CAPÍTULO I #2
—Novecientos euros, más trescientos de fianza.
Parece mucho, pero cuando te despiertas por la mañana con el canto de los pájaros y el tañer de campanas, te das cuenta de que lo vale.
Lo pagas por esto —explicó, abarcando con un gesto el pueblo que se extendía al otro lado de los húmedos muros del caserón.
Justo entonces oímos el petardeo de un motor diésel y unos frenos chirriantes. Un instante después atronó un altavoz, como si lo hubieran plantado en mitad del salón:
—¡Señora! ¡El frutero furgonetero, señora! ¡Manzana, pera! ¡Dos euros tres kilos, señora, purita miel pa su boca! ¡Cinco kilos de patata, de la Mona Lisa, señora! ¡Se derrite como la mantequilla! ¡Solo dos euros la bolsa!
Los precios eran, sin duda, competitivos. A. no desaprovechó la ocasión y se burló, alzando la voz por encima del reclamo:
—¡Una paz de orden celestial! ¡Ansío venir para las fiestas!
—¡Pero si es puro costumbrismo, A. ! —se defendió M. —. Seguro que cuando hayamos comido estás de mejor humor.
El pregón se fue alejando calle abajo, arrastrado por el motor, y durante unos segundos la casa recuperó su silencio húmedo. Fue entonces, no mientras gritaba el frutero, cuando volvió a parecer demasiado grande para nosotros tres.
⁂
Como M. había reservado en un restaurante de Alcocer, a unos veinte kilómetros de la casa, tomamos en sentido inverso la misma ruta que nos había traído al pueblo.
Al salir, miré un momento hacia atrás. La torre seguía allí, encajada sobre los tejados, y la casa, aplastada bajo ella, parecía haber cerrado la boca después de expulsarnos.
Cuando nos vimos los tres en el Tiburón, atravesando los despoblados de la España interior, sentí un escalofrío. Comprendí que, de algún modo, estábamos reproduciendo el mismo patrón que, no hacía tanto, nos había llevado al borde del precipicio.
Me habría gustado creer que aquello era solo una superstición de superviviente: tres amigos, una casa aislada, demasiada confianza en que el pasado se resigna a quedarse atrás. Pero hay lugares que enseñan al miedo una forma concreta, y después cuesta no reconocerla en cualquier puerta vieja.
El recuerdo de la casa de Soncillo y de todo cuanto la rodeó había perdido filo con los meses.
Eso no significa que hubiese desaparecido.
Solo se había cubierto con esa costra de normalidad que permite seguir viviendo sin estar todo el día mirando por encima del hombro.
Nada de aquello nos dejó, al menos en apariencia, traumas perdurables. O eso preferíamos pensar.
También Bente —o aquello que una vez adoptó su forma— se había ido retirando hacia una zona menos peligrosa de mi memoria.
Ya no ardía. Ya no me desordenaba la sangre al menor descuido.
Pero tampoco se había convertido en un recuerdo inocente.
Traerla a la memoria no despertaba en mí la menor añoranza, me repetía entonces, con la convicción sospechosa de quien necesita insistir demasiado en una mentira pequeña.
Espanté el mal presentimiento dando conversación a mis amigos.
—¿Cómo va la familia, M. ?
M. , en el asiento posterior, gruñó.
—Mojados como gatos en una bañera —dijo—.
¿A quién se le ocurre irse a pasar un mes entero a una isla llena de piratas y facinerosos para practicar su parla infernal?
Vale más un Cervantes que mil Shakespeares.
Al menos, prófugos que son, no han podido quejarse de que me venga al campo en busca de tranquilidad para terminar mi trabajo.
—¿Y la tesis, querido? —preguntó A. —. Nuestra tesis, en realidad, ya que creo que he trabajado en ella más que tú mismo.
M. se hizo el distraído con admirable falta de vergüenza y señaló el pueblo que acabábamos de dejar atrás: Villar del Infantado.
—¿Os habéis fijado en las cuevas? Volveremos. Tiene algún rincón interesante.
Pero A. no iba a soltar el asunto.
—¿No te estarás dedicando a hacer turismo, verdad? Me costó lo mío conseguirte la prórroga y, si en cinco meses no la entregas… adiós. No podré ayudarte más.
—Bueno, bueno. Claro que trabajo, hombre. Para eso he venido.
—¿Ah, sí? Porque el empeño que pusiste en que pasáramos unos días contigo no suena precisamente a tesis.
—Nada, nada. Ya sabes que yo trabajo mejor bajo presión. Te juro por mis niños que lo tendré editado, corregido y encuadernado a tiempo. Palabrita. Pero hacía tiempo que no pasábamos unos días juntos, y esta era una oportunidad inmejorable.
En ese punto —quizá contagiado por el paisaje, hermoso a su manera en su dureza— decidí interceder por M.
—Déjale, A. Ya sabes que, en el fondo, tiene razón. In extremis, a trompicones y por los pelos, lo logrará. Disfrutemos de estas pequeñas vacaciones inesperadas. Comamos y bebamos, que son dos días.
A. apartó un instante la mirada de la carretera, con resignación teatral.
—Nunca haré de él un hombre de provecho. Es mi cruz.
—A la vuelta nos vamos a pasar por el matadero a comprar carne —anunció M. , con la naturalidad de quien propone comprar pan—. Tendremos invitadas a cenar.
La noticia me sorprendió. Quizá fue la palabra matadero, o quizá el entusiasmo repentino con que M. había introducido aquella novedad en mitad de la carretera vacía, pero algo en la frase dejó una pequeña rebaba de inquietud.
—¿Invitadas? No sabía que conocieses a nadie de aquí.
—Bueno, ya sabes que soy una criatura sociable y, por naturaleza, encantador. En una o dos escapadas para despejarme la mente he trabado alguna relación con los locales.
Tardamos unos instantes en digerir el modo en que M. se describía. Al final, A. zanjó el asunto.
—Sí. No cabe duda de que, si lo comparamos con un sociópata, M. es todo eso que afirma ser.