Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

CAPÍTULO

IV

Justo cuando estaba descorchando la botella de sidra que iba a acompañar los pastelillos que habíamos comprado aquella tarde, volvió la luz.

Las velas repartidas por la habitación habían dado a la velada un tono íntimo e inesperadamente agradable.

Violeta, incluso en silencio, seguía ocupando una parte considerable de la mesa, pero por primera vez parecía dispuesta a escuchar sin corregir el rumbo de cada conversación.

Todos parpadeamos ante la repentina irrupción del brillo artificial de las viejas bombillas incandescentes de la lámpara de ocho brazos, aún más vetusta, que colgaba sobre nuestras cabezas.

Fue Silvia quien se atrevió a decir lo que todos pensábamos; se desperezó con una morosidad estudiada y dijo:

— M. , ¿por qué no apagas la luz? Se está tan bien con las velas…

—Voy.

M. , que empezaba a acusar la brutal acumulación de comida y bebida en su organismo, se tambaleó un poco al incorporarse. Luego fue tropezando con cuanto objeto se interponía entre su equilibrio maltrecho y el interruptor.

Isabel nos sobresaltó entonces con una exclamación:

—¡Ya me acuerdo! ¡Ya sé de qué te conozco!

A. , que se limpiaba las gafas con una servilleta, alzó la mirada hacia la figura que tenía enfrente, todavía algo desenfocada .

—¿Sí? ¿De qué?

Ella rió, traviesa.

—En los juzgados de Toledo. Nos llevó un día mi profesor de Procesal. Me fijé en ti porque se notaba que te aburrías y que estabas pensando en otra cosa.

—Sí, allí estuve hace unos años.

Reconozco que no pude contener un comentario bastante malicioso. La diferencia de edad bastaba para que, a nuestro lado, aquella chica nos volviera de pronto más conscientes del tiempo.

—Ay, A. , qué tiempos la universidad… ¿Te acuerdas cuando íbamos a clase con nuestras plumas de ave y los tinteros? Cómo pasa la vida, ¿eh?

Noté que él me estaba apuntando con algún comentario afilado cuando Isabel, sin dejar de mirarlo, intervino con calma:

—También recuerdo que la toga negra te sentaba especialmente bien.

M. , totalmente congestionado, se dejó caer en su asiento.

—¿Y si nos damos un paseo para bajar la cena?

—Y la comida entera —remató Silvia, apoyando los codos en la mesa—. Madre mía, yo no sé dónde lo metéis. Después del festín del mediodía, yo estaría rodando cuesta abajo.

A. emergió de los vapores del halago de Isabel para arrear a M. :

—Son años de entrenamiento, Silvia. Años de entrenamiento…

M. , aparentemente ajeno a todo, se estiró en la silla, se masajeó la tripa y se levantó, dando por terminada la cena.

—Sí, sí… estoy a punto de reventar. El aire me vendrá bien. ¿Vamos?

⁂

Recorríamos lentamente las desiertas calles de Valdeolivas.

Las farolas, distanciadas, apenas alcanzaban a señalar el trazado medieval del pueblo entre recodos, cuestas y fachadas de piedra que la niebla deshacía por partes.

El caserío, apretado bajo la presencia dominante de la iglesia, parecía encogerse sobre sí mismo.

En aquella humedad, la luz amarillenta no iluminaba tanto como flotaba: quedaba suspendida en el aire, escasa y turbia.

Violeta, que nada más salir de casa había soltado al galope su erudición, nos iba señalando el emplazamiento de tal o cual convento o monasterio que ya solo se alzaban ante sus ojos: edificios borrados para los demás por el paso del tiempo, el cambio de usos y costumbres, o la despoblación y el empobrecimiento paulatino de la región.

Pero incluso ella pareció amilanarse ante aquellas calles enfundadas en humedad y niebla.

Me dio la impresión de que avanzaba con mayor tiento, como si temiera que algo fuese a tomar forma entre el blanco.

A medida que Violeta fue dejando morir su lección, el eco de nuestros pasos terminó por imponerse. Solo lo interrumpía algún comentario a media voz que pretendía, sin lograrlo, conservar un resto de jovialidad.

Nuestra pequeña expedición la encabezaban Violeta y A.

, que no había encontrado un modo educado de buscarse una compañía más de su agrado.

En medio iba Silvia, colgada del brazo de M.

y quejándose del frío. Este, con la rigidez con la que venía reaccionando a aquellos arranques de intimidad, parecía más arrastrado que acompañado en aquel paseo nocturno. Cerrábamos el grupo Isabel y yo.

Después de nuestras recientes experiencias —de las que ya he dejado sobrada constancia en estas páginas— no creo que deba esforzarme mucho para convenceros de que, por agradable que resultase la compañía de Isabel, yo era incapaz de relajarme.

De cuando en cuando me retrasaba unos pasos, lo justo para volver la vista sin que se advirtiera, y escudriñaba el muro blanco que se cernía a mi espalda, con esa alerta sorda que deja el miedo cuando ya ha aprendido el camino de regreso .

La última ojeada, apenas un parpadeo, me cortó la respiración. No sabría decir si fue aprensión o si algo, en efecto, acababa de moverse allí detrás.

Por un instante la niebla clareó lo bastante para dejarme entrever una figura difusa, pero indudablemente humana, avanzando en nuestra dirección con una rapidez anómala, sin el vaivén natural de quien corre.

Todo ocurrió tan deprisa que, antes de que mi mente ordenara lo que estaba viendo y el cuerpo respondiera, aquello había desaparecido.

A mi espalda no quedaba más que una espesa capa gris. Nada, salvo el eco de nuestros propios pasos, alteraba la quietud de la noche.

Si aquello había sido algo más que una mala pasada de la vista, estaba seguro de que nadie más lo había advertido. Pero Isabel, que caminaba a mi lado, sí reparó en que me había quedado mirando hacia atrás, y en voz baja me dijo:

—Desde pequeña he odiado las noches con niebla. Parece una tontería, pero nunca he conseguido quitármelo. Si en Toledo me pilla sola una noche así, no puedo evitar echar a correr. Siempre siento que hay algo detrás.

No contesté al instante. Tragué saliva.

—No es ninguna tontería.

Isabel estudió mi rostro unos segundos, intentando averiguar si me burlaba de ella o si hablaba en serio. Al final debió de encontrar algo en mi expresión, porque terminó confesando, con la voz apenas firme:

—Una vez estuvo a punto de pasarme algo. Fue una noche muy parecida a esta. Y muchas veces he sentido que… que todavía sigue ahí.

No supe qué contestar. Al comprender hasta qué punto se había encogido junto a mí, estuve a punto de pasarle el brazo por los hombros y estrecharla. Pero la voz de Silvia rompió el instante.

—Guapa, ¿ya estás otra vez con eso ?

Isabel, herida por el tono de su prima, pareció rehacerse al instante y enhebró una sonrisa retadora.

—Tú sabrás, bonita. También estabas allí. Y seguro que lo viste.

Silvia tardó apenas un segundo en responder, pero ese segundo existió. La mano con la que se aferraba al brazo de M. se cerró un poco más, y luego volvió a sonreír.

—Y vuelta la burra al trigo…

La discusión empezaba a cargarse, y algo me decía que la mención de tan noble cuadrúpedo no iba a contribuir precisamente a serenarla. Por fortuna, Violeta intervino antes de que aquello fuera a más.

—Niñas, ya está bien. Lo de aquella noche fue lo que fue, y bastante tiene cada una con llevarlo a su manera. Isabel está aquí, sana y salva, y no creo que ganemos nada removiendo ahora ciertas cosas.

Hubo un breve silencio tras sus palabras, un silencio de esos que no deja espacio para réplica. Violeta no había elevado la voz, pero consiguió que la niebla, la calle y hasta nuestras pisadas parecieran quedar un momento bajo su autoridad.

—Será mejor que lo dejemos aquí. Vámonos a dormir. Mañana nos vemos todos en mi casa para cenar.

Las chicas parecían seguir algo enfurruñadas, pero al menos dieron la disputa por aplazada.

Pero M. , cuyo sentido de la oportunidad nunca me cansaré de admirar, decidió que aquella noche no iba a cerrarse sin una última chispa:

—¿Y qué pasó?

Por fortuna, Violeta cortó de raíz aquel amago de rebrote.

—Estamos cansados, M. Y aquí, en la calle, no es lugar. Mañana, sentados a mi mesa, hablaremos con calma si hace falta. En fin… buenas noches a todos.

Allí mismo, frente a la puerta de la casa de Violeta —la que custodiaban dos fieros lobos tallados de falso aire gótico, con las fauces abiertas— nos despedimos de la tía y de sus sobrinas.

La niebla se había espesado alrededor del dintel, y durante un instante los relieves parecieron menos tallados que agazapados en la madera.

Cuando cerraron y oímos correr los cerrojos, emprendimos el regreso, intentando desandar nuestros pasos sin perdernos.

Y cuando por fin nos dimos cuenta de que nos habíamos desorientado y habíamos ido a parar a una de las viejas puertas de la muralla, M. exclamó animado, mientras nos daba golpecitos en la espalda:

—Hijos, qué bien me ha sentado este paseíllo. Fíjate que hasta se me ha abierto un poco el apetito y que ahora me tomaba un vasito de leche calentita con una magdalena antes de acostarme…

Consciente de que era inútil hacerle ver que, después de un día así, ningún ser humano debía de ser capaz de admitir más comida ni bebida, A. optó por otro tema de conversación.

—No me enteré bien. ¿Por qué se peleaban?

—A saber —zanjó M. —. Cosas de familia. Y bastante tenemos ya con las nuestras.

Todavía impresionado por lo que antes había creído ver, intervine.

—Algo le pasó a Isabel de pequeña. No dijo la palabra monstruo, pero hablaba de aquello como si todavía pudiera seguirla.

Creo que hasta a M. se le quitaron las ganas de pensar en su magdalena.

Por primera vez pareció darse cuenta de lo vulnerables que resultábamos en aquel momento, rodeados por un espeso manto de niebla, sin ver nada más allá de dos o tres metros.

Se volvió a examinar el entorno antes de repetir, ya en un tono mucho más bajo:

—¿Algo… aquí?

Incluso A. , que caminaba algo adelantado, había virado en redondo para mirarme, tenso. Viendo que el desasosiego se extendía entre nosotros sin que mediara ningún peligro cierto, opté por tranquilizarlos. No quise mencionar la visión que me había sobresaltado unos minutos antes.

—No sé, no sé… Quizá fuera una forma de hablar, y no tengo ni idea de si aquello le sucedió aquí o en otro lugar.

A lo mejor hablaba de un hombre, de una agresión, de algún miedo deformado por los años.

Después de todo, lo de Soncillo pertenecía a otro lugar, a otra casa, a otra clase de miedo, y no tenemos motivos para pensar que…

A. me interrumpió de pronto:

—¡Castejón!

M. pareció caer también.

—¡Cierto! Ni me acordaba… Está muy cerca de aquí, a unos treinta kilómetros…

Y ya empezábamos. Odiaba aquella manía de mis amigos: se ponían a hablar de sus cosas como si fueran de conocimiento universal. Intuí que mi descanso nocturno iba a depender de ello, pero, aun así, tuve que preguntar:

—¿Puede saberse de qué demonios habláis?

En respuesta, A. me cogió repentinamente del brazo y me obligó a reemprender el camino a buen ritmo. M. también parecía bastante azorado.

—Mejor en la casa. Ya no me siento tan a gusto en la calle…

Aceleramos el paso. La vieja puerta de la muralla quedó atrás enseguida, tragada por una niebla que no parecía seguirnos ni quedarse quieta, sino cerrar despacio el lugar por el que acabábamos de pasar.