Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4) CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

CAPÍTULO

II

Dice la Biblia que Pedro negó tres veces. M. , en cambio, afirmó tres.

No es de extrañar que el camarero, al depositar en el centro de la mesa los tres primeros platos —morteruelo, migas y croquetas—, acogiera con una sonrisa beatífica nuestras exclamaciones: aquello bastaba, como poco, para nueve personas.

Y lo peor era que aún faltaban los segundos: chuletas de cordero, un entrecot y un churrasco de ternera.

—Si les sobra algo, no se preocupen, señores. Se lo guardamos en un tupper para llevar.

Al mirar la carta, el sitio no me había parecido precisamente barato para un restaurante familiar en un pueblo medio vacío. Luego entendí el mecanismo: allí uno no pagaba por comer bien, sino por rendirse con dignidad ante una forma local de abundancia.

También comprendí por qué el camarero, con una honestidad que lo honraba, nos había advertido que era demasiada comida para tres.

Y tres veces M. respondió que sí, que allí se sentaban hombres como los de antes, no parejitas que picoteaban una ensalada para compartir con la tristeza disciplinada de los gorriones urbanos.

—Bien hecho, M. —lo felicitó A. —. Espero que al menos el frigorífico de tu casa esté en mejores condiciones que el resto. Aquí va a sobrar comida para alimentarnos hasta que volvamos a Madrid.

M. le respondió algo amoscado, mientras enterraba la cuchara en la descomunal fuente de migas y se llenaba el plato:

—Lo dirás por ti, majo. A mí el aire puro me abre el apetito cosa mala.

En ese momento lo vi palidecer. Dejó de servirse y soltó la cuchara como si fuera un objeto radiactivo.

Con destino a una mesa vecina pasó junto a nosotros un cachopo de casi cuarenta centímetros de diámetro, transportado con esa solemnidad que solo merecen los grandes féretros y ciertos platos asturianos.

—Sí… lo mismo hemos pedido demasiada comida —reconoció, con un hilo de voz.

Al advertir lo cómico de la escena —y al pensar que íbamos a pagar una cantidad indecente por un festín que acabaríamos recalentando en la casa— estuve a punto de atragantarme con el peleón vino de la casa al empezar a reír.

Mis amigos se contagiaron enseguida. Acabamos muertos de risa, sin motivo aparente, bajo la mirada entre curiosa y reprobatoria del resto de los comensales.

Una voz femenina nos sorprendió entre las mesas, cargada de una ironía doméstica:

—Hola, intelectual. Mira que te he invitado veces a cenar a casa y tú que no, que no, que tienes que trabajar…

¡Todo mentira! Pero si luego no paras nunca en el pueblo, que siempre andas por ahí.

No me digas que trabajas encerrado, porque tu coche casi nunca está junto a la casa.

Hijo, menos mal que al fin vas a cumplir y nos has invitado a cenar. ¿Son estos tus amigos?

Quien hablaba era una de las camareras del local.

Rondaría los treinta, quizá alguno más. Morena, de pelo corto recogido en una coleta sin demasiada ceremonia, tenía los ojos claros y los pómulos marcados bajo un maquillaje ligero.

No era una belleza delicada ni especialmente elegante; tenía otra clase de atractivo, menos pensado: la seguridad de quien entra en una escena y la ordena sin pedir permiso.

Y, sin embargo, había en su mirada algo más atento de lo habitual, una vigilancia alegre que no dejaba de resultar extraña precisamente porque parecía inofensiva.

Sostenía entre las manos un flan del tamaño del Hindenburg, rumbo a una mesa vecina.

Apenas oyó su voz, M. se quedó inmóvil, con la cuchara suspendida a medio camino del plato, como si lo hubieran sorprendido en falta.

Luego dejó el cubierto, se irguió demasiado deprisa y trató de recomponer el gesto con una dignidad tan aparatosa que apenas pude contener un nuevo ataque de risa al verle aquella cara de circunstancias.

—Silvia… Hola, Silvia. Sí, esta es Silvia —se apresuró—. Viene a cenar esta noche con una prima y una tía suya. Estos son E. y A. , los amigos de toda la vida de los que te hablé.

Silvia nos estudió sin prisa. La ligera inclinación de la cabeza y la calma con la que nos recorrió uno a uno no delataban aprobación ni desinterés.

Simplemente evaluaba. No era una mirada indiscreta; era peor: una mirada educada, casi amable, que parecía quedarse con lo necesario y descartar lo demás.

Nada en su gesto permitió adivinar si habíamos colmado o no sus expectativas.

—Hola —saludó, simpática, con un gesto rápido de la mano tras soltar un instante la fuente del flan—. ¿Es siempre tan arisco este hombre? Cuando por fin aparece por el pueblo un forastero interesante, resulta que me toca el más seco de Madrid. Tendremos que tener paciencia con él.

Comprobé que, allí plantada y sin moverse, le rozaba con la cadera el hombro a M.

Él se había quedado demasiado quieto, tieso en la silla, con los hombros levemente encogidos y la vista fija al frente, mientras el rubor le trepaba despacio por el cuello y las mejillas.

No parecía solo avergonzado. Parecía un hombre que, por primera vez en muchos días, comprendía que no había escapado de nada .

De reojo vi que A. también había calibrado la situación. Lucía la más cándida de sus sonrisas: por improbable que pareciera, un ser humano del sexo femenino había puesto precio al pellejo de nuestro amigo.

—Este M. nuestro es así —respondió A. , jovial—. Frío y ariscón, pero con un corazón de oro. Solo hay que insistir para que se abra, coja confianza… y verás que por dentro es blando como una torrija olvidada en almíbar.

Silvia miró a M. con intención, pero este seguía mirando al frente, como si aquello no fuese con él.

—Pues nada… —dijo ella, sin moverse—. Ya le iremos sacando las palabras. Aunque sea una a una.

En ese momento pasó por allí una mujer mayor —la matriarca del negocio, con toda probabilidad— y le lanzó a Silvia una mirada de reprobación. La camarera se apartó al instante, como si le hubieran tirado de un hilo, y se despidió:

—Pues nada, chicos. Esta noche nos vemos.

—Hasta luego, Silvia —nos despedimos A. y yo.

M. murmuró algo ininteligible, sin decidirse a levantar la vista.

Luego desapareció en una sala aneja con su flan descomunal, dejando tras de sí una ligera turbación en el aire, no del todo atribuible al flirteo ni al tamaño obsceno del postre.

A. se giró hacia M.

—Así que… dedicado a tu tesis, ¿eh?

M. había recuperado parte de la compostura y volvió, por fin, a donde solía.

—Hijo, ¿qué voy a hacerle si tengo este atractivo tan mío? Llevo dándole esquinazo a esta muchacha desde que llegué, y pensé que, si la invitaba esta noche con más gente, me dejaría un poco tranquilo.

Me sorprendió que incluso M. , con su limitado conocimiento de las relaciones humanas, hubiera llegado a esa conclusión. Cualquiera sabe que el fuego no se apaga echándole gasolina.

—Hay que reconocer que la chica está bastante bien —quise provocarle—. Ahora entiendo por qué, teniendo la casa de Alcorcón para ti solo, has querido venirte al fin del mundo a trabajar… o a lo que sea que estés haciendo aquí.

M. resopló, pero no respondió. Antes de volver a mirar el plato, lanzó una ojeada fugaz hacia la sala por la que Silvia había desaparecido. Fue un gesto mínimo, involuntario, y precisamente por eso me llamó la atención.

—¿Y quién es la prima? —preguntó A.

M. se entretuvo limpiándose los labios con la servilleta, como si la pregunta no mereciera demasiada atención.

—No la conozco. Creo que es alguien de fuera…

En ese momento llegó nuestro camarero.

—¿Les traigo los segundos?

En vista de que no habíamos podido ni con la cuarta parte de lo servido —reservándonos, con heroísmo inútil, algo de hueco para lo que estaba por llegar— dejamos que el camarero se regodeara en la victoria.

—¿Nos puede guardar las sobras para llevar, por favor? —rogó M. , con un hilillo de voz.

—Faltaría más, hombre. Se lo guardamos con lo que sobre de los segundos… que algo quedará, digo yo.

Un minuto después retiraron los primeros y, sin dar tiempo a respirar, los sustituyeron por otra cantidad imposible de comida.

Yo le daba vueltas a un chuletón del tamaño de una losa, buscando algún punto débil por el que atacarlo. A. , por su parte, cortaba con resignación una de las chuletas que se amontonaban ante él.

Con el tenedor en la mano, señaló a M.

—¿Y cómo conociste a tu admiradora?

M. pareció aliviado al comprobar que, por un instante, se le permitía olvidarse del muro de carne que defendía su porción de mesa a modo de parapeto.

—Es la sobrina de nuestra tercera invitada a la cena.

Se aclaró la garganta y, por fin, se decidió a contar la historia.

—Antes de elegir el pueblo como lugar de retiro ya sabía que su iglesia escondía el único pantocrátor gótico de la provincia. Creo que sobrevivió porque estaba oculto tras un altar que destruyeron en la guerra.

Hizo una pausa, vació la copa de un trago y, como si la historia exigiera combustible, la rellenó. De paso, se ocupó también de las nuestras.

—Tras instalarme, me fui directo a un bar de la plaza. Café primero —que no estaba nada mal, por cierto— y luego la pregunta clave: quién guardaba la llave de la iglesia.

Nos miró, a la espera de nuestra aprobación por lo del café, y siguió:

—Resultó que había dos llaves. Una la tenía la Ramona, piadosa mujer que se encargaba de limpiar y llevar flores frescas a las imágenes.

La otra, una tal doña Violeta: erudita y cronista local.

Había sido periodista en un diario de Guadalajara y ahora entretenía la jubilación en el solar materno publicando crónicas digitales sobre la historia del pueblo, con más lectores de los que uno imaginaría.

A. no aguantó.

—Déjame adivinar. Fuiste a ver a la Ramona. Entraste, los crucifijos se dieron la vuelta y el puchero empezó a hervir sangre. Así que, con muy buen criterio, la mujer te negó la llave y tuviste que ir a doña Violeta.

M. saludó la ocurrencia con su copa.

—¡Correcto! Aunque lo que de verdad la asustó fue ver a su gato hablando en sumerio.

Sonrió satisfecho y dio un pequeño trago.