Las Hermanas (Crónicas del Valle Salobre 4)
© inepub.com
CAPÍTULO I
CAPÍTUL O
I
El abismo se abría a nuestros pies en un día invernal, apenas brumoso, bajo un remedo franquista de atalaya medieval.
El viento subía desde el Tajo con una frialdad limpia que no terminaba de casar con la mugre del lugar, antaño visitado por el mismísimo presidente Eisenhower; hoy, retrete de las últimas diez generaciones de excursionistas madrileños.
Pero más allá del olor —y del aspecto frágil de las barras herrumbrosas del balcón, que vibraban apenas bajo las manos cuando uno cometía el error de apoyarse en ellas— el paisaje merecía la pena.
A nuestra derecha se levantaba la mole gris del embalse de Entrepeñas.
Al otro lado, el Tajo se alejaba encajonado entre dos farallones de caliza, camino del encuentro con el Guadiela.
El agua, vista desde allí arriba, no parecía correr hacia ninguna parte; permanecía quieta, dura, con esa inmovilidad de las cosas demasiado grandes para necesitar nuestra atención.
A mi lado, ajeno al espectáculo natural, A. ojeaba impaciente la pantalla del móvil.
—Deberíamos irnos: es la una, y como nos retrasemos M. es capaz de comer por su cuenta.
—Déjame un segundo, hombre. El paisaje es impresionante.
—Aquí huele a meados y seguro que el hormigón tiene aluminosis. Te espero en el coche —resolvió A. , ya de espaldas .
Con un suspiro, eché un último vistazo al valle.
No sé qué esperaba ver en aquella extensión de piedra, agua y aire frío, pero durante un segundo tuve la impresión absurda de que el mirador no invitaba a contemplar el paisaje, sino a apartarse de él.
Luego seguí a A. por las entrañas del castillete.
Dos minutos después estábamos en el Tiburón, o «bis», como con cierto desapego lo había bautizado A.
, insinuando que no dejaba de ser una mala imitación del que se vio obligado a abandonar en Soncillo.
M. llevaba ya más de una semana instalado en Valdeolivas, refugiado allí —según decía— para terminar por fin la tesis.
A. y yo habíamos aceptado pasar con él unos días antes de que regresara a Madrid y a sus eternas prórrogas universitarias.
Sacedón, Córcoles, Alcocer… De camino a nuestro destino final, los pueblos se iban sucediendo a la inversa de aquel viaje alcarreño que uno recuerda de los libros, solo que con menos lirismo y bastante más asfalto.
A uno y otro lado de la carretera se extendía la Alcarria de Guadalajara con su aspereza desnuda de finales de marzo: lomas pálidas, olivares ralos, ribazos de piedra, alguna mancha oscura de monte bajo y, de vez en cuando, la lámina inmóvil del agua abriéndose entre los cerros como una presencia fría.
Era un jueves y, sin el refuerzo de los visitantes de fin de semana, costaba asumir, a la vista del despoblamiento, que apenas nos separaba una hora en coche de Madrid.
El último tramo comenzó al abandonar la excelente nacional que nos había traído desde Guadalajara.
La carretera se estrechó, perdió seguridad y empezó a sacudir el coche con una constancia premeditada, como si a partir de aquel punto el viaje ya no quisiera facilitarnos la entrada.
Dejamos atrás Villar del Infantado y, poco después, A. aminoró la marcha.
—Hemos llegado, parece.
Temerosos de que las estrechas calles de Valdeolivas resultaran una prueba insuperable para el monstruoso Tiburón, preferimos dejarlo aparcado fuera del antiguo trazado de las murallas, al borde de la carretera, y seguir a pie el último tramo, cargados con el equipaje.
Siempre cuesta abajo, caminamos unos doscientos metros por el empedrado del pueblo.
A aquella hora apenas se veía a nadie. Una persiana bajó en algún punto antes de que pudiéramos localizar la ventana, y el golpe seco de la madera contra el marco pareció quedarse un instante suspendido entre las casas.
La localidad, constreñida en su nacimiento por las murallas —todavía visibles en algunos tramos, casi siempre canibalizadas por viviendas adosadas— conservaba un trazado medieval caótico en el que costaba orientarse.
Había en aquellas calles una quietud húmeda, un frío pegado a la piedra, una dignidad pobre hecha de portales bajos, rejas vencidas y fachadas recompuestas muchas veces, que no invitaba a demorarse.
Por fortuna, nuestro destino era fácil de reconocer.
Por las indicaciones que nos envió M. , sabíamos que la casa estaba a los pies de la iglesia.
La torre no tardó en asomar al doblar una esquina: tres pisos de dobles arcos románicos de transición, ligeramente apuntados, separados por impostas.
La piedra, ennegrecida en las juntas y desgastada en algunas zonas por los años, daba al conjunto un aire recio, hosco.
Más que alzarse sobre el pueblo, parecía pesar sobre él.
Sorteamos la verja que cerraba el jardincillo de la iglesia y contemplamos la fachada de nuestro alojamiento.
A. observó el conjunto, negando con incredulidad:
—Vaya… No sé bien qué decir. ¿Vamos a pasar cuatro días aquí? ¿El señor «nada por debajo de cuatro estrellas merece la pena» lleva diez días aquí metido?
—Eso dice él. Quizá por dentro esté mejor. Por los novecientos euros que pagó por alquilarla todo el mes, debería reunir unas condiciones mínimas.
La pintura rosa apenas disimulaba los costurones de una fachada abombada, alarmantemente agrietada en varios puntos, como si los muros sujetasen el talud en el que, unos metros más arriba, se enterraban los cimientos de la iglesia.
La casa no parecía apoyarse en la ladera, sino resistirla desde hacía demasiado tiempo.
No podía decirse que fuera una casa fea: su antigüedad había ennoblecido sus muchos defectos. Se accedía por un arco de piedra que enmarcaba un portalón de madera decrépito, el elemento más sobresaliente del conjunto.
Pero, excluyendo ese detalle armónico, alguien debió decidir que la improvisación era la mejor aliada a la hora de levantar una casa, porque ni una sola ventana parecía haber sido planeada.
Los huecos se abrían donde podían, desiguales, a distintas alturas, obedeciendo a una lógica interior que desde la calle resultaba imposible de reconstruir.
Tan solo la franja de pintura blanca que las circundaba, en contraste con el salmón del conjunto, parecía conferirle cierta homogeneidad.
—Llama —me ordenó, seco, A. , sin aparentar esperanza de que el interior fuese mucho más acogedor de lo que anticipaba el exterior.
Pulsé un prehistórico llamador de baquelita negra y un chirrido disonante rompió la quietud de las calles de Valdeolivas.
—¡Vaaa! —contestó, desde las entrañas de la casa, la voz inconfundible de nuestro amigo.
La puerta se abrió y ante nosotros surgió un M.
sonriente, que se apartó para dejarnos paso franco.
Llevaba un jersey viejo y ese leve olor a humo de leña que adquieren quienes han pasado demasiadas horas fingiendo que una estufa basta para domesticar una casa entera.
Al mismo tiempo, nos envolvió una corriente de aire húmedo que se escapaba por el pasillo.
La casa exhaló entonces un aliento frío y encerrado, retenido quizá desde mucho antes de nuestra llegada.
—Bienvenidos a mi hogar campestre. Adelante.
—¡Qué tal, M. ! —lo saludé—. Tienes un estupendo color de cara. Te sientan bien estos aires.
A. arrugó la nariz al entrar:
—Hablando de aires… y de olor a cerrado. ¿Desde cuándo lleva deshabitado este caserón?
—¿Te gusta, eh? —contestó M. , inasequible a las críticas.
—No, la verdad. Quizá tú hayas olvidado la casa de Soncillo. Pues yo no.
—Bah. Ya hace mucho de eso. Un año. Además, yo llevo diez días aquí, y te aseguro que, si hubiera algún monstruo escondido, ya habría salido a quejarse de la humedad.
No daba la menor muestra de enfado. Más bien parecía orgulloso de haber sobrevivido a sus propios estándares de comodidad. Señaló arriba, a la izquierda, en dirección a la iglesia, que amenazaba con desplomarse algún día sobre la casa y sus eventuales ocupantes:
—Fue, mientras lo hubo, la casa del cura. Venga, dejad las cosas: tenemos mesa a las tres.
Era, desde luego, una casa grande. No tanto como la de Soncillo, pero muchísimo más de lo necesario para una persona sola. Y, por su tamaño —y por la ausencia de radiadores—, debía de ser muy difícil calentarla.
M. nos hizo pasar a una pieza amplia, con una única ventana orientada al este.
El salón participaba del mismo desorden arbitrario que ya insinuaba la fachada: muebles de procedencias y épocas distintas, arrimados sin concierto a los muros, sillas desparejadas, una mesa demasiado grande para el espacio útil y rincones ocupados por cachivaches cuyo sentido se me escapaba.
Deduje que, salvo por los escasos rayos de luz que se filtraran a primera hora de la mañana, aquel cuarto debía de resultar tan alegre y acogedor como una sala de velatorio cerrada desde la posguerra.
Si había que destacar algo positivo, al menos dentro hacía calor gracias a una estufa de leña que evacuaba casi tanto humo dentro como fuera de la casa.
Era allí donde M. había amontonado sus libros y el ordenador portátil, junto a una taza con cercos de café, un cenicero improvisado con un platillo donde se acumulaban un montón de cáscaras de pipas y varias notas sujetas con celo, como si hubiera decidido atrincherarse en el único punto habitable del caserón.
En un rincón, una vieja televisión emitía un rancio programa del corazón.
—Aquí solo se ve La 1 y la televisión de Castilla-La Mancha —explicó, señalándola—. Andaba haciendo tiempo mientras llegabais. Venga, dejad aquí las bolsas y vámonos. Luego os enseño mi refugio.
A. recorrió el mobiliario con mirada clínica: un disparatado amontonamiento de muebles fechables entre 1930 y 1980. Con una sonrisa torcida, comentó:
—Muy bonito… ¿Cuánto dices que te han cobrado por esto?
Creí que M. reaccionaría, pero no pareció captar el tono.