habría llamado a mis amigos antes de aventurarme bajo tierra.
Pero algo me empujaba con una suavidad tanto más inquietante cuanto que no tenía nada de apremiante.
No era una orden. Ni siquiera una llamada.
Más bien la certeza absurda de que el camino ya estaba elegido y solo me correspondía seguirlo.
Afirmé el pie en el primer peldaño, luego en el siguiente, descendí el corto tramo y encendí la linterna del móvil.
Después del descubrimiento del templo subterráneo de Soncillo, aquella pequeña sala abovedada —no más de siete u ocho metros de largo— me decepcionó un poco.
Las lluvias del invierno habían dejado en su interior una lámina de agua que impedía avanzar, y la superficie inmóvil devolvía una luz opaca, sin fondo.
Eché un último vistazo y regresé arriba con la intención de buscar a mis amigos y dar por terminada la visita, una vez pudiera enseñarles mi modesto hallazgo.
Comencé a rodear la estructura por el lado opuesto al que había llegado. Entonces distinguí la barra metálica clavada en el suelo, con una vieja cinta de seguridad desgarrada. Demasiado tarde: mi pie ya resbalaba por el borde de un hueco apenas visible bajo la vegetación y la niebla.
Quizá fuera un pozo, quizá un antiguo depósito; poco importaba. Había perdido el equilibrio y, por más que braceé, supe que no lograría recobrarlo.
Ya caía cuando una mano firme asió la mía y, con un tirón seco, me devolvió la verticalidad y me apartó del borde.
Con un alivio que me dejó sin aire, me giré, dispuesto a agradecer el rescate y a prometer, si hacía falta, la mejor comida que pudiera pagarse con veinte euros por cabeza.
Pero no era M. ni A. quien seguía sosteniéndome la mano.
Me alcanzó antes su perfume que la certeza: una nota floral, tenue, ya muy apagada, que aun así reconocí al instante.
Luego llegó la voz, con una leve ironía:
—¿Sabes? Si sigues empeñado en jugarte la vida, no siempre voy a estar ahí.
No sonó a reproche, ni siquiera a advertencia. La frase cayó desnuda, sin énfasis, con la sobriedad de algo que no necesitara ser explicado.
Me quedé inmóvil. Durante unos segundos no supe si se me había parado el pulso o si era el mundo el que se había detenido; luego la abracé y la besé con una desesperación que creía ya extinguida.
El último año —ese que me enseñó a olvidar, o a fingir que olvidaba— se deshizo con una facilidad humillante.
No regresó todo de golpe; regresó lo esencial: la falta, la fiebre antigua, la certeza de que ninguna explicación iba a estar a la altura de tenerla otra vez delante.
Allí estaba ella, no distinta, pero tampoco igual.
Cuando se separó de mí no lo hizo con brusquedad; sencillamente dejó de tocarme, y la falta de su contacto se hizo notar más que el propio abrazo.
—Te veo entero —dijo.
No preguntaba. Constataba.
Luego añadió:
—¿Has traído compañía?
La pregunta llegó limpia, sin rodeos, y en esa limpieza había algo nuevo.
Había desaparecido incluso el leve acento con el que yo la había conocido, si es que alguna vez fue suyo; pero no era solo eso, ni tampoco el timbre.
Era la economía. No sobraba una sílaba. Cada palabra parecía elegida con una precisión ajena a toda vacilación.
No hablaba para tantearme ni para provocar una respuesta: hablaba porque la frase justa ya estaba allí antes de pronunciarla.
Ante mí solo había una mujer de unos treinta años, con mallas oscuras, anorak azul y gorro de lana; una figura plenamente humana, atractiva, sobria, en mitad de aquel paisaje húmedo.
Y, sin embargo, no pertenecía al lugar.
Sentí el impulso de buscar refugio en alguna explicación razonable, en ese rincón donde la lógica todavía ordena el mundo antes de aceptar lo que lo desordena.
Sabía, en el fondo, qué clase de ser tenía delante; lo que no me veía capaz de hacer era nombrarlo sin sentirme un necio.
Por eso, en vez de pronunciar ciertas palabras, le tomé la mano y me aferré a ese contacto mínimo, aplazando el instante en que tendría que pedirle un nombre para aquello que yo no me atrevía a nombrar.
—Creí que te había perdido en Soncillo aquella noche, cuando volvíamos a la casa; pensé que te habían alcanzado, y volví a buscarte, te busqué por todas partes. ¿Cómo saliste de allí?
Omití, por supuesto, el detalle de haberla visto avanzar entre las llamas con una serenidad ajena a este mundo, llevándose a Félix consigo con la sobria determinación de quien viene a saldar una cuenta pendiente.
Enarcó apenas las cejas, no con sorpresa, sino con una paciencia remota. Luego soltó mi mano y se apartó un par de pasos, sin dejar de mirarme.
—No podía acercarme más a la casa —dijo—. No mientras aquello siguiera despierto.
Hizo una leve pausa, no para pensar, sino para medir.
—Te lo dije entonces y te lo repito ahora: eres más fuerte de lo que crees. Sabía que no te doblegaría.
No había consuelo en su voz. Tampoco orgullo. Solo una certeza serena, la de quien habla de algo visto de antemano.