Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO III #2
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CAPÍTULO III #2

—Pero llegó un día en que la prensa dejó de parecerme un oficio y se convirtió para mí en una habitación llena de ruido.

Todo eran titulares urgentes, becarios mal pagados y textos escritos con la solvencia gramatical de una nota de nevera.

Yo ya había contado demasiadas historias pequeñas para resignarme a escribirlas cada vez peor y para menos lectores.

Así que, cuando Silvia dejó Madrid y se vino conmigo, lo tuve claro: no regresaría a Guadalajara.

Arreglé la casa de mi madre y nos instalamos aquí para vivir tranquilas.

—Para mi tía, todo aquel que nació después del reinado de Chindasvinto es un descerebrado medio analfabeto —aclaró Isabel.

—O todo lo tranquila que me dejan mis sobrinas —replicó Violeta con una media sonrisa—.

Silvia vive conmigo desde que dejó Madrid.

Y a Isabel no hay quien la haga venir; tenemos que estar viajando siempre a Toledo para que no se olvide de nosotras.

Esta es la primera vez que pisa Valdeolivas en años.

Isabel, que hasta entonces seguía la conversación con una sonrisa ligera, bajó un momento los ojos hacia su copa.

No pareció molesta, pero la frase de su tía la había rozado en algún punto delicado.

Silvia, en cambio, siguió comiendo sin levantar la vista, acostumbrada quizá a aquella manera de hablar de ella.

—En fin —continuó Violeta—, esta vieja villa venida a menos resulta ser buena pareja para una periodista en dique seco. Ella trata de guardar sus secretos y yo me entretengo en sacarlos a la luz.

—¿Nunca llegaste a casarte? — M. , aliviado por no ser ya el centro de atención, se había animado a participar en la conversación.

Violeta tomó una servilleta y se limpió las comisuras con remilgada afectación antes de esbozar una sonrisa coqueta.

—No negaré que en mi juventud alcancé cierto éxito con los caballeros, pero llega un momento en que ciertas necesidades se van atemperando con los años.

Al final, lo único que necesitas es un buen fuego, una vieja manta y un libro en la mano.

Además, mis sobrinillas me colman de afecto y compañía. ¿Qué más podría pedir?

—Ni caso —terció Silvia—. Mi tía tiene revolucionada a la mitad de los hombres de la comarca. Si se comiera ella sola todos los espárragos, perdices, setas, venados y conejos que sus galanes le traen a casa haciendo procesión con la escopeta al hombro, un día no le cabría el culo por la puerta.

Dividida entre reconvenir a su sobrina por una mención tan vulgar a su persona y el evidente placer que le producía el halago, Violeta se inclinó rápidamente por lo segundo.

—Bueno, bueno, soy una señora que jamás ventila sus lances galantes… pero no negaré que lo que fue, fue. Y algo siempre queda.

—Brindo por ello.

A. levantó su copa y todos chocamos las nuestras entre risas.

—Me gusta tu casa —volvió a decir M. cuando nos calmamos—. Vi un poco desde la calle el día que me pasé por allí para pedir las llaves de la iglesia y me pareció un sitio muy acogedor. Uno de esos lugares en los que no me importaría vivir.

Lo dijo con demasiada desenvoltura. Yo, que lo conocía bien, advertí el leve retraso con que llevó la copa a los labios después de pronunciar la frase, como si él mismo necesitara convencerse de que aquella puerta con lobos no le había dejado ninguna impresión.

Violeta aceptó el halago con una sonrisa, inclinando ligeramente la cabeza.

—Ahí he reunido los recuerdos de toda una vida. Me encantará devolveros la invitación. Yo no tengo tu buena mano —añadió, y no supe si aquella referencia era deliberada—, pero mis sobrinas seguro que serán capaces de cocinaros algún plato suculento con el que retribuir la invitación.

—Claro, chicos, venid mañana viernes —secundó Isabel—. Yo no vuelvo a Toledo hasta el domingo por la noche.

—Será un placer —acepté en nombre de todos.

—Y ahora, a cenar.

Comenzamos a dar cuenta de la cena y del vino, y M. hizo gala de su aventajado apetito. A pesar de haber comido como nosotros una cantidad absurda de comida, no pareció flaquear en ningún momento.

Las conversaciones volvieron a divagar, pero Violeta no tardó en ocupar el centro de la mesa.

Mis amigos —mis extravagantes amigos— parecieron olvidar que al otro lado tenían a dos chicas alegres y desinhibidas, encantadas con la refrescante novedad que constituía nuestra presencia en el pueblo y ya dispuestas a asaltar la segunda botella de blanco del Somontano.

O quizá sería más justo decir que Violeta les arrebató la mesa sin levantar la voz, con esa paciencia de quien sabe que toda conversación acaba pasando por quien administra mejor los silencios.

Isabel y Silvia, que conocían bien el ego de su tía, se entregaron a sus propias conversaciones.

Yo, en cambio, no tuve más remedio que atender a Violeta mientras explicaba que la villa había prosperado en otro tiempo a la sombra del monasterio de Córcoles y que también había albergado una judería importante, cuyo rastro aún podía reconocerse en el trazado de ciertas calles.

Mientras hablaba, sus dedos iban describiendo sobre la mesa un recorrido invisible, atentos a un plano que solo ella parecía ver.

—Si esta noche queréis bajar un poco la comida y el frío no os asusta, podemos dar un paseo por la antigua aljama y visitar el lugar donde estoy segura de que se levantaba la vieja sinagoga.

M. y A. aceptaron la invitación con el mismo entusiasmo con el que yo me habría puesto el pijama y me habría metido en la cama bajo siete mantas, pero, obligado por la situación, no tuve más remedio que dejar escapar un gemido de aprobación bastante desvaído.

En ese momento sonó un chasquido y la luz se fue, dejándonos a oscuras.

Tras unos instantes de risas, confusión y tropiezos, Isabel y yo nos orientamos con la ayuda de las linternas de nuestros móviles hasta la puerta de la calle, para comprobar si se trataba de un apagón general o si tan solo había saltado el diferencial de la casa.

Cuando abrimos la puerta comprobamos que todo el pueblo estaba a oscuras.

A nuestra izquierda, la mole negra de la iglesia, encaramada sobre el terraplén, cobraba un aspecto espectral.

Quizá, claro, no fuera más que una impresión mía: en mi pasado reciente había aprendido por las malas que al terror absoluto le gusta encontrar cobijo en noches así. O quizá no fuera solo cosa mía.

Sentí la cálida presencia de Isabel al pegarse a mí y percibí en su voz un leve temblor —algo entre temor y súplica— cuando dijo:

—Cierra, que sube la niebla .

Efectivamente, trepando desde el Barranco de la Dehesa, al norte del pueblo, una capa blanca y cada vez más espesa iba adueñándose de las calles.

Bajo las luces de nuestros móviles, la niebla no parecía caer ni avanzar, sino buscar huecos: rozaba los zócalos, se enroscaba en los quicios, subía por las fachadas con una lentitud demasiado segura de sí misma.

Cerré la puerta y regresé al salón. Al volver, encontré a Violeta en el mismo lugar, inmóvil en la penumbra, con la copa aún en la mano.

No preguntó qué habíamos visto. No parecía necesitarlo.

Antes de seguirme, Isabel tiró un par de veces del picaporte, comprobando que quedaba bien cerrado.

Después apoyó un instante la mano sobre la madera, como si necesitara asegurarse de algo más.