Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO III
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CAPÍTULO III

CAPÍTULO

III

Al menos el olor a comida que subía por el hueco de la escalera confería cierto aire hogareño a la destartalada casa de M.

, aunque los escasos radiadores eléctricos desperdigados por las habitaciones en las que íbamos a dormir apenas lograban templar el frío.

Recién duchado y tiritando, corrí al salón, la única estancia caldeada de la vivienda.

Allí A. daba los últimos toques a la mesa en la que comeríamos los seis, ordenando como podía la ecléctica colección de platos y cubiertos de que disponíamos.

Cuando M. apareció desde la cocina con la fuente de ensalada, sonó el timbre.

—¡Justo a tiempo! ¿Puedes abrir, E. ?

Salvé el corredor mal iluminado y abrí la puerta. Afuera era ya noche cerrada; el frío de la calle no resultaba muy distinto del que se había instalado dentro. Aun así, durante un instante tuve la impresión de que, al abrir la puerta, la casa exhalaba hacia fuera.

—¡Hola, E. ! —me saludó alegremente Silvia con un beso, siendo la primera en entrar.

No pidió permiso ni esperó a que la invitara a pasar. Entró con esa familiaridad suya, inmediata y excesiva, que convertía cualquier umbral en algo ya conquistado.

Detrás de ella aparecieron las otras dos.

La prima, Isabel, más joven, se quitó la bufanda con un gesto ágil que dejó al descubierto una trenza oscura caída sobre el hombro.

No sonrió enseguida. Antes miró el pasillo, la escalera, el techo bajo, como si quisiera reconocer la casa antes de decidir qué impresión le causábamos nosotros.

A su lado, Violeta entró sin prisa, erguida, con el cabello entrecano cuidadosamente peinado hacia atrás y las gafas redondas asentadas con precisión sobre el puente de la nariz.

No miró la casa: la midió. Y luego nos midió a nosotros.

—Hola, Silvia. Buenas noches a todas. Bienvenidas.

Me aparté para dejar pasar a nuestras visitantes y cerré la puerta.

—Estos son mi prima Isa y mi tía Violeta. Él es E. , un amigo de M.

Isabel me dio un beso rápido, casi distraído, pero su mirada se demoró un segundo más de lo necesario. Violeta, en cambio, sostuvo el gesto con una leve inclinación de cabeza que no era exactamente cortesía, sino evaluación.

Tras dejar los abrigos en el perchero, pasamos al salón.

Isabel se movía con esa soltura de quien todavía no ha aprendido a contener del todo el propio cuerpo; tocaba apenas los objetos con la mirada, sin detenerse en ninguno, pero dejando la impresión de que todo quedaba registrado.

Violeta ocupó el sillón con naturalidad, cruzó las piernas con precisión geométrica y dejó que el collar de cuentas rojas destacara sobre el cuello alto, casi como una declaración silenciosa.

En pocos minutos ya estábamos sentados, con una copa de vino blanco en la mano, rompiendo el hielo con la habitual charla intrascendente.

Debo comentar que, llegado el momento de elegir nuestros respectivos asientos, Silvia —cuyo vestido malva parecía escogido para no competir con la penumbra del salón, sino vencerla— se desplazó varios centímetros en el sofá para dejar hueco a M.

, invitándolo con golpecitos en el asiento.

La rigidez de M. contrastaba con la pose relajada de ella, instalada ya en aquella casa con una naturalidad que no parecía propia de una primera cena .

Cuando, a lo largo de la charla, dejó caer por tercera vez la mano sobre su rodilla, M. se levantó con una precipitación casi cómica y, atropelladamente, farfulló algo sobre una tortilla de patata.

—¡Te ayudo! —anunció Silvia con una alegría apenas excesiva.

Y siguió a M. hasta la cocina, dejando tras de sí un perfume dulce, demasiado persistente para el poco tiempo que había permanecido allí.

Violeta enarcó apenas las cejas y siguió con la vista a su sobrina hasta que desapareció por la puerta. Luego no miró hacia la cocina, sino al lugar exacto que había ocupado M. en el sofá, como si en aquel hueco hubiera quedado algo pendiente de examen.

A. se apresuró a llenar el silencio.

—Nos comentó M. que es usted la cronista local, doña Violeta. Seguro que un pueblo como este tiene un pasado interesante.

Violeta agitó una de sus finas y blancas manos, en un gesto tan leve que parecía más una corrección del aire que un ademán.

—Por favor, tuteémonos. Estos pueblos tienen mucho más pasado que futuro, así que, por una vez que contamos con la visita de tres amables forasteros, no creo que sea apropiado malgastar el tiempo en formalismos anacrónicos.

La llaneza de la propuesta no la volvía más cercana. Al contrario: sonó a concesión calculada, una puerta que se abría solo porque ella acababa de decidirlo.

En cierto modo me sorprendió aquel arranque a la vista de su aspecto, cuidado hasta el extremo.

Había en Violeta algo compuesto, una elegancia seca, algo anticuada, que no parecía elegida por coquetería, sino por disciplina.

Me recordó a una vieja catedrática que me obligó a sangrar profusamente para ganarme el aprobado.

Violeta parecía una de esas personas que habían creado —y creído— su personaje, y que rara vez decían algo en dos palabras si podían hacerlo en diez, sobre todo cuando eso les aseguraba la atención de los demás.

En ese momento Isabel se levantó de su asiento y besó juguetona la frente de su tía.

—Quién te ha visto y quién te ve, tía. El día menos pensado voy a verte en vaqueros —dijo, señalando los que vestía ella misma.

—Isabel, creo que esa prenda te sienta mejor a ti que a mí.

Desconozco si a Violeta le quedarían bien o mal unos tejanos, pero a su sobrina le sentaban de maravilla.

Isabel sonrió, entre coqueta y distraída, antes de rodear el sofá con la copa en la mano para contemplar de cerca una descolorida estampa de la Mezquita del Cristo de la Luz que decoraba la pared del salón.

Se acercó lo justo para verla mejor y, al cabo de unos segundos, volvió a incorporarse.

A. debía de compartir mi opinión, porque le sorprendí mirándola con más atención de la que aconsejaban la cortesía y la prudencia.

Cuando entró en el salón, Isabel se había quitado la gruesa chaqueta de punto granate que llevaba bajo el anorak y se había quedado con una camisa blanca, ligera, que reforzaba sin buscarlo la impresión de movimiento limpio que había traído consigo desde la puerta.

La trenza oscura, caída sobre el hombro, se balanceaba cada vez que se volvía para mirar algo de la habitación.

Aquella joven, que había confesado que le gustaba trotar cada mañana al amanecer por las cuestas de Toledo, debió de repetir la pregunta por segunda vez, porque A. no parecía haberla escuchado.

— A. , perdona.

Él respingó y se turbó al creerse descubierto. Isabel clavaba la mirada en su rostro, mientras él, con un retraso imperdonable, regresaba de golpe a la conversación. Para ganar un segundo, A. dio un par de tragos a su copa antes de responder.

—Sí, disculpa… ¿decías?

Isabel sonrió con esa expresión traviesa que, traducida, venía a decir: «Sí, y ahora hazte el distraído, tontín». Ocupó de nuevo su sitio en el sillón y cruzó las piernas antes de contestar:

—¿Nos conocemos? No sé por qué, pero tu cara me resulta muy familiar. ¿Has vivido en Toledo?

A. se sorprendió por la pregunta. Sí, él había trabajado un par de años en la ciudad, aunque en realidad nunca llegó a vivir allí. Yo todavía recordaba aquella experiencia terrorífica que nos relató una noche en Soncillo, cuando tropezó con el espíritu maldecido del cura de San Miguel el Alto.

—¿Conocernos? — A. sostuvo un instante la mirada en su rostro, como si rebuscara en la memoria—. No sé. Puede que nos hayamos cruzado alguna vez. Toledo no es tan grande.

Violeta enarcó las cejas y resopló, no demasiado discreta. La pregunta de Isabel pareció interesarle más que la respuesta.

—¿No? —Isabel flexionó el torso, apoyó la barbilla en las manos y entornó sus ojos color miel, esforzándose por recordar—. Estoy… no sé. Seguro que luego caigo. Nunca olvido una cara.

En ese instante entró M. con la tortilla recién cuajada.

Parecía bastante azorado, y juraría haber advertido algún resto de carmín en la mejilla.

—La tortilla. Cuando queráis podemos sentarnos a cenar.

Silvia, que llegó unos instantes después, le tomó una mano a M. antes de que pudiera escapar del todo hacia la mesa. Se la levantó con una naturalidad burlona, enseñándosela a Isabel.

—Chica, qué manos tiene.

—¿Tienes buena mano, M. ? —preguntó Isabel, traviesa.

El rostro de M. adoptó una tonalidad cárdena. Desde donde estaba sentado podía percibir el esfuerzo por encontrar una respuesta que lo sacara del apuro sin hacerlo quedar en ridículo.

Silvia golpeó en broma la mano de su prima.

—¡No seas mala! Mano en la cocina.

Me apiadé de mi amigo y decidí abrir algún tema de conversación que apartara la atención de él.

—Violeta, ¿te has hecho ya a vivir en un pueblo tan pequeño después de haber trabajado como periodista?

Violeta dejó la copa sobre la mesa con una precisión que obligó, sin necesidad de pedirlo, a que todos la mirásemos.

—Ya hace tiempo de eso. Además, ser periodista en una pequeña capital de provincias no es tan trepidante como hacerlo en Madrid. Escribir crónicas sobre la cosecha de cebada o sobre una recepción del obispo no es lo mismo que investigar un escándalo político en la capital.

Hizo una pausa breve antes de continuar.

—La ventaja de haber sido mujer en esta profesión, cuando aún no había muchas, es que eso me permitió destacar.

Y conocer a todo aquel que fue alguien en la provincia.

Si dejo a un lado el paternalismo y la condescendencia de tanto machito que tuve que tragarme…

—esbozó una sonrisa seca—, sí, puedo decir que me dio cierta popularidad en algunos ambientes.

Bebió un sorbo de vino antes de rematar: