Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

CAPÍTULO

V

Debían de ser cerca de las doce y media de la noche cuando A.

y yo pusimos los últimos cacharros en el escurridor y M.

había sacado de su siempre bien surtida despensa unas cuantas magdalenas y rosquillas, por si queríamos acompañarle en su modesto —sí, así lo describió— refrigerio antes de acostarse.

—¿Cómo se llamaba, A. ?

En realidad, M. tuvo que repetir su incomprensible pregunta dos veces, con la boca demasiado llena para que aquello pudiera considerarse lenguaje articulado. A. dejó el teléfono móvil sobre la mesa.

—Sí, aquí está. Joseph Elvira. En principio, un pobre diablo que se ganaba la vida de lobero. Uno de esos hombres que, a sueldo o por limosna, cazaban lobos para proteger el ganado.

Al decirlo, giró apenas la pantalla hacia nosotros. No parecía una de esas páginas de curiosidades macabras que tanto entretienen a los ociosos, sino una referencia vieja, mal transcrita, con el regusto seco de los papeles de archivo.

—Y debió de hacerlo bien —añadió A. —, porque, que yo sepa, no queda ninguno suelto por la Alcarria.

—Hasta ahí no parece muy inquietante… —opiné.

—Lo que probablemente M. ha intentado decir mientras lo llenaba todo de migas es que a este lo juzgó y condenó la Inquisición a comienzos del siglo XVIII .

Sentí un pellizco en el estómago. Y ahí íbamos otra vez, avanzando por un terreno que empezaba a resultarme demasiado conocido.

—Temo lo que viene ahora.

M. se limpió la boca con lo que antes de pasar por sus manos había sido una servilleta y me respondió:

—La singularidad del tipo es que presumía de haber vendido su alma al diablo para poder mandar sobre las bestias.

El viejo E. , el que habría hecho tres bromas y exigido pruebas antes de admitir la menor sombra, no acudió en mi auxilio. Desde lo de Soncillo, ciertas palabras habían aprendido a entrar en mí sin pedir permiso.

Al ver que callaba y otorgaba, A. continuó:

—Fuera cierto o no lo de su alma, Joseph decidió ampliar el negocio y empezó a exigir a los ganaderos dinero a cambio de que los lobos no les atacasen el ganado.

Y en esas estaba cuando se las vio con la Inquisición de Cuenca.

A su juicio acudieron varios testigos que afirmaron que había mandado lobos contra las reses de quienes no cedieron a sus chantajes.

—Bueno —dije al fin—, después de todo tampoco parece demasiado verosímil. Hablamos de un lugar pequeño de la Alcarria, donde un infeliz intenta aprovechar la aprensión de sus vecinos para engordar el negocio…

M. asentía mientras apuraba el vaso de leche y encendía el móvil, antes de responderme:

—A mí, alguien que presume de mandar sobre las bestias ya me parece asunto serio, si recordamos a…

—y aquí bajó la voz, evitando mentar lo que no convenía— Félix y lo que se movía con él en Soncillo.

Pero escucha esto; sale en el proceso contra el lobero.

Dos de los testigos declararon que Joseph apareció en sus tierras acompañado de dos lobos, y que estos les mataron algunas cabezas de ganado.

Sabía que lo que iba a venir después no me iba a gustar, pero me aferré a las últimas esquirlas de esperanza .

—Sí, pero Félix no controlaba lobos, sino otras cosas. Y ya os dije que fueron lobos los que, precisamente, me salvaron la vida.

M. sonrió con una satisfacción sombría y se puso la pantalla del teléfono frente a sí para leer:

—Escucha cómo describían las bestias. Dice uno: «Fueron el testigo y Miguel Collado a llevar los bueyes a la dehesa, y en medio de la vega vieron ambos dos lobos tan disformes que los atemorizaron, y temieron que acabasen con ellos».

Y el otro declara: «Vieron el testigo y el anteponente dos lobos, que por disformes les horrorizaron».

No sabía si esperaban de mí algún gesto de alarma, pero aquellas declaraciones no añadían nada que, en apariencia, resultara decisivo. A. enarcó las cejas y terminó por precisarlo:

—La clave, E. , no está en que fueran grandes ni feroces.

Está en que los testigos no encontraron una palabra mejor que esa: disformes.

El Diccionario de Autoridades lo define como aquello que carece de forma o de proporción ordenada.

No estaban diciendo solo que daban miedo.

Estaban diciendo que algo en ellos no encajaba en la forma de un lobo.

Creo que se me descompuso el gesto, y ambos lo notaron.

Por un instante regresé a la noche de Soncillo.

No vi una escena completa, sino fragmentos: humedad, respiración animal, una sombra baja entre los árboles, la certeza absurda de que algo me había olido desde la oscuridad.

No como recuerdo, sino con la inmediatez de lo que no ha terminado de irse.

A. trató de rebajar el tono. Me dio un golpecito en el hombro.

—Sea como sea, esos están muertos desde hace casi trescientos años, y M. lleva días por aquí sin que nada le haya hincado el diente. Mañana sabremos qué le pasó a Isabel. Y, si tiene que ver con nuestros viejos conocidos, recogemos y nos vamos. No estoy para más historias.

Ninguno de los dos discutió aquella solución. Quizá porque era sensata. Quizá porque sabíamos que las soluciones sensatas suelen durar muy poco cuando uno empieza a pronunciarlas demasiado tarde.

Dimos por terminada la velada.

Fuera por el cansancio o por el vino, caí en un sopor denso. Y, que yo recuerde, nadie vino a buscarme en sueños.

⁂

Desayunados y despejados tras una ducha en el gélido cuarto de baño, a eso de las once nos acomodamos los tres en el Tiburón, dispuestos a afrontar las visitas que M.

había planificado para ese día. La mañana estaba ya avanzada y, sin embargo, la niebla no se había disipado.

No era la niebla limpia de un amanecer frío, llamada a retirarse en cuanto el sol cumpliera con su obligación, sino la misma materia espesa de la noche anterior, solo que ahora extendida bajo una luz enferma.

Valdeolivas se alza en alto, pero ni siquiera allí dejaba de sentirse el aliento húmedo de Entrepeñas y Buendía.

Con todo, la luz —aunque amortiguada— alivió algo los nubarrones que me enturbiaban el ánimo.

Hasta me descubrí de mejor humor ante la perspectiva de enlazar ruinas y polvo, aficiones muy del gusto de mis amigos.

M. sacó del abrigo un folio lleno de tachones: un plano de carreteras más voluntarioso que preciso. Cuando le sugerimos que, en un día así, sería más sensato orientarnos con el navegador, lo desdeñó al instante:

—Somos esclavos de la tecnología. Dejadme, que esto lo tengo controlado.

Acto seguido comenzó a lanzarle indicaciones a A.

, cada una menos compatible con la anterior.

No habíamos recorrido cien metros desde el desvío señalado por M.

cuando A. detuvo el coche en seco: el asfalto se había convertido de pronto en un camino bacheado y el Tiburón rozó los bajos en uno de los desniveles .

—¿Seguro que es por aquí, M. ? Pensé que íbamos a Ercávica.

—Eh… mmm… No. Sí.

Vi que M. miraba una mole desdibujada a nuestra izquierda. Parecía una torre de vigilancia, aunque más baja y maciza de lo esperable.

—Antes he querido traeros por aquí. Es una de las atracciones del pueblo. Venga.

Nos bajamos y nos abrigamos bien: la humedad y el frío casi me hicieron añorar las estancias heladas de la casa de M. Caminamos unos pasos por un campo sembrado de pedruscos traicioneros, medio ocultos por la hierba, hasta situarnos ante la maravilla que M. afirmaba haber planeado enseñarnos.

—Este es uno de los tres molinos de viento del pueblo. La maquinaria y el techo móvil desaparecieron hace tiempo; solo queda la fábrica cilíndrica de piedra. Fijaos en el dintel. Ahí está la fecha —mil setecientos y pico, si se alcanzara a leer— y, debajo, un pasaje del Cantar de los Cantares .

La niebla lo aislaba todo de tal manera que, si de verdad existían otros dos molinos en las cercanías, parecían haber sido retirados del mundo para dejarnos solo aquel. La visita fue recibida con una frialdad acorde al día. Notando la falta de entusiasmo, M. trató de reanimarnos.

—Y no se parecen en nada a los de la Mancha. Mirad la calidad de los sillares. Estos no son de barro y paja.

Para subrayarlo dio unos golpecitos en el muro exterior.

Sorprendían el dinero y el esmero puestos en un edificio tan poco noble, porque los sillares de arenisca, cortados y encajados con precisión, tenían más de palacio o de iglesia que de molino.

Más arriba, sin embargo, algo se torcía: los bloques bien trazados dejaban paso a piedras más toscas, en una transición brusca, impropia, que hacía pensar en una obra concluida con prisa o con menos medios.

O quizá rematada por manos que ya no obedecían al mismo propósito.

Aquella rareza también llamó la atención de A. , que pasó la mano por la junta de dos sillares, comprobando su ajuste.

—Sí… es curioso.

Descartamos la visita a los otros dos molinos —que debían de alzarse en algún punto cercano, aunque invisibles tras la niebla— y nos entretuvimos alrededor de este, el único a mano.

Crucé el vano de la puerta y examiné el interior.

Aún quedaban restos del enlucido que en otro tiempo recubrió las paredes.

Un poco por encima de donde alcanzaban mis dedos distinguí cuatro argollas de metal, todavía firmes en el muro.

Se parecían a las que se ven en fachadas antiguas para atar caballerías.

Pero ni la altura ni el hecho de estar dentro de un molino parecían apuntar a ese uso.

Supuse que tendrían que ver con la maquinaria, aunque la explicación no terminaba de encajar del todo.

M. y A. ya habían dado por concluida la visita y me esperaban fuera, así que me dispuse a reunirme con ellos.

Al girarme, pisé una de las muchas piedras sueltas y, para no perder el equilibrio, apoyé la mano en la pared.

Se desprendió una mezcla de argamasa y cal, dejando al descubierto parte de un sillar.

Maldije en voz baja aquella inclinación de mis amigos por frecuentar lugares dejados de la mano de Dios y, entonces, lo vi: en la piedra asomaban varios signos grabados, toscos y difíciles de descifrar.

No parecían arañazos casuales ni marcas de herramienta.

Había en ellos una intención pobre, gastada, pero todavía legible para quien supiera mirar.

De mal humor, les espeté:

—Andad, bonitos, venid a ver unas marcas de cantero de esas que tanto os entusiasman.

M. , con aire de suficiencia, respondió desde fuera:

—Imposible. El edificio es demasiado moderno. Venga, que aún tenemos mucho que ver.

Mi mal humor iba en aumento .

—Será muy moderno, pero aquí están. Y ciego todavía no me he quedado… y eso que una vez probé tu aguardiente casero.

A. , que aquella mañana parecía de particular buen talante, intervino:

—Espera. Voy.

—Vaya pérdida de tiempo, con todo lo que tenemos que hacer —oí refunfuñar a M. justo antes de que cerrara la puerta del coche.

—¿Dónde?

Le señalé el punto exacto del muro. A. se acercó y frunció el ceño. Con la llave del coche ensanchó el desconchón y dejó al descubierto la inscripción.

—No son marcas de cantero… Son letras. O eso parecen.

Guardó silencio unos segundos, inclinándose un poco más hacia la piedra.

—No me hagas demasiado caso, pero podría ser hebreo. En todo caso, podría tener cierto valor. Será mejor cubrirlo un poco, para que nadie lo vea y lo estropee.

Tras tomar varias fotografías de mi hallazgo, disimulamos como pudimos el desconchón.

Al volver a cubrirlo con cal suelta y polvo, tuve la incómoda sensación de estar ayudando a esconder algo que llevaba mucho tiempo escondido por una razón que desconocíamos.

Luego regresamos al coche. Antes de subir, le hice a A. una petición:

—No le digas nada a M. hasta que estemos a diez o quince kilómetros de aquí, cuando ya no tenga remedio. Me gustaría verlo rabiar un poco…