Capítulo 16 #3
¿Qué pasó en Albaida del Campo hace cuarenta años? ¿Por qué Carmelinda tiene miedo? ¿Quién coordinó? ¿Qué sabe Carmelinda que no me dice todavía? ¿Quién fue Celestino Crespo?
Las cinco preguntas. Todas con línea encima. Resueltas.
Pasó la página.
¿Quién es Celestino Vargas?
Y debajo:
Tío de Carmelinda. Hermano de su madre. Nació en Albaida del Campo en 1923. Se fue en 1961. Nunca volvió.
Tomó el bolígrafo.
Escribió debajo de la pregunta de Celestino Vargas — no una respuesta sino una nota:
Lo que aprendí esta semana:
— Las pistas verdaderas se mencionan una vez, de pasada.
Las falsas se repiten. — Los pájaros saben antes que las personas.
— Los gatos también. Aunque no lo admitan.
— El motivo no siempre es lo que parece.
A veces es la historia que alguien se cuenta sobre sí mismo.
— Carmelinda tenía razón en todo. Siempre.
— Pedir ayuda no es soltar el control. Es tener más control del que creías.
Se quedó mirando esa última línea.
La línea que resumía todo lo que había cambiado en ella esta semana.
Cerró la libreta.
· · ·
La noche.
Carmelinda terminó el bolsillo del delantal de Vera antes de que cayera del todo la oscuridad. Lo cosió al delantal de lino con esa puntada suya que nunca se deshacía — en el lado izquierdo, a la altura de la cadera, en el lugar exacto donde la mano llegaba sin tener que buscarlo.
"Pruébatelo", dijo.
Vera se puso el delantal. Metió la mano en el bolsillo nuevo.
Cabía la espátula de farmacia. El frasco pequeño de vidrio. El teléfono. Las tijeras de campo. Un papel doblado en cuatro.
"¡Ea!" dijo Vera.
"¿Ves?" dijo Carmelinda. "Cabe lo que necesitas llevar."
"¿Y lo que no sabía que necesitaba llevar?"
"Para eso están los otros bolsillos."
· · ·
La mistela de esa noche fue diferente a todas las anteriores.
No en el sabor. Diferente en lo que la rodeaba. Sin mapa ni libreta ni velas de investigación ni preguntas urgentes.
Solo las dos copas. El plato de hojuelas que habían sobrado de las de Reme.
Romero en el sillón. Cisco y Miel en el alféizar de la ventana del salón — los dos juntos, con esa tranquilidad de los que han encontrado su sitio.
Carmelinda sirvió la mistela.
"¿Brindamos?" dijo Vera.
"Por Albaida del Campo", dijo Carmelinda. "Que tiene sus secretos pero los resuelve."
"Y por los que vienen."
"¿Los secretos o los que los resuelven?"
"Los dos", dijo Vera.
"¡Ea!" dijo Carmelinda.
Bebieron.
· · ·
Más tarde.
Cuando las velas estaban casi consumidas y las copas vacías y las hojuelas terminadas y Miel había entrado al salón desde el alféizar y se había posado en el respaldo de la silla de Vera con esa tranquilidad de quien ya sabe que ese es su sitio, Carmelinda guardó la caixa en su silla y se levantó.
"Buenas noches, hija."
"Buenas noches, Carmelinda."
Subió la escalera. El tercer escalón. El cuarto. El pasillo. La puerta.
Vera apagó las velas una por una.
La última — la del centro.
Se quedó mirando la llama un momento.
Pensó en todo lo que había sido esta semana. En Rodrigo Salcedo cruzando la plaza con su libreta y su sonrisa. En el Bombo del linde norte a las seis de la mañana. En las palmas abiertas hacia arriba. En Carmelinda diciendo el sitio más probable.
En Blas con su sombrero puesto en su sitio. En Leandro con las gafas limpias. En Gonzalo con sus manos enormes sobre la mesa manchega.
En Amparo en el callejón diciendo mi padre era un buen hombre.
En el frasco de espliego en el bolsillo del delantal nuevo.
En Salvador con su cera y sus chismes. En las manos de las mondadoras diciendo el ardor se fue. En los veinte tarros del Bálsamo de Albaida agotados antes de las cuatro.
En el abogado nuevo que dijo que volvería un sábado.
En Cisco en el hombro en el callejón.
En Miel llegando sola esta mañana y posándose en el alféizar como quien llega para quedarse.
Apagó la vela.
Recogió las copas. Las llevó a la cocina. Las enjuagó con el agua fría del grifo y el jabón de Carmelinda.
Apagó la luz de la cocina.
Subió la escalera.
El pasillo oscuro. La puerta de su habitación.
Se sentó en el borde de la cama.
Abrió la libreta en la página de Celestino Vargas — la página donde había escrito lo que el papel del sábado le había dado: el nombre, la fecha, el viaje sin vuelta.
Y encontró algo que no había escrito ella.
Una línea. Sola. Con la letra de Carmelinda — esa letra antigua y cuidadosa de tinta azul que conocía desde hacía tres años.
Debajo de todo lo que Vera había anotado.
"Era el hermano de mi madre."
Vera se quedó muy quieta en el borde de la cama con la libreta abierta y la luz encendida y el silencio manchego de las once de la noche de un lunes de octubre.
El tío de Carmelinda.
Que había nacido en este pueblo en 1923.
Que se había ido con 38 años en 1961. Que nunca había vuelto.
Y cuya historia Carmelinda llevaba sesenta años cargando sin decirla — primero en silencio, luego en un nombre escrito en papel, luego en esta línea añadida en la libreta de Vera en algún momento del día sin que Vera lo viera.
Poco a poco. A su tiempo.
Como Carmelinda hacía todas las cosas.
Vera miró la escalera desde su habitación.
"Carmelinda."
Silencio.
"Carmelinda. Sé que no duermes todavía."
El tercer escalón crujió — ese sonido suyo inconfundible de cuando alguien se mueve encima y no quiere hacer ruido pero el escalón lo dice igual.
Luego silencio.
Y luego — muy suave, desde detrás de la puerta cerrada de la habitación de Carmelinda, con esa voz de noche que era más honda que la del día y que salía de algún lugar más antiguo que las palabras:
El fado.
No Raphael esta vez.
Amália.
"Uma casa portuguesa fica bem..."
Vera conocía esa canción. La había escuchado muchas veces en tres años de convivencia — siempre las noches difíciles, siempre desde detrás de la puerta cerrada.
Sabía lo que significaba aunque no supiera todas las palabras: una casa portuguesa que es sencilla y pequeña y que huele a pan y a flores y que es, a pesar de todo, exactamente el sitio correcto para estar.
En voz muy baja. Con los ojos probablemente en el techo de su habitación manchega. Con el pañuelo de batista blanca de su madre en algún lugar cerca.
Vera escuchó el fado en el pasillo oscuro de la casona de la plaza de Albaida del Campo.
Lo escuchó hasta que terminó solo.
Y pensó — sin decírselo a nadie, sin escribirlo en ninguna libreta — que sesenta años después de Odivelas, en una casona manchega con zócalos azul añil y un jilguero en el alféizar, Carmelinda Fontes había encontrado su casa portuguesa.
Luego cerró la libreta — con la línea nueva de Carmelinda dentro, con las preguntas resueltas y la que quedaba abierta — y la dejó en la mesita de noche.
Sonrió en la oscuridad sin que nadie lo viera.
Apagó la luz.
Mañana la herboristería abría a su hora. Carmelinda tendría el café listo. Cisco sobrevolaría la plaza con Miel a su lado. Romero ocuparía la balanza. Albaida del Campo seguiría siendo Albaida del Campo.
Y Celestino Vargas — que había nacido en este pueblo en 1923, que se había ido en 1961, que nunca había vuelto y que tenía una historia detrás de esa ausencia que Vera todavía no sabía cuál era pero que Carmelinda sí sabía y que Carmelinda le contaría cuando fuera el momento correcto — podía esperar hasta mañana.
O casi.