Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO II #2
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CAPÍTULO II #2

—El caso es que terminé acercándome a casa de doña Violeta, en una de las calles aledañas a la plaza.

Todo el mundo parecía saber dónde vivía, aunque nadie, al indicármelo, se entretuvo demasiado en adornar la información.

Ya sabéis cómo son los pueblos: a veces la prudencia consiste en decir una calle y cambiar de tema.

Resultó que vivía en una casa vieja, de dos pisos, con una puerta de lo más singular: dos criaturas de cuatro patas —apostaría que lobos— enfrentadas, amenazándose con las fauces abiertas.

No pude reprimir un escalofrío al oírlo.

—¿Lobos?

—Sí. Ya sé. A mí también me dio cierto repelús.

Se acomodó en la silla antes de continuar.

—La puerta no debía de tener más de cien años, pero el estilo arcaico de aquellos animales parecía venir de mucho más atrás que la madera donde los habían tallado.

Tenía ya el llamador en la mano cuando me vino algo parecido a una premonición.

Una sensación muy clara: debía dejarlo estar y marcharme sin hacerme notar.

Hizo una breve pausa. Por primera vez desde que había empezado a contar la historia, dejó de jugar con la copa.

—Solté la aldaba con cuidado. Y aun así me pareció que sonaba demasiado. Ya había decidido olvidarme de los habitantes de esa casa y pedir la llave a la Ramona. Seguro que, dejando diez euros en el cepillo, sabría hacerme perdonar las molestias.

—Y si te fuiste… ¿cómo es que esta noche tienes invitadas? —le pregunté.

M. afirmó con la cabeza, lentamente.

—Justo cuando me iba a ir llegó Silvia. Ya sabéis cómo son los pueblos pequeños: ser un forastero te convierte en el foco de atención. Y la chica, que me vio allí plantado junto a la puerta, no iba a dejarme escapar sin arrancarme una reseña biográfica completa.

Se encogió de hombros, descargándose de culpa.

—En fin, ya la habéis visto. Es guapa, y yo no me resistí al interrogatorio.

Sonrió apenas.

—Veinte minutos después me había acompañado a la iglesia y me abrió la puerta.

Para entonces ella ya lo sabía todo de mí.

Yo, en cambio, de ella apenas sabía nada.

Solo que era sobrina de doña Violeta Valtierra y que vivía con su tía en aquella casa.

También me quedó claro, porque lo repitió con bastante convicción, que los hombres de la zona le parecían todos unos desgraciados y unos cerdos.

M. hizo una pausa y se rascó la barbilla, pensativo.

—Lo decía con gracia, sí, pero no estoy seguro de que fuese una broma. Y, desde luego, le pareció interesantísimo que yo hubiera venido al pueblo en busca de paz para terminar la tesis.

Al advertir la expresión burlona en nuestros rostros, se apresuró a defenderse.

—Vamos a ver. No soy la persona más espabilada del mundo, pero sé cuándo me están tirando los tejos. Y sí, para alguien como yo —un ejemplar de ruda belleza masculina, de apreciación algo compleja—, aquello resultaba halagador.

Se encogió de hombros.

—No me cuesta reconocer que me entregué con gusto al flirteo. Algo que no os costará entender, ¿verdad, E. ?

La mención indirecta a Bente me hizo sonrojar. No fue solo vergüenza. Durante un segundo regresó una incomodidad antigua, un calor tonto en la cara y una especie de lealtad herida hacia algo que ninguno de los dos había nombrado. Carraspeé y lo apremié con un gesto para que continuara.

—El caso es que, después de visitar la iglesia, le pregunté si le parecía bien que donase algo al cepillo. Me contestó que de eso ya se encargaba ella… y que prefería que la invitase una noche a cenar.

Hizo una pausa.

—O que, si no me venía bien, podía pasarse por mi casa y prepararme algo típico de la zona.

Negó con la cabeza.

—En fin. De pronto me vi metido en un buen lío. No quería desairarla después de haber estado tonteando con ella, pero tampoco deseaba favorecer un encuentro que complicase más las cosas. Así que…

—…en lugar de resolverlo de una vez, empezaste a darle largas. A ver si se arreglaba solo —concluyó A.

M. resopló.

—¿Y qué voy a hacerle? Es mi carácter.

Partió un trozo de carne, se lo llevó a la boca y masticó despacio antes de continuar.

—Para evitar la situación, prácticamente no he parado en la casa. Y aquí no es como en la ciudad, que puedes fingir que no estás. Me levantaba al alba y no regresaba hasta muy tarde, después de haber visitado todo lo visitable de los alrededores.

Sonrió, con un orgullo apenas disimulado.

—¡Joder! Si llevo ya cuatro días haciéndome una cantidad indecente de kilómetros para irme a mi casa de Alcorcón… trabajar un poco en la tesis, claro… y volver aquí solo para dormir.

A. y yo digerimos en silencio aquella confesión.

Al cabo de unos segundos, A. se decidió a intervenir. Habló muy despacio, tratando de procesar la revelación.

—Es decir…

Se detuvo ahí.

Noté que se le humedecían los ojos y que el rostro se le teñía de un tono cárdeno. Aguantó apenas un segundo más antes de estallar en carcajadas.

No tardé en hacerle los coros.

De nuevo los tres terminamos muertos de risa, contagiados de una hilaridad irresistible.

Medio ahogado, M. consiguió al fin enhebrar una frase en un hilo de voz:

—Soy un gilipollas y no tengo carácter, ya lo sé…

A. asintió, comprensivo.

—La adolescencia de mierda que tuvimos nos pasará factura para siempre. Tu madre siempre sospechó que éramos unos gais tan reprimidos que ni a salir del armario nos atrevíamos.

—Sí, es un milagro que hayamos terminado con tan pocas taras —reconoció M. , algo achispado por el vino—. Al menos E. tuvo una adolescencia más normal. Siempre fue el mejor de los tres.

Saludé el reconocimiento alzando la copa.

—Sí, amigos. Confieso que siempre me habéis dado un poco de repelús.

La risa se prolongó todavía un poco, hasta que se fue apagando por pura falta de aire. Solo entonces, ya con la copa en la mano y la mirada perdida en el plato, M. añadió, casi para sí:

—Pero os digo una cosa: aquella casa no me gustó. Antes de que apareciera Silvia, quiero decir. No sé explicarlo mejor. Aunque por dentro, lo reconozco, es impresionante porque está repleta de antigüedades.

Nadie hizo gran caso de la frase. O quizá fingimos no hacerlo, que no siempre es lo mismo.

Una hora después salíamos a la placita a la que daba la puerta del restaurante, cargados con las sobras.

Antes, eso sí, reiteramos a Silvia la firme promesa de que nos veríamos a las diez en la casa.

La tarde empezaba ya a doblarse y el sol, más bajo, iba dejando sobre el empedrado una trama de sombras alargadas.

Nos detuvimos unos instantes, vencidos por la comida, por el vino y por esa somnolencia torpe que dejan los excesos, y agradecimos en silencio el aire frío de marzo, el resplandor dorado sobre la piedra y la quietud casi irreal de la plaza.

Había en aquella pausa algo reparador, un breve descanso entre la risa, la digestión y lo que aún quedaba por hacer. M. fue el primero en romper el hechizo.

—Sé que después del atracón que nos hemos dado parece de coña —soltó—, pero tenemos que hacer unas compras para la cena de esta noche.

Vamos al súper de enfrente a por unas verduras y bebidas…

y, ya que tenemos algo de tarde, podríamos acercarnos un momento a Millana.

Su iglesia tiene una portada ro mánica que merece la pena.

Luego nos pasamos por Salmeroncillos a comprar carne.

A. protestó por inercia, no con verdadera convicción, y al final nos dejamos arrastrar.

El rodeo era corto. Diez minutos después volvíamos a ir metidos en el Tiburón, por carreteras secundarias entre lomas pálidas y olivares ralos, hasta que la iglesia apareció sobre el caserío de Millana con esa nobleza seca que tienen algunos pueblos de la Alcarria.

Nos detuvimos apenas un momento, lo justo para arrimarnos a la portada del lado sur.

Venía yo todavía con la imagen de los lobos de la puerta de Violeta demasiado fresca en la cabeza; quizá por eso miré aquellas piedras con una prevención que en otro momento me habría parecido absurda.

La portada, tocada apenas por la luz baja y oblicua de la tarde, mostraba una riqueza inesperada para un lugar tan pequeño: seis arquivoltas de medio punto, bien encajadas en un cuerpo saliente de sillería, y una hilera de capiteles donde convivían criaturas del bestiario y escenas sagradas.

M. , que allí recuperó parte de su aplomo, nos fue señalando basiliscos, centauros y grifos, y luego un ángel, escenas evangélicas y otros restos de un viejo sermón labrado en piedra.

En uno de los capiteles, dos animales se enfrentaban, no idénticos a los de la casa de Violeta, pero lo bastante próximos para que el recuerdo acudiera sin que nadie lo llamase.

A mí, sin embargo, me impresionó la naturalidad con que todo aquello compartía sitio.

No había separación ni escándalo: lo sagrado y lo monstruoso, lo reconocible y lo torcido, comparecían juntos sobre la misma puerta, expuestos a plena luz, con una serenidad inmóvil que me resultó más inquietante que cualquiera de aquellas figuras por separado.